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lunes, 6 de mayo de 2024

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO B)


Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión de Jesús al cielo. Jesús se va al cielo y ahora es nuestro turno. Nosotros tenemos que llevar a cabo la misión de Jesús; nosotros tenemos que continuar el trabajo que Jesús comenzó: Anunciar la Buena Noticia a los hombres y ser testigos del amor de Dios.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos decía: “qué hacéis ahí plantados mirando al cielo”

La Ascensión nos invita a estar en la tierra, haciendo lo que aquí tengamos que hacer, todo dentro de la Voluntad de Dios y llevando a todos los que podamos la Palabra de Dios.  Pero debemos estar en la tierra sin perder de vista el Cielo, la Casa del Padre, a donde nos va llevando Cristo.

A los cristianos se nos ha acusado muchas veces de estar demasiado atentos al cielo futuro, y poco comprometidos en la tierra presente. Pero, ciertamente, son bastantes los cristianos que actualmente han dejado de mirar al cielo. Las consecuencias pueden ser graves. Olvidar el cielo no conduce automáticamente a preocuparse con mayor responsabilidad de la tierra. Ignorar al Dios que nos espera y nos acompaña hacia la meta final, no da una mayor eficacia a nuestra acción social y política. No recordar nunca la felicidad a la que estamos llamados, no acrecienta nuestra fuerza para el compromiso diario.

Por otra parte, obsesionados por el logro inmediato de bienestar, atraídos por pequeñas y variadas esperanzas, atrapados en la rueda del trabajo y el consumo, quizás necesitamos que alguien nos grite: “Creyentes, ¿qué hacéis en la tierra sin mirar nunca al cielo?”.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos invita a la esperanza.  Nuestra esperanza es vivir en plena comunión con Dios.  Pero para ello, hemos de tomar conciencia de que no estamos solos, sino que vamos por la vida unidos a nuestros hermanos y formando parte de un mismo cuerpo que es Cristo.  En ese cuerpo, que formamos todos, Cristo es la cabeza y vive en la Iglesia y es en la Iglesia donde hoy se hace presente Cristo para todos nosotros.

En nuestra peregrinación por el mundo, tenemos que tener siempre presente “la esperanza a la que hemos sido llamados”: la resurrección.  Formamos un “cuerpo” con Cristo destinados a la vida plena y eterna.

Decir que formamos parte del “Cuerpo de Cristo” significa que debemos vivir en comunión con Dios, pero también significa vivir en comunión, en solidaridad con todos nuestros hermanos, miembros del mismo “cuerpo”, alimentados por la misma vida.

Tenemos, como cristianos, que hacernos presentes en el mundo para llevar a plenitud el proyecto liberador de Dios.  Esta tarea de liberación estará acabada cuando para todos los creyentes, Cristo sea “uno en todos”.

En el Evangelio de san Marcos Jesús nos dice: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.  Estas son las palabras de Jesús resucitado antes de subir al cielo.  Estas palabras de Jesús son un mandato.  Y el objetivo de la predicación es el Evangelio.

Este Evangelio se tiene que dirigir a toda creatura.  Nosotros, bautizados y confirmados, hemos recibido el Espíritu que nos hace apóstoles y por eso cada uno de nosotros tenemos la obligación de anunciar el evangelio.

Estar junto al Padre es estar en el amor del Padre. Desde el día de la Ascensión, los seguidores de Jesús conocemos que nuestra meta final es estar donde está Jesús, con el Padre.

Celebrar la fiesta de la ascensión del Señor es celebrar que Jesús ha adquirido la plenitud más allá de las posibilidades humanas: en Dios. Es creer que Jesús hombre como nosotros, ha entrado en la vida íntima de Dios, es partícipe de su divinidad. Es celebrar que está en el cielo, es decir que tiene un lugar en el corazón de Dios, en una existencia nueva, plena y feliz. Que tiene a Dios en plenitud y vive su amor.

La ascensión de Jesús no es sólo su triunfo; es también el nuestro, porque sube con nuestra carne. Por eso, en esta fiesta celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; el triunfo de todo lo que nos eleva como seres humanos, sobre lo que nos deshumaniza. Es la fiesta de la superación humana, el triunfo de todo lo positivo.

Es celebrar que nuestra meta es: el cielo. Dios es el cielo.

No te conformes con los horizontes estrechos de este mundo; tú aspira a un amor sin egoísmos ni ambigüedades, aspira a una vida plena en la que se realicen todos los sueños humanos de felicidad, vida, amor y armonía. Aspira al cielo. Pero, sin olvidarte, que el único camino que tenemos para ir al cielo es la tierra.

lunes, 29 de abril de 2024

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


El tema central de las lecturas de hoy es el amor como programa principal para la vida de un cristiano.  El amor es el “mandamiento” principal que tenemos que vivir los cristianos.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos dice claramente que la salvación que Dios ofrece a la humanidad es para todos los seres humanos.  Para Dios lo importante no es pertenecer a una raza, a un partido político, a un grupo social, sino la disponibilidad para acoger la oferta de salvación que Él nos quiere dar.

Las únicas personas que no se salvan son aquellas que se cierran por orgullo o por autosuficiencia a los planes de Dios.

El Dios que ama a todos los hombres, nos invita a acoger a todos los hermanos, también a los diferentes, los que nos resultan incómodos, los que son del partido diferente a que yo milito, los que no piensan igual que yo.  A todo ser humano hay que acogerlo con bondad, comprensión, amor.  No nos toca a nosotros decidir quién es bueno y quien es malo, quien es santo y quien es un diablo.  Dios nos invita a que acojamos a todos, a que a todos los invitemos a formar parte de nuestra comunidad cristiana, sea cual sea su situación personal o social.  Estamos llamados a no excluir, a no marginar a nadie, a no ser intolerantes con nadie, a no tener prejuicios contra nadie.

Es fácil hablar de respeto, pero es más fácil matarlo con nuestros rencores, enemistades, egoísmos e injusticias.  Muchas veces amamos por interés. Dios ama a todos, el amor de Dios es universal.  La fe es universal y el mensaje de Jesús es universal.  Seamos nosotros un reflejo de ese amor de Dios.

La 2ª lectura de la primera carta de san Juan nos decía: “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.

Amar quiere decir tener el corazón y el alma dispuestos siempre a darse a todo aquel que necesite de nosotros, aunque no nos caiga bien o aunque pensemos que no tenemos la culpa de sus problemas.

Amar quiere decir ser capaz de conmoverse ante los dolores y las debilidades, y sentirlos como propios, sentirse responsable de ellos. Amar quiere decir estar en contra de la guerra y de los que hacen negocios a costa de ella. Amar quiere decir querer un mundo diferente, en el que todos los hombres vivan con dignidad, la dignidad de amados de Dios.

Amar quiere decir crear relaciones de confianza con los demás, no murmurar, ayudar, entender lo que les pasa a los demás en lugar de criticarlos. 

Nuestra vida, tanto en la familia como en la sociedad, nos ofrece muchas ocasiones para ejercitar el mandato del amor.  “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos dejaba el mandamiento del amor: “que os améis unos a otros como yo os he amado”,  

Todo amor que esclaviza no es verdadero amor. No es amor el sometimiento y la despersonalización que algunos de los esposos hace contra la esposa. No es amor la manipulación de los amigos para los propios intereses, los fines comerciales o políticos.  No es amor las relaciones sexuales que tienen como único fin la satisfacción personal y luego se deja abandona a la persona utilizada. No es amor ninguna expresión que esclavice, que domine, que torne en servidumbre a las personas.

Por eso Jesús nos decía hoy también: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

La amistad y el amor se basan en la confianza, en el diálogo, en el conocimiento y respeto mutuo. La amistad significa cercanía. El amigo es alguien con quien se trata de tú a tú. ¿Qué pruebas de amistad nos da Jesús? El amigo no tiene secretos con el amigo. Tampoco Jesús los tiene para nosotros: “He abierto mi corazón para comunicaros todo lo que sé; no tengo secretos para vosotros, os he dado a conocer todo lo que le oído a mi Padre”.

El verdadero amor produce alegría y cada discípulo de Jesús al saberse amado rezumará por todos sus poros una gran alegría. La alegría es la sonrisa de Dios en nuestras vidas y no se entenderán los “amados de Dios” con actitudes negativas y sentimientos pesimistas.

Si Dios me ama, ¿por qué voy a estar triste? Ciertamente no es fácil la alegría verdadera, estamos acostumbrados a la carcajada fácil y a la alegría superficial. Lo que Jesús nos propone es esa felicidad que se encuentra en lo profundo de nosotros porque nos reconocemos amados por Dios y porque queremos hacer participar a todos nuestros hermanos de esa misma felicidad. Todo lo contrario de lo que el mundo nos ofrece: una alegría que nace del dolor del otro y de la seguridad de que los demás no pueden tener lo que nosotros. El amor de Jesús es contagioso y por eso sólo es feliz quien hace un mundo más feliz, sólo conoce la alegría quien sabe regalarla; sólo tiene verdadera vida, quien es capaz de dar vida, y sólo se siente amigo, no esclavo, quien ama.

lunes, 22 de abril de 2024

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


La liturgia de este quinto domingo de Pascua nos invita a reflexionar sobre nuestra unión con Cristo y nos dice que sólo unidos a Cristo podremos alcanzar la vida verdadera que Dios nos ha prometido.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos habla de San Pablo. 

Para la comunidad cristiana no era fácil admitir a Pablo en la Iglesia de entonces, no era fácil confiar en el que había sido un gran enemigo y un perseguidor de los cristianos.  Sin embargo, la fuerza del Evangelio de perdonar y de amar se impone para aceptar a Pablo como un nuevo cristiano y poder unirse a la comunidad cristiana.

Nuestra vocación como cristianos no es seguir a Cristo aisladamente, sino formando parte de una familia de hermanos que compartimos la misma fe y que hacemos juntos el mismo camino del amor.

El cristiano no es un ser aislado, sino una persona que es miembro de un cuerpo, el Cuerpo de Cristo, formando parte de una comunidad, de la Iglesia.  No se es cristiano por libre, sino injertado en una comunidad.

Es en diálogo y compartiendo con los demás hermanos de la comunidad como nuestra fe nace, crece y madura y es en la comunidad, unidos por los lazos del amor y de la fraternidad, como nos realizamos plenamente como cristianos.

En una comunidad cristiana pueden surgir conflictos, tensiones porque podemos tener diferencias entre unos y otros miembros de la comunidad, pero las diferencias no nos pueden servir de pretexto para abandonar la comunidad y creer que podemos ir por la vida como cristianos en solitario.

La Iglesia es una comunidad formada por hombres y mujeres, con debilidades y fragilidades, pero es, sobre todo una comunidad asistida, conducida y guiada por el Espíritu Santo.

La 2ª lectura de la 1ª  carta de san Juan nos invita a no “amar de palabra y de boca”, sino de verdad y con obras.

Somos expertos en decir muchas palabras, muchas ideas. Pero una cosa es hablar y otra actuar. Palabras sin obras son ruidos, son simples sonidos. Cuántas palabras decimos que no son verdad. Cuantas palabras decimos porque buscamos el aplauso, o el reconocimiento o la posición política, pero esas palabras no son verdad.

Amar como Jesús nos amó, significa “amar primero”, no esperar a que los otros den el primer paso. Cumplir el mandamiento del amor es el resultado de acoger a Dios en nuestra vida. Abrirse al Amor auténtico es renunciar a la mentira, a las palabras falsas, a las conductas hipócritas. Amar en la verdad es lo que Jesús nos pide. Amar con las obras y no con el halago o por interés social. Amar es permanecer en Jesús, asumir su estilo, vivir su vida.

En el Evangelio de san Juan nos decía hoy Jesús: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”.

Hay un verbo que aparece repetidamente en el Evangelio de hoy: “Permanecer”.  Hay que permanecer unidos al Señor para poder dar frutos de vida cristiana.  Separarse de Jesús es como ir a la ruina.  Cuando andamos separados del Señor, cuando queremos vivir supuestamente nuestra fe por nuestra cuenta, lo que hacemos es buscar nuestros caprichos y nos acabamos sin dar ningún tipo de fruto.

Cuantas veces nos quejamos de trabajar mucho y tener pocos frutos.  A veces le echamos la culpa de nuestro fracaso a otras personas al ambiente.  El verdadero problema de no dar frutos es que no estamos trabajando para Dios sino para nosotros mismos.  Cuando andamos separados del Señor, por nuestra cuenta y riesgo, somos como los sarmientos secos que no producen fruto. 

Todos hemos visto salir adelante cosas y proyectos imposibles, verdaderos milagros, en gente, a veces, sin preparación o sin recursos, pero estaban bien unidos al Señor y sacaron adelante cosas que parecían imposibles.  Otras personas, quizás más preparadas y con todos los medios a su alcance, sólo construyeron castillos en el aire.  Hay que recordar que los milagros los hace Dios, no nosotros.  Por eso no debemos vanagloriarnos de nuestros éxitos ya que “todo es gracia de Dios”, sin Dios no podemos hacer nada.

En el cultivo de la vid un trabajo necesario es la poda.  Si no se cortan las ramas secas, las uvas serán pocas y de muy mala calidad.  Hay que podar en nuestra vida entretenimientos, diversiones que nos quitan tiempo y energías para dar frutos; hay que renunciar a caprichos y egoísmos que nos van secando en nuestra vida cristiana.  Si no aprendemos a saber renunciar a ciertas cosas, no podemos estar bien unidos al Señor, no podemos ser cristianos de buena calidad.

Quizás deseamos formarnos como personas y como cristianos; quizás nos gustaría prepararnos bien para formar un matrimonio y una familia bien unida; quizás nos gustaría colaborar, ayudar, hacer muchas cosas, pues para eso, tenemos que podar muchas distracciones, tiempo libre, cosas a las que le dedicamos mucho tiempo y no son necesarias.

Si no queremos que nos echen al fuego como al sarmiento seco, si no queremos que nuestra fe se seque y se convierta en palabras vacías, hay que estar bien unidos al Señor y así y sólo así daremos frutos en abundancia.

lunes, 15 de abril de 2024

 

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


Hoy, nosotros que somos la Iglesia, celebramos a Cristo-resucitado Buen Pastor. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Jesucristo como el único salvador: “ningún otro puede salvarnos”. No nos dejemos engañar por otras personas, por otros caminos que nos presentan propuestas falsas de salvación. 

A veces el camino de salvación que Jesús nos propone está totalmente en contradicción con los caminos de supuesta salvación que nos proponen los líderes políticos, o las modas o la opinión pública; y nosotros tenemos que elegir coherentemente de acuerdo a nuestra fe y a nuestro compromiso cristiano.

A la hora de elegir entre lo que nos propone Jesús y lo que nos proponen otros líderes, no nos olvidemos que la propuesta de Jesús tiene el sello de garantía de Dios, y no olvidemos que el camino que nos conduce al encuentro con Dios, es sólo el camino de Jesús.

Para nosotros los cristianos, Cristo ha de ser “la piedra angular” sobre la cual construimos nuestra vida y la historia de nuestro tiempo.  ¿Es Cristo, para nosotros, el punto de referencia de todo lo que hacemos?

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos recuerda que Dios nos ama con un amor sin límites y por eso somos hijos de Dios.  Ser hijos de Dios significa que todos los hombres tenemos la misma “categoría”, el derecho al mismo respeto y podemos exigir ser tratados todos de la misma manera porque nadie es más hijo de Dios que otro, todos podemos decir: “¡soy hijo de Dios!”

¿Cómo debemos responder los hijos de Dios al amor que Él nos tiene?  El hijo de Dios es aquel que responde al amor de Dios viviendo coherentemente su fe, esto quiere decir, respetando y cumpliendo los mandamientos de Dios; viviendo el amor al prójimo, a ejemplo de Jesucristo.

Vivir como hijos de Dios implica que muchas veces hemos de tomar opciones y hay que desechar aquellas opciones que están en contradicción con los valores de Dios aunque esto suponga que nos desprecien, se rían o no nos tomen en cuenta.  No olvidemos que Jesús también fue rechazado por eso mismo.  Los cristianos no debemos tener miedo de ser coherentes con nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos decía que Jesús es el Buen Pastor que da la vida por las ovejas. Jesús, el Buen Pastor, conoce a sus ovejas. Conocer a los demás es un medio – modo – para amar, pues cuanto más se conoce más se ama y, sobre todo, cuanto más se ama mucho mejor se conoce a una persona. A los humanos si algo nos impresiona es sentirnos queridos, amados profundamente y con generosidad por alguien; sentirnos amados por alguien a quien apreciamos.

Jesús nos asegura que nos conoce uno a uno, Él, que ha dado la vida por nosotros, nos ama, nos llama a vivir unidos íntimamente con Él y espera que respondamos a esa relación.

Es importante que caigamos en la cuenta de lo que Cristo nos repite hoy una vez más: Él nos ama gratuitamente y nos llama a sentirnos amados por Él. Sentirse amado es el fundamento de la vida interior. Nos llama a vivir en trato íntimo con Él.

Jesús el Buen Pastor sabe que tiene otras ovejas que están alejadas, a las que también tiene que llegar. Su rebaño es un rebaño abierto a todos, no es un grupo cerrado y selecto, la Iglesia no es una sociedad cerrada, sus puertas están siempre abiertas para todos.

En este domingo se nos invita, pues: A ser “ovejas” del rebaño de Jesús; es decir a, escuchar su voz y a seguirlo. Hay que escuchar con el corazón a Jesús y llevar a la práctica lo que Él nos dice. Seguir a Jesucristo es querer identificarse con Él, asemejarse a Él. Jesús se ofrece a ser nuestro verdadero guía, a enseñarnos, para que aprendamos de Él la manera más humana de vivir. Pero también nos invita a ser “pastores”.

¿Quiénes estamos llamados a ser pastores? Todos los que pertenecemos al rebaño de Jesús, todos los cristianos, por nuestra entrega a los demás, estamos llamados a ser pastores. Pero hoy, en concreto, se recuerda a quienes han consagrado su vida de un modo especial a Dios: religiosos y sacerdotes. Todos ellos quieren continuar el “pastoreo” de Jesús en la Iglesia. Se nos invita a pedir hoy por las vocaciones sacerdotales que el Espíritu suscite vocaciones en su Iglesia para que siga creciendo el reino de Dios.

Preguntémonos este domingo: ¿Realmente Cristo es nuestro Pastor? ¿Qué voces escuchamos más seguido en nuestro caminar como cristianos? ¿Será la voz de Cristo? Jesús es y debe ser nuestro Pastor.

Que el Espíritu Santo conceda vocaciones sacerdotales a su Iglesia, suscitando respuestas generosas a todas las llamadas que hace a la juventud. Que nos conceda escuchar la voz de nuestro Pastor y seguirlo, identificándonos poco a poco con Él.

lunes, 8 de abril de 2024

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta, como portavoz de la Resurrección, a Pedro, en uno de sus primeros discursos diciendo al pueblo judío: “¡entregasteis al siervo del Dios de nuestros padres, lo rechazaron, pidieron en cambio el indulto de un asesino, hicieron cambiar a Pilato su decisión, cuando ya tenía decidido soltar a Jesús«. Lo más duro que Pedro les dice es: “¡Matasteis al autor de la vida!”

Pedro reconoce que este pueblo es un pueblo que asesina la Vida misma. Pedro se juega también la vida al ser tan claro. Sin embargo, se muestra enormemente comprensivo: “lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades”. Con esto se revela un drama de cualquier ser humano: podemos ser asesinos, sin darnos cuenta.

Nos ocurre con frecuencia: mientras por una parte defendemos la vida, por otra nos brotan sentimientos asesinos hacia aquellas personas que no son de nuestro agrado o que nos amenazan. Para defender la vida -en todo momento y circunstancia- se hace necesaria una fuerte espiritualidad, una sensibilidad divina, que nos permita cuidar la vida en todas sus expresiones: en la naturaleza, en la humanidad, en la historia.

Es probable que no pocos cristianos no se sientan demasiado afligidos por las muertes de las guerras. Es probable que a no pocos apenas les quiten del sueño las ejecuciones de inocentes a manos de los narcotraficantes o las muertes de tantas mujeres en manos de las redes del tráfico de seres humanos. ¡Estamos siendo solicitados, constantemente, a ser cómplices de unas muertes u otras!

Quizá votemos a favor de ciertas muertes… ¡Eso sí! ¡Por ignorancia! La ignorancia nos hace hacer estas cosas. Nosotros también cometemos pecados causados por esa misma ignorancia y debilidad. El pecado no se borra disimulándolo. Por ello, el Señor, nos llama a la conversión. Y Él, que es compasivo y misericordioso, nos concederá el perdón merecido por la muerte y resurrección de Jesús.

La 2ª lectura, de la primera carta de San Juan, nos dice que no es posible conocer a Jesús y no creer en Él; no es posible creer en Él y no vivir según sus enseñanzas.  Sólo el que vive como Él, el que cumple sus mandamientos puede decir que conoce al Señor.  San Juan llama mentiroso al que dice que conoce a Cristo pero no le afecta para nada en su vida.

Es una mentira decir que amamos a Dios y, luego en nuestra vida despreciar los valores que Dios nos propone y vivir la vida al margen de Dios y sus mandamientos.

Un creyente que dice amar a Dios pero en su vida lo único que hace es crear injusticias, conflictos, opresión, sufrimiento, vive en la mentira; un creyente que dice “conocer a Dios” y fomenta la violencia, el odio, la intransigencia, la intolerancia, está muy lejos de Dios; un creyente que dice tener “fe” y rechaza el amor, el compartir, el servicio, el venir a misa, está muy lejos de Dios y además es un mentiroso.

El Evangelio, según san Lucas, nos asegura que Jesús está vivo.  ¿Cómo podemos encontrar a Jesús resucitado?

El Evangelio nos dice, en primer lugar, que lo podemos encontrar en las Escrituras.  Cuando la comunidad se reúne para escuchar la Palabra de Dios, Cristo está presente y nos explica el sentido de las Escrituras. En segundo lugar, podemos encontrarnos con Jesús resucitado en la fracción del Pan, es decir, en la Eucaristía.

La Eucaristía es lugar privilegiado para que los creyentes abramos “los ojos de la fe”, y nos encontremos con el Señor Resucitado que alimenta y fortalece nuestras vidas, con su mismo cuerpo y sangre.

No se puede vivir plenamente la adhesión al Resucitado, sin reunirnos el día del Señor a celebrar la Eucaristía, unidos a toda la comunidad creyente. Un creyente no puede vivir “sin el domingo”. Una comunidad no puede crecer sin alimentarse de la Cena del Señor.  Necesitamos comulgar con Cristo Resucitado.

Partir el pan, no es sólo una celebración cultual, sino un estilo de vivir compartiendo, en solidaridad con tantos necesitados de justicia, defensa y amor. No olvidemos que comulgamos con Cristo cuando nos solidarizamos con los más pequeños de los suyos.

¿Qué diría el resucitado de muchas de nuestras Eucaristías, de muchas comunidades cristianas, que se reúnen para celebrar la Misa, pero no se preocupan para nada de las necesidades del hermano, de las injusticias y situaciones de discriminación…?

Nos diría que no hemos entendido lo que es la Eucaristía. Aunque las celebremos con cantos, flores y palabras bonitas, si falta la caridad con el hermano, mal podremos reconocer a Cristo, en su gesto de entrega por los hermanos.

La Eucaristía, es también un compromiso de crear comunión entre nosotros y con todos los hermanos… y hasta tenemos en ella un gesto de paz, ¿pero este gesto es realmente un signo o es una comedia?

La Eucaristía es mucho más que una celebración cultual. Es un compromiso y un estímulo para vivir auténticamente nuestra fe.

lunes, 1 de abril de 2024

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  La Pascua de resurrección es una fiesta tan grande que no se puede celebrar en un solo día.  Por eso la Iglesia dedica 50 días para celebrarla.  Este segundo domingo de Pascua se le llama el domingo de la Divina Misericordia.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta los rasgos de la comunidad ideal: es una comunidad formada por personas diferentes.  La Iglesia es una comunidad que agrupa a personas de diferentes razas y culturas, unidas por Jesús y su proyecto de vida, pero todos los miembros de la Iglesia tienen y viven la misma fe con un solo corazón y una sola alma.

La Iglesia es una comunidad fraterna, solidaria, que comparte y se entrega al servicio de todos y así testimonia a Jesús resucitado.  La comunidad cristiana es una comunidad que comparte que vive el amor, el servicio.  El cristiano no puede, por tanto vivir cerrado en su egoísmo, indiferente a lo que le pasa a sus hermanos. 

La comunidad ideal es aquella que sabe compartir sus bienes.  Una comunidad cristiana donde algunos malgastan sus bienes mientras otros no tienen lo suficiente para vivir dignamente, no puede ser una comunidad cristiana.  No podemos creernos que somos cristianos simplemente porque venimos a la Iglesia, pero nos pasamos la vida acumulando bienes materiales y viviendo al margen de los sufrimientos de los hermanos más pobres.  No podemos creernos que somos cristianos porque damos unas monedas de limosna en la parroquia pero explotamos a los obreros o cometemos injusticias.

¿Qué nos ha pasado a los cristianos?  En nuestros corazones muchas veces lo único que hay es ambición y egoísmo.  La ley del amor la hemos sustituido por “mío, mío”, o “yo, yo, yo”.

Hay que compartir lo que se tiene, hay que dar al que lo necesita, hay que mirar también por los demás, hay que ser desprendidos, desinteresados y más generosos para ser esa comunidad ideal que nos describe hoy la primera lectura.

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos dice que amar a Dios significa adherirse a Jesús y por lo tanto amar a los hermanos.  Quien no ama a los hermanos no cumple los mandamientos de Dios y no sigue a Jesús.

Si amamos a Dios, a Cristo y a los hermanos, podemos “vencer al mundo”, es decir, podemos vencer al egoísmo, al odio, a la injusticia, a la violencia que gobierna el mundo.  A esta manera de vivir de muchas personas, nosotros tenemos que vivir el amor, el estilo de vida de Jesús.

El amor vence todo aquello que oprime al hombre y que le impide vivir una vida verdadera, una felicidad total.  Aunque el amor, a veces, parezca debilidad frente a los poderosos y a los dueños de este mundo, la verdad es que el amor siempre tendrá la última palabra.  Sólo el amor nos asegura una vida verdadera y eterna, sólo el amor es el camino para construir un mundo nuevo y mejor.

El Evangelio de San Juan, insiste hoy en que Jesús está vivo y presente en la comunidad, sobre todo cuando nos reunimos el domingo para celebrar la Eucaristía.

Los apóstoles estaba encerrado por miedo a los judíos y se aparece Jesús y les dice: “Paz a vosotros”. A nosotros los que estamos inquietos, belicosos unos contra otros, en una guerra interior más o menos sorda o ruidosa, a nosotros que hemos perdido la paz interior y quizá también la exterior, Jesucristo nos puede dar la paz, esa paz que sólo puede dar el que ha vencido definitivamente el odio y la violencia desde la cruz.

“Los apóstoles, al verlo, se llenaron de alegría”. También nosotros, en medio de los sinsabores y angustias de la actual situación, debemos llenarnos de alegría, porque Jesús que “estaba en medio de ellos” es el mismo que está en medio de nosotros: “dichosos los que creen sin ver”.

La fe en el Resucitado es la que puede vencer la verdadera enfermedad del hombre contemporáneo que es la tristeza. Para el hombre que anda en búsqueda nerviosa de distracciones, en afán desmedido de comodidades, nadando en placeres fugases, hay una buena noticia: el Resucitado, Cristo el Señor, puede dar una verdadera alegría que el mundo no da.

Pero la paz y la alegría no nos pueden llegar sin el perdón. Por eso Jesús el Resucitado nos ha dejado este gran regalo en su Iglesia: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Sólo podremos tener la verdadera paz cuando nos hayamos reconciliado con Dios y con los hermanos; gozaremos de la verdadera alegría cuando hayamos experimentado en nuestra vida el amor misericordioso de Aquél que entregó su vida por nosotros.

Sólo cuando experimentemos la salvación hecha perdón, paz, alegría, habremos descubierto lo que significó para los primeros cristianos decir “Jesús es el Señor”. Sólo cuando descubramos que Jesús es “nuestro Señor”, le encontraremos sentido a una catequesis continua en nuestra vida, sólo así podremos descubrir la maravilla de celebrar los sacramentos, no como ritos muertos, sino como presencia viva del Resucitado.

lunes, 25 de marzo de 2024

 

JUEVES SANTO (CICLO B)

Con esta celebración de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual, en el cual vamos a asistir a ese milagro de amor que es la Muerte y la Resurrección de Jesús.

Celebramos el Jueves Santo, el día del amor fraterno, el día de la caridad, el día del sacrificio y el sacerdocio.

En aquella Cena Pascual que Jesús celebró con sus íntimos amigos los apóstoles, Jesús nos dejó el Mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Es necesario que, quienes nos llamamos cristianos, porque creemos en Jesús; que quienes nos consideramos cristianos, porque intentamos seguir a Jesús en nuestra vida, nos esforcemos por vivir el Mandamiento del amor, ya que si nos amamos los unos a los otros, nos dice el Señor, “somos verdaderos seguidores suyos”.

Hoy, Jueves Santo, y todos los días de nuestra vida, los cristianos tenemos que tomar conciencia de la necesidad que tenemos de amarnos.  Y amarnos no sólo con palabras, sino con obras y de verdad.  Hoy también tenemos que tomar conciencia de la necesidad que tenemos de ayudarnos y comprendernos, como Cristo ayudó y comprendió siempre a quienes necesitaban ayuda y comprensión.  Hoy también tenemos necesidad de compartir lo que somos y lo que tenemos: nuestra fe, nuestra alegría, nuestra ilusión, nuestra generosidad y nuestro tiempo.

Hoy también tenemos necesidad de perdonarnos unos a otros cuando nos ofendemos, como señal de amor.  Por eso hoy celebramos el día del amor fraterno,  pero hoy también es el día del amor de Cristo, que en una tarde como ésta, nos amó hasta el fin.  Y Cristo nos manifestó su amor de muchas maneras: perdonando a los pecadores, curando enfermos, ayudando a los necesitados, defendiendo a las mujeres, hasta perdonando a sus propios verdugos.

Cristo nos manifestó su amor con palabras cariñosas: llama a sus discípulos “amigos, hijos”; les hace recomendaciones como un padre o una madre que se preocupa por sus hijos; los invita a vivir “unidos a Él”, como el sarmiento está unido a la vid.

Cristo nos manifestó su amor con promesas.  Jesús nos promete la paz: “la paz os dejo, mi paz os doy”.  Jesús nos promete la alegría: “Se alegrará vuestros corazones y nadie os quitará esa alegría”

Cristo nos manifestó su amor con gestos. Y el gesto más importante de Jesús, en esta noche del jueves Santo es el lavatorio de los pies.

Al lavar los pies a sus discípulos, Jesús nos está diciendo y enseñando lo que debe ser y hacer un cristiano.  Cristiano es el que sirve a los demás; el que se despoja y da incluso de lo que él necesita; es el que se pone a los pies del hermano, incluso del enemigo; es el que ama, el que ayuda, el que escucha, el que comprende y el que perdona.

La gran revelación de Jesús sobre Dios, es decir, lo más importante que Jesús nos dijo sobre Dios: no es que Dios existe, sino que nos ama; no es que Dios es Dios, sino que es nuestro Padre; no es que Dios es todopoderoso, sino que es misericordioso; No es que Dios es un Dios lejano, que está en el cielo, sino que es un Dios cercano, que está dentro de nosotros.

Si el amor de Dios a los hombres es lo más importante del mensaje de Jesús, nosotros tenemos que dar una respuesta a ese amor de Dios, amándolo a Él y amando al prójimo.

El Jueves Santo celebramos también la institución de la Eucaristía como manifestación del amor de Dios por nosotros.  Jesús en la Eucaristía se parte por nosotros, entrega su vida por nosotros. 

A la mesa de la Eucaristía todos somos invitados, a nadie se le excluye, por eso la Eucaristía es “la fuente y la cima de la vida cristiana”.  La Iglesia vive de la Eucaristía. 

No existe una verdadera comunidad cristiana si no celebra el sacramento de la Eucaristía, pero tampoco hay una auténtica Eucaristía, si no hay una verdadera comunidad cristiana.  Porque la Eucaristía es un banquete, una fiesta de comunión de hermanos.  No puede haber Comunión si no hay comunión de vida.

¿Quiénes no pueden ni deben participar en la Eucaristía?  Aquellos que no quieren vivir el valor de la fraternidad; aquellos que excluyen a los demás, aquellos que no comparten, aquellos que dicen amar a Dios con su boca pero se la llevan haciendo daño a los que lo rodean.  Aquellos que se creen mejores cristianos que los demás, aquellos que no están dispuestos a lavar los pies entregándose por todos, amigos y enemigos.

No podemos olvidarnos también hoy de la institución del sacramento del orden sacerdotal. 

Demos gracias a Dios por los sacerdotes. Jesús, en este día, se constituye en sacerdote, víctima y altar. ¡Cómo no dar gracias a Dios por este don! Pedid por nosotros los sacerdotes. Muchas son nuestras debilidades y otras tantas nuestras contradicciones. Que seamos capaces de mantener viva, con la ayuda del Espíritu Santo, la llama de la fe, el Ministerio que Dios nos ha regalado sin merecerlo.

Que con el testimonio, la audacia y valentía de todos los sacerdotes podamos seguir pregonando que Cristo está vivo y que, su presencia, es el camino, la verdad y la vida que el mundo necesita.

Esta tarde y el Domingo de Ramos son las dos ocasiones en que se proclama en la Iglesia la Pasión del Señor.

Hoy es el único día del año en que se suprime la celebración de la Eucaristía para dar paso, en la Liturgia de la Palabra, a la contemplación del acontecimiento en donde tienen origen todos los sacramentos, ya que del costado de Cristo en la cruz nacen todos ellos y nace la misma Iglesia.

Nos decía san Juan en el relato de la Pasión: “mirarán al que traspasaron”.  Nosotros miramos hoy a Cristo clavado en la cruz, el mismo a quien Pilato presentó al pueblo diciendo: “ahí tienen al hombre”.   Ahí está Cristo: perseguido como un criminal, calumniado, torturado física y moralmente, en medio de dos malhechores, ante las burlas del pueblo.

Hoy centramos toda nuestra liturgia y nuestra atención en la muerte de Cristo.  La celebración la hacemos con vestiduras rojas, el color de la sangre, por la muerte del primer mártir, Cristo Jesús.

Las lecturas que hemos proclamado nos presentan el dolor de Cristo, como el siervo que ha cargado sobre sus hombros el mal de toda la humanidad, como el enviado por Dios para salvarnos.  Jesús fue enviado por Dios para salvarnos y obedeció hasta el final, experimentando en sí mismo todo el dolor que puede sufrir una persona.

En la cruz de Cristo están representado todas las personas que han sufrido antes y después de Él: los que son tratados injustamente, los enfermos y desvalidos, los que no han tenido suerte en la vida, los que sufre los horrores de la guerra, del hambre o de la soledad.

Pero Dios no está ajeno a nuestra historia.  No es un Dios que no se preocupe por nosotros.  Por medio de su Hijo ha querido experimentar lo que es sufrir, llorar y morir.  Cristo no sólo ha sufrido por nosotros, sino que ha sufrido con nosotros y como nosotros.  Cristo ha asumido nuestro dolor.

Con el ejemplo de la pasión y muerte de Cristo, tenemos más motivos para aceptar en nuestras vidas el misterio del dolor y del mal.

Lo que celebramos hoy da sentido a nuestros momentos de dolor y fracaso.  Ser cristiano no significa que nos vamos a ver libres de las dificultades o de la enfermedad o la soledad, el fracaso o la muerte.  Pero sí se nos ofrece luz y fuerza para que nuestra vivencia de todos esos momentos sea en sintonía con Cristo. Aunque no entendamos el misterio del mal o de la muerte, sabemos que si estamos unidos a Cristo en su Pasión, podremos vencer tanto el mal que nos rodea como la muerte eterna.

Ese Cristo clavado en la cruz, que dedica palabras de perdón al ladrón arrepentido y que ofrece su vida al Padre por nosotros, es nuestro modelo más vivo y convincente para nuestra vida. 

Al venerar y besar la Cruz de Cristo, veneremos y besemos también todo dolor y toda lucha de cualquier hombre y mujer que comparta la Cruz de Cristo. Y sepámonos preguntar qué hacemos por compartir este dolor, por ayudar a esta lucha.

Cuando hoy besemos la cruz, como signo de adoración a Cristo, pidámosle que nos enseñe a llevar nuestra cruz, nuestra pequeña o gran cruz, con la misma entereza con que Él la cargó sobre sus hombros.

Desde la Cruz, Jesucristo, es más que nunca hermano y compañero, amigo y amante de todos los hombres, de todos nosotros. Desde la Cruz, Jesucristo, nos enseña a vivir con los brazos abiertos, con el corazón abierto –con el corazón traspasado- del que brotó sangre y agua, símbolos de amor y de vida, para que también en nosotros lo que sea cruz se convierta en resurrección.

En un mundo lleno de noticias preocupantes, que nos inclina al desánimo; en medio de una sociedad indiferente, que estos días piensa tal vez más en las vacaciones que en la Pascua del Señor, nosotros nos hemos reunido esta noche para escuchar la Buena Noticia de la resurrección de Cristo Jesús.

¡Cristo ha resucitado!  Hoy es una noche de gozo y de alegría.  Jesucristo ha roto las cadenas de la muerte.  No tengamos  miedo.  Es cierto, es verdad: Jesús ha resucitado.  No tengamos miedo porque el Señor es nuestra Luz y nuestra salvación.  Confiemos en Él.

Las lecturas que esta noche hemos leído han sido nueve: siete lecturas del Antiguo Testamento, una lectura del apóstol san Pablo y el Evangelio.  Las siete lecturas son una historia de amor, de promesas y esperanzas que tienen su plenitud y cumplimiento en la vida, muerte y resurrección de Cristo, fiesta que hoy celebramos.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a  las mujeres que fueron a buscar a Jesús al sepulcro, pero Dios lo había sacado de ahí definitivamente.  Ahora, después de más de dos mil años, Jesús sigue vivo y presente, aunque no lo veamos, dando ánimo a su comunidad.  Quizás también nosotros necesitemos escuchar las palabras del ángel: “no tengáis miedo… no está aquí: ha resucitado”.

La resurrección de Cristo es lo que da sentido a nuestra fe.  Si somos cristianos es por eso, porque Jesús no se quedó en el sepulcro, sino que Dios los hizo pasar de la muerte a la vida.  Y desde entonces Jesús se nos hace presente continuamente sobre todo en la Eucaristía.

Ese “sepulcro vacío” es un símbolo elocuente de la victoria de Cristo sobre la muerte.  Nosotros no seguimos a un muerto, por importante que hubiera sido en su vida.  Seguimos a uno que está vivo.  El aviso del ángel es una consigna para todas las generaciones cristianas: “Jesús ha resucitado y va por delante de nosotros”

La alegría y la esperanza de esta noche deben recordarnos también el sentido del sacramento del Bautismo.  Por eso esta noche renovaremos nuestras promesas bautismales.  En nuestro bautismo, como nos dice san Pablo, fuimos sepultados con Cristo en la muerte, para que así “como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.

En esta noche santa debemos pedirle a nuestro Padre Dios que por los méritos de su Hijo, haga morir en nosotros al hombre viejo, para que podamos vivir revestidos del hombre nuevo. Debemos pedirle a Dios, nuestro Padre que el Espíritu de Cristo en el que fuimos bautizados se haga cada día más vivo y presente dentro de nosotros.

Esta noche también hemos bendecido el fuego nuevo.  Es el fuego de Cristo, su luz que queremos que se encienda en nosotros, que nos guíe y nos conduzca por el camino de una vida santa hasta la vida eterna.  Con esta intención hemos encendido nuestra vela en la Luz de Cristo, en el Cirio Pascual para pedirle a Dios que no se apague nunca en nosotros el fuego de su Espíritu.

Cristo vive para siempre.  Esta es la gran noticia de esta noche.  La Luz ha disipado definitivamente las tinieblas.  Todo es nuevo.  Todo puede volver a empezar de verdad.  Todo es posible.

Hoy es el domingo más importante del año, del que reciben sentido todos los demás.

En este día de Pascua me dirijo a todos vosotros con la noticia más importante que el hombre haya podido escuchar y conocer jamás: Nuestro Señor Jesucristo, que sufrió todo un sin fin de tormentos hasta morir en la cruz del Gólgota para que fueran perdonados nuestros pecados, ha resucitado como lo había dicho.  

Demos gracias al Padre porque Jesús ha vencido a la muerte, y con esa victoria también nosotros la venceremos y podremos disfrutar algún día, con Él y con todos los santos, las moradas que nos tiene preparadas en el cielo.

San Pablo nos decía anoche en la Vigilia Pascual: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte”, por ello, con su resurrección, también resucitamos todos los bautizados a una vida nueva, porque el que resucita ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.

En efecto, Cristo ha redimido a la humanidad entera, a todos los hombres, sin excepción de la muerte. Cristo, víctima inocente de una cruz, que debía ser la nuestra, nos ha reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre. Por eso, en esta gran Fiesta de la Pascua de Resurrección anunciamos la reconciliación de la humanidad con Dios, por obra de Cristo.

Pues bien, ésta es la historia del hombre. Éste pasa su vida luchando contra el mal, enfrentándose de continuo a la muerte. Pero, he aquí que, de pronto, descubrimos hoy, Domingo de la Resurrección de Jesucristo, que Dios interviene en nuestras pobres existencias para hacernos saber que los afanes por salvar nuestra vida son cumplidos por la misericordia de Dios.

¡Deténgase la angustia del hombre! Hoy la muerte ha sido derrotada. Y si ésta es la noticia, como hijos salvados del pecado y de la muerte, ahora nosotros tenemos el deber hermosísimo de continuar la obra que Él inició.

Porque quien murió por nuestros pecados quiere que nosotros seamos quienes lo ayudemos a llevar el mensaje de la Resurrección al resto de nuestros hermanos, allí donde se encuentren.

Pero, ¿dónde se encuentran nuestros hermanos? Las mujeres que acudieron al sepulcro en aquella primera mañana de Pascua con el ejemplo perfecto de la transmisión de la buena noticia. No dudaron. Corrieron donde estaban los tristes, los acobardados, los sufrientes, y así, ellos fueron los primeros en recibir el mensaje de la salvación.

No es difícil encontrar entre nosotros a hombres y mujeres tristes y desconsolados porque no encuentran el sentido de sus vidas: cuando muere un familiar, cuando la crisis económica amenaza a tantas de nuestras familias de este nuestro país, cuando vemos tantas injusticias a las que no podemos poner remedio desde nuestros limitados recursos humanos… Todos sabemos quién es ese familiar, amigo o vecino que necesita de la esperanza de la resurrección para continuar su vida con dignidad.

En nuestros tiempos, donde los hombres caminan tan perdidos detrás de las modas y de los falsos profetas, se hace urgente que todos los cristianos seamos testigos de la Resurrección del Señor. Proclamemos, pues, todos juntos y cada uno en su lugar, que Cristo es la esperanza para todos los hombres.

Que Dios permita participar de la alegría pascual a todos nuestros hermanos: los que viven bajo la tensión de las armas, los que entran o salen de nuestras fronteras en busca de una mejor vida para sí y para sus familias, los que sufren la violación de sus derechos, los que viven bajo la persecución religiosa…

Podemos decir hoy, con la antorcha de la fe en Cristo en nuestras manos, sí a la vida y a la esperanza.  Sí a la dignidad de la persona humana, al amigo, a la esposa(o), al niño.  Sí al enfermo y al anciano.  Sí a Cristo que nos precede y que ha abierto un horizonte de esperanza a la humanidad.

“No temáis”.  Cristo está con nosotros.  Él está vivo.  Él nos ha dejado su memorial, la Eucaristía.  Comulgar hoy, con Él, transformará nuestros corazones y nos hará testigos de su resurrección.

Renovemos hoy nuestra fe, como María Magdalena, como Pedro, como Juan, proclamemos que Cristo vive y está muy dentro de nosotros.  Él transforma nuestra vida. 

Hoy es un día para hacer fiesta con los hermanos.  Hoy es un día para vivir comunicando esperanza en que la muerte no podrá con la vida porque Dios está con nosotros.  Esta es la razón más profunda de nuestra fe y nuestra esperanza.

Hoy tenemos que profesar nuestra fe en el Dios de la vida y nosotros hemos de ser cultivadores, guardianes y protectores de la vida y de la fraternidad.

Hoy es un día para salir al mundo y gritar con nuestro testimonio y con nuestro estilo de vida: ¡Cristo ha resucitado!  ¡Alegrémonos!