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lunes, 27 de julio de 2020


XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos hacen ver que no estamos nunca solos porque Dios, como un buen Padre siempre está pendiente de nosotros saciando nuestros deseos de felicidad y de realización personal.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace tomar conciencia de que gastamos mucho tiempo y muchas energías en lo que realmente no nos llena ni nos da la felicidad.

Vivimos en una sociedad de la abundancia, donde constantemente se nos invita a consumir por consumir y no nos preocupamos de las verdaderas necesidades del ser humano.  Muchas veces compramos cosas, no porque las necesitemos, sino para presumir que tenemos tal posición social.  Nos dejamos influenciar por la publicidad, que nos invita constantemente al consumismo, haciéndonos creer que ahí está la felicidad en tener muchas cosas y en ser diferentes a los demás, para que los demás nos admiren.  La publicidad explota la necesidad que tenemos de ser felices y de ser importantes para los demás.  Por desgracia la felicidad no se puede comprar a un precio tan barato.

Gastamos dinero en bienes que no alimentan nuestra vida, nuestro deseo de felicidad o de realización personal.

¿Cuáles son los bienes que merecen la pena adquirir y que pueden contribuir a nuestra felicidad?  El profeta Isaías nos dice hoy que la felicidad, lo deseos que tenemos los seres humanos de estar bien no se pueden comprar sino que hay que recibirlos gratuitamente como un don, porque son un regalo de Dios.  La verdadera felicidad la vamos a encontrar en Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda, que nada puede apartarnos del amor de Dios.  Cuando creemos esto firmemente, desparecen muchos problemas porque sabemos que en las dificultades, Dios sale a nuestro encuentro para ayudarnos.

Todos tenemos deseos de ser amados, de que alguien nos ame incondicionalmente, porque todos sabemos que el verdadero amor ni se compra ni se vende por dinero.  Ese amor nos lo ha manifestado Dios en la persona de Jesús, que se entregó por nosotros.  A los ojos de Dios cada uno de nosotros tiene un valor infinito y nada nos puede separar de ese amor.  Ciertamente que tendremos que pasar por pruebas, problemas, incluso por la muerte.  Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará triunfar sobre cualquier enemigo que tengamos.  Nada nos puede separar del amor de Dios, excepto el pecado, es decir, nuestra decisión de no querer acoger el amor de Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el relato de la multiplicación de los panes y los pescados.

Este milagro nos invita hoy a nosotros a pensar que el deseo de Jesús es que vivamos en fraternidad con los que sufren y pasan hambre y nos decidamos a compartir lo que tenemos, que convivamos como hermanos, porque vivir en fraternidad y solidaridad es la única manera de seguir a Jesús.

Jesús nos recuerda hoy que no podemos comer, ni vivir tranquilos mientras que junto a nosotros haya hombres y mujeres amenazados de tantas hambres.

No podemos admitir que unos tengan más alimento de lo que pueden consumir, mientras que otros muchos no tienen lo necesario para subsistir.  El problema del hambre en el mundo es consecuencia de una injusta distribución de los bienes, de una mala justicia social.  El hambre en el mundo no se va a resolver recurriendo únicamente a programas de asistencia social, o dando “limosnas”, sino que se necesita un cambio de mentalidad que lleve a los hombres a la lógica del compartir.

La Tierra produce y puede producir mucho más de lo necesario para alimentar a los millones de personas que la habitamos, pero para ello es necesario que aprendamos todos a compartir.  Los bienes que Dios puso a disposición de sus hijos, no pueden ser acaparados por algunos; pertenecen a todos los hombres y deben ser puestos al servicio de todos.

Cuando se comparte, Dios hace el milagro de que haya para todos y aún sobre.  Lo que a unos le sobra, a otros les falta.  Lo que para unos puede ser algo innecesario para otros puede ser algo esencial.  Cuantas personas podrían vivir dignamente como personas con lo que les sobre a muchos otros.

Si te miras por dentro, te darás cuenta de cuántas cosas sobran en tu vida, que no sabes qué hacer con ellas. Cosas que tú mismo ya no consumes e incluso hasta te pueden estorbar y no sabes qué hacer con ellas. No te fijes tanto en tu chequera, ni en los guardarropas que ya están llenos, ni siquiera en la nevera donde hay muchas cosas que se están echando a perder. Es preferible que mires a tu corazón. Porque es ahí donde más abundancia hay en tu vida y la podrías compartir con muchos a los que podrías enriquecer.

Hagamos el milagro de compartir todas esas cosas que nos sobran y que tenemos almacenadas en nuestro corazón y veremos cómo se produce el milagro.

lunes, 20 de julio de 2020

XVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia sobre qué cosas son importantes en nuestra vida, qué valores son los que rigen nuestra existencia.  Para el cristiano, la vida, la tenemos que construir sobre los valores que nos propone Jesús.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos presenta al Rey Salomón pidiéndole a Dios una sola cosa: sabiduría.  Salomón no pide bienes personales, tampoco pide poder.  Pide lo que más necesita un gobernante: sabiduría para distinguir el bien del mal y así gobernar rectamente a su pueblo.

Salomón ha preferido los bienes espirituales a los materiales.  Él es un buen ejemplo para todos nosotros que tantas veces pedimos a Dios cosas para nosotros, sin preocuparnos por el bien de los demás.  Cuantas veces le pedimos a Dios bienes materiales y nos olvidamos que los bienes espirituales son más importantes que los materiales.

Esta lectura de hoy, es también una llamada de atención para nuestros gobernantes.  ¡Qué fácil es decir que la autoridad debe fundamentarse en el servicio a los ciudadanos!, pero en la práctica el poder lleva consigo la tentación de ser utilizado para otros fines o para fines personales.  De ahí la famosa frase: “el poder corrompe”.

Servir desde el poder es fundamentalmente comprender y escuchar a las personas.  Ya no puede ser válido ese dicho: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.  Nuestros gobernantes deben también pedirle sabiduría a Dios para tener una verdadera actitud de servicio y que el poder que tienen no sea para la realización de sus propios planes personales, sino para el bien de toda la comunidad, para la realización del bien común.

¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración de cada día?

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda que Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros a cumplir una misión en la vida: imitar a Cristo en su escala de valores, en su estilo de vida.

Desde toda la eternidad, Dios pensó en cada uno de nosotros con amor.  Tenemos que tomar conciencia de ese amor que Dios siente por nosotros.  Dios viene continuamente a nuestro encuentro, nos señala el camino para que tengamos vida plena y verdadera y nos invita a formar parte de su familia.

¿Somos conscientes de cuántos nos ama Dios y que lo único que desea Dios de nosotros es que alcancemos ese cielo que nos tiene preparado para cada uno de nosotros?

El Evangelio de san Mateo nos hablaba hoy del Reino de los Cielos como un tesoro escondido, como una perla muy valiosa que hay que encontrar.

Este mundo nos bombardea con su propaganda, ofreciéndonos mil “tesoros” y “perlas” que nos darían la felicidad.

A todos nos pasa que lo que nos ofrece la felicidad a corto plazo, nos atrae más: el dinero, el éxito, el placer de los sentidos, el prestigio social. Pero resulta que esos son valores externos, no profundos. Perecederos, no eternos. Sería una pena que “invirtiéramos” en unas “acciones” que no nos van a llevar a ninguna parte, sino que se van a devaluar rápidamente. Que buscáramos el aplauso de los hombres cuando, en realidad, el que importa es el aplauso de Dios.

Nosotros tenemos una vida, una vida que necesitamos vivir con plenitud. El mundo nos presenta muchos valores que deslumbran. Muchos valores también que van cambiando según las modas. Vemos a las personas que se mueven entusiasmadas, ahora con esto, ahora con aquello y, a menudo, después, las encontramos desencantadas, desorientadas, como si anduviesen sin norte. La vida necesita un tesoro. Pero muchas veces este tesoro está escondido.

Son muchos los esfuerzos que hacemos para encontrar lo que nos falta: trabajo, dinero, placer, cultura... ¿Hacemos los mismos esfuerzos para conseguir la verdadera dimensión humana: saber por qué y para qué vivimos? Quizá estemos pasando una de las crisis más profundas de la humanidad en toda su historia: tenemos de todo, pero carecemos de lo esencial.

Todas las demás cosas que puedan interesarnos que no sean el Reino de los Cielos, no valen la pena. Por más importantes que parezcan, por más lícitas que sea.  Busquemos lo que verdaderamente vale, es decir: el Reino de los Cielos y tendremos, como Salomón, eso... y mucho más.

lunes, 13 de julio de 2020


XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a descubrir al Dios paciente y lleno de misericordia.

La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, nos habla de un Dios que a pesar de ser omnipotente, es indulgente y misericordioso para con todos y que nos invita a ser “humanos”, es decir a tener un corazón misericordioso como el corazón de Dios.

Esta lectura, manifiesta el modo tan distinto de actuar Dios al de los hombres.  Dios es creador de todo y no quiere destruir lo que ha creado por amor.  Ni siquiera quiere destruir al hombre injusto y malvado.  Dios espera la conversión de las personas.

El modo de demostrar Dios su poder, al contrario de la mayoría de los poderosos, es el perdón.  La tiranía y el dominio sobre los demás no caben en los creyentes.  Nosotros tenemos que actuar como lo hace Dios: confiando y creyendo en la capacidad de los seres humanos para cambiar.

Dios no considera el pecado como algo definitivo, nuestro alejamiento de Él como algo definitivo.  Dios mantiene su confianza en que cambiemos, en nuestra conversión.  Dios nos invita a confiar y a creer en el hombre.

La gran diferencia entre Dios y nosotros es que Dios ejerce su poder y su fuerza para perdonar y salvar, y nosotros solemos utilizar el poder para condenar y castigar.

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que como consecuencia de nuestras limitaciones, a veces, no sabemos lo que nos conviene, no sabemos qué opción elegir, por eso nos recuerda san Pablo que contamos con la ayuda del Espíritu Santo.

Cuantas veces decimos: “no sé rezar”, o “no sé qué decir”, o “me pongo a rezar y no me sale nada”.  Como seres humanos, ante Dios, siempre hemos de sentirnos necesitados de su ayuda.  Y es precisamente el Espíritu Santo el que viene en ayuda de cada uno de nosotros y reza en nosotros y por medio de nosotros.

La oración cristiana, la espiritualidad cristiana, no es un trabajo que realicemos por nosotros mismos o por nuestros propios medios, sino que es obra del Espíritu Santo al cual debemos dejarlo actuar en nuestra vida.

El evangelio de san Mateo nos decía que, al lado del buen trigo, apareció la cizaña.  En nuestras vidas hay esta mezcla: de trigo y cizaña. 

Cuando amamos a una persona, tendemos a verle sólo cosas buenas.  Cuando alguien no nos cae bien, sólo le vemos cosas malas.  Jesús quiere ayudarnos a descubrir el bien y el mal que hay en todos, en los grupos, en la Iglesia, en nosotros mismos, en cada uno de nosotros.

A veces, si nos fijamos bien, veremos que hay mucho más de bueno que de malo.  Claro que lo malo se siente mucho más, es noticia, sale en los diarios, nos hace daño.  Lo que hay de bueno es normal, se cuenta con ello, no hace falta hablar de ello.  Quizás ya es hora de revisar esta actitud y aprender a ver las cosas buenas que hay en los demás: promover el sentido de la admiración en contra del ya gastado sentido de la crítica.

La tentación que tenemos es querer arrancarlo todo y en seguida. 

La pena de muerte, el terrorismo, la tortura, la violencia, son cosas antievangélicas.  ¡Cuántos ejecutados que después se ha descubierto que eran inocentes!  Además, personas que han tenido un pasado malo, pueden cambiar, pueden convertirse en personas dignas y servir a la humanidad. 

El mensaje del evangelio es que Dios tiene tiempo.  Dios da tiempo para el arrepentimiento.  El mensaje cristiano proclama la tolerancia: “Dejad que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”.  La hora de la siega no está en las manos de los hombres, sino en manos de Dios.  El hombre no tiene derecho a anticipar el juicio final.  Eso toca a Dios exclusivamente.

lunes, 6 de julio de 2020


XV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Dios jamás se calla.  No deja de hablar.  La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia de la importancia de la Palabra de Dios en nuestra vida.

La 1ª lectura del profeta Isaías compara la palabra de Dios con la lluvia y la nieve, que germinan la tierra. 

La palabra de Dios es fuente de vida y no un simple sonido para comunicar ideas y darnos información.  Hay palabras que han trastornado vidas enteras con su mensaje.  Un libro puede abrir horizontes insospechados y posibilitar nuevos caminos. 

En tiempo de sequía pedimos que llegue la lluvia porque el agua es imprescindible para que haya vida en la tierra.  La Palabra de Dios es como la lluvia, es decir, tiene que producir frutos en nosotros y en nuestro mundo.

Hoy, parece, que los malos, los corruptos, los violentos, son los que triunfan siempre y además parece que no son nunca castigados; mientras que los buenos, los justos, los humildes parece que son humillados.  Pues, bien, la Palabra de Dios no falla. 

La Palabra de Dios nos da esperanza, nos indica el camino que debemos recorrer y nos anima para que transformemos nuestro mundo según los proyectos de Dios y nos lancemos a un compromiso por transformar y renovar el mundo y las injusticias.  Sólo cambiaremos las situaciones injustas cuando nos dejemos guiar por la Palabra de Dios y la pongamos en práctica.

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que en el mundo hay guerras, sufrimientos y grandes angustias. La creación entera grita y sufre como una mujer con dolores de parto.

El hombre de hoy se ha dado cuenta que el mundo no es para ser explotado, violentado, utilizado de acuerdo con los criterios del egoísmo.  Pero no sólo debemos preocuparnos por el agotamiento de los recursos naturales del mundo, sino que también hemos de tomar conciencia que la vida es para vivirla de acuerdo a los criterios de Dios.

Sólo cuando tomemos conciencia de que todos somos hermanos en la existencia, podremos liberar a toda la creación del egoísmo y de la explotación en la que el hombre ha convertido este mundo.

El Evangelio de san Mateo, nos propone, ser buena tierra y estar dispuestos a escuchar las propuestas de Jesús.

Muchas veces comprobamos que cuando se lee el Evangelio, o se predica la Palabra, hay personas que no prestan la más mínima atención. Y hay otras que, demostrando muy mala educación y muy poco interés en la Palabra de Dios, se ponen a ver el móvil. Con ese comportamiento nunca podrán asimilar lo que Dios les está diciendo. Están despreciando a Dios y lo que Él dice. Debido a eso, como no escuchan las lecturas, la Palabra no germina en ellos. Al no escucharla, no la entienden y no la ponen en práctica. Así que llega el Maligno con sus tentaciones, no le ponen resistencia y caen en pecado.

Hay otros que sí escuchan la Palabra, incluso la aceptan con alegría, demostrando optimismo mientras están en la iglesia. Pero no son perseverantes. No profundizan en la fe. Su entusiasmo se acaba rápidamente y van perdiendo la poca fe que tenían. También hay los que escuchan la Palabra de Dios pero la ambición, el deseo de adquirir y tener, ahoga la semilla y no da fruto.

¡Cuántos esfuerzos en la evangeliza­ción! ¡Cuánto trabajo pastoral! Y más bien constatamos, cada día, que muchas semillas caen al borde del camino, o en terreno pedregoso, o entre abrojos, y se pierden. Las distracciones, la superficialidad, la inconstancia, el afán de riquezas o de placer, las mil preocupaciones que nos agobian... son hoy las causas que hacen que la semilla no pueda echar raíces y dar fruto. A pesar de todo, siempre hay una pequeña parte de la semilla que cae en tierra buena, siempre hay alguien “que escucha la palabra y la entiende”. Sólo para esos pocos, el trabajo ya ha merecido la pena. Y todavía, el fruto que da en cada uno puede ser muy variado: “ciento y sesenta o treinta por uno”, depende de las circunstancias personales. Pero, por poco que sea, ya ha producido fruto.

Parece como si la semilla chocase con dificultades casi insuperables. Constatamos a esos niños y niñas que hacen su primera comunión o se confirman y ya no se vuelven a venir la Iglesia; a esos papás y padrinos, a esos adolescentes, a esos jóvenes, a esos matrimonios en los cuales un día se sembró la semilla y ya no han vuelto más ni a los grupos ni a la Iglesia.  ¡Cuántas horas de trabajo y de esfuerzo perdidas!  ¿Qué podemos hacer?

Hay que dejarse empapar por Dios, para que nos transforme y cambie esa vida de sequía que viven muchas personas.  Sólo la Palabra de Dios, si la dejamos que empape nuestra vida, puede transformarnos.

lunes, 29 de junio de 2020


XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos enseñan dónde encontrar a Dios.  Dios se da a conocer en la sencillez, en la humildad.  

La 1ª lectura del profeta Zacarías nos recuerda que Dios es un Dios humilde, pacífico que le gusta lo sencillo y se alegra en la verdad.

Nuestro mundo actual está lleno de ambición, de esclavitud, de armas, de sangre y muerte.  Cada minuto los gobiernos se gastan millones de euros en armamento.

Muchas personas creen hoy, que para lograr la paz en el mundo hay que tener ejércitos poderosos, gastar muchísimo dinero del presupuesto de un país en instrumentos de muerte, y así imponer, por la fuerza y por el miedo, la paz y la seguridad del mundo.  

Sin embargo, el profeta Zacarías nos decía: “Mira que viene tu rey,
justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna... Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén;
romperá el arco guerrero”.  

Dios es un Dios de paz que no está de acuerdo que en nuestro mundo se malgaste tanto dinero en fabricar armas de muerte, mientras hay tantas personas que no tienen trabajo ni lo más mínimo para vivir con dignidad.

Los cristianos debemos luchar por la paz en el mundo, pero no solamente con palabras y oraciones.  Debemos ir más allá: objeción de conciencia, objeción fiscal, denuncia de la práctica armamentista de los gobiernos.  El cristiano vive los problemas del mundo, los sufre y lucha para solucionarlos, pero tiene también que trabajar por la paz y por la construcción de un mundo de hermanos.

Hay que abandonar las políticas armamentistas de los gobiernos y que nuestros gobernantes renuncien a todo sueño de mesianismo político y triunfalista. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos nos invita a vivir “según el Espíritu” y no “según la carne”.

Vivimos una época de grandes descubrimientos, todos ellos van encaminados a conseguir una vida cada vez más agradable y cómoda.  Sin embargo, aunque vivimos mejor cada día, no somos más felices, porque como nos dice San Pablo la felicidad no puede consistir en dar rienda suelta a los deseos humanos del cuerpo.

Como cristianos no nos podemos dejar dominar por la carne, es decir, por una vida de pecado, porque el pecado es rebeldía contra Dios.  Hemos de dejar que sea el Espíritu de Dios el que habite en nosotros para cambiar las obras del pecado por obras de bien, obras responsables, obras de Dios.  El cristiano debe dar muestras en su vida de ser guiado por Dios y no por el pecado.

En el evangelio de san Mateo, Jesús nos dice que Él ha venido para los sencillos y que podemos acudir a Él cuando nos sintamos agobiados.

Para entender el mensaje de Jesús hay que ser humilde de corazón.  Los sabios, o aquellos que se tienen por sabios y entendidos, difícilmente pueden entender a Dios.  Si uno cree que ya lo sabe todo, ¿qué le vamos a enseñar?

Ser humilde no quiere decir ser tonto o de pocas luces. Hay mucha gente inteligente y son sencillos como niños. Y por otra parte, creerse sabio no equivale a ser inteligente.

Jesús nos invita hoy también a que cuando estemos agobiados, cuando suframos depresiones, cuando tengamos graves problemas personales, que acudamos a Él para que nos alivie y consuele.  Jesús nos dice que Él vino para ayudarnos a soportar el peso de la vida diaria, a librarnos de nuestras cargas, echándoselas sobre sí mismo. 

Si recurrimos a Cristo en nuestras aflicciones, en nuestras enfermedades, en cualquiera de nuestros sufrimientos, Él nos ayudará.  Cuando estuvo en el mundo curó enfermos y resucitó muertos.  Hoy en día, Él está también entre nosotros y quiere aligerarnos nuestras preocupaciones.  

Pero pensemos que cuando pedimos ayuda a Cristo en nuestras necesidades, Él nos pide que nosotros también pongamos algo de nuestra parte.  Nos pide que lo imitemos en nuestra manera de vivir, en nuestra manera de actuar.  En el Evangelio el Señor nos dice que su yugo es ligero.  El yugo está hecho para ser llevado entre dos.  Lo que nos dice el Señor en el evangelio es que Él hará lo que tiene que hacer para ayudarnos en nuestra vida diaria pero nosotros también tenemos que aguantar nuestra parte de la carga.  

Acudamos a Cristo, con sencillez, y estemos seguros, que en Él encontraremos descanso. 


lunes, 22 de junio de 2020

                 XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la vida y las condiciones necesarias para seguir a Jesús. 

La 1ª lectura, del 2° libro de los Reyes, nos muestra cómo todos podemos colaborar en la realización del proyecto salvador de Dios.  Unos pueden colaborar de forma directa como el profeta Eliseo; otros indirectamente como la mujer de Sunem.  Todos tenemos un papel que desempeñar en la Iglesia, todos tenemos que colaborar para que Dios se haga presente en el mundo. 

La mujer de Sunem acoge al profeta como si del mismo Dios se tratara.  Es una acogida extraordinaria.  La recompensa también es extraordinaria: para una mujer hebrea la mayor desgracia era no darle ningún hijo a su marido.  El Señor da este premio a la sunamita: “El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”.   

Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente todo lo que se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva. 

Hoy podemos preguntarnos: ¿premia Dios en esta vida nuestros esfuerzos y sacrificios por los demás?  La respuesta es sí.  Dios es un Dios de vivos y por tanto es Señor de la vida cotidiana.  No hay que esperar al tiempo futuro para esperar su premio.  La alegría, la limpieza de corazón, el amor a los demás, ya son regalos de Dios. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Romanos, nos habla del bautismo.  Por medio del bautismo la vida de divina está en nuestro interior. Esa vida divina tiene que ir creciendo en nosotros hasta hacerse expresión en nuestros pensamientos y en nuestras obras, así se manifestará la resurrección y daremos muerte en nosotros al pecado. 

¿Para qué nos bautizamos?  Para ser cristianos y ser cristianos es vivir una vida nueva y renunciar al pecado.  Pecar significa cerrarse en uno mismo y rechazar a Dios y a los demás.  “Pecar” es rechazar la comunión con Dios e ignorar, conscientemente, sus propuestas.  

No podemos ignorar que el pecado existe, existe porque el pecado es el egoísmo que genera injusticia y explotación; es el orgullo que genera conflicto y división; es la venganza que genera violencia y muerte.  

Lo que se le pide al cristiano es que renuncie a esta realidad y oriente su vida de acuerdo con los criterios y los valores de Jesús.  

En el evangelio de hoy de san Mateo, ¡Jesús no nos lo pone fácil!  El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”. 

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella? 

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él quiere, lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo. 

¿Qué querría decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo de aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo cristiano, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado. Los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús. 

¿Y que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.  

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que “esto es perder el tiempo en tonterías”. 

Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia.  Hay algo que está por encima de la familia: el reino de Dios y su justicia.

 


lunes, 15 de junio de 2020

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Miedo y confianza son palabras que aparecen hoy en la Palabra de Dios que hemos proclamado.  Por encima de nuestros miedos hemos de tener confianza en Dios porque sabemos que Dios nos cuida.

En la 1ª lectura vemos como Jeremías es perseguido por el mensaje que anuncia y todo lo que denuncia, sin embargo no deja de confiar en Dios y de anunciar fielmente las propuestas de Dios para los hombres.

Ser profeta no es fácil.  A la gente no le gusta que pongan en duda o que cuestionen su forma incorrecta de vivir, sus injusticias o sus antivalores.  Por eso la vida del profeta es una vida de incomprensión, soledad, lucha y riesgo.  Y sin embargo es un camino que Dios nos llama a recorrer con fidelidad a su Palabra.

El profeta, como el verdadero cristiano es aquel que es capaz de decir con valentía verdades que duelen y que provocan críticas y conflictos y en algunas circunstancias, incluso, con peligro de su vida.  Sabemos bien, que todo aquel que ha querido hacer el bien, siempre encuentra dificultades.  Por eso el profeta Jeremías nos decía que “oía la acusación de la gente”. 

Criticar al que quiere hacer bien las cosas es el deporte nacional.  Es lo que toda la vida sabe muy bien hacer la gente. En la actualidad hacer las cosas bien no es aplaudido.  Incluso, en ocasiones, es perseguido.  Hoy, parece que lo que es más popular, lo que le gusta a mucha gente es ir contra el sistema, ir contra lo que está bien, e incluso ir contra Dios y sus valores.

Por eso, si somos auténticos cristianos, estemos seguros de una cosa: siempre vamos a ser criticados y calumniados.  Sin embargo, Dios nunca abandona a aquel que le es fiel.  

Por eso es importante que, delante del Señor pensemos y nos preguntemos: ¿estoy dispuesto a ser distinto, a ser auténtico, a ser fiel a Dios?  Porque, cuando intentamos vivir como buenos cristianos se tiene que notar lo que somos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos habla de la entrada del pecado en el mundo.  El pecado es una vieja realidad en el mundo.  Tan vieja como el hombre ya que el hombre, y sólo el hombre, es el responsable de la condición pecadora de la humanidad.

No podemos cerrar nuestros ojos ante la realidad de pecado que existe en nuestro mundo.  Es verdad que el mal destaca escandalosamente en el mundo.  Algunos acontecimientos que marcan nuestro tiempo confirman que una historia construida sobre el pecado y al margen de Dios es una historia llena de egoísmo y de injusticias.

Pero si el pecado es una vieja realidad, también lo es el perdón y la gracia de Dios y aunque aparezca más calladamente, tienen más fuerza y más valor que el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos dice hoy que la Palabra liberadora de Jesús no puede ser silenciada, escondida sino que tiene que ser proclamada “sin miedo”.

Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos hoy, es la falta de credibilidad de las instituciones y de las personas.  Hoy, ni los políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos nos inspiran confianza.  Y lo que es peor, muchas veces tampoco nos inspira confianza el vecino, incluso desconfiamos también de los familiares.

Parece que ya nadie confía en nadie.  Es verdad que son muchísimos los problemas con que nos enfrentamos hoy en día: la corrupción, la falta de trabajo, el terrorismo, la incertidumbre económica, la falta de moral social y política, las guerras, el hambre, la pobreza cada día mayor.  Todo esto nos lleva a vivir con miedo, atemorizados, encerrados en nosotros mismos, despreocupados de los demás.

Si perdemos la confianza en nosotros mismos y en la bondad del mundo, estamos perdidos.  Contra el mal y la pérdida de confianza, el evangelio nos invita a confiar en Dios.  Dios, nuestro Padre que cuida de la naturaleza, de los animales, ¡cuánto más no cuidará del hombre, hecho a su imagen y semejanza!

Hay que tener confianza en que el mundo, a pesar de todo, se encamina al encuentro con Dios.  Confianza en que nuestros trabajos y aportaciones en la construcción de un mundo mejor, por muy pequeños que sean, son importantes.  Confianza en las personas.

Jesucristo nos repetía hoy: “¡No tengáis miedo!” porque nada malo puede sucedernos si ponemos en Dios nuestra confianza.