Vistas de página en total

lunes, 29 de marzo de 2021

 

JUEVES SANTO, VIERNES SANTO, VIGILIA PASCUAL Y DOMINGO DE RESURRECCIÓN (CICLO B)

JUEVES SANTO

Estamos celebrando en estos días los momentos más importantes de la historia de Jesús.  Por eso para nosotros los cristianos, estos días del año son los más importantes. Con la misa de la Cena del Señor en este día de Jueves Santo empezamos el Triduo Pascual, los días de la Pasión, muerte y resurrección del Señor.

Hoy el Evangelio nos narra la última cena de Jesús con sus discípulos en la que Jesús instituye la Eucaristía, el orden sacerdotal, donde lava los pies de sus discípulos y donde nos deja el mandamiento del amor.

Esta tarde, lo primero que sobresale en la liturgia de este día es el “amor extremo, total de Jesús”. Nunca nadie había amado tanto. Aquí se rebasan todos los límites y se llega hasta el fin. Esta tarde, Jesús “los amó” y nos amó y nos sigue amando hasta el fin, hasta destruirse materialmente por nosotros. Dios nos ama, esta es la mejor noticia. Este es el mejor regalo. Este amor se nos da, hoy, en la Eucaristía y lo reconocemos al partir el pan con el hermano.

Y lo que ahora nos hace falta es: Creer en ese amor. Hermanos, para ser cristiano no basta creer que Dios existe, es necesario creer que Dios nos ama. El Dios que se ha manifestado en Jesucristo, es todo Amor y sólo Amor. Y ese Amor de Dios vive ahora penetrándolo todo de su energía vital. De manera oculta pero real, cada vez que lo amamos, va impulsando nuestras vidas hacia la plenitud final. Él es “la ley secreta” que dirige la marcha de todo hacia la Vida. Él es “el corazón del mundo”.

Por eso, celebrar la Cena del Señor, es darnos cuenta con gozo que el Amor de Dios está aquí en medio de nosotros, sosteniendo para siempre todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros como promesa de infinito.

El Amor de Dios, también está en nuestras lágrimas y penas, en nuestros dolores y enfermedades, como consuelo permanente y misterioso que da sentido al sufrimiento. Y el Amor de Dios, está en nuestros fracasos e impotencia como fuerza segura que nos defiende. El Amor de Dios está en nuestras depresiones y decepciones acompañando en silencio nuestra soledad y nuestra tristeza incomprendida.

Lo que ahora nos hace falta es dejarnos amar por Cristo-Jesús, dejarnos alcanzar o conquistar o enamorar o llenar por el mismo Dios, que hoy se nos ofrece en pan y vino. Sentirse amado, querido, aceptado, salvado por su Amor; Amor de Dios.

Ningún ser humano está ya solo. Nadie vive olvidado. Ninguna queja cae en vacío. Ningún grito deja de ser escuchado, porque el Amor de Dios está con nosotros y en nosotros para siempre.

Lo que hace falta ahora, es saber amar: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”. Y para enseñarnos, Jesús, se pone a lavarles los pies a sus discípulos.

Esto es un rito fuera de lo común para nuestro mundo de hoy, pero que por sí solo, ilumina toda la vida cristiana. Jesús quiso enseñarnos a todos nosotros, la actitud de servicio y de humildad que debemos tener todos los cristianos.

Lavar los pies a otros era un signo de cortesía y de hospitalidad, en esos lugares donde los caminos resecos y llenos de polvo lo requerían. En general era una tarea reservada a los sirvientes, sin embargo, a veces el mismo dueño de casa lo hacía en forma personal, y siempre significaba sumisión y hasta humillación por parte de quien lo realizaba. Y cuando Jesús lo hace, nos está dejando un legado completo sobre la manera en que debemos comportarnos con los que nos rodean.

Lavamos los pies del prójimo cuando nos acercamos a dar una mano a quien lo necesita, cuando escuchamos sus problemas. Lavamos los pies del prójimo cuando no acortamos nuestro tiempo para visitar a un enfermo, a un anciano.

Esta es una manera concreta de amar: la del servicio humilde, la del detalle inadvertido.

Hermanos, mientras haya un caído, un pródigo, un ateo, hay que seguir esperando y amando como nos mandó el Señor. Mientras haya un marginado, un hambriento, una persona sin trabajo, un esclavizado, hay que seguir liberando y amando como nos mandó el Maestro. Siempre hay que seguir acompañando y amando.

Hermanos, no hace falta pensar siempre en grandes obras y admirables entregas. He aquí un amor bien concreto y cercano; bien sencillo y callado. Vivir de rodillas a los pies de tantas personas heridas, ayudándolas, ya que en ellas vemos el rostro de Jesús que se arrodilla, y arrodillándose, llama amigos a los que sirve.

Esta tarde de Jueves Santo es la tarde de Amor Total. Esta es la gran palabra, la única ley que recibimos de Cristo, su última voluntad. Del amor y sólo del amor seremos “examinados a la tarde de la vida”, cuando nos encontremos con Él Resucitado, cara a cara para siempre.

VIERNES SANTO

Hoy, Viernes Santo, en un día como hoy, hace más de dos mil años, Jesús fue clavado en la Cruz. Toda su vida estuvo dirigida a este momento supremo. El Señor está firmemente clavado en la cruz. A su alrededor hay un espectáculo desolador. Algunos pasan y lo insultan. Los príncipes de los sacerdotes, más hirientes, se burlan de Él, y otros, indiferentes, miran el acontecimiento.

¿Y nosotros? En todo este espectáculo ¿A quién nos parecemos? ¿Cuál habría sido nuestro papel allí, en Jerusalén, en aquellos días de la Pascua de hace más de dos mil años, mientras Jesús se encaminaba hacia la muerte? ¿Cómo habríamos actuado? Cada año, cada Viernes Santo, cuando escuchamos este relato emocionado en que el evangelista nos narra los últimos pasos de Jesús en este mundo, podemos formularnos esta pregunta: ¿a quién nos parecemos? ¿qué habríamos hecho nosotros en aquellas circunstancias?

Cada año, pasan ante nuestros ojos muchos personajes: Judas, el amigo desengañado que cae en la traición; los soldados y los guardias que cumplen órdenes, aunque éstas sean órdenes injustas; los sacerdotes y las autoridades del pueblo, que obran el mal en nombre de Dios; Pedro, quien primero parece dispuesto a enfrentarse con el mundo entero, y después niega a Jesús y se esconde; Pilato, el gobernador romano que no sabe cómo escapar de aquel enredo y para eludir problemas no le importa ejecutar a un inocente; el gentío que se deja empujar en aquel espectáculo sanguinario; los otros que observan sin hacer nada, neutrales, ni a favor ni en contra; María, y las otras mujeres, y el discípulo, que allí están, firmes, al pie de la cruz; el soldado compasivo que le ofrece vinagre para aliviar la agonía; José de Arimatea y Nicodemo, discípulos clandestinos y de buena posición, que entierran el cuerpo de su Maestro.

Cada año, cada Viernes Santo, pasan delante de nuestros ojos todos estos personajes que nos invitan a mirarnos a nosotros mismos y a comprobar cómo es nuestra vida. Nosotros, ante Jesús, ¿cómo actuamos? Nosotros, en nuestro mundo, en el que el rostro dolorido de Jesús se refleja de tantas y tantas maneras, ¿cómo actuamos? ¿Estamos a favor de Jesús? ¿Luchamos por aquello por lo que Él luchó? ¿Seguimos el mismo camino que Él siguió?

Sería muy triste que no fuera así. Sería muy triste que contribuyéramos al mal que hay a nuestro alrededor, ese mal que llevó a Jesús a la cruz. Y también sería muy triste que simplemente hiciéramos como mucha gente de Jerusalén: ser espectadores del sufrimiento y el mal que Jesús cargó sobre sí, sin hacer nada, permaneciendo inmóviles, diciendo que “éste no es nuestro problema”, que nosotros somos neutrales y no queremos meternos en problemas.

Hoy, Viernes Santo, ante la cruz de Jesús, tenemos que reafirmar con todas nuestras fuerzas nuestra voluntad de seguir a Jesús hasta las últimas consecuencias, de andar por su mismo camino, de aprender a amar como Él amó, de buscar siempre que se haga realidad en el mundo el proyecto de vida que Dios tiene para toda la humanidad.

Hoy, ante la cruz de Jesús, tenemos que hacer, sobre todo y por encima de todo, un acto de fe.  Jesús ha muerto por amor. Jesús ha sido destrozado por el mal que hay en el mundo, porque ante este mal Él no ha opuesto ningún tipo de resistencia, ningún tipo de fuerza. Su respuesta ante el mal que lo rodeaba y lo perseguía ha sido tan sólo la respuesta de un amor infinito, total.

Nosotros creemos que en Jesús muerto en cruz tenemos la salvación, que Él es el único camino que conduce a la vida, que gracias a Él y a su amor hasta la muerte se ha roto el círculo infernal del mal y del pecado. Sólo su amor nos salva, sólo su entrega nos salva.

Hoy es un día apropiado para mirarnos a nosotros mismos y reafirmar nuestro deseo de ser más fieles al camino de Jesús. Y sobre todo, es un día apropiado para mirar hacia la cruz en la que Jesús murió, y agradecerle su amor, y decirle que creemos en Él y que lo amamos. Y dejar que arda cada vez más en nuestro interior aquella llama que, ahora hace más de dos mil años, Él encendió en Palestina con su vida y con su muerte.

VIGILIA PASCUAL

“No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. ”  Estas palabras las acabamos de escuchar en el Evangelio. 

Todas las lecturas del Antiguo Testamento que acabamos de escuchar esta noche, anuncian y anticipan a su manera el gran acontecimiento: Cristo ha resucitado. Este es el anuncio central de la celebración de esta noche: ¡Cristo ha resucitado! Esta es la mejor noticia que podíamos recibir los hombres y las mujeres de esta sociedad nuestra, tan desilusionada, enfrentada, violenta e injusta. Cristo vive para siempre. 

La Luz que es Cristo ha disipado definitivamente las tinieblas.  Todo es nuevo.  Todo puede volver a empezar de verdad.  Todo es posible.

Esta noche hemos vuelto a inaugurar el fuego que iluminó los albores de la existencia.  Hemos encendido de este fuego nuevo, el Cirio Pascual, que nos ha puesto en camino, como pueblo de Dios, iluminado por Cristo.

Hemos cantado “Cristo, luz del mundo”, Luz gozosa y santa que nos trae la vida transformadora de Dios.  De esta luz hemos ido encendiendo las velas que han iluminado nuestros rostros, expresando así que hoy, este anochecer, cada uno de nosotros renace a la vida nueva.  Nacemos de nuevo.

Nacemos de nuevo porque Cristo ha resucitado. El amor de Dios Padre a su Hijo y a nosotros ha sido más fuerte que la misma muerte. Dios no ha permitido que el mal prevaleciera sobre el bien. No ha querido que el egoísmo ahogara la fraternidad. No ha consentido que la tristeza se sobrepusiera a la alegría. No ha tolerado que la mentira amordazara a la verdad. No ha soportado que el pecado fuera más fuerte que la gracia. El Dios del amor ha resucitado a Jesús.

No tengamos miedo porque Dios al resucitar a Jesús ha hecho que los hombres y mujeres de este mundo tengamos un futuro para nuestra vida. El temor del futuro es una de nuestras tentaciones más insistentes. ¿Qué será de mí, que será de mi familia, qué será de nuestra Iglesia, qué será de nuestra sociedad? El Dios que resucitó a Jesús nos ha tomado a su cargo. Ha unido nuestra suerte con el destino del Resucitado. Como Jesús, tendremos que padecer y sudar y llorar. Pero no nos faltará la fuerza, el consuelo, la alegría, la perseverancia nacida del Resucitado.

Cristo ha Resucitado para nuestra salvación, ahora sabemos que Dios es incapaz de defraudar las esperanzas de quienes lo invocan como Padre. Dios es Alguien con fuerza para vencer la muerte y resucitar todo lo que puede quedar muerto.

Ahora sabemos que Dios es Alguien que no está conforme con este mundo injusto, en el que los hombres somos capaces de crucificar, incluso al mejor hombre que ha pisado nuestra tierra. Dios es Alguien, hermanos, empeñado en salvarnos por encima de todo, incluso, por encima de la muerte.

Con Jesús Resucitado, ni el mal, ni la injusticia, ni la muerte tienen ya la última palabra. Con Jesús Resucitado, la vida no es un misterio sin meta ni salida. Porque, conocemos ya, de alguna manera, el final: nuestra resurrección.

Vayamos a anunciar a todos esta gran noticia de la Noche Pascual: Jesucristo está vivo. Es la mejor noticia para todo el mundo. Todo el mundo necesita conocer esta noticia; todo el mundo tiene derecho a conocerla. Nosotros que la hemos acogido tenemos el deber de anunciarla con obras y palabras, con entusiasmo y convicción, con paciencia y perseverancia.

Después de bendecir el agua bautismal vamos a renovar nuestra fe, la fe que un día profesamos en nuestro bautismo.  Los que hemos sido bautizados en Cristo hemos sido sumergidos en su muerte y resurrección, para que veamos este mundo con ojos de bautizados, ojos de resucitados y dar frutos del “cielo nuevo y la tierra nueva”.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

En esta mañana de Pascua me dirijo a todos vosotros con la noticia más importante que el hombre haya podido escuchar y conocer jamás: Nuestro Señor Jesucristo, que sufrió todo un sin fin de tormentos hasta morir en la cruz del Gólgota para que fueran perdonados nuestros pecados, ha resucitado como lo había previsto.  

Demos gracias al Padre porque Jesús ha vencido a la muerte, y vive para siempre, y con esa victoria sobre la muerte, nosotros también hemos vencido a la muerte y podremos disfrutar algún día, con Él y con todos los santos, las moradas que nos tiene preparadas en el cielo.

Porque Cristo ha resucitado y está vivo hoy todo es nuevo.  Todo lo podemos contemplar desde esta luz.  Es posible renacer, es posible cambiar el mundo, es posible confiar en nosotros mismos y en los demás porque el Espíritu de Dios está en nuestro interior.

Cristo ha vencido la fatalidad, el “no hay nada que hacer”.  Podemos volver a empezar de nuevo.  Nuestra vida tiene sentido en Cristo.  “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.  Con Él todo lo podemos.  Con Él hemos recuperado nuestra libertad y nuestra capacidad de amar de verdad.

Podemos decir, con la antorcha de la fe en Cristo en nuestras manos, sí a la vida y a la esperanza.  Sí a la dignidad de la persona humana, al amigo, a la esposa(o), al niño.  Sí al enfermo y al anciano.  Sí a Cristo que nos precede y que ha abierto un horizonte de esperanza a la humanidad, la esperanza de una vida mejor, la esperanza de la resurrección.

Hoy también nos dicen los ángeles a nosotros: “No temáis”.  Cristo está con nosotros.  Él está vivo. Hoy la muerte ha sido derrotada. Y si ésta es la noticia, como hijos salvados del pecado y de la muerte, ahora nosotros tenemos el deber hermosísimo de continuar la obra que Él inició.

Porque quien murió por nuestros pecados quiere que nosotros seamos quienes lo ayudemos a llevar el mensaje de la Resurrección al resto de nuestros hermanos, allí donde se encuentren.

Pero, ¿dónde se encuentran nuestros hermanos? Las mujeres que acudieron al sepulcro en aquella primera mañana de Pascua son el ejemplo perfecto de la transmisión de la buena noticia.  Ellas no dudaron, corrieron hacia donde estaban los tristes, los acobardados, los sufrientes, y así, ellos fueron los primeros en recibir el mensaje de la salvación.

No es difícil encontrar entre nosotros a hombres y mujeres tristes y desconsolados porque no encuentran el sentido de sus vidas: cuando muere un familiar, cuando la crisis económica amenaza a tantas de nuestras familias, cuando vemos tantas injusticias a las que no podemos poner remedio desde nuestros limitados recursos humanos.  Todos sabemos quién es ese familiar, amigo o vecino que necesita de la esperanza de la resurrección para continuar su vida con dignidad.

En nuestros tiempos, donde los hombres caminan tan perdidos detrás de las modas y de los falsos profetas, se hace urgente que todos los cristianos seamos testigos de la Resurrección del Señor. Proclamemos, pues, todos juntos y cada uno en su lugar, que Cristo es la esperanza para todos los hombres.

Por eso, nosotros como cristianos que creemos y tenemos esperanza en la resurrección tenemos que ser los testigos de Cristo resucitado en el mundo de hoy.  Si nosotros no damos fe de Jesús resucitado, ¿Quién lo hará?  Si nosotros no enseñamos la Palabra de Dios, ¿Quién lo hará? ¿Quedará muda la voz de Dios en nuestra sociedad actual porque no prestamos nuestra voz para dejar oír el mensaje de Dios a nuestro mundo? 

Esto no es posible.  Dejaríamos de ser cristiano le robaríamos al mundo el mensaje más importante y valioso: Cristo resucitado y su Evangelio.  Tenemos que ser testigos de Cristo resucitado y ser portavoces de la Buena Noticia para este mundo que nos ha tocado vivir.

Proclamemos, pues, todos juntos y cada uno en su lugar, que Cristo es la esperanza para todos los hombres.

Con la celebración de la Pascua de Resurrección ponemos punto final a Triduo Pascual e iniciamos la Cincuentena Pascual que, a diferencia del Adviento y la Cuaresma, no nos prepara para nada especial, sino que nos prolonga la celebración de la fiesta más importante del año, como si fuese un domingo de cincuenta días. Tenemos, pues, 50 días para celebrar la noticia más importante para nosotros: Cristo vive y no estamos solos.

Feliz Pascua de Resurrección a todos.

lunes, 22 de marzo de 2021

 

DOMINGO DE RAMOS (CICLO B)

Empezamos hoy la Semana Santa.  Un tiempo especial para contemplar los misterios de la Pasión, muerte y resurrección de Cristo.  Y empezamos la Semana Santo con el domingo de Ramos en el que celebramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.


La Pasión de San Marcos nos ha presentado las conspiraciones de los fariseos y sacerdotes; el juicio contra Jesús, lleno de calumnias y mentiras; la negación de Pedro y el miedo de los discípulos; el horror de la tortura, la angustia y el sufrimiento de Jesús.


Cuando vemos todo esto que sucedió, uno se pregunta: ¿Cómo es posible que todo esto sucediera en unos pocos días?  ¿Cómo es posible que nadie saliese en defensa de Jesús?  ¿Dónde estaba toda aquella gente que lo aclamaba y vitoreaba a la entrada de Jerusalén? Esa misma multitud que hoy lo vitorea es la que a los pocos días pedía a gritos su crucifixión.  ¿Cómo pudieron olvidar tan pronto todo el bien que Jesús había hecho?


Pero el problema de la Pasión de Jesús es que se sigue repitiendo hoy día.  Todo lo que sucedió entonces, sigue sucediendo hoy.  Aquellos protagonistas somos hoy nosotros.  También hoy, como aquella multitud de entonces, somos capaces de vitorear a Jesús, pero sólo cuando nos conviene: cuando nos viene una enfermedad o ante un problema grave, entonces buscamos el milagro fácil.  Pero con mucha facilidad somos capaces de negar a Jesús, de rechazarlo cuando nos damos cuenta que lo que Él quieres es servicio y no poder ni privilegios; coherencia y no apariencia; solidaridad y no egoísmo.  También nosotros hoy, nos podemos convertir en fariseos cuando con la excusa de defender la ley, humillamos y despreciamos a los demás.


La negación de Pedro se repite hoy, cuando no queremos complicarnos la vida con compromisos con la Iglesia; y el miedo de los discípulos está presente en nosotros cuando huimos del compromiso con la justicia y con los más necesitados de nuestro mundo y permitimos que se siga hoy crucificando a todos aquellos que pide justicia y compasión.


La Cruz nos recuerda que este mundo sigue rechazando a Dios.  Pero la Cruz también nos recuerda cómo es Dios.  Y el Dios que muere en la Cruz es el Dios que nos ama, es el Dios que abre sus brazos en la Cruz para reconciliarnos con nosotros mismos y con Dios.


Dios sigue cargando sobre sus espaldas todo el horror y la maldad que los seres humanos somos capaces de hacer y sin embargo sigue apostando por nosotros.  Jesús ha dejado en este mundo una esperanza para todos los pobres y desheredados de este mundo, nos ha dicho que hay que seguir trabajando por la dignidad humana para que nadie más sea crucificado en este mundo.


El relato de la Pasión acababa con el testimonio de un centurión, un pagano, un testimonio proveniente del que menos cabía esperarlo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.   Este sí es el verdadero personaje con el que tenemos que identificarnos.  Después de haber colaborado en dar muerte al Señor, desde nuestra miseria y pecado, todavía podemos reconocerle a Él como el verdadero Hijo de Dios. Y desde este reconocimiento, volver nuestro corazón hacia todos los crucificados de la tierra para evitar que se levanten nunca más nuevas cruces.


Celebremos muy de verdad estos días santos.  Que nuestra participación en las celebraciones de esta semana santa sea una participación activa, ya que para vivir esta semana, nos hemos estado preparando durante toda la Cuaresma.  


lunes, 15 de marzo de 2021

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Estamos ya cerca de la Semana Santa, el próximo domingo celebraremos el domingo de Ramos. Durante todo este tiempo de cuaresma hemos ido haciendo un recorrido por la Historia de la Salvación para prepararnos a celebrar mejor la Pascua: la muerte y resurrección de Jesús.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos ha presentado la propuesta de Dios de hacer una nueva Alianza con su pueblo.  

Unas de las grandes preocupaciones de Dios es que el hombre se realice como persona, que alcance la felicidad plena.  Por eso Dios quiere cambiar el corazón del hombre.  Sólo con un corazón transformado el hombre será capaz de aceptar los planes de Dios y de conducir su vida de acuerdo a los valores que Dios nos propone para que así podamos alcanzar la armonía, la paz y la verdadera felicidad.

Dios lo que nos pide es que lo acojamos a Él en nuestra vida, que nos dejemos transformar, que aceptemos los retos que Dios nos propone para poder formar parte de la familia de Dios.  Tenemos que aceptar incondicionalmente las propuestas que Dios nos hace, no podemos ponerle “peros” a lo que Dios nos pide.  

Hay que estar atentos a los proyectos de Dios, aceptar sus planes, conducir nuestra vida de acuerdo a sus valores y dar testimonio de nuestro ser cristianos viviendo en comunión con Dios.

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo, el sumo sacerdote de la nueva Alianza, que se solidariza con los hombres y les señala el camino de la salvación.

Jesús vino a nuestro encuentro, asumió nuestra humanidad, conoció nuestra fragilidad, compartió nuestros dolores, miedos e inseguridades. Él comprendió a los hombres y sus flaquezas.

No estamos solos frente a nuestra fragilidad y debilidad; Cristo nos entiende, camina a nuestro lado, nos anima cuando no podemos caminar. Sobre todo, Cristo, camina con nosotros, nos muestra el camino hacia esa vida plena y definitiva que Dios nos quiere ofrecer. 

¿Tenemos tiempo en nuestra vida para escuchar a Dios y responder a sus retos? ¿Cumplimos siempre su voluntad? O no nos interesa lo que Dios tenga que decirnos o proponernos.

El evangelio de san Juan nos describe el temor y la angustia que Jesús está sintiendo ante la hora de su muerte.  Jesús no vivió para morir en la cruz. En su vida alivió los sufrimientos de las gentes, buscó la felicidad para todos.  Esto fue lo que lo llevó a la cruz porque sus enemigos no aceptaron lo que Jesús hacía y decía.

Tengámoslo claro, Dios no envió a su Hijo para que sufriera, para que lo mataran. Dios no quiere el sufrimiento de nadie. El Padre envió a su Hijo para salvarnos, para anunciarnos el Reino de Dios. No es el sufrimiento de Jesús lo que nos salva, sino el amor con que vivió ese sufrimiento. Jesús no murió de muerte natural, fue asesinado por la causa que defendía. 

A Jesús no le mataron por “ser bueno“, sino porque cuestionó y rechazó las instituciones y poderes que pervertían a aquella sociedad.

No siempre se ha entendido bien el sufrimiento. Hay sufrimientos que podríamos llamar normales: enfermedades, achaques, envejecimiento, son sufrimientos inevitables.  Hemos de tratar de superar estos sufrimientos, el dolor de la enfermedad, de nuestras torpezas personales. Hemos de buscar disminuirlos, evitarlos en lo posible, es legítimo. La vida es un don de Dios y hemos de conservarla mientras esté de nuestra mano.

Pero nuestra vida tiene también su límite: la muerte, y este dolor no podemos suprimirlo ni evitarlo.

Hay además un sufrimiento en el mundo fruto de nuestros egoísmos e injusticias. Injusticias con que nos herimos mutuamente, provocamos el reparto injusto de bienes, el hambre, generamos miseria y dolor, las amenazas, el terrorismo, la guerra. Estos sufrimientos son consecuencia de nuestra maldad, y hay que evitarlos. Dios quiere que vivamos como hermanos, que no provoquemos el sufrimiento de los demás, que nos ayudemos a vivir dignamente. 

Podemos y debemos también impedir los sufrimientos causados por las injusticias, por la privación de los derechos humanos, por el hambre, por la incultura, por no tener una casa digna.

Jesús sufrió, y como Él todos los que nos comprometemos en la tarea de organizar este mundo como un mundo de hermanos, un mundo justo, sufriremos el acoso de quienes se benefician de las injusticias, de los perversos.

Cuando se ama y se vive intensamente la vida, no se puede ser indiferente a las injusticias y al dolor grande o pequeño que provocan en las gentes. El amar incluye solidaridad en el dolor, porque “no existe ningún sufrimiento que nos pueda ser ajeno”. 

Quien quiere seguir a Jesús se dispone a seguir el camino de Jesús, que es desvivirse por los demás.

lunes, 8 de marzo de 2021

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Estamos ya en el cuarto domingo de cuaresma y las lecturas nos hablan del amor de Dios por su pueblo.  Las lecturas de hoy son un canto de alegría al mostrarnos que el amor de Dios por nosotros no sólo lo manifestó en palabras, sino con obras, al enviar a su Hijo para nuestra salvación. Por eso a este domingo se le llama “laetare”, es decir, el domingo de la alegría.  


La 1ª lectura del segundo libro de las Crónicas nos ha narrado cómo los israelitas había sido infieles a Dios y a su alianza y no habían escuchado a los profetas.  Por eso perdieron su templo y su patria y se convirtieron en esclavos.  Pero Dios que es misericordioso, después de 70 años regresaron a Israel y construyeron un templo símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.


La actitud permanente de Dios es compadecerse del pecador y del pueblo pecador porque el amor de Dios es incondicional; la actitud del pueblo pecador es obstinarse en el pecado cada vez más.


No siempre el pueblo de Israel respondió con fidelidad a Dios. La historia de Israel, como seguramente también la nuestra, es una historia de idas y retrocesos, de pecado y conversión y vuelta al pecado. Hay épocas en nuestra vida de gran crecimiento religioso, de entusiasmo personal y colectivo; y otras épocas de caída, de enfriamiento o de guerra contra Dios.


Si en nuestro mundo existe el mal es porque abandonamos a Dios; si existe corrupción e injusticias es porque abandonamos a Dios, nuestras infidelidades y nuestros pecados están llevando a este mundo a la ruina.  Todo el mal, la corrupción de tantas personas, tanto mal que hay en el mundo se puede evitar si dejamos de pecar.  Dios confía en nuestra fidelidad a Él, Dios confía en nosotros, Dios espera mucho de cada uno de nosotros.  Mantengámonos siempre fieles a Dios.


La 2ª lectura, de San Pablo a los Efesios nos dice que el amor de Dios por nosotros es tan grande que por eso estamos vivos con Cristo y muertos al pecado, y a tanto amor nuestra respuesta deber ser convertirnos a Él.


Dios es misericordioso y, por ello, nos ofrece la salvación, que no es un merecimiento nuestro, sino un efecto del amor de Dios a nosotros.  Ahora bien, nadie puede ser salvado si no quiere. Nosotros no podemos acudir a Dios con exigencias. Lo único que podemos presentar ante Dios para recibir el regalo de la salvación es nuestra profunda pobreza y el deseo de ser salvados por Él.


Los cristianos estamos llamados a vivir siempre alegres, porque la esencia de nuestra vida está en el hecho de que Dios nos ha amado con un amor individual y personal, particularmente a cada uno de nosotros. Y Jesús no deja de amarnos, ni nos abandona, ni se olvida de cada uno de sus hijos, ni aún en los momentos de mayor ingratitud de nuestra parte ni cuando nos apartamos de sus enseñanzas y recorremos la vida por caminos totalmente opuestos a los suyos.  El verdadero amor nunca pasa de moda ni se acaba.  Por eso Dios nunca pasa de moda, es eterno, porque Dios es amor.  


El Evangelio de san Juan nos muestra un diálogo de Jesús con Nicodemo. El diálogo concluye diciendo Jesús: “el que obra la verdad se acerca a la luz”.


Estas palabras son un resumen del mensaje que Jesús ha venido a traernos y expresan los deseos de los seres humanos: buscar la verdad, buscar la luz en medio de las tinieblas del vivir diario.  Todos buscamos la verdad, la luz que ilumine nuestra vida, pero no siempre estamos seguros de encontrarla.  Jesús nos dice hoy: el que busca la verdad, encuentra la luz.


En nuestra vida hay momentos de seguridad, de confianza, pero también hay momentos de dudas y de confusión, de no saber qué hacer.  Cuando nos pase eso, Jesús nos dice que busquemos la verdad y llegaremos a la luz.  Pero la verdad no es un archivo de documentos que se guarden en una caja fuerte o una mina que haya que descubrir y explotar.  La verdad es lo que Jesús le dice a Nicodemo: “Yo soy la Verdad enviada por Dios, el amor de Dios que nos salva, que nos lleva a la verdad, el que actúa con verdad, llega a la luz”.


La Verdad es vivir conforme a la luz que Jesús nos trae, es vivir como Dios nuestro Padre desea: amando a los hermanos.  La verdad tiene que ser llevar a cabo en nuestra vida los proyectos y deseos que Dios quiere que hagamos y que vivamos fieles al amor a Dios y a los hermanos.


Buscamos la verdad cuando huimos de las tinieblas, del odio, de la violencia, del egoísmo; buscamos la verdad cuando huimos de la mentira.  Buscamos la verdad cuando trabajamos por la justicia, la paz, la honradez; cuando ayudamos a quien lo necesita.  Buscamos la verdad cuando somos fieles a los compromisos que hemos hechos con Dios.


Preguntémonos hoy: ¿buscamos la verdad en nuestra vida o hemos convertido nuestra vida en una mentira?  ¿Educamos a los niños, y a los jóvenes a vivir en la verdad o los hacemos cómplices de nuestras mentiras?  Si nosotros no los enseñamos y los educamos a vivir en la verdad, ¿Quién lo hará?


Nosotros seremos verdaderos cristianos cuando optemos por la verdad, cuando nuestra fe sea verdadera, porque una fe verdadera hace personas más honestas, misericordiosas y justas. Personas que optan por la vida, la luz y la verdad.



lunes, 1 de marzo de 2021

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

La Cuaresma es un tiempo de conversión y renovación.  Dios siempre está preocupado por conducirnos a una vida nueva, por eso las lecturas de hoy nos hablan de lo que tenemos que hacer para alcanzar la vida nueva que Dios nos ha prometido.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos trae la formulación de los diez mandamientos. Los 10 Mandamientos nos manifiestan la preocupación de Dios por orientar la conducta de su pueblo por el buen camino.

Cuando se piensa hoy en día en “ley”, en “mandamientos”, inmediatamente se nos ocurre pensar en restricciones a la libertad que ¡tanto! apreciamos y defendemos. Y no es así. Como nos dice el Salmo de hoy: “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma…  y alegran el corazón… y da luz a los ojos”. 

Los 10 mandamientos son “¡leyes de vida y de libertad! Si el pueblo observa la Ley de Dios, conocerá la libertad para siempre”.  Si revisamos bien los Diez Mandamientos, éstos son, como dice el Salmo, una guía invalorable para andar en el camino. Son una síntesis del amor a Dios y del amor al prójimo, y contienen exigencias mínimas para que la sociedad funcione debidamente. 

Los 10 Mandamientos: “salvan al ser humano de la fuerza destructiva del egoísmo, del odio y del engaño. Nos libran de la codicia de poder y de placer que altera el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad y la de nuestro prójimo”.

Los primeros mandamientos, regulan las relaciones del pueblo con Dios: Él será el único Dios; ninguna imagen podrá sustituirlo; su nombre será respetado; se le consagrará un día de descanso semanalmente. Los restantes mandamientos regulan la convivencia entre los miembros del pueblo: el respeto a los padres, a la vida, a la relación hombre-mujer, a los bienes y a la fama. Todo ello basado, no solamente en unas “medidas de buena convivencia social”, sino en la fe en un Dios único que pone las bases a un código moral de respeto mutuo y de salvación.

Dios nos hizo libres: para escoger el bien en cada situación, no para elegir el mal. Y los Mandamientos de Dios son esa guía hacia el bien. Y siguen vigentes hoy y siempre, porque la Ley de Dios, como nos dice el Salmo, “es santa y para siempre estable”.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Corintios, nos invita a descubrir que la salvación, la felicidad no se encuentra en el poder, en la riqueza o ser importantes ante el mundo, sino en la aceptación de la cruz, es decir, en amar, en poner nuestra vida al servicio de los sencillos y humildes.

Los seres humanos buscamos, muchas veces, seguir a líderes vencedores, que se imponen a la fuerza y que muestran su poder y su sabiduría, a veces incluso con prepotencia; sin embargo, Dios se nos muestra en la figura de Jesús, abandonado por sus amigos, condenado por las autoridades y muerto en la cruz.  Si Dios se manifiesta así, no busquemos nosotros ser importantes, ni tener autoridad, ni ser protagonistas; busquemos el escándalo de la cruz para obtener la felicidad y la vida en plenitud.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús expulsando a los vendedores del templo.  Este evangelio de hoy es para criticar cierto tipo de religiosidad.  No se viene a la Iglesia para obtener una especie de impunidad, para comprar un buen puesto de seguridad.  Hay que convertirse.

Con Dios no se comercia.  No se enderezan las cosas equivocadas, rezando un padrenuestro.  Las cosas incorrectas sólo se enderezan mejorándolas.  

En el mercantilismo religioso caemos todos. Qué son si no esas promesas que hacemos de dar una limosna, de comulgar todos los días una temporada, de dejar de beber, Si… nos sale bien un examen, un negocio, un asunto cualquiera. Y a que vienen nuestros enfados con Dios cuando no nos concede lo que le pedimos. Enfados que mostramos en esas frases tan repetidas: “con lo que se lo he pedido al Señor y no me oye”. Y esos enfados nos separan del Señor.

No está mal pedir, “pedid y recibiréis”, dice el Señor, pero no podemos convertir a Dios en una gran tienda en la que en cada sección encontramos lo que buscamos. Si fuéramos a visitar a nuestros padres sólo cuando vamos a pedirles dinero, seríamos unos aprovechados y poco amor verdadero habría allí.

No se puede venir a la Iglesia y después continuar robando, explotando, levantando falsos contra el prójimo.  No se puede ser sincero con Dios cuando se engaña a los semejantes.  Dios no acepta que estemos hincados de rodillas en la iglesia, si después pisoteamos la justicia.  No se va a la Iglesia para huir de esta vida, sino para tomar conciencia de nuestras responsabilidades.

Un culto a Dios que no esté basado en la justicia, la honradez y la caridad hacia el prójimo, es un culto falso y mentiroso.

Jesús quiere desenmascarar la hipocresía de muchas actitudes religiosas.  Jesús quiere que modifiquemos nuestra conducta, que le demos a Dios un culto verdadero.  Nosotros no somos perfectos, pero Jesús nos pide que seamos sinceros en nuestra relación con Dios.

lunes, 22 de febrero de 2021

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Las Lecturas de este Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma nos hablan de cómo debe ser nuestra respuesta al llamado que Dios hace a cada uno de nosotros y cuál será nuestra meta, si respondemos al llamado del Señor. 

La 1ª lectura del libro del Génesis, nos presenta a Abraham siendo probado en su fe y en su confianza en Dios. 

Abraham es nuestro padre en la fe.  Él tuvo una fe inconmovible, una fe a prueba de todo, y esa fe lo llevaba a tener una confianza absoluta en los planes de Dios y una obediencia ciega en la voluntad de Dios.

A Abraham Dios comenzó pidiéndole que dejara todo: “Deja tu país, deja tus parientes y deja la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré”.  Y Abraham sale sin saber a dónde va. Deja todo, renuncia a todo: patria, casa, familia, estabilidad, etc. Confía absolutamente en Dios y se deja guiar paso a paso por Dios.  Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo.  Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo único, con tal de obedecer a Dios.  Dios exige y exige el máximo de nosotros.  Puede exigirnos porque Él siempre nos da el máximo.

A nosotros también, esta cuaresma se nos llama a fortalecer nuestra fe en Dios. Se nos pide una fe adulta, firme, serena. Una fe que aprenda a centrarse en lo fundamental, que no abandone a las primeras de cambio. Una fe valiente para afrontar, desde la confianza en Dios, todas las etapas de la vida.  Abraham es un buen ejemplo para nosotros que tenemos, a veces, una fe débil y poca confianza en Dios.   

Por eso, en esta cuaresma veamos qué personas y qué cosas nos hacen apartarnos de Dios y alejémonos de ellas, aunque nos cueste, pero es preciso que nos esforcemos esta cuaresma en que Dios ocupe el lugar más importante de nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos recuerda cómo Dios nos ama con un amor inmenso y eterno.

Nos decía hoy san Pablo: “El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”.  Dios nos amó hasta el extremo del amor. Lo dijo Jesús: “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado”.  

Ante tanto amor, ¿cómo podemos permanecer insensibles?, ¿cómo podemos caminar de espaldas a Dios?, ¿cómo podemos vivir una vida tan mediocre y tranquila?, ¿cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama? No hay respuesta adecuada. Sólo cabría decir que somos unos pobres egoístas, indignos de tanto amor. Y si al menos dijéramos eso, si al menos sintiéramos un poco de dolor de amor herido, si al menos derramáramos alguna lágrima de arrepentimiento.  Dios nos ama y cuando seamos conscientes de este amor podremos enfrentar sin miedo cualquier adversidad que se nos presente en la vida.

El Evangelio de San Marcos, nos ha presentado el episodio de la Transfiguración de Jesús.  Superada la prueba del desierto, Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar y se escucha la voz de Dios que dice: “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.

Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

También a los cristianos se nos ha olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe. Si comenzamos a escuchar de verdad a Dios, podemos estar seguros que estamos en el camino correcto para alcanzar la salvación.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser sorprendente.  Su persona se nos escapa. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades y nos damos cuenta que Jesús quiere conducirnos hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Escuchar y encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con Él y desde Él cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Escuchar a Jesús es darnos cuenta que ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestros pecados.

¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.  Quizás tengamos que empezar por pedirle a Dios: “Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

Ojalá, pues, queridos hermanos, que siempre estemos dispuestos, como Abraham, como tantos otros, a escuchar a Cristo en esta cuaresma.

lunes, 15 de febrero de 2021

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Un año más, iniciamos este tiempo de gracia que es la Cuaresma.  La Cuaresma es la gran invitación que Dios nos hace a dejarnos amar por Él.  Por eso debemos aprovechar este tiempo especial para dar frutos de conversión.  Esta Cuaresma debe ser para nosotros un tiempo de cambio.  A veces nos cuesta creer en la posibilidad de cambiar.  Parece difícil poder cambiar.  A veces nos parece imposible.  Quizás alguna vez lo hemos intentado.  Pero lo más importante para cambiar es fiarse de Dios.  Para Dios nada hay imposible.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos ha hablado del diluvio universal.  Sólo Noé y su familia se salvaron de este diluvio por su fidelidad a Dios.

Dios tiene que intervenir en el mundo porque la humanidad se había alejado de Dios y vivía en pecado.  Dios tiene que intervenir para corregir a la humanidad, porque el pecado es incompatible con Dios.  El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

Después del diluvio comienza una nueva etapa para la humanidad, una etapa en la que se hace presente la bendición de Dios y el compromiso de fidelidad manifestado por Noé.

La Cuaresma es tiempo propicio que debemos aprovechar para: el reconocimiento de nuestros pecados y el ruego de perdón a Dios mediante el Sacramento de la confesión, la acogida de la Palabra de Dios, del Evangelio de Jesús, como Buena Noticia, frente a las desconsoladoras noticias de cada día, intensificar la oración y la recepción de los Sacramentos que, en estos días, serán como el “Arca de Noé” que nos llevará a vivir una vida nueva más cerca de Dios nuestro Padre.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro nos recuerda que con la muerte y la resurrección de Jesús, Dios hace un nuevo y definitivo pacto con los hombres, pacto que queda sellado con el sacramento del Bautismo. 

El agua del diluvio fue el elemento purificador del mundo, y el arca fue el instrumento por medio del cual Noé y su familia salvaron la vida.  Nosotros, por el agua del bautismo somos purificado del pecado y formamos parte de la vida de Dios; una vida nueva que podemos disfrutar gracias a la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Si el arca de Noé tuvo que realizar una travesía por medio de las aguas del diluvio, nosotros hemos hecho también una travesía desde la orilla del pecado hasta la cercanía con Dios, por medio de Jesús.  Este camino no es fácil, por eso san Pedro nos invita a mirar el ejemplo de Jesús que sufrió siendo inocente para salvar a los culpables.

Ahora, en esta Cuaresma, se nos ofrece la posibilidad de caminar durante 40 días hasta la alegría de la Pascua, símbolo de nuestra llegada a puerto. Y será travesía de tranquilidad si la realizamos de la mano del Señor por medio de la oración, los Sacramentos, y el compromiso cristiano de fidelidad a Dios.

El Evangelio de san Marcos nos ha narrado las tentaciones de Jesús en el desierto y la llamada a la conversión.

El hombre moderno ha ido perdiendo el “sentido de Dios” pero esta pérdida de fe religiosa no le ha hecho ser más humano. Para el hombre no tendrá sentido el Evangelio como Buena Noticia, mientras no llegue a aceptar la invitación de Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio”.  La Cuaresma nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos y, al reconocernos pecadores, a dar un salto hacia adelante para alcanzar el perdón de Dios por medio de una sincera conversión.

¿Y cómo podemos arrepentirnos, sino escuchamos a Dios?  ¿Y cómo podemos escuchar, si no hacemos silencio en nuestro corazón? Es necesario hacer callar muchas voces y mucho ruido cotidiano, para oír mejor la llamada de Jesús, a cambiar, a renovarnos, a revisar la gracia de nuestro bautismo, a morir al pecado y resucitar a Cristo.

Tengamos confianza en Dios.  Arrepintámonos de todo nuestro mal, de todo lo que impide que seamos auténticos hijos de Dios.  Y si hacemos esto, Cristo vencerá el mal que hay en nosotros y nos ayudará a que nos convirtamos. En esta Cuaresma debemos ver todo lo que hay de desorden en nuestras vidas y ordenar nuestras vidas según los criterios del Evangelio.

Mirando a nuestro alrededor vemos que los hombres están insatisfechos, pero no se sienten pecadores. Por eso la Cuaresma y la invitación al arrepentimiento y conversión resultan incomprensibles e inaceptables para muchos.

No ha de ser así entre nosotros. Para disfrutar la alegría del perdón y el gozo de nuestra liberación, tenemos que reconocer nuestra condición de pecadores. Daremos un paso adelante en el camino de la conversión si hacemos de la Cuaresma un verdadero camino en el que facilitemos un mayor encuentro con Dios por la oración, los Sacramentos y la vida austera.

La Cuaresma es para preguntarnos ¿quiero hacer caso a Cristo?  ¿Quiero escuchar su predicación, acoger su reino y creer de verdad? 

Dejemos que hoy Cristo nos hable.  No nos hagamos los sordos.  Ojalá que hoy lo escuchemos y le hagamos caso.