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lunes, 10 de enero de 2022

 

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Después del ciclo litúrgico de la Navidad comenzamos el Tiempo Ordinario, que se verá interrumpido para celebrar la Cuaresma.  Con el Tiempo Ordinario comenzamos a recorrer la vida pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.

¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?

Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.

Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.

Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas que Dios nos da a cada uno y a través de los cuales Dios manifiesta su amor por nosotros.

Esos dones y gracias que recibimos de Dios son para ponerlos al servicio del bien común, al servicio de todos.  Los dones que Dios nos da no son privados.  Dios nos los da para el servicio de la comunidad.

“Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo”, –nos decía San Pablo–  Cada persona tiene su propio modo de ser, sus propias cualidades y sus propios defectos.  Y todos hemos recibido esos dones de un solo Señor.  Si queremos que haya paz y armonía entre todos nosotros, debemos respetar y reconocer las cualidades que cada uno tiene.

Si lo bueno que hay en nosotros proviene de Dios, hemos de ser respetuosos con los demás.  Si queremos que nos respeten, es necesario que nosotros respetemos a los demás.  Por lo tanto evitemos cualquier desprecio o envidia por las cualidades de los demás.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.

Como en la boda de Caná, ocurre que muchas veces, en nuestra vida nos puede faltar el vino.  Nuestra vida, en muchas ocasiones, se vuelve monótona, carente de ilusión, de sentido y de esperanza.  Muchas veces, o quizás demasiadas veces, nos falta la alegría, y nos vemos ante las dificultades como los novios de Caná.  Y aunque tengamos de todo, si nos falta el vino de la salvación que nos trae Jesús se nos acaba la fiesta.  Muchas veces nos falta también el deseo de compartir el amor y la amistad.

Hay también muchas familias que les falta el vino.  Han pasado los años y la rutina la hemos dejado entrar en el hogar.  Falta la fantasía, la imaginación, la atención, el regalo de aniversario, acordarse de las fechas importantes, atender los gustos.  Hay familias que les falta el vino porque ya no esperan nada nuevo, ni se hace nada nuevo. 

Y como en las bodas de Caná, María, la madre, siempre atenta a las necesidades de todos, presenta también nuestras necesidades ante su Hijo: “no tienen vino, no tienen ilusión, no tienen esperanza” y luego aquellas palabras suyas dirigidas también a todos nosotros “haced lo que Él os diga”. 

El Señor sigue presente en medio de nosotros, su Espíritu y su Palabra, pueden transformar esas situaciones de desesperanza por las que pasamos, si hacemos lo que Jesús nos pide.

No olvidemos que ninguno de nosotros estamos abandonado de Dios.  Dios nos ama y nos invita a la fiesta de su amor.  Y cuando, por cualquier motivo, se nos acabe el vino, si hacemos lo que Jesús nos dice, si ponemos a su disposición el agua pobre y sencilla de nuestra vida, el Señor la convertirá en el vino nuevo de la alegría salvadora.

martes, 4 de enero de 2022

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR Y BAUTISMO DEL SEÑOR

EPIFANÍA DEL SEÑOR (CICLO C)

En este día celebramos la Epifanía del Señor. Esa palabra significa “manifestación, aparición”.  La fiesta de la Epifanía del Señor no es otra cosa que la certeza que tenemos los cristianos de que Dios no hace distinción de personas, razas, culturas y pueblos.

Con la fiesta de la Epifanía la Iglesia termina el tiempo de Navidad.  Espero que haya sido un tiempo de abundantes bendiciones y gracias de Dios para todos vosotros.

El profeta Isaías en la 1ª lectura, anuncia la universalidad de la salvación.  Como muchos otros hombres de Dios, el profeta invitó constantemente al pueblo elegido a dejar las actitudes nacionalistas y excluyentes para asumir su vocación de ser instrumento de salvación para todos.

El profeta Isaías nos presenta a Jerusalén como el lugar donde la gloria y la luz de Dios brillan de una manera nueva y diferente.  Para nosotros los cristianos, ésta imagen de Jerusalén es figura de la Iglesia, cuya misión es ser luz para atraer a todos los pueblos de la tierra para su encuentro con Dios y mediante este encuentro, alcanzar la salvación.  Todos debemos ser luz para los demás.  Quienes vivan en las tinieblas, pero deseen vivir en la luz, han de buscar en la Iglesia y encontrar en ella a Cristo, luz de todos los pueblos que quiere que todos los hombres tengamos vida y felicidad.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos dice que todos somos “hijos de Dios” y por lo tanto todos somos destinatarios de la salvación y si somos hijos de Dios, esto quiere decir que somos hermanos y por lo tanto debemos amar sin límites, compartir y ser solidarios unos con otros.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la adoración de los Magos al niño Jesús.

Los Magos representan a todo nosotros, a todos los laicos, a toda la humanidad que busca una estrella que de sentido a la vida.

Como a los Magos, Dios, nos llama a emprender un viaje, es decir, a salir de nosotros mismos y dejarnos guiar por su luz.  Jesús viene a llenar de luz nuestra vida, a ser el guía de nuestro caminar diario.  Jesús nos guiará hasta el Padre, hasta la luz verdadera que no tiene ocaso, que no tiene fin.

Los Magos vieron una estrella y la siguieron.  Ellos dejaron su casa, su tierra, sus quehaceres y siguen la estrella.  Nosotros también hemos de dejar muchas cosas atrás para poder seguir a Cristo.

Dios nos llama siempre a través de una señal.  La señal por la cual Dios nos llama sólo la entienden aquellos que buscan a Dios.  La estrella que vieron los Magos todo el mundo la vio pero sólo ellos descubrieron qué significaba.

Todos somos llamados por Dios, pero para encontrar a Dios es necesario estar con los ojos y con el corazón bien abiertos a lo que ocurre a nuestro alrededor, por más insignificante que sea, Dios a través de esos signos nos está hablando y nos está llamando.

Hoy se nos está invitando a ponernos de pie, a no conformarnos con esta vida indiferente, carente de sentido.  Dios nos sigue llamando, sigue esperando que lo encontremos.  Pero primero tendremos que despertar ese deseo de encontrarnos con Él.  Y es aquí donde creo que está el problema: el problema es que hay mucha gente que no busca a Dios, ni quieren encontrarse con Él.

Hemos utilizado a Dios como quien utiliza una medicina, nos acordamos de Él cuando nos duele algo, pero cuando se nos pasa, también pasamos rápidamente de Él. 

Cuando los Magos encuentran al niño, le ofrecen sus regalos, lo mejor que ellos tienen.  Nosotros también tenemos un regalo que ofrecerle al niño Dios, y ese regalo debe ser el mejor regalo que le podamos dar: la fe, nuestra entrega al servicio de Dios, nuestra disponibilidad, nuestra persona, en una palabra, el mejor regalo que le podemos ofrecer al niño Dios es nuestra propia persona.

Y volvieron por otro camino. Si nosotros encontramos a Dios también haremos caminos nuevos, diferentes, nuestra vida ha de ser distinta.

¿Buscamos la  Verdad, buscamos a Dios? ¿Le hemos buscado con sinceridad, con la inteligencia, con el afecto, en un camino largo, en el que ha habido claridad y noche oscura? ¿Le hemos buscado donde Él nos ha dicho que está?

¿Qué cofre abro ante este Dios, qué le entrego y comparto? ¿La sobras de vida o todo mi ser?

Dejémonos guiar por la estrella de Belén y si así lo hacemos, podemos estar seguros que no nos perderemos en la vida, sino que iremos por caminos seguros.

Dios quiere manifestarse a nosotros, y hoy una vez más nos llama, quiere que lo busquemos y que seamos también señal para otros que lo buscan.

BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)

El jueves celebrábamos la fiesta de la Epifanía, la manifestación de la salvación de Dios que es ofrecida a todos los hombres en Jesús-niño.  Hoy celebramos de nuevo la manifestación de la salvación de Dios que ahora se nos presenta en Jesús-adulto. 

Con la fiesta del Bautismo de Jesús termina el ciclo de la Navidad y comienza la primera parte del tiempo ordinario que nos llevará hasta el miércoles de ceniza.

Con el Bautismo de Jesús comienza su vida pública.  El Señor no tenía que ser bautizado porque nunca tuvo pecado. Se bautizó por la misma razón que cumplió con algunas otras leyes judías que tampoco tenía la obligación de cumplir. Vino a este mundo como hombre y quiso sujetarse a las leyes de Moisés, como lo hacían todos los judíos, pero nada de esto le obligaba. Todas estas leyes eran las que regían al pueblo Israelita, el pueblo que Dios eligió para preparar la venida del Señor. Y Jesús cumplió con ellas para darnos un ejemplo de cómo debemos actuar nosotros, de cómo debemos cumplir con los mandamientos de nuestra fe.

Hoy, que celebramos el bautismo de Jesús, debemos pensar también en nuestro propio bautismo.  “No todos los bautizados son cristianos”. Esta frase que parece un poco contradictoria es una gran denuncia de la situación de nuestras prácticas sacramentales. Parece contradictoria pues cualquier bautizado es hijo de Dios y, por tanto, cristiano; pero, al mismo tiempo, es una denuncia, porque es cierto que muchos bautizados dejan mucho que desear en su seguimiento de Cristo, aunque todos podríamos ser un poco mejores cristianos.  

El bautismo, como cualquier sacramento, no es automático, no funciona por sí solo, sino que necesita la colaboración de la persona que lo recibe. El sacramento es un encuentro entre Dios y el ser humano. Dios pone su parte: la Gracia, que quita el pecado original y nos hace hijos de Dios y la persona responde con el seguimiento; si falta la respuesta no se produce el encuentro.

Pertenecer a la Iglesia por medio del bautismo no significa nada en sí mismo, si no va acompañado de la correspondiente respuesta de la persona que recibe ese sacramento: hay que amar a Dios con la práctica de una vida cristiana, de una vida de sacramentos, de una vida de amor al prójimo.

Por desgracia, muchas personas, quizás influenciados por amigos poco Católicos o simplemente porque ignoran la importancia de este sacramento para los niños, no llevan a sus hijos e hijas a bautizar en los primeros días después de su nacimiento. Llevan a sus hijos a bautizar pensando más en la fiesta, el convite o en la ropa en vez de pensar en el sacramento en sí. Lo convierten en un acto social. Llevan al niño a la iglesia a bautizar pensando que, cómo somos Católicos, tiene que ser bautizado. No piensan en las responsabilidades que trae este sacramento para los padres y padrinos. Da verdadera pena ver algunos bautismos en los que hay tan poca fe alrededor.

El bautismo es el comienzo de nuestra misión profética. Desde el mismo momento en que se recibe este sacramento, el bautizado ya está comprometido a vivir una vida santa. Sus padres se comprometen a dar testimonio de su fe a su hijo para que, con los años, se convierta en un buen cristiano, evangelizando como lo hicieron los primeros cristianos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Al ser bautizados como hijos e hijas de Dios adquirimos la más alta dignidad. En el momento del bautismo, por la gracia del Espíritu Santo, inmediatamente se produce el milagro de un nuevo nacimiento. El agua bautismal es signo de la muerte al pecado y del renacimiento espiritual a la vida eterna con Cristo.

Los padres y padrinos deben tener en cuenta que han recibido un mandato de Cristo. Desde el momento que llevan sus hijos a bautizar deben enseñarlos a vivir una vida sin mancha, a evangelizar con su propio ejemplo y a amar a los demás.

El bautizado debe ser portador de esperanza en medio de nuestro mundo y de nuestra Iglesia. Debemos tener deseos de Dios expresándolo con un testimonio de vida, lleno de amor y de convicción. Vemos cómo falta esperanza, vemos cómo las cosas de este mundo empequeñecen nuestro corazón, vemos cómo el desánimo se apodera de nuestras comunidades cristianas y de los grupos. ¡Contagiemos la alegría y la serenidad! ¡Tenemos una fuerza interior única! Nuestro tesoro es Jesús y su gracia. ¡Somostemplos del Espíritu Santo!

¡Despertémonos! Tenemos por delante todo un año para descubrir que Dios, está verdaderamente con nosotros animándonos, sosteniéndonos, dirigiendo nuestros pasos hacia la plenitud. Él es la fuerza y la vida. Levantemos el corazón y vayamos confiados a Jesús. Él espera nuestra respuesta. Dispongámonos a seguirlo con fidelidad.

lunes, 20 de diciembre de 2021

 

NOCHEBUENA, NAVIDAD Y SAGRADA FAMILIA

MISA DE NOCHEBUENA (CICLO C)

¡Feliz Noche!, ¡Feliz Navidad! Son las palabras más repetidas hoy. En medio de la noche, en la plenitud de los tiempos, ha aparecido la salvación de Dios. Esto, hermanos, se convierte esta noche, en el centro, la novedad y en la gran noticia que debemos dar al mundo: ha nacido Dios.

Navidad para los que no creen puede ser motivo de borrachera y vandalismo, para nosotros no. Navidad es Dios hecho carne de nuestra carne, como un hermano de sangre. Un hermano tan hermano de cada uno de nosotros que se toma la libertad de sentarse en la silla junto a la mía y decirme que es hermano mío, y que tiene otros hermanos que lo son también míos. Nos da su Padre, que lo es también mío.

En la oscuridad irradiando luz celeste, en un pesebre, encontramos la razón de estas fiestas. El amor de Dios nos hace reunirnos como familia; el amor de Dios nos hace preparar comida especial; el amor de Dios nos lleva a exteriorizar, en luces y estrellas, nacimientos y en árboles de navidad, la alegría que llevamos dentro: ¡Ha venido a nuestro encuentro el Señor! ¡Ha nacido el Salvador!

En la apariencia de un niño, un simple niño, Dios despliega el gran secreto que nos trae esta noche santa: un amor sin condiciones al hombre.

En la humildad de un pesebre, Dios, comparte también la pobreza del ser humano. Siendo rico quiso hacerse como uno de nosotros. Pudo presentarse en carroza; lo hizo en una fría cueva; pudo revelarse anticipado por trompetas y ejércitos celestiales, quiso hacerse presente, rodeado de un pequeño grupo de pastores.

Ese niño Dios que nace esta noche, toma nuestra condición, “se hace hombre para divinizarnos a nosotros”.  Ahora Jesús viene a nosotros y podemos descubrirle en los pobres y necesitados. Muchas veces no le queremos ver cuando llama a nuestra puerta, lo rechazamos como fueron también rechazados José y María. Este el gran drama del hombre: el rechazo de Dios y del hermano.

Dios se hace hombre sin demasiada publicidad. Es significativo ver cómo tuvieron que ir fuera de los muros de la ciudad, cómo los primeros que se dieron cuenta del nacimiento del Niño Dios fueron los excluidos de aquella época, los pastores.  Los que reciben la noticia del nacimiento de Jesús son los pastores, los cuales tenían muy mala fama en el Israel de tiempos de Jesús, casi se les consideraba delincuentes.

Mucha gente no se enteró de ese Nacimiento.  Y esa elección de los pastores ya marcaba el deseo de Dios de acercarse a los “malos” y hacerlos “buenos”. Siempre ha querido estar cerca de los humildes, de los pequeños, de la gente alegre que acepta sin reservas un mensaje de paz y alegría.

Hoy María y José siguen llamando a nuestra puerta.

Dios se acerca al hombre hasta el punto de hacerse uno de ellos. Pero sólo los humildes, los pastores, fueron capaces de descubrirlo. El misterio de la Encarnación, es el misterio del Amor de Dios al hombre. Demos gracias a Dios en este día de Navidad por el Niño-Dios hecho hombre por nosotros.

¿Sientes que ha nacido el Salvador por ti? ¿Sabes que Dios se hace pequeño por ti? ¿No te da escalofríos el pensar que Dios se ponga a tu misma altura?

Esta noche, es igual pero es distinta; parece como si las guerras se detuviesen. Como si los hombres, teniendo a Dios más cerca que nunca, entendiesen que hay más razones para el amor que para el odio; más para la justicia que para la injusticia; más para la paz que para la guerra.

¡Ha nacido el Salvador! Y, como los pastores, no podemos hacer otra cosa sino adorarlo. ¿Y cómo hacerlo? ¿De qué manera? Humillándonos. Dejando bien guardados los rebaños de nuestros egoísmos y egocentrismos; de nuestras envidias y luchas; de nuestras cobardías e incredulidades.

Lo que nos dice la Navidad es que Cristo, el Salvador, está aquí para nosotros. El misterioso mensaje del nacimiento de un Niño en Belén a quien se llamó –y es– “Salvador del mundo”

Esta noche, cuando nuestros corazones buscan abrirse para celebrar el nacimiento de Jesús, vale la pena preguntarnos qué fue lo que Dios vio, palpó y escuchó en el corazón humano que lo movió a hacerse como nosotros y traernos la salvación.


¿Qué vio Dios en nosotros? Dios vio en nosotros, mujeres y hombres, merecedores de su salvación. Dios vio en nosotros mujeres y hombres merecedores de Su Amor, de Su Vida, merecedores de ser amados y perdonados, merecedores de Su Vida Eterna. Dios nos vio, nos palpó y nos escuchó y de Su Corazón solo pudo salir un amor sin límites.

Celebramos esta noche que a pesar de que somos frágiles y débiles, somos merecedores del amor de Dios. Somos lo suficientemente buenos ante los ojos de Dios para que Él vuelva a nacer una vez más en nuestro ser.

¡Ha nacido el Salvador! Y, este gran misterio de Fe, lo hemos ido preparando en estas cuatro semanas de adviento. Ha sido un tiempo de esperanza, de vigilancia y de preparar nuestros sentimientos y nuestros corazones para que, el Señor, no pase de largo esta Navidad.

MISA DE NAVIDAD (CICLO C)

Hoy, hace 2021 años, en Belén de Judá, en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada, de María Virgen, esposa de José el Carpintero, de la casa y familia de David, nació Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero. Él es el Salvador que los hombres esperaban.

Aquí tienen la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. No lo busquéis disfrazado con otros ropajes, ni en otros sitios que no lo vais a encontrar. Envuelto en pañales y en un pesebre, esa es la señal que dieron los ángeles. Un Dios pobre y que vive cercano a los pobres.

Hace 2021 el mundo vivió la primera Navidad.  El Mesías, anunciado por miles de años, había llegado por fin al mundo pero no mostrando su majestad y su poderío como se esperaba.  En vez de eso, llegó revestido de pobreza en un pesebre.  En ese momento de su nacimiento, ni siquiera las autoridades locales sabían que había llegado al mundo el Rey de Reyes.  

Desde entonces Dios vino a nuestra tierra, a caminar por nuestros caminos, a compartir el pan y las penas, las alegrías y tristezas, a contarnos historias que ayudan a vivir con sentido y a morir con esperanza, a pedirnos que seamos dichosos y felices, a decirnos que no somos esclavos, somos hijos del Padre Dios que nos quiere con locura.


Desde entonces, el amor de Dios sigue presente en el mundo entero, para cada hombre y cada mujer, cada anciano, cada niño, cada joven, que quiera aceptarlo.


Desde entonces, nosotros, cada uno de nosotros, somos llamados a dar testimonio de su amor en la familia y en el trabajo, en barrio y en el pueblo, en los grupos y asociaciones, y en la labor al servicio a los que sufren cerca de nosotros o en cualquier lugar del mundo.

Desde entonces, hace hoy 2021 años, el perdón, la misericordia, la salvación de Dios se sigue derramando inagotablemente sobre cada uno de nosotros y sobre toda persona.


Nosotros, que hemos experimentado la cercanía de Jesús en nuestra vida: hemos de ser mensajeros y testigos del amor nacido en Belén. Hemos de anunciar por los caminos de la vida esta Buena Noticia, para que el mensaje de la Navidad sea luz y salvación para todos.

Alegrémonos. Celebramos la Buena Noticia, la mejor noticia de toda la historia de la humanidad: el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Que suene la fiesta, que nazca la paz y la alegría en el corazón de todos los hombres y mujeres de Buena voluntad, que canten los oprimidos, que se alegren los tristes, que se llenen de gozo los que andan perdidos en la noche de las penas y la angustia. Porque Dios está con nosotros, es un Dios cercano que ama y que nos salva y quiere que todos tengamos en Él vida plena.

Es cierto que las fiestas de Navidad son días de alegría para disfrutarlos y celebrarlos.  Pero también es cierto que siempre debemos recordar a quien debemos esta gran festividad, quien debe estar en el centro de esta fiesta.  Navidad es primeramente la celebración del nacimiento del Verbo Encarnado, el Príncipe de la Paz.  Y durante estas fechas tan señaladas, debemos tratar que en nuestras casas, entre nuestros familiares y entre nuestros amigos, reine la paz mucho más que la opulencia. 

En muchas casas, esta Navidad no estará Dios.  Para las personas que no celebran la Navidad con Dios, estos días pueden parecer vacíos y ruidosos.  No experimentarán la plenitud del amor y la paz que el nacimiento de Nuestro Señor entre nosotros debe traernos.  En una palabra, para esas personas  son fiestas tristes y aburridas.  Pero para nosotros, los cristianos, deben ser fiestas de oración y de unidad.  Nosotros sabemos que esas dos cosas son las que nos traen la verdadera felicidad y la paz duradera.

Solamente recordar que en un día como hoy, hace 2021 años nació nuestro Salvador, es suficiente motivo para alegrarnos.  La venida del Mesías constituye, en sí, el hecho central de las fiestas navideñas.  Cristo vino a traernos el regalo más precioso de la vida, la salvación. 

Hoy, lo irrelevante para el mundo (lo casi invisible), cobra importancia. El Dios de los cielos se deja tocar, acariciar, besar, adorar por todos nosotros. Para nosotros, este acontecimiento de la Navidad, no es algo del pasado. No ha quedado olvidado en un pesebre con telarañas de más de 2021 años. ¡Dios ha nacido! ¡Dios nace en cada persona que lo busca! ¡En las personas que, como los pastores, saben dejar algo de sí mismas y buscar al Dios escondido en la humilde figura de un niño recién nacido!

¿Dónde tienes tú a Dios? ¿Cómo lo vives? ¿Has hecho de tu corazón un pesebre para que Dios nazca?

Dios, que es amor, quiere un lugar donde vivir. Un rincón donde ese amor se pueda cuidar, crecer y prolongarse a través de nosotros en los demás. Esa habitación, ese pesebre es el corazón de los creyentes.

¡Sí, hermanos! ¡Feliz Navidad! Porque Dios se ha puesto a nuestra altura, a nuestro alcance para que comprendamos la gran vida que nos espera en el cielo.

Día de Navidad. Día de felicitar a Dios por el alumbramiento de su Hijo. Día de felicitar a María por darnos a Jesucristo, camino y garantía de salvación. Día de felicitarnos mutuamente porque un Niño se nos ha dado, porque contamos con un hermano que compartirá nuestros gozos y nuestras miserias, nuestros dolores y nuestros éxitos, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías. ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Nacimiento de Cristo!

SAGRADA FAMILIA (CICLO C)

El domingo siguiente al día de Navidad, se celebra la fiesta de la Sagrada Familia.  José, María y Jesús son ejemplo para nuestras familias, por ello hoy las lecturas nos ofrecen indicaciones prácticas para ayudarnos a construir familias felices.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos habla de la bendición que trae consigo una buena relación entre padres e hijos.

Los hijos deben respetar, honrar y servir a sus padres, lo mismo que se debe hacer con Dios.  El respeto a los padres es fuente de las mejores bendiciones y gracias que Dios nos puede dar.

Los padres son instrumentos de Dios creador.  ¿Somos agradecidos con nuestros padres porque nos han dado la vida?  ¿Les demostramos nuestra gratitud?

Hoy se lucha mucho por los derechos humanos y la dignidad de las personas, pero hoy es cuando más personas ancianas se encuentran marginadas, abandonadas, solas, por la misma sociedad y por los mismos hijos.  ¿Cómo puede haber hijos que se “deshagan” de sus padres, de aquellos que fueron, para nosotros, instrumentos del Dios creador y fuente de vida?

Hoy como ayer, el respetar, honrar y ayudar a los padres es grato a los ojos de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses nos presenta la familia como el lugar donde debe existir la misericordia, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, la ayuda mutua, el perdón y el amor.

La familia, al igual que la comunidad cristiana, no tiene una vida sin problemas, sin faltas, sin pecados.  En la familia por ser humana existe esos defectos.  Pero ante los problemas y dificultades que puedan surgir en la familia hay que poner en práctica las virtudes cristianas del amor, la comprensión y el perdón como fuente de armonía y de paz entre todos los miembros de la familia.

Una familia en la que reine el amor, como en la familia de Nazaret, estará colaborando eficazmente en la formación de una sociedad más fraternal y pacífica.

El Evangelio de San Lucas nos presentaba el episodio del Niño Jesús perdido y hallado en el Templo.

La Sagrada Familia es ejemplo para nosotros porque supieron enfrentar las dificultades y los problemas buscando soluciones en el amor mutuo y en la fe en Dios.   

La familia cristiana tiene que recuperar hoy los valores familiares como son: fidelidad, obediencia, respeto mutuo entre los padres y los hijos.  Por desgracias estos valores familiares cristianos no se promueven mucho hoy ni en la familia ni en la sociedad.

La familia cristiana tiene el deber sagrado de transmitir la fe a sus hijos.  Los papás deben ser los primeros que enseñen a sus hijos a rezar, y a rezar juntos papás e hijos; deben ser los que acerquen a sus hijos a los sacramentos, a la vida de la Iglesia.

La familia es la estructura idónea para venir al mundo, para crecer, para educarse, y ello porque se hace en el amor, desde el amor y mediante el amor. La mejor manera de acoger a un niño que acaba de venir al mundo es por medio del amor. Su crecimiento y su progreso en el conocimiento y la educación son óptimos cuando tienen su fundamento en el amor. Su relación con los demás y con su entorno irá siendo más adecuado cuanto más enraizado esté en el amor que recibe de sus más allegados.

Psiquiatras y psicólogos coinciden en afirmar que un niño crece más sano y de adulto es más estable cuanto mayor es el amor que ha recibido desde su infancia hasta su adolescencia y juventud. Un niño sonríe cuando ha visto sonreír a su madre, cuando ha visto sonreír a los que lo rodean.

Educar sólo es posible desde el amor. El amor fue, es y será siempre el alma de la familia. Pero vivir el amor es una asignatura difícil de aprobar porque no consiste sólo en recibir, sino que es entrega y sacrificio para hacer feliz al otro. Y el espacio por excelencia para crecer en el amor es la familia.

Sin familia, no sabríamos convivir con nadie. Sin familia, los niños son unas víctimas de todas las crueldades de las que el ser humano es capaz.  Pero sin Dios, la familia crece sin un amor estable, duradero, fiel, entregado y sufrido. 

Este tiempo de Navidad cobra un especial protagonismo la Sagrada Familia como modelo y espejo donde deben mirarse las familias cristianas.

Que Dios bendiga en este día a todas las familias cristianas, que las haga crecer en el amor y vivir según el ejemplo de fidelidad de la Sagrada Familia. Que auxilie a los padres, les dé sabiduría y acierto con los hijos, unidad creciente ente ellos, un amor que no se acabe nunca, capacidad de entrega y de sacrificio y que les dé también el premio de ver recompensados sus desvelos.

lunes, 13 de diciembre de 2021

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

Celebramos el último domingo de Adviento y la liturgia nos propone a María como modelo de fe y de esperanza en el Señor.  Igual que ella se preparó para recibir a Jesús, así nos tenemos que preparar nosotros.

La 1ª lectura del profeta Miqueas nos dice que del pueblito de Belén nacerá el Mesías que viene a traernos la paz y la liberación.

Ahora que se acerca la Navidad, hemos de preparar nuestro corazón para celebrar con gozo y profundidad la venida del Liberador. Para ello, mientras que mucha gente se preocupa únicamente de comprar, regalar, felicitar, preparar su casa y adornarla, programar comidas y viajes, nosotros, sin despreciar nada de todo aquello, pondremos nuestra determinación más generosa en prepararnos nosotros mismos por dentro, mientras pedimos con perseverancia al Señor que nos renueve y nos permita ver el resplandor de su mirada, para que seamos salvados.

A pesar del egoísmo y del pecado de los hombres, Dios continúa preocupándose por nosotros, queriéndonos indicar qué caminos recorrer para encontrar la felicidad.

La 2ª lectura de la carta a los hebreos nos propone algo esencial para vivir auténticamente nuestra fe: Dios ya no quiere ni holocaustos, ni sacrificios, ni víctimas expiatorias sino nuestra obediencia; no quiere nuestra “muerte” sino nuestra liberación; no quiere nuestra “sangre” sino nuestro amor hasta la sangre. Dios no quiere tus cosas, Dios te quiere a ti, que le ofrezcas tu persona, que le llegues a decir: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”

El Evangelio de San Lucas nos presenta el encuentro de dos mujeres embarazadas: María e Isabel.  Dos mujeres que se abrazan y se llenan de alegría por las maravillas que Dios ha hecho con ellas.

María va a la montaña a ayudar a su prima Isabel, que ya mayor, espera su primer hijo. En aquel encuentro emocionado en el que cruzan palabras tan bellas, Isabel  le dice: “dichosa, feliz tú porque has creído”.

Estamos en puertas de la Navidad y estamos inmersos en esta tensión de buscar regalos y compras y preparar la fiesta y desearnos felicidad en estos días. Tal vez nos preguntamos por qué, ¿por qué una sociedad cada día más secularizada celebra con tanto entusiasmo una fiesta cristiana, una de las más significativas de nuestra religión, cuando el hijo de Dios aparece hermano de los hombres, igual a nosotros? ¿No será que en el fondo deseamos y necesitamos ante todo ser felices y que esperamos serlo estos días con todo lo que damos y recibimos y el adorno de nuestras casas y la música y  todo eso?

Pero nosotros, que pretendemos ser cristianos, en víspera de la Navidad, es fácil que nos preguntemos si de verdad estamos celebrando la verdadera navidad y cómo celebrarla.

El evangelio de san Lucas que hemos escuchado nos sitúa en el verdadero camino. Estas dos mujeres son felices y proclaman su felicidad, ¿qué han hecho? María, después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador, se pone en camino y marcha aprisa junto a su prima, que necesita en estos momentos de su cercanía, de su ayuda: este es uno de los rasgos más característicos del cristiano, lo primero que nos va a pedir ese hijo suyo es acudir junto a quien puede estar necesitando nuestra presencia.

Hay una manera humana y cristiana de vivir que debemos recuperar en nuestros días y consiste en “acompañar a vivir” a quien lo necesite, a quien se encuentre hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad o sencillamente vacío de toda alegría y esperanza de la vida. Cuántos viven así.

María no va a la montaña en busca de su felicidad, va a ayudar a su prima, que la necesita y en esa ayuda encuentra la felicidad profunda del espíritu, el ser feliz.  El compartir genera alegría. El compartir en verdad produce un efecto de satisfacción y de alegría que viene directamente de Dios. Y tal vez, el no compartir nos empequeñece, nos desasosiega, nos avergüenza.

María en su visita a Isabel  nos dice que solo se puede ser alegre ayudando a quienes nos necesitan, en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a otros. Por eso, no pretendamos ser felices solos.

Aprovechemos estas fiestas para crear solidaridad y generosidad entre todos los que convivamos. 

Antes de entrar a celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, es bueno que miremos a María, protagonista de la Navidad, para imitarla.  Hemos de imitar a la Virgen en su fidelidad a la voluntad de Dios. Hemos de imitar a la Virgen en su disponibilidad para servir a todos. Hemos de imitar a la Virgen en su dicha, en su alegría

Sigamos los pasos de María y con seguridad que alguien nos dirá: “feliz tu porque has creído en  el mensaje de hoy”

lunes, 6 de diciembre de 2021

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el

Cada año, este tercer domingo de Adviento nos invita a la alegría.  Por eso, en la tradición litúrgica de la Iglesia se ha conocido este domingo como el Domingo “Gaudete”.  En este domingo, ya no solamente se nos invita a prepararnos a la Navidad mediante un cambio de vida y de mentalidad; sino que se nos invita a prepararnos con “alegría” porque el Salvador está cerca.

La 1ª lectura del profeta Sofonías, nos invita a la alegría.  La causa de esa alegría es que el Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos.

Cuando nos pesan los problemas, las preocupaciones o los sufrimientos no es fácil tener serenidad, tranquilidad, paz y mucho menos alegría.  Sin embargo, la palabra de Dios, a medida que nos vamos acercando a la Navidad insiste en que vivamos en alegría.  Alegría fundada en el nacimiento de Jesucristo y en la certeza que Dios nos ama y está cercano a nosotros.

Hemos de sentir alegría porque Dios ha perdonado nuestras culpas y nuestras penas; porque “ha expulsado a tus enemigos.  Los enemigos que tenemos dentro de nosotros mismos y los de fuera: pasiones, seducciones, vicios, complejos y miedos.

Pareciera que el futuro no nos invita mucho al optimismo.  No tenemos garantía de que las cosas vayan a ir mejor.  Pero sí tenemos garantía de que Dios quiere salvar a este mundo y esta garantía hace que no perdamos la confianza y que nos pongamos en las manos de Dios para superar nuestros miedos, nuestros temores. 

Quizás nos preguntamos, en muchas ocasiones, ¿qué será de mí? ¿Qué será de mis hijos, de este mundo?  A nosotros nos corresponde confiar en Dios porque Dios se ha enamorado apasionadamente de ti.  Y aunque no seamos dignos de su amor, no importa.  Dios te ama.  Puedes olvidarte de Él, pero Él no se olvida de ti.  Dios te ama.  Por eso hay que estar alegres.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, insiste en que debemos estar alegres y nos invita una y otra vez: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”.

Las razones profundas de esa alegría es la presencia del Señor Jesús, y la alegría es fruto de la fe; es reconocer cada día su presencia de amistad, es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y en su amor. Es descubrir cómo actúa Dios en nuestras vidas, oculto en la profundidad de los acontecimientos de cada día. Es tener la certeza que aunque todo falle, Él siempre permanece fiel a su amor. Es saber que jamás nos abandonará y dirigir nuestra mirada hacia Él.

Se hace uno de nosotros porque nos ama, se entrega en la cruz porque nos ama, resucita por amor. La contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una alegría que nada puede destruir. El cristiano jamás debería estar triste porque ha encontrado la razón de su vida, el tesoro escondido, la perla preciosa: El Señor Jesús que nos ama infinitamente hasta dar la vida por nosotros, y cuyo amor nunca nos faltará.

El Evangelio de san Lucas nos presentaba la pregunta que la gente le hacía a Juan Bautista: “¿qué debemos hacer?” La respuesta que nos da Juan es actuar con generosidad y con justicia.

Solemos pensar que la sociedad sería más justa y humana si los demás cambiaran.  Pensamos que las injusticias, los abusos de todo tipo, los hacen otros, pero no nosotros.

Cada uno de nosotros, hemos de asumir nuestra responsabilidad personal ante las injusticias.  Todos hemos de practicar la justicia y el amor. 

Nuestra familia, nuestra comunidad, nuestro país cambiará con la ayuda de todos.  No podemos estar siempre echándole la culpa de todo lo que pasa a los demás.  No podemos seguir diciendo que la sociedad está mal por culpa sólo de los políticos.  No olvidemos que somos ciudadanos y por lo tanto nosotros los hemos elegido y es nuestra responsabilidad exigir que actúen con honestidad.

Por desgracia, cada vez más vemos que en la sociedad lo importante no son las personas, sino la función que ejercen.  Vemos a la persona como una pieza más del engranaje: en el  trabajo es un empleado, en el consumo un cliente, en la política un voto, en el hospital un número de cama.

Las palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias, del egoísmo, de esta situación en que vivimos, está en nuestro corazón.  Si pusiéramos en práctica lo que nos dice hoy Juan el Bautista: compartir lo que cada uno tenemos con los necesitados, ¿qué pasaría?  Pues que este mundo y nuestro pueblo experimentarían una profunda revolución social, seguramente la revolución social más efectiva que se haya dado en la historia.

“¿Qué podemos hacer?”  Es hora de actuar. No podremos quitar todo el mal del mundo, pero podemos empezar a limpiar un poco nuestra vida.

lunes, 29 de noviembre de 2021

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

Estamos en el segundo domingo de Adviento, tiempo que la Iglesia lo dedica a prepararnos a encontrarnos con Dios en nuestra vida.  La liturgia de este domingo es una llamada a la conversión, es decir, a que eliminemos todos los obstáculos que impiden la llegada del Señor a nuestro mundo y especialmente al corazón de los hombres.

La 1ª lectura del libro de Baruc nos ha descrito la ciudad de Jerusalén vacía y triste porque sus habitantes no están allí, sino en el exilio.  Pero el profeta invita a Jerusalén a alegrarse porque sus hijos desterrados volverán a la ciudad conducidos por Dios.

Hoy también hay mucha gente exiliada de la Iglesia, son todos aquellos que se han alejado de Dios.  El Adviento es un tiempo especial para que todas esas personas que viven bajo la esclavitud del pecado, alejados de Dios, vuelvan a recobrar la libertad, vuelvan a su tierra que es la Iglesia, y así recobren de nuevo la libertad de los hijos de Dios.

Hay que romper todas esas cadenas que nos atan al pecado, al vivir alejados de Dios y recorrer ese camino de regreso a Dios, a la Iglesia, un camino que está lleno de la bondad y de la ternura de Dios, por ello Dios va a allanar el camino para que podamos regresar  a la alegría y a la libertad de los hijos de Dios.  Por ello, examinémonos para ver cuáles son las esclavitudes que todavía nos tienen aprisionados y que nos impiden acoger al Señor que viene a nuestra vida y rompamos con esas ataduras.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos habla de la alegría y de la esperanza que San Pablo tiene en la comunidad cristiana de los Filipenses.

Los cristianos formamos una gran comunidad que es la Iglesia, somos miembros de una gran familia extendida por todo el mundo.  Esto es una gran verdad.  Pero también es verdad que no todos viven con alegría su pertenencia a esa comunidad que es la Iglesia, ni todos se sienten gozosos de ser miembros de esa gran familia de Dios.

A veces en nuestras comunidades cristianas hay divisiones, hay murmuraciones, hay luchas de poder, deseos de manipular por intereses egoístas; hay personas que no aceptan a otras personas, que no se hablan.  ¿Cómo podremos hacer que el Señor venga a nuestra comunidad si estamos divididos y distanciados?

Hemos de superar todas esas barreras, todas esas divisiones, para que todos los alejados sientan la necesidad y la alegría de pertenecer a esta comunidad de Hijos de Dios y así, todos podamos acoger con alegría la venida del Hijo de Dios.

El Evangelio de san Lucas nos presenta la figura de Juan el Bautista, el precursor de Jesús.  El profeta que anuncia la venida del Mesías y que nos invita a la conversión del corazón para poder recibir y reconocer a Cristo.

Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor”.  Y esta voz sigue resonando en el desierto de nuestro corazón, en el desierto de nuestras relaciones rotas,  en el desierto de nuestra convivencia desgastada, en el corazón de nuestros rencores y miserias.   La voz de Dios que se manifiesta a través de nuestra conciencia sigue ahí, llamándonos a una vida nueva, invitándonos a dejar las actitudes que  matan y destruyen.   

Todos deseamos  realizarnos en esta vida.  Todos buscamos la felicidad o al menos la posibilidad de vivir con alegría y paz.   En el mundo encontramos muchas ofertas,  sólo Dios nos ofrece una oferta que es capaz de llenar todos nuestros deseos de felicidad.   Sólo Dios nos ofrece vivir la vida como relación que día a día se hace en la alegría del encuentro entre dos que se aman.   Esa relación y ese encuentro implican necesariamente cambiar de vida,  cambiar nuestras actitudes.   Un cambio que comienza por volvernos a Dios.  Volver toda nuestra mente y nuestro cuerpo hacia Él.  Recuperar la conciencia de que somos sus hijos.   Gozar de la confianza que da el sabernos amados por Él.  

Hay que escuchar la voz de Dios para dejarnos corregir por Él cuando nos desviamos del camino.

Convertirnos a Dios significa esto, comenzar a considerar a Dios como alguien importante en nuestras vidas,  no como al juez que nos condena en cuanto caemos en el pecado, sino como el Padre cariñoso que nos invita a levantarnos una y otra vez, y nos impulsa a colaborar con Él para que este mundo sea cada día un poco más humano, más fraterno, más solidario.  

Y si Dios es alguien importante eso significa que tenemos que dedicarle tiempo para escuchar su palabra, tiempo para encontrarnos con Él en la oración y en la eucaristía,   tiempo para reflexionar sobre nuestras actitudes y en qué estamos fundamentando nuestra vida. E intentar allanar la montaña de nuestro egoísmo y levantar el valle tenebroso de nuestra tristeza:   Dios está viniendo ahora y siempre a cada uno de nosotros, detrás de cada palabra, detrás de cada acontecimiento, esperando siempre el momento para que le abramos nuestro corazón y unirse a nosotros en un abrazo de amor que no termine nunca.

Reavivemos en nosotros en este tiempo de Adviento, el deseo de encontrarnos con el Señor, el deseo de cambiar aquellas actitudes nuestras que le impiden darnos su alegría y su paz.  

lunes, 22 de noviembre de 2021

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

En este día, primer domingo de Adviento, comenzamos un nuevo año litúrgico, un nuevo año cristiano, antes de empezar el año civil.  Adviento significa “llegada”. 

El Adviento es un tiempo de preparación para recordar la primera venida, es decir, el nacimiento de Jesús en Belén; pero también sirve para prepararnos a la segunda y definitiva venida al final de los tiempos de Jesús, nuestro Señor.  Dios vino a nuestra historia en Belén, viene a nosotros en cada momento de nuestra vida, y vendrá al final de los tiempos.

La 1ª lectura de profeta Jeremías, nos recuerda que Dios cumple sus promesas.  “Dios no se olvida de su pueblo; el Señor cumplirá su promesa y suscitará un Salvador que impondrá justicia y derecho sobre la tierra”.

El ambiente en el que vivimos potencia, tantas veces, el miedo, el desengaño, la negatividad, la inseguridad, el pesimismo, que por ello, la primera lectura nos invita a la esperanza. 

No es el hombre el que puede fabricar el futuro, sino que el futuro, nos es dado por Dios.  Dios es el Dios del futuro, el que estará siempre al lado nuestro, compartiendo nuestras experiencias, buenas y malas.  Aunque uno pueda pensar a veces que no hay futuro, que todo se ve muy negro, Dios es el único que es capaz de abrirnos caminos y encontrarnos una salida ante cualquier situación desesperada.  Dios pues nos asegura hoy que vendrán tiempos mejores, en los que podremos vivir en paz y en prosperidad.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses, nos decía: Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo”

El amor es una dimensión fundamental para encontrarnos con Jesús. La persona que es egoísta se pone él como el centro de todo y se relaciona con las personas como si fuesen objetos, no como personas que tienen sus propias iniciativas, sino como instrumentos para conseguir lo que uno se propone.  La persona egoísta nunca podrá tener un encuentro personal con otros seres humanos porque no reconoce a los demás como personas, como iguales. Si no se puede encontrar con los demás, tampoco con Jesús.

Sin embargo, la persona que ama está viendo al otro como una persona distinta de uno mismo y distinta de los demás objetos, la está reconociendo como un igual con el que se puede relacionar de tú a tú. Sólo se puede encontrar uno personalmente con una persona a la que se ama, sin amor no hay encuentro personal.

La santidad a la que nos invita san Pablo es a vivir en el amor.  No se trata de hacer cosas extraordinarias ni raras sino de vivir la vida animada por el amor para que nos podamos encontrar con los demás y con el mismo Dios.

El Evangelio de san Lucas, nos presenta unos signos catastróficos para anunciar la venida de Dios.

Nos decía el evangelio: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.” Cristo viene a liberarnos de los males que nos afligen, viene a salvarnos, a sacarnos de las situaciones a las que nos ha llevado nuestro propio pecado y de las que no podemos salir por nosotros mismos. Eso es motivo de esperanza.

El Señor también nos invita a la vigilancia, una actitud muy propia para este tiempo de Adviento.  Ante la venida de Jesús, el evangelio nos dice: Tened cuidado: no se os embote la mente  Esto quiere decir que los problemas de la vida, los vicios no nos desvíen del camino.  Debemos hace un buen uso de las cosas y tener confianza en el Señor para que las preocupaciones no nos esclavicen.

Esta actitud es una llamada también de atención no para vivir intranquilos, con ansiedad, sino que es una invitación a estar conscientes de lo que hacemos, de lo que queremos, de lo que somos; a vivir responsablemente; a estar dispuestos a recibir a Dios en cualquier circunstancia de nuestra vida, pues Él está esperando cualquier momento para entrar en nuestra vida y ocupar el centro.

Debemos huir de la tristeza, ya que Cristo es nuestra esperanza. Por eso nuestros miedos, nuestros males, la inseguridad de cara al futuro, el miedo a la muerte, el malestar que nos produce la conducta de alguien querido, la soledad que nos encoge el corazón, el sufrimiento por el mal que nos rodea y nuestro sufrimiento; todo esto, Jesús lo acoge con afecto y ternura y lo vive con nosotros. Vivamos el presente con confianza y esperemos con fe el futuro. Así viviremos conscientemente y prepararemos nuestro corazón para recibir al Señor.

Cristo viene a nuestro encuentro, pero sólo nos encontraremos con Él en la medida en que nosotros salgamos a buscarlo.