Vistas de página en total

lunes, 27 de abril de 2020

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

En este 4° domingo de Pascua la Iglesia celebra el domingo de Cristo el Buen Pastor y la única puerta para llegar a Dios.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, vemos a Pedro predicando a Cristo resucitado como enviado por Dios para la salvación de todos los hombres.

Al oír a Pedro, sus oyentes preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”

Nosotros también debemos hacernos esta pregunta.  Hacerse esta pregunta es ponerse en actitud de tomar conciencia de que vamos muchas veces en la vida por caminos equivocados; que tomamos ciertas opciones, comportamientos y valores que no son los que nos propone Cristo, ni son auténticamente cristianos.  Hacernos esta pregunta es reconocer que ponemos nuestras seguridades y certezas en cosas equivocadas y que lo que debemos hacer es aceptar el desafío de Dios, la propuesta que Dios tiene para nuestra vida.

Hemos de aceptar nuestras limitaciones, buscar humildemente el camino verdadero y no tener una actitud prepotente de pensar que nunca me equivoco o no poner en duda nunca nuestras acciones.

Pedro pedía conversión a los que lo escuchaban.  Convertirse es optar por Jesús y aprender de Él a amar, a servir, a dar la vida.

Hemos de preguntarnos hoy qué es lo que en mi vida más necesita ser cambiando, qué ideas, valores, comportamientos, etc., necesito cambiar para acomodar mi vida a los ideales cristianos.  Hemos de realizar en nuestra vida una verdadera conversión a Jesús resucitado y su Evangelio.

En la 2ª lectura, san Pedro nos decía: “Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios”.  

Para esto hemos sido llamados nos dice san Pedro en su epístola, para portarnos bien, aunque tengamos que sufrir por ser buenos.  Ser fiel a la doctrina de Cristo, ser honrados y generosos, ser comprensivos y humildes, es motivo a veces de que los demás se aprovechen de los que son buenos, los desprecien o los maltraten.

Ante esta situación podemos caer en la tentación de dejar de ser buenos y preocuparnos sólo por nuestros intereses.  Si cedemos a esta tentación de cansancio, traicionaremos nuestra vocación de cristianos, no seremos fieles al mandato de Cristo, a lo que Él nos ha enseñado con su propio ejemplo para que sigamos sus pasos.

Ciertamente que no tenemos que soportar las injusticias pero hemos de aprender a confiar más en la justicia de Dios que en la justicia de los hombres.  Somos cristianos, luego vivamos como Cristo vivió.

El evangelio de San Juan, nos presentaba a Cristo como el Buen Pastor.  Jesús es la puerta para que nosotros podamos alcanzar la salvación y llegar a Dios Padre.  Jesús denuncia a todos esos falsos mesías y pastores que sólo buscan su interés personal; que sólo se acercan a los fieles para aprovecharse de ellos, para sacar de ellos algún beneficio propio.  

Hoy encontramos en nuestro mundo muchos falsos líderes, muchos falsos fundadores de religiones y de sectas, muchos líderes políticos que lo único que buscan es enriquecerse a costa de los pobres a los que engañan.  Jesús no busca su interés personal, busca el interés de cada uno de nosotros.

Jesús no se aprovecha de nosotros, Jesús no nos quita sino que nos da; Él nos comunica su vida.  Los líderes que se aprovechan de los pobres hay que rechazarlos, porque sólo pueden ser ladrones y bandidos.  Ningún seguidor de Jesús debe seguir a esos falsos líderes.

Sin embargo, muchas veces hemos abandonado este rebaño que es la Iglesia y hemos ido detrás de líderes que buscaban su interés y no nuestra felicidad.  Hemos ido detrás de la publicidad, de la moda, de lo que se lleva; hemos ido detrás de líderes que nos han sacado la sangre y nos han dejado vacíos.  Hemos abandonado a nuestro Pastor, hemos dejado de reconocer su voz, pero Jesús, el Buen Pastor, no nos abandona nunca.

En este día del Buen Pastor, se nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a evangelizar, pero de un modo especial hoy debemos tener presentes a las vocaciones sacerdotales, a todos los hombres que han consagrado su vida a Dios.  

Os invito a pedir a Dios para que continúe habiendo vocaciones en su Iglesia, que el Señor siga enviando las vocaciones que Él considere necesarias para este mundo.

lunes, 20 de abril de 2020

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo. 

La 1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro predicando con valentía el núcleo del mensaje cristiano: Dios resucitó a Jesús y no permitió que la muerte lo derrotase. 

Algunos cristianos de hoy padecen un cierto “complejo de inferioridad” respecto a otros grupos o ideologías que les parece más atractivas o llamativas.  Sentimos miedo, a veces, de ser reconocidos como cristianos. 

No debemos olvidar que Cristo ha resucitado y esto prueba que nuestra vida la tenemos que emplear al servicio del Plan de Dios, entregándonos a los necesitados.  Hacer de nuestra vida una entrega a Dios y a los hermanos, no conduce a una vida fracasada sino a la resurrección, a vivir una vida plena.  Por ello, cuando nos sintamos desilusionados, decepcionados, fracasados, derrotados, criticados, porque empleamos nuestra vida en servir a Dios y al prójimo, recordemos que sólo así tiene sentido nuestra vida: dándonos a Dios y al prójimo.

Una vida que se hace don nunca es un fracaso; una vida vivida de forma egoísta y autosuficiente, al margen de Dios y de los demás, es la que es un fracaso, pues no lleva a una vida plena.

La 2ª lectura de San Pedro, nos habla de cuánto nos ama Dios que envió a su Hijo al mundo para salvarnos.

Ante ese amor de Dios, nuestra respuesta debe ser: obedecer a Dios, entregarnos incondicionalmente en las manos de Dios, adherirnos a sus planes, valores y proyectos.

El mundo en el que vivimos se potencia más el egoísmo y la autosuficiencia que el amor y la entrega. Los hombres de nuestro tiempo viven, de forma general, pensando en sí mismos, en sus pequeños intereses personales y buscando la realización inmediata de sus sueños, deseos y prioridades.
Nosotros los creyentes, por nuestra parte, estamos invitados a vivir y a anunciar el estilo de Dios, que es el del amor y de la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

El evangelio de san Lucas nos ha relatado el episodio de los discípulos de Emaús.  Dos discípulos de la primera comunidad cristiana, decepcionados y tristes por lo que ha ocurrido, recobran la alegría y la esperanza. 

Los discípulos de Emaús son la expresión de tantos cristianos de hoy y de siempre que están desilusionados, desengañados.  

Nos decepcionan los políticos y la sociedad, nos decepciona la familia, nos cansa el trabajo; ¡cuántas promesas que no han madurado en nuestras vidas, cuántos fracasos, cuántos planes que se han ido abajo, cuántas ilusiones perdidas!, y nos preguntamos para qué vivir.  ¿Qué sentido tiene todo? ¿Merece la pena luchar por un ideal?  ¿Es que en la vida no hay nada más que esta rutina de cada día?  Preguntas que de vez en cuando nos hacemos. 

En la historia de la fe de las personas y de los grupos, muchas veces chocamos con las dudas.  No nos explicamos muchas cosas. Quizás un día nos encontramos con Cristo en nuestra vida y eso significó para nosotros descubrir a alguien que era poderoso en obras y palabras y de quien esperábamos que nos resolviera todos o al menos algunos de nuestros problemas.  Y sin embargo, a veces hemos llegado a decir: “Si Dios existiera mi hijo no habría muerto”.  

Buscamos a Jesús muy ilusionados, llenos de entusiasmo.  Pero nuestra fragilidad hace que a veces nos decepcionemos y emprendamos el camino de vuelta, volvamos al lugar de donde habíamos salido, y termina nuestra búsqueda.

¿Cómo podemos experimentar los creyentes de hoy esa presencia de Jesús resucitado? El relato de Emaús nos da 3 pistas para saber descubrir la presencia real de Cristo resucitado en medio de nosotros: En la Palabra: El discípulo de Cristo debe desear escuchar la Palabra de Dios, esa palabra que va a guiar nuestra existencia, alimentar nuestra fe y eliminar las   indecisiones del corazón. En la Eucaristía: Jesús resucitado se encuentra en la Eucaristía.  Los dos de Emaús “contaron cómo lo habían reconocido al partir el pan”. La Eucaristía dominical es como el motor de nuestra fe para vivir con entusiasmo toda la semana. En la Comunidad: los dos decepcionados regresaron a la comunidad.  Cristo nos dice: “Cuando dos o más se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”.


Ésta ha de ser nuestra tarea. Nosotros, como los de Emaús, encontramos a Cristo, escuchamos su Palabra y partimos el pan. Después de recibir sus enseñanzas y su alimento, hemos de salir entusiasmados, tratando de dar testimonio de lo que hemos visto y oído. Son muchos los que esperan un poquito de nuestra luz.

lunes, 13 de abril de 2020

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección de Jesús.   A este domingo se le llama el domingo “de la Divina Misericordia”.  Se le llama así porque en el evangelio de hoy Jesús da a su Iglesia el poder de perdonar los pecados, manifestando así la misericordia de Dios para con nosotros.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos ha contado cómo vivían los primeros cristianos: éstos acudían asiduamente a escuchar las enseñanzas de los apóstoles, lo tenían todo en común, y se reunían para orar en común y celebrar la Eucaristía.

Los primeros cristianos acudían a aprender cada día más sobre Jesucristo, ellos que se habían convertido a Cristo querían saber sobre todo lo que se refería a la muerte y resurrección de Jesús, querían saber quién es Jesús, qué hizo, a qué vino.  ¿Qué hacemos nosotros para escuchar las enseñanzas de los apóstoles?  ¿Enviamos a los niños a la catequesis? ¿Acudimos a los diferentes grupos de formación y evangelización que existen en la parroquia?  Hoy nos quieren imponer una manera de ser y de pensar, que muchas veces no tiene nada que ver con la enseñanza de la Iglesia, por ello debemos esforzarnos por conocer más a fondo la enseñanza de la Iglesia.

Más tarde esa comunidad cristiana descubre que Cristo es el que da sentido a sus vidas y por eso ellos, ven que su vida tiene que cambiar y por eso lo tenían en común todo, y tenerlo todo en común no era solo que tuvieran la misma fe, sino hasta los bienes materiales.  Nosotros, ¿ayudamos a los necesitados de nuestra comunidad? ¿Colaboramos con las ayudas mensuales de nuestra parroquia?

Los primeros cristianos oraban al Señor con una oración de reconocimiento de que Cristo era el centro de sus vidas, y porque así lo sentían y así lo vivían, podían celebrar la Eucaristía, signo de que vivían como una auténtica comunidad, y por medio de la cual hacían a Cristo presente en medio de ellos.  ¿Cómo oramos nosotros? ¿Cómo celebramos la Eucaristía? Los cristianos tenemos que conocernos mutuamente como cristianos y tenemos necesidad de encontrarnos para confortarnos y animarnos en la fe.

Hemos de preguntarnos hoy cómo es nuestra comunidad parroquial, si de verdad somos una comunidad de hermanos que vivimos en el amor, o somos un grupo de personas aisladas, en el que cada uno defiende sus propios intereses, aunque esto suponga ofender al resto de los hermanos.

La 2ª lectura, de la 1ª carta de san Pedro, nos invita a vivir la vida con esperanza a pesar de los sufrimientos.  El sufrimiento nos puede ayudar a madurar como personas, a dejar atrás el orgullo y la autosuficiencia, a confiar más en Dios, por eso estamos invitados a vivir la vida con esperanza y a poner nuestros ojos en la salvación que Dios nos ofrece, para ello hay que confiar mucho más en Dios y en su amor.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la figura del Tomás, el discípulo que pide pruebas para creer en Jesús resucitado.

La incredulidad de Tomás viene de que una persona separada de la comunidad no puede vivir su fe, no puede creer en Jesús.  Cuántas personas creen que pueden vivir su fe por libe, sin tener una relación con la comunidad, con la Iglesia; sin estar injertado en la comunidad no hay una fe comprometida.

Tomás después de la muerte de Jesús, ha dejado la comunidad.  Tomás se regresa a su casa, sólo y desanimado. Como Tomás, también muchos han dejado el grupo, la Iglesia, el apostolado.  Algunos se han ido, quizás decepcionados porque no encontraron alivio a sus problemas, o no encontraron un sentido para sus vidas; otros se han alejado simplemente por comodidad, porque no quisieron compromisos.  Estas personas han vuelto de nuevo a la soledad, a encerrarse en sus casas, en su trabajo, incapaces de compartir con otros lo que somos.

Esta personas también han visto al Señor, pero necesitan hacer un esfuerzo por volver de nuevo a la Iglesia, al grupo, al apostolado, porque es aquí, en la Iglesia, en la comunidad, donde Cristo nos va a mostrar sus heridas, las heridas producidas por los creyentes que no son coherentes con su fe, las heridas producidas por la insolidaridad del mundo, las heridas producidas por las injusticias.

Sin formar parte de la Iglesia, sin Jesús, estaremos secos y estériles, incapaces de encontrar la vida en plenitud; sin Jesús seremos un rebaño asustado, incapaz de enfrentarnos al mundo, sin Jesús estaremos divididos, en conflictos y no seremos comunidad de hermanos.  Sin Iglesia, sin comunidad no se puede vivir la fe.

martes, 31 de marzo de 2020

Domingo de Ramos (Ciclo A)


Con el domingo de Ramos comienza la “semana mayor” de todo el año: la Semana Santa. Para mucha gente son unos simples días de vacaciones. Para los cristianos es el momento de celebrar los misterios centrales de nuestra fe: Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.  Para estos misterios de nuestra salvación, nos hemos ido preparando durante el tiempo de Cuaresma.
Jesús, hoy, entra solemnemente en Jerusalén, que es el centro religioso y político de Israel.  Para entrar a Jerusalén, Jesús escogió el momento más importante, que era la celebración de la Pascua judía. 
Jesús entró a Jerusalén como Mesías –Rey montado en un burrito.  A medida que Jesús recorría en su modesto burrito las estrechas calles de la ciudad, la gente lo fue reconociendo y comenzó a extender sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calle. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
El día que Jesús entró en Jerusalén, las multitudes, al reconocerlo, lo acogieron como si fuera una estrella musical: las multitudes se agolparon, gritaron, se atropellaron; seguramente hubo algunas personas desmayadas…
Sin embargo, el Viernes Santo constatamos, con dolor, que muchos de los que lo habían proclamado como el Mesías–Rey gritaron: “¡crucifícalo, crucifícalo!”
Los seres humanos somos volubles, pasamos bruscamente del amor al odio. Esta inestabilidad se hace mucho más fuerte cuando los individuos entramos a formar parte de una multitud; allí nos masificamos, renunciamos a nuestra autonomía, nos dejamos manipular. Jesús fue una víctima más del humor cambiante de las multitudes.
En la proclamación de la Pasión de San Mateo hemos escuchado, paso a paso, la entrega de Jesús, el beso de la traición, la negación de Pedro, las burlas y las aclamaciones irónicas de los soldados: “¡Viva el rey de los Judíos!”, los gritos de “¡Crucifícalo!”, hasta la última exclamación en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, para que Jesús dando un fuerte grito, expire. 
Es la dolorosa realidad que cada día se hace presente en nuestras vidas. Por una parte se exalta al hombre, se le alaba y por otra se le desprecia, se le tortura y se le aniquila. Escuchamos la proclamación de los derechos humanos, la exaltación al respeto y a la igualdad de la mujer, se defiende apasionadamente a los niños y a los pobres, y los telediarios dan cuenta de abusos, de drogas, de violaciones, de secuestros y de la trata de personas. Es la pasión de Jesús vivida cada día en la persona de cada hombre y cada mujer.
Aquello que sucedió en aquel día, lo que pasó en esa semana, no es historia del pasado, se trata de una especie de profecía anticipada de todo lo que ocurre siempre en el mundo y en nuestra historia.
Hoy seguimos encontrando personas que son víctimas de la injusticia, de la soledad, de la traición, de la indiferencia, de la ausencia de amor. Y siempre los actores serán los mismos, quizás con alguna pequeña diferencia, el Herodes que condena, Pilato lavándose las manos, el Pedro que niega al amigo por temor al compromiso, la huida, el beso de la traición… la muchedumbre que igual en un momento alaba y exalta y en otro, se burla, condena e insulta.
Domingo de Ramos, Semana Santa… es la historia de Cristo encarnada en la humanidad, con la posibilidad de que nosotros cambiemos las situaciones y nos unamos a Jesús, Hijo de David, en su misión de paz y de amor.
La semana santa debe vivirse en este clima del gran amor de Jesús, pero al mismo tiempo debe vivirse como un fuerte reclamo ante las agresiones a la dignidad del hombre. No podemos vivir una semana santa sin compromisos, sin atención al hermano.
Quiero exhortaros para que estos días santos sean en verdad santos, dedicados a la vida de familia y al fomento de la espiritualidad que tanta falta nos hace. Participemos activamente en las ceremonias litúrgicas de esta Semana.
Cada cosa tiene su tiempo en la vida. Y la Semana Santa es tiempo de encuentro con nosotros mismos, con nuestra familia y con ese Dios que tanto nos ama. La fiesta tiene otro momento.


martes, 24 de marzo de 2020

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)

Iniciamos con este quinto domingo de Cuaresma la preparación final para la celebración de la Semana Santa.  La liturgia de hoy gira en torno a la última de las catequesis bautismales que nos ha ido presentando el evangelista San Juan.  Este domingo vemos como Cristo es la vida.

En la 1ª lectura, del profeta Ezequiel, Dios ofrece a su pueblo exiliado, desesperado y sin futuro una vida nueva. 

En nuestra vida personal, muchas veces pasamos por situaciones de desesperanza, en las que parece que nada tiene sentido y nos sentimos vacío, y nos sumergimos en una situación en la que parece que no hay salida.

La Palabra de Dios nos garantiza: no estamos perdidos y abandonados a nuestra suerte y a la muerte.  Dios camina a nuestro lado; Dios está sacando vida de la muerte, dándonos fuerzas para salir de estas situaciones y avanzar al encuentro de la vida plena.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que estar en pecado es permanecer en la muerte y estar en gracia de Dios es gozar de la vida.

Desde el día que fuimos bautizados nos convertimos en Hijos de Dios.  Nosotros como hijos de Dios no podemos dejarnos dominar por las cosas de este mundo, por las cosas pasajeras. Nosotros estamos llamados a dar testimonio de una vida nueva, una vida mejor que la que nos ofrece el mundo y para ello tenemos que dejarnos guiar por Cristo y no por lo criterios o modas de este mundo. Por eso no podemos continuar dominados por el pecado sino que hemos de vivir como lo que somos: hijos de Dios y con nuestras buenas obras, dar testimonio de nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos ofrece la tercera y última catequesis bautismal que recibían los catecúmenos que iban a recibir el bautismo la Vigilia Pascual: la resurrección de Lázaro.

El evangelio de hoy nos sitúa ante una lucha esperanzadora por la vida y ante una fe que es capaz de esperar la resurrección de quien ya tiene 4 días muerto.  Las dos hermanas de Lázaro le mandan decir a Jesús: “Señor, el que tú amas está enfermo”.  Nuestro país también hoy está enfermo.  Todos los males que estamos sufriendo, toda la violencia que estamos padeciendo, la degradación que estamos viviendo sólo la podemos entender porque hemos expulsado a Dios de nuestras familias, de nuestras calles, de nuestros negocios. 

Queremos recluir a Dios a la sacristía, o algún evento social o para alguna fiesta folclórica.  Por ello hoy nosotros también podemos decir: “Señor, éste país está enfermo”.  Pero a la vez que debemos aceptar que estamos enfermos, hay también que aceptar la curación y las prescripciones que nos pueden llevar a la salvación.

Mucho se ha hablado de los muertos que se acumulan día tras día en los ámbitos del narcotráfico. Se han mencionado también las personas inocentes que como daños colaterales han perecido. Se ha hablado mucho de las incontables extorsiones, de los secuestros y de las drogas que proliferan por dondequiera, pero se ha tomado menos en cuenta la corrupción que a diario invade todos los ámbitos de nuestra vida, que ha penetrado en las familias, en las instituciones y en las estructuras que rigen nuestro país. Es una corrupción y hedor penetrante al que parece que nos hemos acostumbrado y del que solamente en ocasiones excepcionales somos conscientes.

Hemos alejado a Dios de nuestras vidas y hemos optado por otros valores: el placer, el dinero, la ambición, el poder. Pero cuando descubrimos que se han metido como una grave enfermedad en todo el cuerpo, nos asustamos y quisiéramos echar marcha atrás pero sin dejar de vivir en corrupción. El llanto de María y sus desesperación bien pudiera representar el llanto de tantas madres y hermanas que lloran por el ser asesinado o desaparecido, por el hijo o la hija sumida en las drogas, por quien ha perdido el camino. Pero ese mismo llanto podría también hacernos vislumbrar un rayo de esperanza: junto a nosotros, en la misma lucha, con mucho mayor amor y con mucho más poder, camina Jesús. Para Él Lázaro es el amigo a quien tanto ama; para Él todos los que sufren y están atormentados son también su “amigo amado”.

Jesús hoy nos ordena quitar la losa que tapa la vida y que confina a la oscuridad.  Quizás también nosotros estemos tentados a decirle y a expresar nuestro pesimismo porque sentimos que ya nada puede hacerse, que no encontramos salidas. Que nuestro país huele a corrupción, huele a miedo, a muerte y droga, que nuestras familias no perciben el aroma de la armonía y del cariño, que todo, todo huele mal. Pero cuando todo huele mal, Jesús está ahí cerca y nos dice: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”.

También a nosotros nos dice Jesús: “Sal de ahí”. Podremos salir de la muerte y corrupción no basados en nuestras propias fuerzas, sino basados en su amor. Confiados en su palabra asumimos el compromiso de desatar, de quitar losas, de acrecentar la fe. “Desatadlo, para que pueda andar”. Es la tarea que debemos asumir todos. La fe es el motor que nos moverá para, desde nuestra fe, comprometernos a crear un país mejor. Hay que desatar tantas cadenas de injusticia, hay que quitar tantas losas que oprimen, pero sobre todo necesitamos experimentar una fe viva en Cristo que es “la resurrección y la vida”.

martes, 17 de marzo de 2020

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en castellano, “Alégrate, Jerusalén”.  Pero es también el domingo de la Luz. Cristo nos permite ver. Cura nuestra ceguera y nos muestra la belleza del mundo que nos rodea.

La 1ª lectura, del primer libro de Samuel, nos ha narrado la elección de David como rey de Israel.  David era el más pequeño y el último de los hijos de Jesé.  Nadie hubiera pensado en él para ser rey.  Pero la mirada de Dios no es como la mirada del hombre: pues el hombre ve las apariencias y Dios ve el corazón.

Hoy día seguimos haciendo lo mismo: valoramos a los fuertes, a los poderosos o envidiamos a los ricos queriendo ser como ellos. Nos fijamos en las apariencias. Pero Dios sigue mirando el corazón.

Cuántas veces se ha servido Dios a lo largo de la historia de la salvación de aquellos que no cuentan, de los más pequeños, de los que son el blanco de los celos y las envidias de todos.

Muchas veces somos muy dados a criticar y descalificar a los demás, a sacar conclusiones equivocadas sobre los demás, porque nosotros sólo vemos las apariencias y a veces las apariencias pueden traicionarnos, porque las cosas no son siempre como parecen. 

Cuando nosotros somos el blanco de las críticas y las descalificaciones, nos debe consolar saber que Dios conoce la verdad, la verdadera intención de nuestros actos porque Dios es el único que conoce nuestro corazón.  Y estemos seguros que Dios es mucho más compasivo y comprensivo que aquellos que nos juzgan.

Es necesario aprender de Dios y aprender a mirar, más allá de las apariencias, de la ropa que la persona viste, de la profesión que ejerce; es necesario aprender a ver el corazón y a descubrir la riqueza que se esconde detrás de aquellos que parecen que no piensan o actúan según nuestros criterios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios nos dice que gracias al bautismo hemos pasado de la oscuridad a la luz, y por lo tanto tenemos que vivir y dar testimonio de la luz practicando la bondad, la justicia y la verdad.

Si somos hijos de la luz, tratemos de actuar y de hacer siempre la cosas bien; caminemos en la Verdad unidos a Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea una manifestación del amor de Dios, de su perdón, de su misericordia para todos aquellos con los que nos encontremos en la vida.

Si somos hijos de la luz, no juzguemos a nadie, pero no nos quedemos mudos ante el pecado; si denunciamos a los pecadores, si los ponemos al descubierto no es con el afán de sólo denunciar, sino también de anunciar una vida nueva, y de proponerles a Cristo como camino de salvación para todos, sin importar lo que hayan hecho anteriormente.

Luz y tinieblas son dos maneras de vivir, pero para nosotros los cristianos sólo hay una: vivir como hijos de la luz, es decir, dejarnos iluminar por Cristo.

En el Evangelio de San Juan, Jesús se presenta como “la luz del mundo”; su misión es liberar a los hombres de las tinieblas del pecado.

Los seres humanos estamos hechos para ver la luz, para vivir en la verdad. Nos da miedo caminar en tinieblas. Hay una ceguera más triste que la privación de la vista, es la ceguera del espíritu, el no ver la verdad, no quererla ver.

Ciegos somos nosotros creyentes, cuando nos alejamos de Jesús, de su palabra.

Vivir en la oscuridad de la mentira es una de las cosas más normales en nuestra actual convivencia social. El mentir se acepta como algo necesario en el mundo político, en la información de los medios de comunicación, en nuestras relaciones con los demás. Parece que nos hemos convencido de que tenemos que mentir, que sin mentir no funciona nada en este mundo.

Jesús hoy nos propone vivir en la luz de la verdad.  Aquellas personas que se oponen a las propuestas de Jesús son los que están instalados en la mentira y la luz de Jesús los incomoda; son los que tienen miedo de enfrentarse a las críticas, que se dejan manipular por la opinión dominante, y que, por miedo, prefieren continuar esclavos antes que ser hombres libres; son aquellos que, a pesar de darse cuenta de las ventajas de la “luz”, prefieren la comodidad de una vida de ceguera, de una vida de esclavos.

La Palabra de Dios nos invita, en este tiempo de Cuaresma, a un proceso de renovación que nos lleve a dejar todo lo que nos esclaviza, nos oprime, en el fondo, todo lo que impide que brille en nosotros la “luz” de Dios y que impide nuestra plena realización.

Seamos luz para iluminar las “tinieblas” del mundo que generan sufrimiento, injusticias y mentiras.  Seamos luz, en medio de tantas tinieblas.

martes, 10 de marzo de 2020

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)

Todos hemos experimentado, a lo largo de nuestra vida, diferentes tipos de necesidades.  Tenemos la necesidad de ser amados, de amar, de tener cosas, la necesidad de descansar.  La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, nos va a iluminar sobre cuáles de estas necesidades son fundamentales para nuestra vida.

La 1ª lectura, del libro del Éxodo, terminaba diciendo: “¿Está el Señor entre nosotros o no?”.  Quizás alguna vez nos hemos hecho esta pregunta.  Quizá nos la hemos hecho ante un momento de desengaño, o de soledad, o ante una desgracia.  La respuesta es sí: Dios está con nosotros, está a favor nuestro, nunca nos deja.

Todos nosotros, todos los días tenemos la experiencia de un Dios que nos libera y nos salva, que está presente a nuestro lado, que nos tiende la mano.  Sin embargo en nuestra vida, hay momentos que nos hacen dudar de la bondad de Dios, de su amor, de su proyecto para salvarnos.  Sin embargo la Palabra de Dios nos dice que Dios nunca abandona a nadie.  Él está a nuestro lado, en cada paso que damos, para ofrecernos gratuitamente y con amor el agua que calma nuestra sed de vida y de felicidad.

La 1ª lectura nos muestra que habían sido los israelitas los que habían abandonado a Dios, desesperados porque no tenían agua.  Nosotros también muchas veces somos egoístas, cómodos, que nos pasamos la vida lamentándonos y acusando a Dios y a los otros de las dificultades que la vida nos trae.  Y las dificultades no son un castigo; son, muchas veces, parte de la pedagogía de Dios para fortalecernos, para renovarnos, para madurarnos, para que seamos menos orgullosos y autosuficientes.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos dice que Dios siempre nos acompaña a pesar de nuestros pecados y de nuestras infidelidades.  Dios siempre nos ofrece de forma gratuita e incondicional su salvación.

No podemos permanecer indiferentes ante Dios y su amor.  Hoy hay personas que se preocupan más de los resultados de la liga de futbol y de las votaciones de los diferentes concursos que hay en televisión que de Dios y de su amor.  Por ello, ya es tiempo de que nos preocupemos de descubrir al Dios que nos ama, al Dios que quiere nuestra felicidad plena y de que aceptemos el camino que Él nos propone para alcanzar el cielo.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado el episodio de la samaritana.

La mayoría de las personas le temen y huyen a la soledad, a la tristeza, a una vida vacía, al sufrimiento y al dolor.  Todos deseamos ser felices.  Diariamente, incluso sin ser conscientes de ello, buscamos la felicidad y la buscamos dónde sea y como sea.  Probamos lo que sea con tal de apagar nuestra sed de felicidad.

La samaritana que va al pozo a buscar agua, representa lo que nosotros diariamente hacemos en nuestra vida: buscamos continuamente un agua que apague una sed profunda, nuestra sed de felicidad.

Pero una cosa es saciar esa sed definitivamente y otra calmar nuestra sed momentáneamente.  Muchos creen que van a resolver su sed de felicidad como la samaritana: “llenando” su vida, su vacío interior, su deseo de ser felices, con la compañía de un hombre o de una mujer, o buscando seguridad en la vida, o buscando afecto en ciertas relaciones personales.  Hay tantas personas que si no encuentran agua en un “pozo” y fracasan, buscan saciar su sed en otro “pozo”.  Así andan de pozo en pozo, sin saber cómo resolver verdaderamente esa sed de felicidad.

Estas personas que buscan la felicidad por caminos equivocados lo único que hacen es vivir llenando vacíos y “tapando huecos” de día en día, buscando llenar ese vacío de felicidad con experiencias que lejos de apagar la sed lo que hacen es aumentar cada día más su falta de felicidad.

¿Cómo podemos saciar definitivamente nuestra sed de felicidad?  Cristo, en el evangelio de hoy, nos invita a acudir a Él.  El Señor no sólo tiene la respuesta: ¡Él es la Respuesta! Jesús nos dice: “el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”

La sed de felicidad que todo ser humano experimenta, es en realidad una sed de Dios y por lo tanto, no podrá ser saciada sino solamente en Dios.

Que Cristo sea la fuente de nuestra felicidad no significa que renunciemos a las fuentes de alegría que Dios lícitamente ha querido que disfrutemos en nuestra vida.  Pero tampoco se trata de quedarnos en ellas, o de agarrarnos a ellas cuando Dios nos pide dar un paso más. 

Hoy Jesús nos invita a volver a Dios.  Él es la fuente de donde nos vienen tantas alegrías, por eso debemos darle gracias y buscar en Él esa agua viva que apague definitivamente, por toda la eternidad, nuestra sed de felicidad.