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martes, 18 de febrero de 2020


VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 
Hoy, la Palabra de Dios nos habla a los cristianos de cosas muy importantes: de las condiciones para ser discípulos de Jesús, de ser templos del Espíritu, de la bondad de Dios para con todos y de nuestro comportamiento con los hermanos.

 
La 1ª lectura del libro del Levítico nos decía: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”

 
Cuando oímos hablar de “santidad”, pensamos en lugares lejanos y en personas con estilos de vida bien extraños.  Pensamos que la santidad es para las monjitas, para los sacerdotes y religiosos; pero no para mí, que soy un cristiano normal, que me esfuerzo apenas por vivir como tal.  Además, nos preguntamos ¿cómo se hace uno “santo”?

 
Vosotros los laicos, como los sacerdotes y religiosos estamos llamados a la santidad, es decir “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.  Buscar la santidad es la tarea esencial de un cristiano.  La santidad es indispensable para transformar las familias, la parroquia y la sociedad.  Y para ello el cristiano ha de trabajar por la paz, la solidaridad, frecuentar los sacramentos, hacer oración y vivir la devoción a la Virgen María.

 
Hay que esforzarse por buscar la santidad de vida para poder anunciar al mundo el Evangelio y así dar testimonio de vida cristiana.  Es en el mundo y desde el mundo donde el cristiano tiene que buscar la santidad.  Es en el mundo donde tiene que vivir su fe.  Si queremos que este mundo sea santo, tenemos que empezar por ser santos nosotros.

 
La santidad requiere esfuerzo.  No hay un atajo mágico en el camino hacia el cielo, pero es algo que todos podemos alcanzar.

 
La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos recordaba que somos Templos del Espíritu Santo y que Dios habita en nosotros.

 
Ante las dificultades de la vida, los cristianos confiamos en el amor.  Queremos sentirnos amados y ayudados por un Dios que se ha comprometido con nosotros.  Y el mejor agradecimiento que podemos mostrarle a Dios es el vivir unidos, en comunidad, en la Iglesia, siendo todos, una gran familia.  Por eso nos decía san Pablo: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” Es lo que san Pablo les dice a los recién bautizados de la comunidad de Corinto.

 
Todos los bautizados formamos un solo cuerpo, somos parte de la misma comunidad, de la misma parroquia, y estamos llamados a ser un signo de unidad para las personas que conviven con nosotros. “Mirad como se aman”, era la expresión de la gente cuando veían el estilo de vida de los primeros cristianos.

 
El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”.

 
La Ley del Talión decía: “ojo por ojo, diente por diente”.  Esta ley ha quedado totalmente abolida por Jesús.  Sin embargo, y por desgracia, la ley del Talión sigue existiendo en muchas culturas, aunque oficialmente haya desaparecido de nuestro mundo actual, la violencia legalizada sigue estando muy vigente.  Aún existen países donde está en vigor la pena de muerte, donde hay guerras, donde innumerables poblaciones mueren de hambre, donde hay niños condenados a morir en su infancia.  Son las violencias de las desigualdades sociales, las violencias personales, las violencias de género, y tantas y tantas violencias que avergüenzan a nuestro mundo civilizado.

 
Jesús nos dice que amemos a todos, también a nuestros enemigos, sea cual sea su posición política o ideológica.  Nuestros enemigos no pueden seguir siéndolo para siempre, porque ellos también son seres humanos, seres que sufren, que buscan y esperan, como nosotros.  Sí, ya sé que en la mente de muchos de nosotros, al hablar de enemigos, no sólo estarán esas personas molestas y fastidiosas que nos cuesta mucho tratar diariamente con cariño, sino también estaremos pensando en los grandes asesinos, en los narcotraficantes y en los corruptos.  ¿Cómo amar o aceptar a tales personas?

 
Los cristianos tenemos que saber que amar al delincuente injusto y violento no significa dar por buena su actuación injusta y violenta; condenar la injusticia y la violencia no significa que tengamos que odiar a esas personas.  La violencia nunca se solucionará con violencia.

 
El mal, a pesar de las apariencias, siempre será débil.  El odio brota del miedo; la ofensa tiene necesidad de venganza.  En cambio el amor es la única fuerza capaz de cortar de raíz la violencia.  Es urgente un “¡ya basta!” a la violencia y aceptar la propuesta de la no violencia que Cristo nos ofrece.

 
El cristiano es vencedor no cuando consigue quitarle las armas a su enemigo, sino cuando dejando sus propias armas, convierte al enemigo en amigo.  La fuerza del amor es la única fuerza capaz de acabar con el mal y con los enemigos.

 

martes, 11 de febrero de 2020


VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

 
Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras”. Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos... Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.
 

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

 
San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

 
El Evangelio de san Mateo nos dice cuál es la misión de Jesús.  Él no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

 
Jesús dice: “Vosotros habéis oído que no debéis matar, no debéis cometer adulterio, no debéis pelearos con vuestro hermano, etc. pero yo os digo”.  Así Jesús va enumerando 6 formulaciones de la ley del A.T.  Hoy hemos leído 4 y el domingo que viene leeremos las 2 restantes.  Esas 6 formulaciones de la ley van cayendo como 6 piedras que cayesen desde lo alto de una montaña.  Son 6 piedras del legalismo judío que Jesús hace que se caigan, y esto molesta a muchas personas.
 

Desde el monte de las bienaventuranzas, Jesús lanzó 6 piedras que dieron en el blanco de nuestro bienestar, de nuestras seguridades, de nuestros egoísmos, de nuestros compromisos.

 
Esas 6 frases: “pero yo os digo”, tienen una fuerza que cambian el ritmo de todas las cosas.  “Habéis oído que se dijo a los antiguos”, “pero yo os digo”.  Con esto se pasa del legalismo a la ley del amor.

 
Aquellos “pero” de Cristo hicieron temblar a la justicia.  Quitaron las vendas de la hipocresía, deshicieron miles de preceptos, para abrir un camino real a la libertad de los Hijos de Dios.   Esos seis “pero” de Cristo fueron destruyendo el tradicionalismo y la costumbre.

 
Pero los hombres al “pero” de Cristo, pusimos nuestros propios “peros”.  “No matar”, pero, los hombres en ciertas circunstancias y motivos convertimos en lícito el matar, y esto alentó a miles de asesinos y ha habido millones de muertes en nuestro mundo.

 
Cristo dice: “Amad a vuestros enemigos”, pero los hombres en ciertos casos no hacemos respetar esto y por ello se ha desencadenado una salvaje caza del hombre, tan solo porque ese hombre no tiene el color de nuestra piel o no comparte nuestras ideas.

 
Cristo dijo: “Sed perfectos”, y nosotros decimos: pero seamos realistas, tengamos en cuenta nuestra fragilidad humana, y así nos vamos colocando fuera del evangelio.

 
“Vosotros habéis oído”, sí, hemos oído muchas cosas, pero hemos aprendido demasiadas habilidades para hacer que el evangelio no nos estropee excesivamente nuestro sueño o nuestra tranquilidad.   

 
No se trata de no hacer el mal, sino de hacer el bien para manifestar tu amor a los demás. Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, puesto que si amas de verdad estás cumpliendo la ley entera.

 
Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

 

martes, 4 de febrero de 2020


V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 
La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

 
El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo 
 

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

 
No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

 
Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar...  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo... No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.
 
Después de más de 2000 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

 Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

 
Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el evangelio de San Mateo, Jesús exhorta a sus discípulos a que no se instalen en la comodidad y les pide que sean la sal que da sabor al mundo, y también los exhorta a que sean luz para que podamos vencer las oscuridades del sufrimiento, del egoísmo, del miedo que hay en nuestra vida.

Dios nos propone un proyecto de liberación y de salvación para que hagamos un mundo nuevo de felicidad y de paz.  Si queremos hacer esto hemos de dar testimonio con palabras y gestos concretos de nuestra fe, para que el Reino de Dios se haga una realidad en nuestro mundo.

Ser cristiano debe ser para nosotros un compromiso serio y exigente que nos obligue a dar testimonio, incluso en los ambientes adverso, de nuestra fe.  No podemos sentirnos satisfechos simplemente porque venimos a misa el domingo y cumplimos algunos ritos que la Iglesia nos pide. Hemos de, día a día, ser sal que da sabor, que aportemos una mayor riqueza de amor y de esperanza a la vida de aquellos que caminan a nuestro lado.

No podemos se cristianos insípidos, instalados en la mediocridad, sino que hemos de llevar alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza a los demás.  En medio de tanto egoísmo, desesperanza, de una vida sin sentido que viven muchas personas, hemos de dar testimonio de un mundo nuevo de amor y de esperanza.

Ser cristiano es también ser una luz encendida en la noche del mundo, alumbrando los caminos de la vida, de la libertad, del amor, de la fraternidad.  Hemos de ser luz para muchas personas que viven en la superficialidad y en una vida sin sentido.

Hemos de ser luz para este mundo que quiere prescindir de Dios y que quiere poner sus esperanzas en los bienes materiales.  Hemos de ser luz para todas esas personas que se encierran en sí mismas creyendo que así son felices.  Hemos de ser luz para que muchas personas amplíen sus horizontes para fijarse en Dios y en los demás y no sólo en ellos mismos.

Como cristianos no podemos esconder nuestra fe en la vida privada, no podemos actuar desde la sombra para que no nos vean.  Tenemos que hacernos presentes en la vida pública para que todo el mundo se dé cuenta de nuestra presencia.  Seremos, pues, luz, cuando practiquemos el bien, cuando demos ejemplo de vida cristiana no sólo aquí en la Iglesia sino en cualquier lugar.  No lo olvidemos: no nos avergoncemos de lo que somos, y somos sal y luz del mundo.

martes, 28 de enero de 2020


LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (CICLO A)

 

La fiesta que hoy celebramos, cuyo sentido amplísimo y muy profundo está expresado en las lecturas que acabamos de escuchar y en las oraciones, nos debe llevar a un mejor conocimiento vital y encarnado del misterio del Señor, Hijo de Dios, su Palabra eterna, pero también hermano nuestro, carne y sangre nuestra, luz que nos ilumina.  Nos debe llevar también a salir al encuentro de este Señor que se nos presenta; condición indispensable para que actúe en nosotros su obra de salvación.

No podemos escuchar la narración de san Lucas, simplemente como la narración de un hecho histórico o una anécdota, sino como la presentación del misterio de la Salvación en toda su majestuosa amplitud, pero expresado en un cuadro de pequeñas dimensiones para que la grandeza de su contenido no nos ahuyente, para que se nos facilite su comprensión.

Tratemos de profundizar en su significado.  Pensemos en lo que para los judíos expresaba el Templo de Jerusalén, morada de Dios, lugar único de su culto, expresión gráfica, simbólica, de su grandeza y majestad únicas.  Allí Dios era adorado y venerado por su pueblo; allá tenían que ir los israelitas a expresar su pertenencia al pueblo de la Alianza.

La larga serie de acontecimientos difíciles y situaciones humildes de la historia de Israel hacían que continuamente la voz de los profetas, de parte de Dios, renovara la esperanza de una manifestación gloriosa, restauradora y reivindicadora del Señor, que estaría gloriosamente en su casa.

Había sueños de grandeza, de poder y de dominio material.

Pero la realización de esta esperanza y de las promesas de Dios se lleva a cabo de una forma no sospechada: un niño pequeñito es llevado al Templo en brazos de sus padres, gente sencilla y humilde, para cumplir la Ley del Señor.

Externamente nadie se dio cuenta de lo que allí pasaba.  Sin embargo, ese niño era el Rey de la gloria, revestido de nuestra carne mortal; era la Luz del mundo que alumbraría a las naciones, la Gloria de Israel, el Pontífice en todo idéntico a sus hermanos, compasivo y fiel, sometiéndose a la Ley antigua.

La ofrenda del Sumo y Eterno sacerdote, iniciada en el momento mismo de su concepción: "Vengo para hacer tu voluntad" (Heb 10,7), y que un día se realizará plenamente en el Calvario, hoy encuentra una expresión muy especial, al ser ofrendado por manos de María en el lugar central del culto antiguo.  Un día ese Niño, con su sacrificio único y pleno, hará obsoletos los múltiples sacrificios del Templo.

Toda esta grandeza que los ojos humanos no podían captar, Dios la quiere revelar por medio de dos ancianos piadosos.  El evangelio dice de Simeón: En él moraba el Espíritu Santo"; el mismo Espíritu le había dado la seguridad de no morir sin ver al tan largamente esperado Mesías; el Espíritu le inspira ir al encuentro del Salvador.

Tal vez lo que él vio lo desconcertó: ¿El Mesías, Señor, Jefe, Dominador, Salvador, es este pequeñito, pobre y necesitado de todo?  La mirada de Dios superó la mirada humana, y Simeón prorrumpió en el canto de alabanza que hace un momento escuchamos.

Los dos ancianos, Simeón y Ana, pueden ser testigos, porque han recibido el testimonio mismo de Dios: "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1Cor 2, 11).

Para reconocer a Cristo, en la Iglesia, en sus sacramentos, en los hermanos, sobre todo en los pobres y disminuidos, necesitamos absolutamente este Espíritu Santo de Dios.

Para salir al encuentro de Cristo, Luz que ilumina a todas las naciones, necesitamos limpiar nuestros ojos de perspectivas meramente humanas y carnales.

María, la Madre de Cristo, la primera cristiana, la más fiel seguidora del Señor, es nuestro modelo hoy, ofreciendo al Padre lo que ella más ama; preludia la entrega materna total del Calvario.  Allí va a ser  designada Madre nuestra, pero hoy ya ejerce su maternidad.

Que nuestra Eucaristía de hoy, bajo el impulso del Espíritu, sea un encuentro nuevo y más profundo con Jesús, una aceptación nueva de Jesús como luz y guía, y una ofrenda cada vez más plena y perfecta, total, de lo que somos y tenemos junto con Cristo, la ofrenda perfecta al Padre.

 

martes, 21 de enero de 2020

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo, nos hace ver que Jesús es la luz que quiere brillar en nosotros y en nuestro mundo, para ello, debemos dejar a un lado las divisiones y trabajar todos unidos por el proyecto del Reino de Dios.
              
La 1ª lectura del profeta Isaías es un canto de esperanza para el pueblo de Israel que está desalentado, dominado y desesperanzado.  Un pueblo que ha sido obligado a emigrar hacia la esclavitud, pero que regresa fortalecido y unido porque Dios está con este pueblo, porque Dios es la luz que los guía.
 
¡Cuántas veces, no hemos deseado que surja una gran luz que quite las tinieblas que se han apoderado de nuestro mundo!
 
Echando una mirada al mundo, nos encontramos con guerras, con egoísmos en el corazón de muchas personas, que sólo buscan la satisfacción de sus propios deseos e intereses, a costa de pisotear los derechos de los demás; cuántas desgracias hay actualmente en nuestro mundo, y muchas veces lo único que hacemos es quejarnos pero no somos capaces de manifestar una amor solidario por los que sufren.
 
Muchas personas viven una vida sin sentido y esto hace que perdamos las ilusiones, las esperanzas de cambiar nuestro futuro por uno más prometedor para todos.
 
En medio de todas estas angustias y tristezas, en medio de una vida que ha perdido el rumbo del amor, la alegría y la paz, el Señor se hace presente en medio de nosotros para iluminar nuestra vida y darle un sentido nuevo a nuestra existencia, para hacernos solidarios, para trabajar en la solución de los males que aquejan a nuestro mundo.  Sólo Dios es la luz que nos puede guiar a mejorar nuestra situación, a mejorar nuestro mundo.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una exhortación a eliminar las divisiones dentro de la comunidad cristiana. 
 
San Pablo pide, en nombre de Jesucristo, que nos pongamos de acuerdo y no andemos divididos.  Es lamentable las discordias y las divisiones dentro de una comunidad porque le damos más importancia a los servidores del Evangelio que al Evangelio mismo.
 
Por eso, hay que preguntarnos: ¿Qué es más importante para mí, el mensajero o el mensaje del Señor? Hay personas que vienen a la Iglesia no a escuchar el mensaje de Cristo, sino a ver a la persona que presenta el mensaje del Señor; hay personas que no les importa el mensaje del Señor, sino que son seguidoras, no del Señor, sino del que presenta el mensaje.
 
No podemos seguir a nadie, a ninguna persona, sino sólo a Jesús, sólo el Señor es quien tiene que ser nuestro guía y maestro.  No puede ser que vengamos a la Iglesia por simpatía o no con las personas que nos presentan el mensaje del señor.
 
Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra unión es la cruz de Cristo.  Tenemos que ser personas que hagan equipo con todos, que seamos lazos de unión.  Hemos de buscar siempre la unidad, hemos de seguir a Cristo y hemos de ser de Cristo y de nadie más.
 
El Evangelio de san Mateo nos presenta el programa de lo que va a ser la misión de Jesús.
 
Jesús comienza su vida pública y viene a implantar el Reino de Dios, pero Jesús no quiere trabajar sólo, busca y llama colaboradores.  Los escoge de entre la gente del pueblo.  Los llama uno a uno, para colaborar en su misión y convivir con Él.
 
Jesús también hoy, busca personas que quieran colaborar con Él, en su misión, que lo sigan.  Cuántas veces no nos habrán invitado a colaborar en algún apostolado en la Iglesia y, ¿Cuál ha sido nuestra respuesta?  ¿Cuántos se desentienden de la llamada que el Señor les hace?  ¿Cuántos hacen oídos sordos a la llamada del Señor?
 
Ser cristiano no es sólo venir a misa y escuchar la Palabra de Dios cada domingo.  Para eso no envió Dios a su Hijo al mundo.  Nuestra misión de cristianos requiere algo más.  El domingo venimos a misa para reunirnos como comunidad cristiana y encontrarnos con el Señor que nos da su luz y su fuerza para vivir el resto de la semana.  Por eso, hemos de interiorizar el mensaje que el Señor nos da y hacerlo vida el resto de la semana. 
 
Vosotros vivís  en el mundo, tenéis familia, un trabajo o estudiáis, negocios, amigos, vecinos, etc., Dios quiere estar presente en todos esos lugares.  El Reino de Dios ha de llegar a todos esos lugares, Jesús nos llama hoy a dar en todas partes nuestro testimonio, a manifestar que somos cristianos, que tenemos un estilo de vida, esto es seguir a Jesús.
 
Jesús llamó a Pedro, Juan, Mateo, pero también te llama a ti, porque todos necesitan de Dios.  ¿Por qué nos cuesta tanto responder al llamado del Señor?
 
Hoy Jesús nos invitaba también a la conversión.  Hay que convertirse.  Jesús sigue presente en nuestra vida, a pesar de nuestros pecados, Él es la gran luz que ilumina nuestra vida, dejémonos iluminar por Él y seamos también nosotros luz en este mundo en que vivimos.
 

martes, 14 de enero de 2020

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

 
Con este Domingo comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que es una serie de treinta y cuatro semanas, divididas en dos partes.   En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, por sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.
 

 
La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de la vocación.  Se nos invita a tomar conciencia de la vocación a la que se nos llama y de sus implicaciones. La vocación no es algo que únicamente corresponde y compromete a algunas personas especiales, sino que se trata de un desafío que Dios hace a cada uno de sus hijos, que a todos implica y que a todos compromete.
 

Estamos en un mundo en el que predomina la globalización.  La mayoría de los jóvenes visten igual; nuestras casas son decoradas muy parecidamente y de todo esto se encarga la televisión y los medios de comunicación de que todo esto sea así, y todavía más y lo que es peor, de que todos los hombres, en general, piensen igual, les gusten a misma música, las marcas de coches y el mismo standard de vida.


La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

 
Por eso resulta hoy sorprendente la lectura de Isaías en la que nos encontramos con un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, nada de hombres sin nombre ni rostro. El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder personalmente a esa llamada personal.
 

“Te hago luz de las naciones” dice hoy el Señor por boca del Profeta Isaías. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados; aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana de la misma manera que, si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.
 

San Pablo en su 1ª carta a los Corintios nos desea la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  La paz es el gran regalo que Dios nos puede conceder porque, parece que los hombres, no acertamos a encontrarla por nuestra propia cuenta.  Hay demasiadas guerras, demasiados conflictos. 
 

La paz es nuestra gran responsabilidad.  Debemos ser constructores de la paz. Lograremos construir la paz cuando conquistemos la meta a la que Dios nos llama a todos: la santidad.  Dios nos llama a todos los hombres a la santidad.  Es decir, a acoger a Dios en nuestra vida y vivir de acuerdo a los valores del Reino de Dios.

El evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista señalando a Jesús como “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”

Tenemos que vivir y experimentar a Jesús como “cordero de Dios”, tenemos que sentir a Jesús como el gran liberador, que no está de acuerdo con las injusticias; tenemos que mirar a Jesús como quien construye la unidad contra el individualismo y el egoísmo; tenemos que saber que Jesús nos purifica y nos perdona, aun viviendo en este ambiente de corrupción y de pecado en el que nos encontramos.

Jesús es el “Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.  Con frecuencia los mismos cristianos hemos olvidado el significado de pecado. Lo hemos reducido a una especie de mancha o de impureza en el “alma”, pero el pecado es algo mucho más profundo que rompe la relación del hombre con sus hermanos y termina destruyendo la comunidad. Si no vivimos felices, si no vivimos en plenitud, si hay injusticias, egoísmos, mentiras y ambición es porque el pecado se ha apoderado de nuestras vidas. 

Hay quien no quiere llamar pecado a las cosas, pero el pecado es una realidad tanto en nuestra vida, como en la sociedad.  El pecado es toda esa maldad que nos impide ser felices. Por eso cuando Juan nos presenta a Jesús nos está anunciando que Dios está de nuestra parte en esta lucha contra todo mal e injusticia.

Jesús nos ofrece todo su amor, su apoyo y fortaleza, para librarnos del mal y poder vivir en armonía, felicidad y plenitud.  Pero nosotros no podemos quedarnos sin hacer nada.  Cristo quita el pecado y es el único que lo puede hacer, pero nosotros tenemos también que luchar sincera, honesta y tenazmente contra el mal.

Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero nosotros somos sus discípulos y también debemos emprender una lucha sin cuartel contra todo lo que sea pecado, el pecado que mata y divide, el que provoca hambre y desigualdades, el que engaña, el que denigra y humilla. 

Hoy nosotros no podemos ser cómplices silenciosos de tanta injusticia. Callar es un pecado cuando se está destruyendo la naturaleza, la fraternidad y la convivencia.

La fuerza y la gracia de Jesús nos acompañan hoy y siempre en la lucha sincera contra la maldad personal y comunitaria.  No podemos quedarnos indiferentes ante el pecado.

 

martes, 7 de enero de 2020

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO A)
El lunes celebrábamos la fiesta de la Epifanía, es decir, la Manifestación del Señor a todos los pueblos de la tierra.  Y hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor que es la manifestación de Dios que proclama a Jesús como su Hijo amado, que vino al mundo con la misión de salvar y liberar a los hombres. 
 
La 1ª lectura, del profeta Isaías nos decía: La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará”. 
 
La caña cascada ya no sirve para nada, le falta consistencia. Mejor es tirarla, terminar de quebrarla, hacerla astillas para el fuego. Y la mecha que humea da poca luz, apenas si alumbra. También dan ganas de apagarla de una vez y encender otra luz más fuerte y segura.  Así pensamos los hombres.
 
Tenemos poca paciencia los unos con los otros.  Nos aguantamos con dificultad, nos echamos en cara los defectos, prescindimos rápidamente de los que nos estorban, eliminamos a los que no rinden.  Dios no actúa así, Dios sabe esperar, Dios tiene una gran paciencia. Y al débil lo anima para que siga caminando, al que está triste le infunde la esperanza de una eterna alegría, y al que lucha y se afana le promete una victoria final, una victoria definitiva.
 
La 2ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos dice que Jesús “pasó por el mundo haciendo el bien” y liberando a todos los que vivían oprimidos. Nosotros también debemos pasar por el mundo haciendo el bien.  Como bautizados debemos dar testimonio con gestos concretos de la bondad, la misericordia, el perdón y el amor de Dios por los hombres.  Hemos de comprometernos a liberar a los oprimidos por el demonio del egoísmo, de la injusticia, de la explotación, de la soledad, de la enfermedad, del analfabetismo, del sufrimiento.
 
También nos decía hoy la 2ª lectura que “Dios no hace acepción de personas”.  Por ello, nosotros hemos de aceptar a todos las personas, hemos de reconocer la igualdad y la dignidad de todo ser humano.  No podemos, ni debemos discriminar a nadie por su color, raza, sexo, etc.
 
El Evangelio de san Mateo nos ha narrado el bautismo de Jesús en el río Jordán por Juan el Bautista.  El bautismo de Jesús marcó el comienzo de su actividad pública como Mesías de Dios.
 
El bautismo de Juan el Bautista era un signo de muerte y de vida nueva: los que lo recibían se sumergían bajo el agua para indicar que allí quedaba sepultada todas sus injusticias y pecados que habían cometido, indicando con ello que daban muerte al estilo de vida que habían llevado hasta entonces.  La salida del agua era el signo de un compromiso: no volver a comportarse como antes, sino tratar de poner en práctica la justicia de Dios.
 
Jesús pide el Bautismo de Juan, pero Él estaba totalmente limpio y no tenía nada de qué arrepentirse, por eso Juan el Bautista se resistía a bautizarlo.  Jesús no era cómplice ni mucho menos culpable de ninguna injusticia, ni tenía ningún pecado.
 
Jesús se bautizó porque quiso ser solidario con los pecadores.  Quiso mezclarse con los pecadores, quiso ponerse al lado de la gente de mal vivir.  Toda la vida del Señor fue buscar a los pecadores para salvarlos, para que cambiaran de vida y construyeran una sociedad en la que nadie tuviera que robar, matar ni cometer injusticias, una sociedad donde nadie quedara excluido.
 
Otra razón por la cual Jesús se bautizó fue para comprometerse a morir por la humanidad.  Jesús no tenía que morir a ninguna injusticia, su bautismo fue el anuncio de la muerte que estaba dispuesto a sufrir.  Al bautizarse Jesús se está comprometiendo a cumplir todo lo que Dios quiere, es decir, a luchar por una humanidad nueva que viva la fraternidad y la solidaridad.
 
El bautismo de Jesús nos invita a pensar hoy en nuestro bautismo.  Muchos ven el bautismo como una fiesta social, o como un pretexto para una fiesta familiar.  Otros lo ven como un requisito, pero el bautismo no es un pasaporte a la eternidad.  El bautismo es un regalo de Dios y un compromiso personal de vivir al estilo de Jesús. 
 
El bautismo nos tiene que llevar a renunciar al pecado, al egoísmo y a la cultura de la muerte, y al compromiso de creer firmemente en Dios.  Por el bautismo formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo y nos hacemos templos del Espíritu Santo.
 
Hoy, algunas personas piden el bautismo para sus hijos pero sin someterse a ninguna reflexión sobre la responsabilidad de educar en la fe a esos hijos, sin aceptar, por tanto, ninguna preparación, o haciéndolo a regañadientes.
 
El bautismo no es un rito mágico. El bautismo ha de partir de la fe, porque nos hace Hijos de Dios y nos hace formar parte de una gran familia.
 
Preguntémonos hoy: ¿Qué sentido le hemos dado a nuestro bautismo? ¿Cómo estoy viviendo mi dignidad de Hijo de Dios? ¿Cómo estoy viviendo mis compromisos bautismales?