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lunes, 22 de diciembre de 2025

 

NAVIDAD (CICLO A)



Cada año la fiesta de la Navidad nos lleva a fijar nuestra mirada en aquellas cosas simples y profundas que dan sentido y son el fundamento de nuestra vida: la fe en Dios, el valor de la familia y el poder del amor.  En estos días también se fortalece nuestra esperanza en la realización de una sociedad más justa y fraterna.  Todo esto que, quizás, nos parece lejano y difícil en Navidad lo vemos cercano y posible.

Navidad es el sí de Dios al hombre.  La Navidad nos recuerda, una vez más, que Dios no se ha desentendido del hombre sino que nos ha enviado a su Hijo, que nace en la humildad del pesebre, para acompañarnos con su palabra y su presencia.  Dios se hacer cercano a nosotros.  Esta cercanía de Dios es nuestra mayor riqueza y la fuente de nuestra esperanza.  El hombre ya no camina solo: Dios camina junto al hombre.

Sin embargo, no podemos dejar de pensar y de dolernos, en estos días en que celebramos el amor de Dios y proclamamos la esperanza de un mundo nuevo, en esa otra realidad de marginación que aún existe y que no podemos ver con indiferencia.  Recordemos que el niño Dios a quien hoy celebramos ha nacido en la pobreza y que a lo largo de su vida se ha identificado con los que sufren.  En nuestro mundo sigue habiendo violencia, desprecio por la vida; la droga invade y atrapa a muchos de nuestros jóvenes y no tan jóvenes, destruyendo sus ideales y su futuro; sigue habiendo muchos niños viviendo en la calle; hay enfrentamientos y rencores que dificultan el diálogo.

Todas estas sombras existen y nos duelen, pero no deben hacer que nos olvidemos de las riquezas y potencialidades que poseemos y que deberíamos, con responsabilidad y compromiso social, ponerlas al servicio de nuestros hermanos más necesitados. Porque esto también forma parte del mensaje de Navidad.

“Un niño os ha nacido, os ha nacido un Salvador”.  Así dijeron los ángeles a los pastores.  Y la señal de este Salvador es que encontrareis a un Niño, envuelto en pañales, acostado en un pesebre. No lo busquemos disfrazado de ropajes, ni en otros sitios que no lo vamos a encontrar.  Envuelto en pañales y en un pesebre, esa es la señal que dieron los ángeles.  Un Dios pobre que vive cerca de nosotros.  Así lo escucharon los pastores y fueron a ver qué era eso: era, por primera vez, la primera Navidad de la historia de la humanidad.  Hoy, hace 2016 años, en Belén de Judá, nació Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero.  Él es el Salvador que los hombres esperábamos.

Desde entonces Dios vino a nuestra tierra, a caminar por nuestros caminos, a compartir el pan y las penas, las alegrías y tristezas, a contarnos historias que ayudan a vivir con sentido y a morir con esperanza, a pedirnos que seamos dichosos y felices, a decirnos que no somos esclavos, somos hijos del Padre Dios que nos quiere.

Desde entonces, el amor de Dios sigue presente en el mundo entero, para cada hombre y cada mujer, cada anciano, cada niño, cada joven, que quiera aceptarlo.

Desde entonces, nosotros, cada uno de nosotros, somos llamados a dar testimonio de su amor en la familia y en el trabajo, en nuestra colonia y en nuestro pueblo, en los grupos, tanto civiles como religiosos, y en la labor al servicio de los que sufren, cerca de nosotros o en cualquier lugar del mundo.

Desde entonces todos los domingos, Jesús muerto y resucitado nos sigue convocando alrededor de su mesa, en la Eucaristía, para compartir con toda la comunidad cristiana el don de su palabra y de su Cuerpo y su Sangre, alimento de  vida eterna.

Desde entonces, hace hoy 2025 años, el perdón, la misericordia, la salvación de Dios se sigue derramando inagotablemente sobre cada uno de nosotros y sobre toda persona.

Alegrémonos y celebremos la Buena Noticia, la mejor noticia de toda la historia de la humanidad: el Nacimiento de Jesús.  Hagamos fiesta, que nazca la paz y la alegría en el corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.  Que los oprimidos y los tristes se llenen de gozo y de alegría y que los que andan perdidos en la noche de la vida encuentren la única luz que los puede iluminar: Jesús.  Porque Dios está con nosotros, es un Dios cercano que nos ama y que nos salva y quiere que todos tengamos en Él vida plena.

Celebremos la Navidad en familia, con la familia.  Imitemos a Jesús, María y José para que la armonía y la fortaleza de Niño Dios nos ayuden a soportar todas las dificultades, a vivir en paz y en una total confianza en Dios.

Convirtámonos nosotros en actores de la Navidad, recorramos como los pastores el camino hacia Belén para encontrarnos con ese Niños que es Jesús, nuestro Salvador.  Hay que encontrarse con el Niño Jesús para que la Navidad sea una fiesta de paz y de familia.

Pidamos hoy, en esta misa de Navidad dos cosas: que todos nos sintamos más hermanos unos de otros, sin excluir a nadie, de modo que crezca la calidad de nuestro amor. Y que todos queramos acoger en nuestra vida la venida personal de Dios a nosotros, acoger su Palabra para que nos sintamos realmente queridos por Él. Y así, hoy y siempre, el amor de Dios dé frutos en todos nosotros.

Jesús vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, que nosotros que somos los suyos, recibamos en nuestras vidas a Jesús, que viene a salvarnos.



En este último domingo del año celebramos una fiesta entrañable. En el ambiente de la Navidad tenemos un recuerdo de la familia de Jesús, María y José en Nazaret. No sabemos muchas cosas de su vida. Pero una sí es segura: Jesús quiso nacer y vivir en una familia, quiso experimentar nuestra existencia humana y por añadidura, en una familia pobre, trabajadora, que tendría muchos momentos de paz y serenidad, pero que también supo de estrecheces económicas, de emigración, de persecución y de muerte.

La familia es la promotora y educadora de la fe. Sólo se puede aprender y asimilar el verdadero amor de Dios, viviéndolo en comunidad, y la primera y mejor comunidad es la familia. La familia da la verdadera sustancia de la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el inicio de las relaciones interpersonales más cercanas como con los parientes, las amistades y el pequeño grupo; sino que también da el verdadero sentido de la comunidad humana, como en las relaciones sociales, económicas y políticas.

Jesús encuentra en José y María el pequeño círculo que lo va haciendo madurar y entender la protección de su Padre Dios. Con ellos aprende las oraciones de todo judío, las tradiciones y las costumbres, que le descubren a un Dios que es fiel a su pueblo. Pero al mismo tiempo queda abierto para la nueva experiencia del amor con los demás, de la universalidad del amor de su Padre Dios y del verdadero culto y adoración al Señor.

¿Qué sentido de Dios vivimos en la familia? ¿Hay una verdadera educación y enseñanza del amor de Dios, de la búsqueda de la hermandad y del sentido de nuestras prácticas religiosas? ¿Es nuestra familia una oportunidad de encuentro con Dios?

A Jesús se le conoce como “el hijo de José el carpintero”. Como en todos nuestros pueblos y comunidades aprendería desde pequeño el mismo oficio de su padre José, y sabría la forma de irse ganando la vida, confiando en la providencia pero “sudando para llevar el pan a la mesa”. Sin embargo la migración y el cambio de sistema, no favorecen ni la convivencia ni la educación para el trabajo.

Los niños y los jóvenes pasan demasiado tiempo ociosos, solos y sin beneficio. O bien, desde muy pequeños son obligados a sostener y aportar a las familias, no en compañía de los padres, sino con riesgos y peligros del trabajo en la calle o en economías informales. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual.

Los salarios, con su raquítico aumento frente a la constante inflación, no permiten una sana educación, una buena alimentación, y un tiempo de eficaz convivencia. Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona ¿Cómo vivir más y mejores momentos de relación entre padres e hijos y aun con la misma pareja? Son fuertes retos que tiene que afrontar toda familia.

La educación, el ir creciendo de la mano de los padres, se ha ido perdiendo y va quedando bajo la responsabilidad de la escuela, de la calle y de los medios de comunicación. Y aunque hay quienes aportan y ofrecen medios para hacer madurar la persona, son tan pocos y están tan opacados, que es difícil que lleguen a la mayoría de los niños y los jóvenes, que frecuentemente se ven sometidos a un bombardeo y agresiva oferta de pornografía y permisividad que los ahoga y los induce al alcohol, a la droga y al vida fácil.

No se educa para el amor ni para la responsabilidad. No se enseña a tener iniciativas propositivas y planes formativos. No se propicia un ambiente de servicio y de compartir, sino de competencia, individualismo y gozo personal. ¿Qué tendríamos que cambiar para educar mejor a los jóvenes y a los niños?

Nos vemos amenazados, además, por graves problemas de secuestros, de trata de menores, de pornografía, de drogadicción y pandillerismo, y optamos por encerrarnos y proteger cuanto podemos a los pequeños, pero apenas se les ofrece libertad, la confunden con libertinaje, con corrupción y ambición.

Hoy más que nunca tenemos que buscar caminos que fortalezcan la familia, la pareja, la relación entre los hermanos y la convivencia con los demás. El modelo de la Sagrada Familia aparece como un ideal al que debemos tender: crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. ¿En qué tendremos que poner más atención para mejorar nuestras familias? ¿Buscamos a los hijos como lo hacían María y José?

Pidamos hoy a Dios nuestro Padre, Él que nos dio en la Sagrada Familia de su Hijo un modelo perfecto para nuestras familias, que sepamos practicar las virtudes domésticas y estar unidos por los lazos del amor para que podamos ir un día a gozar con la Sagrada Familia de las alegrías eternas.

lunes, 15 de diciembre de 2025

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Llegamos hoy al último domingo de Adviento y nos encontramos ya en las puertas de la solemnidad de la Navidad del Señor.  La Palabra de Dios nos ha ido preparando durante todo el Adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido, sino que nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado a Ajaz que se niega pedirle una señal a Dios. Ajaz se encuentra entre dos opciones: aliarse con los reyes vecinos o aliarse con Dios.  El profeta Isaías anima a Ajaz a tener fe y no hacer alianzas con nadie. Ajaz no quiere dejarse guiar por Dios, no quiere poner su confianza en Dios, no confía en apoyarse única y exclusivamente en la fe y prefiere buscar apoyos humanos.

También nosotros adoptamos a veces esa postura de Ajaz.  Tenemos miedo, nos angustiamos y nos preocupamos hasta perder la paz. Hay veces que uno, agobiado por los problemas, o por la desesperación, siente que Dios no lo escucha, que Dios no le habla, que Dios no se manifiesta. Y en esos momentos, a veces uno le pide a Dios que le dé una señal.

Otras veces, uno tiene que tomar decisiones muy serias en la vida, y uno también espera, o aguarda una señal de Dios. Pero hay veces que Dios no da esas señales, o por lo menos no da las que nosotros estamos esperando. Otras veces Dios da señales cuando no se las estamos pidiendo.

Hay veces que la preocupación lo lleva a uno a pedir señales, pero hay veces que uno está tan cansado, que no se atreve a pedir las señales.

¿Y sabéis por qué? Porque uno teme que Dios no vaya a respondernos como nosotros queremos o que no sea del agrado de Dios lo que le estamos pidiendo.

Dios se ha manifestado como el Dios con nosotros, como el que está siempre a nuestro lado; tomados de su mano y sabiendo que va con nosotros en el camino, podemos enfrentarnos a cualquier problema, a cualquier desafío. Tenemos que creer y esperar en Dios; hemos de amar y adorar al Señor Todopoderoso e infinitamente bueno.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona la Buena Noticia de la Salvación, es decir, todos debemos proclamar el Evangelio. 

Ser apóstoles del Señor, ser cristianos no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos ha escogido para realizar la obra de la salvación.

Anunciar el Evangelio, tarea que todos debemos hacer, hay que hacerlo con amor y con espíritu de servicio. 

Hoy quizá las palabras valen poco, porque están muy devaluadas, por ello debemos predicar la Buena Nueva, sobre todo, con el ejemplo.  Con una vida comprometida con los más desfavorecidos, con el ejemplo diario de bondad y de amor.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado cómo Dios pide el consentimiento de María y de José para que su Hijo se haga Hombre en su familia.

Dios no hace las cosas sin contar con nosotros.  Para el nacimiento y el cuidado de Jesús fueron imprescindibles José y María.  Dios quiso contar con el “sí” de María al ángel y la aceptación de la misión que le encargaba a san José, aunque éste no entendiera.  Todos los seres humanos somos pieza clave para que los planes de Dios se hagan realidad y no fantasías.

El “sí” de la Virgen y de san José permitió que Cristo naciese y se desarrollase.  Hay otros “sí” de otras muchas personas que han colaborado para que el mundo avance en bondad.  Si este mundo no es el que deseamos, el diseñado y querido por Dios, es porque no le hemos dicho “sí” a Dios, porque no hemos arrimado el hombro para que el mensaje de Jesús sea verdaderamente salvador.  No nos quejemos de lo que no hay si no le hemos sabido decir sí a Dios.  Jesús sigue curando dolencias y sufrimientos, sanando y liberando, a condición de que le prestemos nuestros labios, nuestros ojos, nuestros pies y nuestro tiempo.

Algunas personas piensan: “qué importa que uno más o uno menos que colabore y participe en la Iglesia”.  A los que piensan así hay que decirles: si la piedra dijese: una piedra no puede levantar una pared, no habría casa.  Si el hombre dijese: Un gesto de amor no puede salvar a la humanidad, no habría justicia, ni paz, ni dignidad, ni felicidad sobre la tierra.

Todos, pues, somos responsables con nuestro sí o con nuestro no de la eficacia, de la utilidad o inutilidad de la venida de Cristo al mundo.

Pidamos a María, madre de Cristo y madre nuestra y a San José que nos preparen para decirle sí a su Hijo Jesús, en esta Navidad y que lo recibamos en nuestra casa y en nuestro corazón.

martes, 9 de diciembre de 2025

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


El tercer domingo de Adviento se llama el domingo “Gaudete” (Alegraos). Las lecturas nos invitan a llenarnos de alegría por la salvación que Dios nos trae.  Por eso en este tiempo de Adviento decimos: “Ven, Señor Jesús, y sálvanos”.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta una situación de desesperanza y desencanto que vive el pueblo de Israel.  El profeta invita al pueblo a poner la mirada en Dios y a ver cómo hay razones para la esperanza porque Dios mismo intervendrá a favor de su pueblo.

En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven nuestra vida y la vida del mundo, también, el profeta Isaías, nos invita hoy, a nosotros, a la alegría, a dejar de lado nuestro miedos, a llenar nuestra alma de paz.

Nuestra vida, puede ser una vida vacía y estéril, una vida árida como el desierto.  Podemos sentirnos inútiles, podemos sentir que no tenemos nada que presentarle a Dios.  Podemos tener la sensación de no haber hecho nada que tenga realmente valor para Dios.  Podemos sentirnos como esa tierra seca y estéril.

Hoy nos dice Dios, que si nosotros dejamos que Él actúe en nuestra vida, esa vida seca y estéril la puede transformar como transforma el desierto en un vergel para que no vivamos una vida sin pena ni gloria.

A veces, el miedo, la timidez, el creernos poca cosa, ahogan la grandeza de nuestro corazón, ahogan nuestras más grandes aspiraciones hasta hacernos caer en una vida sin sentido, sin esperanza.  Siempre vamos de prisa, y esto hace que aumenten las enfermedades, los infartos, los complejos, la angustia.  No tengamos miedo, ahí tenemos a nuestro Dios que viene a salvarnos.  No nos angustiemos, tengamos confianza en el amor y en el poder de Dios.  Podemos estar seguros que el  Señor viene a salvarnos y a ofrecernos una vida mejor.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no desesperarnos y a tener paciencia.

Hay muchas personas que diariamente sufren la injusticia, el miedo y se les priva de su dignidad.  El apóstol Santiago nos dice que a pesar del sufrimiento, Dios no nos abandona ni nos olvida, sino que viene a liberarnos.  Hay que esperar en Dios, y hay que esperarlo, no con el corazón lleno de deseos de venganza sino con esperanza y confianza.

Esto no significa que nos quedemos de brazos cruzados, sin hacer nada.  Lo que Dios nos pide es que no dejemos que los sentimientos agresivos y destructivos tomen posesión de nosotros, porque Dios no puede salvar a una persona que su corazón esté dominado por el odio, por el rencor o por el deseo de venganza. Cultivemos la virtud de la paciencia, como el agricultor o como la mujer que tiene que esperar 9 meses hasta que da a luz.

Seamos pacientes porque Dios nos dice que la situación de injusticia y de pecado no tendrá la última palabra.

El Evangelio de San Mateo nos presenta a Juan Bautista, encarcelado por Herodes, por ser fiel al mensaje de Dios, que envía a sus discípulos para preguntarle a Jesús: “Tú, quién eres”.  ¿Eres tú nuestro Salvador?

Cuando el hombre para superar sus angustias, sus preocupaciones ve que no puede hacerlo por sí mismo busca a alguien que lo ayude a liberarse de sus problemas, necesita de alguien que sea capaz de resolver lo que él no puede.

En esta situación de impotencia el hombre busca uno o varios “salvadores” y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones; estos salvadores se presentan como la solución definitiva a nuestros problemas.  Además la sociedad nos crea necesidades falsas que todavía nos hacen sentirnos más preocupados y necesitados de salvadores.

Tenemos, pues, una serie de necesidades y una serie de salvadores en quienes depositamos, en muchas ocasiones, nuestras esperanzas porque nos han prometido resolver nuestras necesidades, angustias y problemas: nos encontramos con los políticos que prometen resolverlo todo; con los adivinos y lectores de cartas que tienen recetas para todo; con los predicadores protestantes que nos van a curar de todas nuestras enfermedades y vicios.  En otras ocasiones ponemos nuestras ilusiones en cantantes, futbolistas, actores y los convertimos en nuestros ídolos.

Pero todos estos “salvadores” ¿son el verdadero salvador que necesitamos?  El Evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos salvadores son el verdadero salvador: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”  ¿Qué respuesta darán los supuestos salvadores de nuestro mundo a esta pregunta?  ¿Acaso pueden responder con la misma firmeza con que respondió Jesús?

Nuestros falsos y pequeños salvadores actuales no pueden salvar al hombre, podrán, quizás, resolver algún problema, pero son incapaces del salvar al hombre.  Sólo Jesús nos puede salvar.

Preparémonos para recibir en la Navidad ya cercana al único que nos salva y que nos llena de alegría, al único que puede romper todas nuestras ataduras que nos impiden realizarnos como auténticas personas: Cristo Jesús.

lunes, 1 de diciembre de 2025

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)



La liturgia de este segundo domingo de Adviento nos invita a convertirnos a la esperanza.  Tenemos que dejar atrás todos esos valores perecederos y egoístas, a los que a veces damos demasiada importancia, y realizar un cambio de mentalidad, de forma que los valores fundamentales que dirijan nuestra vida sean los valores del Reino de Dios.

El profeta Isaías (1ª lectura) ha empleado una imagen muy expresiva: de un tronco viejo que parecía seco –el tronco de Israel- brotará un renuevo, una rama nueva, llena de vida.  Esa rama nueva es el Mesías, el enviado de Dios que viene a nuestra historia para defender a los pobres, para hacer que reine la paz y la justicia entre todos.

Dios se ha hecho hombre para instaurar un mundo diferente.  Un mundo nuevo, un mundo distinto, en el que no sólo ya no habrá división, ni violencia, ni dolor entre los hombres, sino que incluso la naturaleza, los animales, el universo entero, vivirá en paz, y todo lo que tiene vida -hombres y animales- podrán compartir la misma armonía.

Este mundo nuevo, este mundo distinto que Dios desea, será un mundo en el que desaparecerá todo lo que rompe la paz de los hombres. Un mundo en el que no habrá lucha entre los hombres porque los hombres no estarán divididos entre ricos y pobres, entre dominadores y dominados, entre gente que puede hacer daño y gente maltratada. Y todavía más: un mundo del que habrá desaparecido del corazón de cada hombre, del corazón de todos los hombres, esa tendencia que todos tenemos de no pensar en los demás, de preocuparnos por quedar bien a costa de lo que sea, de hacer daño a los demás si eso nos conviene.

Este mundo que Dios quiere, nos puede resultar como un sueño extraño y difícil de llevarse a cabo.  Pero este sueño, este deseo de Dios es precisamente lo que la celebración de Adviento nos invita a creer y a esperar.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos invita a formar una comunidad cristiana donde reine el amor, el compartir con los demás, la armonía, la acogida.  Sin embargo, muchas veces, nuestras comunidades cristianas están divididas, se critican los unos a los otros por la espalda, hay agresividad, se discriminan a ciertas personas; algunos se aferran al poder y hacen todo lo que sea para dominar a los demás.

Por eso, San Pablo nos propone hoy algo que, mientras se hace realidad ese mundo ideal que Dios quiere, nosotros podemos hacer: hay que acogernos unos a otros como Cristo nos acoge.  Sin tener en cuenta los gustos, las simpatías o antipatías de los demás. 

Hay que “tener los mismos sentimientos” de Cristo hacia los demás, a pesar de las diferencias que puedan existir.  Tenemos que llegar a ser una sola voz, contribuir a crear una sola comunidad donde todos los creyentes tengamos “una sola alma con un solo corazón”.  Esto es lo que nos pide Dios para que vayamos construyendo el Reino de Dios en este mundo.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Juan el Bautista invitándonos a la conversión.  La conversión, cambiar de vida, no es una tarea sencilla, ya que convertirse es cambiar de dirección, orientarse hacia Dios, lo cual supone que tenemos que acoger a Dios en nuestro corazón.  Y, ¿cómo podemos acoger a Dios si nuestro corazón está lleno de egoísmo, de orgullo, de preocupación por los bienes materiales?

Es necesario un cambio de mentalidad, de valores, de comportamientos, de actitudes, de palabras; es necesario despojarnos de todo lo que roba espacio al “Señor que viene”.

El Señor está llamando a la puerta de nuestro corazón y nos está tocando ya con su mano, invitándonos a caminar juntos, a mirar juntos hacia el mismo horizonte.

La conversión consiste en salir de nuestro aislamiento, dejar esa soledad egoísta en la que a menudo nos escondemos para que no nos moleste nadie y abrir nuestro corazón a Dios que llega a nuestra vida.

Hay un gran problema muy presente en muchos cristianos y es que no nos tomamos en serio a Dios cuando nos dice que nos quiere salvar, cuando nos dice que quiere compartir su vida con nosotros.  ¡Si fuésemos capaces de creerle!  ¡Si fuésemos capaces de comprender lo que significa vivir con Dios!  Ya no estar nunca solos, vivir en su presencia, dejar nuestro cansancio en sus manos y calmar nuestra sed de ternura en la fuente de su corazón. 

¡Si realmente empezásemos a mirar a las personas y al mundo como las mira Dios!  Quizás entonces empezaríamos a comprender que el amor y la bondad lo inundan todo, quizás entonces sentiríamos renacer en nosotros la alegría y la esperanza y nuestros ojos se iluminarían con el descubrimiento de que a pesar de todo, en este mundo nuestro, ha empezado a brillar ya la aurora de la salvación.

Hoy debemos hacer caso a Juan el Bautista que nos llama a la conversión, y empezar a ser generosos, humildes y pacíficos, acogedores y serviciales, sinceros y testigos de esperanza.  Hemos de convertirnos del pecado que anida en nuestro corazón, de nuestro egoísmo y soberbia, de la agresividad y violencia, de la mentira, del desamor, de sentirnos superiores a los demás.  Sin olvidarnos de los pecados de omisión: ¡Cuánto bien dejamos de hacer y cuánto testimonio dejamos de dar por cobardía, comodidad o flojedad!

Pidamos al Señor que sepamos dar verdaderos frutos de conversión con palabras y con hechos.

lunes, 24 de noviembre de 2025

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)



Comenzamos un nuevo año litúrgico con el tiempo de Adviento.  Adviento significa “llegada”. 

El tiempo de Adviento nos recuerda que Jesús vino a nosotros en Belén y nos preparamos para recibirlo en Navidad, nos recuerda también que el Señor vendrá al final de los tiempos para juzgar al mundo y nos recuerda también que el Señor viene a nosotros en cada momento de nuestra vida.

Por ello, las lecturas de este primer domingo de Adviento nos advierten que no debemos instalarnos en la comodidad, en la pasividad, en la rutina, sino que debemos caminar, siempre atentos y vigilantes, preparados para recibir al Señor que viene y para responder a sus desafíos.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos dice que hay esperanza para el pueblo, hay esperanza para todos los pueblos de la tierra: llegará la paz de la mano de la justicia, por ello Dios nos pide que trabajemos por la paz para que se instaure la justicia.

Con la venida del Salvador, los instrumentos de guerra serán transformados en instrumento de trabajo y de paz.  Tenemos que trabajar por convertir la industria -improductiva y agresiva- de la guerra en una industria que construya una sociedad productiva para todos, una sociedad donde el alimento sea un bien para todos.

El profeta Isaías nos invita, pues, a la esperanza y a la fe.  Es la fe y la esperanza de que un día el bien, la justicia y la paz triunfaran sobre el mal.  Y será el Señor quien hará realidad esta profecía.  Por lo tanto, si estamos agobiados por noticias tristes: de luchas y enfrentamientos, de guerras y atentados, de secuestros y sufrimientos, es porque “no caminamos bajo la luz del Señor”.

El Adviento nos invita: “a subir a la casa del Señor”, a “preparar los caminos de Dios”, que son caminos de paz y de esperanza.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos decía: ya es hora de despertaros del sueño”…  “dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz

Muchas veces, a pesar de que queremos ser buenos, es posible que el cansancio, la monotonía, la pasividad, la indiferencia nos gane; es posible que dejemos correr las cosas, es posible que ante los problemas metamos la cabeza en un hoyo como hace el avestruz.  Huir de los problemas lo único que hace es que los problemas se hagan más grandes y se compliquen más.  No podemos dejar correr las cosas y que nos olvidemos de los compromisos que un día asumimos con Jesús y su Reino.

Por eso nos dice san Pablo hoy: ¡despertad! Renovad vuestro entusiasmo por los valores del Evangelio; es necesario estar preparados, estar siempre dispuestos, para acoger al Señor que viene.

El Evangelio de san Mateo no nos invita solamente a estar preparados para la hora de la muerte, sino a estar preparados para cada momento de la vida.  No nos manda estar sólo vigilantes para recibir la llegada del Señor a la hora de nuestra muerte, sino para recibirlo en cada momento de nuestra vida.

¿Qué cosas nos impiden acoger al Señor que viene a nuestra vida? 

Hay personas que piensan que  la vida es sólo para gozarla, y por lo tanto no tienen tiempo para compromisos (cuanta gente, el domingo tienen todo el tiempo del mundo para dormir y divertirse, pero no tienen tiempo para venir a misa).

Cuantas personas viven obsesionadas con el trabajo, olvidando todo lo demás (cuánta gente trabaja 12 horas al día y olvida que tiene una familia y que los hijos necesitan amor).

Cuanta gente viven adormecidas, sin importarles lo que pasa a su alrededor, encogiéndose de hombros ante el sufrimiento de los demás y diciendo que no pueden hacer nada que es el gobierno el que tiene que hacerlo todo.

Preguntémonos cada uno de nosotros: ¿y a mí, qué es lo que me distrae de lo importante, y me impide, tantas veces, estar atento al Señor que viene a mi vida?

En este tiempo de preparación para la celebración del nacimiento de Jesús, estamos invitados a reorganizar nuestra vida en lo esencial, a redescubrir aquello que es importante, a estar atentos a las oportunidades que el Señor, todos los días, nos ofrece, a recordar los compromisos que asumimos para con Dios y para con los hermanos, a comprometernos en la construcción del “Reino”. Esa es la mejor forma -mejor aún, la única forma- de preparar la venida del Señor.

lunes, 17 de noviembre de 2025

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO C)


Con este domingo cerramos el año litúrgico.  Y hoy la Iglesia nos propone que reconozcamos a Cristo como Señor de nuestras vidas, pues eso significa esta fiesta de Cristo Rey.    

Durante todo un año hemos celebrado, conmemorado y recordado el misterio de nuestra salvación, hoy contemplamos la historia de aquel niño que nació olvidado de todos los poderes de este mundo, la historia de aquella vida entregada en servicio a los demás, entregada hasta la última gota de sangre en la cruz,  que rechazó todo poder y autoridad de este mundo, aquella vida cuyo único objetivo fue anunciar la verdad de un Padre Dios bueno y misericordioso.   Y contemplamos los atributos de la realeza de Cristo.  Su trono: la cruz.  Su corona: las espinas.  Su manto real: la sangre corriendo por su espalda. Y su sentencia: el perdón.

Jesús es Rey pero es un rey sin trono, sin fuerza física, sin soldados, sin espadas, sin vasallos… un rey colgado de un madero que es burlado y violentado, un rey que es despreciado hasta por quien padece el mismo sufrimiento.

Jesús es Rey y vino a traernos el Reino de Dios.  El Reino de Dios es un reinado donde los últimos del mundo son los primeros; donde los publicanos y pecadores son antes que los sabios y entendidos.

Sin embargo, que diferentes son los gobiernos y reinados de nuestro mundo. Muchas veces reina el terror, la miseria, la explotación, el deseo de vivir cada vez más cómodamente, reina la venganza, el negocio incorrecto, la violencia.  Cuando en nuestro mundo reine la confianza mutua, cuando todos vivan decentemente, cuando no haya analfabetos, cuando los negocios sean honrados, cuando vivamos en paz, entonces podremos decir que Dios reina en este mundo y en nuestros corazones.

Dios debe reinar no sólo sobre el mundo, sino sobre las personas para que podamos vivir como Hijos y no como esclavos y para eso tenemos que comprometernos con Jesús para construir su Reino aquí en la tierra.

Los reyes y gobernantes de este mundo buscan y gobiernan desde el poder y el poder lo usan para convertir a sus gobernados en simple objeto al servicio de sus caprichos. El poder no se puede usar para imponerse a los demás, para pasar por encima de la vida, la dignidad y los derechos de las personas. 

Jesús no utiliza ni el poder ni el dinero ni la fuerza para implantar su Reino: su única arma es el amor, un amor pleno, un amor total. El auténtico poder, el verdadero poder se debe usar para construir y no destruir.

El verdadero poder nunca es para destruir personas, sino para dar vida. Qué diferente a nuestras mafias y gobiernos que utilizan armas, amenazas y poderosas influencias para destruir, para aniquilar con tal de permanecer en sus cotos de poder.

Los gobernantes y reyes de este mundo, muchas veces usan el poder para vengarse de sus enemigos y llegan incluso a matar para imponerse a los demás y cuantas veces están al lado de los poderoso y no de los necesitados, buscando beneficios y más poder a costa del sufrimiento de la gente sencilla.  Sin embargo, Dios busca la felicidad de todos y en eso empeña su poder.

Aquellos que están cegados por el destello limitado y fugaz del poder mundano, desprecian a Cristo, amor encarnado, como hicieron las autoridades, los soldados y uno de los malhechores en el monte Calvario.

Por eso Jesús rey cambia todo el sentido de nuestra existencia: no vivimos ni para el poder, ni para las violencias, ni para las posesiones, vivimos para el amor.

Jesús desde la cruz, nos muestra que el verdadero poder es el amor.  Sólo el amor es capaz de crear todo cuanto existe.  Sólo el amor puede vencer al pecado, al mal y a la muerte. 

La propuesta de Jesús, Rey: servir. En aquella noche del jueves Santo, noche de amor y de entrega, como signo de servicio, lavó los pies a sus discípulos. 

La enseñanza que nos da Jesús hoy es que todo reinado, todo gobierno y toda autoridad deben ser para servir y no para servirse, para limpiar y no para enlodar, para sanar y no para dejar heridos a lo largo del camino.

Hagamos hoy posible declarar a Jesús Rey de nuestras vidas. Su ejemplo y el seguimiento de sus enseñanzas nos traen paz, felicidad, justicia y amor.

lunes, 10 de noviembre de 2025

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO(CICLO C)


Las lecturas de hoy son una invitación a no dejarnos llevar por el miedo en las dificultades que podamos encontrar en nuestra vida actual, sino a seguir fielmente el camino del Señor, a vivir la esperanza de la nueva vida.

La 1ª lectura del profeta Malaquías nos hace ver que Dios va a intervenir en el mundo, va a derrotar al que oprime y roba la vida y va a hacer que nazca un “sol de justicia” que traiga la salvación.

Muchas veces tenemos la sensación de que nuestro mundo camina hacia la perdición y que nada lo puede detener. Vemos tantas guerras y vemos tanta sangre derramada en el presente y en el futuro de tantos pueblos; contemplamos la naturaleza y la vemos devorada por los intereses de las multinacionales de la industria; vemos a tantas personas cerradas en su mundo, desinteresadas de los grandes problemas que existen.

Existen también en nuestro mundo el deseo de justicia.  El hombre, ante la adversidad siempre ha dirigido sus ojos al cielo pidiendo justicia.  Justicia para los que lo pasan mal, justicia para los explotados de esta tierra, justicia para los pobres y enfermos, justicia ante la muerte injusta de los buenos.

Hoy nos dice la primera lectura, que llegará el día del Señor en que finalmente habrá justicia, esa justicia que premiará a los buenos y castigara a los malos.  Mientras llega ese día, a nosotros nos toca unirnos a Jesús para luchar y trabajar por la justicia ya aquí y ahora.  Porque Dios no quiere salvarnos sin nuestra colaboración.

Los cristianos debemos saber que Dios cuenta con nosotros para construir un mundo nuevo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses insiste en la idea de que mientras esperamos la vida definitiva, no tenemos derecho a flojear y vivir en la comodidad de no hacer nada, sin preocuparnos de los problemas del mundo y sin aportar nuestra colaboración a la construcción del Reino de Dios.

No podemos vivir esperando que todo nos caiga del cielo y olvidándonos de luchar por los demás.  Tenemos que, como cristianos, comprometernos por la construcción de un mundo más justo y fraternos, todos los días y las 24 horas del día.

Hay personas que hablan mucho y hacen poco.  Hay también personas que son parásitos de la sociedad y que lo único que hacen es consumir lo que produce la sociedad y no se esfuerzan lo más mínimo en colaborar con ningún tipo de trabajo.  No olvidemos las palabras de San Pablo: “el que no quiera trabajar, que no coma”, tenemos que saber combinar trabajo y oración.

El Evangelio de San Lucas más que hablarnos del fin del mundo, como a primera vista parece, nos habla del fin de un mundo que está podrido y lleno de toda clase de males.

Jesús no trata en ningún momento de meternos miedo. No quiere que actuemos por miedo. El miedo no deja vivir con libertad ni ser responsables de nuestros actos. El miedo es el objetivo siempre del terrorismo y de muchos políticos, que buscan tener a la gente atemorizada, para así dominarla.

Jesús lo que quiere y desea es infundirnos siempre esperanza y darnos confianza para que, a pesar de las dificultades y males que nos rodean en esta vida, seamos capaces de seguir adelante con esperanza de ir construyendo un mundo nuevo y mejor para todos.

Por eso en este evangelio nos está invitando a superar y vencer a este mundo que no nos deja vivir en paz, que nos aprisiona entre tanto mal. Trata de llenarnos de esperanza, diciendo que este mundo debe terminar y que no nos dejemos vencer por tanto mal, sino que luchemos por construir otro mundo nuevo y mejor. A este nuevo mundo le llama Reino de Dios.

El Reino de Dios es el proyecto que Jesús ha traído, por el que ha luchado hasta dar su vida. Él ha puesto los cimientos y la “primera piedra”. Nos ha dejado el plano de este Reino. Nos ha entregado los materiales y las herramientas. En el evangelio tenemos a nuestro alcance todo esto.

Ahora solo falta la mano de obra, que somos cada uno de nosotros. Esta es la responsabilidad que nos ha dado y que nosotros hemos aceptado al hacernos cristianos y sentirnos seguidores de Cristo.

Se trata de dar fin, de destruir este mundo tan podrido que hemos construido entre todos, y de empeñarnos en implantar en nuevo, el Reino de Dios, del que ya tenemos los cimientos, los planos y todo lo que se necesita.

Sí debe desaparecer este mundo de injusticias, de opresión, de terror y violencia, para que renazca el mundo nuevo de amor y solidaridad, de convivencia y libertad, de justicia y paz.

Y ojalá que el fin de este mundo llegue cuanto antes.