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lunes, 29 de agosto de 2022

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo nos recuerdan que nos es fácil vivir en libertad, que no es fácil ser responsables de nuestros actos y tomar las decisiones correctas.  Por ello, Jesús nos invita hoy a que los sigamos a Él con todas las consecuencias.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, vemos que Salomón pide sabiduría a Dios para que lo guíe prudentemente en su gobierno; con la sabiduría de Dios, sus obras serán agradables a Dios, y podrá juzgar a su pueblo con justicia.  Si Salomón pide a Dios discernimiento para tener acierto en el enfoque y solución de los problemas terrenos, ¿cuánto más necesitamos nosotros pedir la sabiduría de Dios para cumplir su voluntad?, pues “¿qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere… si tú no le das tu Sabiduría enviando tu santo Espíritu desde el cielo?”

La 2ª lectura de San Pablo a Filemón, nos plantea el problema de las clases sociales.  En la sociedad en que vivía san Pablo estaba muy marcado las clases sociales, incluso había esclavos y libres.  Pero el cristianismo acoge a todo tipo de personas de cualquier clase y condición.

Creer en Jesús, estar bautizados hace que se cambien las relaciones entre los hombres, ya no hay dominio de unos sobre otros; ya no hay esclavos y libres, opresores y oprimidos, potentados y aplastados, amos y siervos… sólo hay hermanos.  Dios no quiere que veamos a algunas personas como si fuesen de una condición humana inferior a la de los demás.  Todos somos iguales ante Dios.

Es cierto  que muchos continúan considerando a las demás personas como si fueran sus esclavos, haciéndoles trabajar más de lo debido y dándoles un salario de hambre. Aún podemos ver que muchos compran a su prójimo por unos euros. Ante estas situaciones de injusticia la Iglesia no puede guardar silencio, encadenada por los poderosos. Su trabajo no se puede quedar encerrado en las paredes de las iglesias. Es necesario trabajar por lograr una auténtica justicia social, no sólo hablando fuertemente para lograrla, sino empeñándose por hacer esto realidad en los diversos ambientes en que se desarrolle la Vida de quienes creemos en Cristo. Entonces recibiremos a nuestro prójimo no como a una persona cualquiera, sino como al mismo Cristo.

El evangelio de san Lucas nos presenta una invitación de Jesús a seguirlo, tomando nuestra cruz y renunciando a todos nuestros bienes.

¿Qué significa seguir a Jesús, a qué hemos de renunciar?  Hoy hemos oído que Jesús nos pide unas renuncias concretas, pero ¿cómo entender esas renuncias: dejar padre y madre, dejar hijos, tomar la cruz y renunciar a todos los bienes? ¿Cómo seguirlo? ¿Cómo ser cristiano?

Hemos oído a Jesús que nos dice: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a mi antes que a su padre, madre, hijos…no puede ser mi discípulo”.  El posponer a los familiares no hemos de entenderlo hoy nosotros  como el dejar abandonados a nuestros familiares en sus necesidades o en su vejez, en triste soledad, no es eso. Jesús en la cruz, antes de morir no abandona a su madre, se la confía a Juan: “Ahí tienes a tu madre”, le dice al discípulo. Jesús jamás abandonó a su madre. Desprenderse, posponer los vínculos familiares no significa olvidar todo aquello que podamos hacer para ayudar a familiares en dificultades.  Dios no quiere que no tengamos familia sino que lo que quiere, es que todas las cosas las usemos, las tengamos, las utilicemos, las hagamos teniendo como horizonte la causa de su Reino.   Eso significa que en la familia lo importante es el diálogo, el respeto de unos por otros, el perder el tiempo en la escucha del otro, la ayuda, la presencia, etc.  

Jesús nos pide también hoy estar dispuestos a renunciar a los bienes materiales y tomar la cruz.  Jesús nos pide que renunciemos a nuestra vida cómoda y egoísta porque esto es lo que de verdad nos impide seguir sinceramente a Jesús. 

Jesús nos ha dicho: “quien no tome su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. No nos preocupemos demasiado por buscar cruces. La cruz va llegando a lo largo de la vida. No hay que buscarla, llega…lo que hemos de hacer es no renunciar a ella, asumirla con valentía y generosidad. Dios no nos creó para sufrir, los dolores hemos de evitarlos, pero hemos de asumir con valor todo aquello que suponga renuncia, que suponga generosidad, que suponga ayudar a tanta necesidad que encontraremos a nuestro lado.

La cruz, el sufrimiento llega, llega con el paso de los días, con el paso de la vida, pero además, ¿quién puede vivir feliz ante escándalos, injusticias, los pecados, las miserias que cometemos y que se cometen a nuestro alrededor? Sabemos que el hacer lo posible por remediarlo  traerá cruz, a esa cruz también nos llama Jesús.

“El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. El dinero que podamos tener ha de estar siempre dirigido no sólo para nuestro disfrute personal, sino sobre todo para compartirlo con los que no lo tienen.

La invitación de Jesús es provocativa. Jesús no quiere que caigamos en la tentación de vivir un cristianismo light, como tantas cosas que se llevan ahora.  O somos o no somos cristianos.

lunes, 22 de agosto de 2022

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas de este domingo son una invitación a vivir desde la humildad y la generosidad.

La 1ª lectura, del libro del Eclesiástico, nos decía: “hazte tanto más pequeño cuánto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor”. 

Cuando un niño está dando los primeros pasos, necesita la ayuda de una persona mayor para no caerse cada dos por tres.  Así sucede en nuestra vida cristiana. Aunque seamos personas adultas, estamos dando primeros pasos hacia Dios: ¡estamos caminando hacia el Reino!  Por eso necesitamos de una mano amiga que nos ayude para no caer cada dos por tres en nuestro inseguro caminar. Y esa mano amiga es Dios. 

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos recordaba precisamente que Dios es esa mano amiga que necesitamos  ya que Dios, nuestro Padre, no es un Dios distante, lejano, despreocupado de nosotros. Dios se ha hecho: cercano, próximo, fraterno, por medio de Jesús.Está al lado nuestro para darnos esa mano que necesitamos; y ofrecernos la ayuda indispensable para llegar al final del camino: ¡al Reino de Dios!

El evangelio de san Lucas, nos hablaba de la virtud de la humildad.  Esta virtud de la humildad es una de las más olvidadas por nosotros.  A las personas les gusta despertar la admiración de la gente y que las señalen como personas importantes, famosas, poderosas, influyentes.  Sin embargo, la Palabra de Dios nos insiste que la humildad es querida por Dios.

La persona que desea estar llena de grandezas humanas, poco lugar le deja a Dios en su vida.  Sin embargo, la persona que es humilde, sencilla, y que no es vanidosa, tiene mucho lugar para Dios en su vida.  Y Dios vive en esa persona.  El orgulloso, el vanidoso, el creído, se enfrenta a Dios y le cierra la puerta de su vida. El humilde se abre a Él y Dios vive en él.

Hay dos maneras de perder el cariño y el respeto de los demás, incluso de hacerse rechazar hasta el punto de quedarse sin amigos ni personas que nos valoren: una es el creerse uno más de lo que uno es, valorarse más de lo debido, compararse con los demás y pensar que somos más inteligentes, más fuertes, más atractivos que los demás.  Querer buscar los primeros puestos, exigir un trato preferencial, querer tener siempre la última palabra en todo; hablar siempre de uno mismo, proclamar los propios éxitos; querer ser el centro del grupo y, a veces, humillar a los que sobresalen, para que no nos hagan sobra

La otra actitud que nos puede hacer perder relación y amistad sería la falsa humildad de quitarse importancia, simulando desconocer nuestras virtudes, y al mismo tiempo exagerar nuestros defectos.

Lo que nos puede hacer que no perdamos la amistad de los demás y la de Dios es la verdadera humildad.  Como nos decía la 1ª lectura: “En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”

La humildad verdadera es cuando reconocemos nuestros defectos y limitaciones asumiéndolos sin angustias, y cuando somos consciente de las propias cualidades, dando gracias a Dios por ellas y poniéndolas a disposición de los demás, entonces es fuente de amistad y de buenas relaciones.

Lo contrario de la humildad verdadera es la soberbia y el orgullo, es decir, el querer ser más que los demás, querer sobresalir, tener los primeros puestos y vivir en la mentira sobre uno mismo: creerse autosuficiente, sin necesidad de Dios y de los demás.

La soberbia impide ejercitar el perdón de las ofensas y son frecuentes los enfrentamientos entre familiares que llevan incluso a la destrucción de las familias.

En la segunda parábola que hemos escuchado hoy en el evangelio nos dice Jesús, que cuando invitemos a alguien a una fiesta no lo hagamos por intereses.

Nosotros consideramos normal amar al que nos ama, hacer favores a quien nos los hace, ser amable con quien lo es con nosotros. Pero Cristo nos dice que quien quiera ser discípulo suyo ha de amar con otra generosidad: hemos de amar y hacer favores incluso cuando sepamos que no vamos a recibir nada de aquellos a quienes ayudamos o estamos favoreciendo.

Por eso esta palabra que hoy escuchamos nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿buscamos dar o buscamos recibir?

Que el Señor nos ayude a conocernos interiormente, para que podamos proceder en nuestra vida con una verdadera humildad y generosidad.

lunes, 8 de agosto de 2022

 

XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo nos invitan a no sucumbir en la fe y nos recomienda que permanezcamos fieles en la lu­cha contra el pecado con los ojos fijos en Dios.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo la vida de Jeremías es toda una tragedia: ama a su pueblo y desea para todos lo mejor, pero tiene que anunciarles lo peor.  Sin embargo Jeremías cumple su misión y anuncia a todos la amarga verdad que le ha sido revelada.  Esto le acarrea la persecución de sus paisanos.

El auténtico mensajero de Dios debe siempre anunciar la verdad aunque le cueste la cárcel y la muerte. La «verdad» siempre es algo duro de pelar, acarrea más momentos de tristeza que de gozo y de alegría.  Jeremías es odiado por los ministros del rey e incluso por el mismo pueblo por quien tanto trabajó durante cuarenta años para obtener su conversión.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos se dirige a una comunidad cansada y vacilante en la fe. Los peligros a que se refiere son los de la segunda generación. Ha desaparecido el primer entusiasmo, la novedad del mensaje se ha convertido en costumbre, se dejan sentir las dificultades internas y externas y el camino de la cruz y de la resurrección se presenta como una carga pesada. La comunidad es muy distinta de lo que cabía esperar.

Hoy son muchos los cristianos y las comunidades inseguros en su fe. Son cristianos comprometidos, quieren instruirse, se plantean los problemas actuales, pero no saben qué camino tomar. Es el momento de aceptar la sabiduría de la cruz. Estar bajo la ley de la cruz significa, para la comunidad, soportar las tensiones y contradicciones en el interior de la comunidad, de la Iglesia, y perseverar a la espera del que da razón de nuestra fe: Cristo Jesús.

El Evangelio de san Lucas  nos dice hoy que la Buena Nueva es una noticia inquietante, que puede engendrar la división hasta en la propia familia.

Seguir a Cristo requiere una opción personal consciente. En el evangelio de hoy nos lo dice el mismo Cristo con imágenes muy expresivas. No ha venido a traer paz, sino guerra. El mismo que luego diría: “mi paz os dejo, mi paz os doy”, nos asegura que esa paz suya debe ser distinta de la que ofrece el mundo.

Nos asegura que ha venido a prender fuego en el mundo: quiere transformar, cambiar, remover. Y nos avisa que esto va a dividir a la humanidad: unos lo van a seguir, y otros, no. Y eso dentro de una misma familia. Cristo -ya lo anunció al anciano Simeón a María- se convierte en signo de contradicción. Si sólo buscamos en el evangelio, y en el seguimiento de Cristo, un consuelo y un bálsamo para nuestros males, o la garantía de obtener unas gracias de Dios, no hemos entendido su intención más profunda. El evangelio, la fe, es algo revolucionario, dinámico, hasta inquietante.

El ser fieles al evangelio de Jesús muchas veces también a nosotros nos produce conflictos. Estamos en medio de un mundo que tiene otra longitud de onda, que aprecia otros valores, que razona con una mentalidad que no es necesariamente la de Cristo. Y muchas veces reacciona con indiferencia, hostilidad, burla o incluso con una persecución más o menos solapada ante nuestra fe. Tener fe hoy, y vivir de acuerdo con ella, es una opción seria. No se puede compaginar alegremente el mensaje de Cristo con el de este mundo. No se puede «servir a dos señores»

Siempre resulta incómodo luchar contra el sentir ambiental, sobre todo si es más atrayente, al menos superficialmente, y menos exigente en sus demandas. La visión del mundo que Jesús nos va ofreciendo en las páginas de su evangelio tiene muchas veces puntos contradictorios con la visión humana de las cosas. Ser cristiano es optar por la mentalidad de Cristo. No se puede seguir adelante con medias tintas y con compromisos.

El evangelio es un programa de vida para fuertes y valientes. No nos exigirá siempre heroísmo -aunque sigue habiendo mártires también en nuestro tiempo-, pero sí nos exigirá siempre coherencia en la vida de cada día, tanto en el terreno personal como en el familiar o sociopolítico.

La paz de Cristo, la verdadera, está hecha de fuego y de lucha.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, ciertamente nos dejamos envolver en la paz y el consuelo de Dios. Pero a la vez esta celebración nos compromete a una vida según Cristo, y a una lucha por defender nuestra fe.

lunes, 1 de agosto de 2022

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas  de este domingo nos llaman a estar vigilantes en todo momento. Nuestra fe nos enseña a descubrir al Señor en los signos de los tiempos. Necesitamos crecer en la fe; en la búsqueda de las cosas del Señor.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda la celebración de la pascua entre los judíos, que significaba el centro de la vida religiosa y cultual del pueblo de Israel.  El pueblo celebra su liberación de los egipcios, gracias a la intervención de Dios.

Hay personas que no le encuentran sentido andar por el camino del bien, de la verdad, del amor, de la entrega de la vida.  Creen que la felicidad se encuentra en lo fácil, en la moda, en los antivalores, más que en los valores del Evangelio y el proyecto de vida que nos propone el Señor.

Todos los días somos presionados, sea por la opinión pública, o por la moda a vivir una vida fácil, alejados de Dios.  Por eso tenemos que estar vigilantes para no abandonar a Dios.  Sólo Dios es el que nos puede liberar, es el que se hace presente todos los días en nuestra vida indicándonos por dónde ir para encontrar la vida plena y la felicidad.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos ofrece testimonios de personas que vivieron profundamente la fe en Dios y la esperanza en sus promesas Y por ello alcanzaron la plenitud de su vida porque no quedaron defraudados.

Cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia.   Para ello se requiere una luz especial que llamamos fe.

La fe es la luz que alumbra nuestro caminar, ya que la fe “no es creer lo que no vemos, sino tener la certeza y seguridad de lo que esperamos”.

Cuando nuestra fe no es fuerte y nuestra confianza en Dios es débil, no podremos sentir la presencia de Dios en nuestras vidas.  Sin embargo,  cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia porque la fe es tener la seguridad de lo que esperamos y la certeza de que lo alcanzaremos.

El Evangelio de san Lucas nos invita a la vigilancia, a estar preparados.

Hemos llegado a una situación de miedo ante el futuro, a causa de la violencia y de la inseguridad y esto  hace que las personas se encierren en sí mismas.  Por eso el Señor nos dice hoy: “No temas, pequeño rebaño”

Cristo nos dice que no tengamos miedo, pero también advierte dónde puede crecer el mal y cuál es el más grave peligro. El corazón se enferma cuando no vive el amor.  El corazón pierde su sentido cuando se le pegan  las cosas y faltan los sentimientos.  La acumulación de bienes es con frecuencia un comportamiento casi instintivo que surge del miedo a la miseria y al futuro. Pero no es raro que se transforme en egoísmo, en lujo en  opulencia y en avaricia. A veces se quiere acallar la conciencia dando una limosna o donando lo que ya no sirve, pero el corazón se queda atrapado en los bienes materiales.

Los bienes no son nuestros, son de Dios y son para toda la humanidad. San Basilio decía: “El pan que guardas para ti, es del que tiene hambre; el manto que escondes en el ropero, es del desnudo; los zapatos que se quedan olvidados en un rincón, son del descalzo; el dinero que escondes, es del que tiene necesidad…”.

Los tres ejemplos que nos ofrece hoy Jesús nos cuestionan sobre la forma de vivir nuestra vida, de utilizar los bienes y de esperar la venida del Señor.  Uno de los riesgos de nuestra vida es vivir una vida superficial, mecánica y rutinaria.  Con el pasar de los años terminamos viviendo una vida sin sentido y empobreciéndonos espiritualmente.  Estar vigilantes es despertar cada día con ganas de vivir más y mejor y encontrar felicidad sirviendo a nuestros hermanos. Tiempo de vigilancia y de espera significa tiempo de gozo, tiempo de trabajo, tiempo de construcción, responsabilidad, fidelidad y tiempo de amar.

Necesitamos darnos cuenta de cuáles son los ladrones que están robando nuestra paz, por dónde están entrando o si nosotros mismos los hemos invitado a casa. Es triste que, disfrazados de bienestar y comodidad, muchas veces metemos enemigos que nos roban la paz y la armonía del hogar.

Necesitamos estar alertas, pero también necesitamos hacer un examen muy minucioso del corazón, si no está lleno de egoísmo; si no se han obstruido sus arterias por tanta grasa de los bienes materiales; si no se ha endurecido por la envidia, el rencor o la venganza. Hay que mirar los enemigos de fuera que pueden destruirnos, pero hay que estar muy atentos a los enemigos de dentro que pueden contaminar el corazón.  Ante todos estos peligros, escuchemos con mucha atención la invitación de Jesús  a estar alertas, pero con la seguridad y la esperanza que nos dan sus palabras: “No temas, pequeño rebaño”.

lunes, 20 de junio de 2022

 

XIII DOMINGO ORDINARIO(CICLO C)


La liturgia de hoy nos habla de elección, de libertad y de seguimiento.  Dios cuenta con nosotros para transformar y salvar al mundo, y nos invita a responder a esa llamada con una total disponibilidad.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos ha hablado de la elección de Eliseo por parte de Dios.

Dios no solamente llama a unos hombres privilegiados, Dios nos llama a cada uno de nosotros a ponernos a su disposición para cumplir con la misión que Él nos quiere confiar.

Lo primero que debe hacer un cristiano es ponerse al servicio de Dios.  Muchas veces los cristianos estamos acostumbrados a jugar con la palabra que damos a Dios, estamos habituados a que no haya seriedad en nuestras relaciones con Él.  Hoy le decimos con la boca que lo seguiremos, y mañana, en la primera ocasión, con nuestra vida, le decimos que no, como si la palabra que le damos a Dios no valiese.

Son las posturas ambiguas o las medias tintas de tantos cristianos.  Seguir a Dios es una cosa seria y radical

La 2ª lectura de San Pablo a los Gálatas nos habla hoy de la libertad cristiana.

Cristo nos ha liberado de la esclavitud y quiere que seamos libres.  Sin embargo, ¡cuánta esclavitud contemplamos hoy en tantos seres humanos!  ¿Qué hemos hecho con el bautismo que nos ha liberado de la esclavitud del pecado?

Hoy día, se habla mucho de libertad, tanto a nivel personal como a nivel de pueblos.  Pero no siempre entendemos correctamente la palabra libertad y mucho menos sabemos vivirla o practicarla.  Muchos confunden libertad con libertinaje, porque creen que la libertad es hacer todo lo que quiero sin respetar a nada ni a nadie, y esto no es libertad es libertinaje.  Usamos la libertad para nuestro egoísmo, sin importarnos los demás.

San Pablo, hoy, nos recuerda que somos totalmente libres cuando amamos, es el amor lo que nos hace libres.

La libertad es necesaria para realizarnos como personas; pero mal manejada puede llevarnos a ser esclavos.  Hay personas que le tienen miedo a la libertad.  Pero no podemos suprimir la libertad porque sería un atentado; tampoco podemos renunciar a la libertad, pero tampoco podemos abusar de la libertad.  No olvidemos lo que nos dice san Pablo: la verdadera libertad es para amar.  “Ama y haz lo que quieras”, decía san Agustín.

En el evangelio de San Lucas, vemos a Jesús que tomó la decisión de subir a Jerusalén.  Es un acto libre y muy pensado. Y este camino que emprende no tiene vuelta atrás. Su decisión es firme. Nada ni nadie le va a impedir alcanzar su objetivo.

Y en seguida empiezan las dificultades. Los samaritanos no le dan acogida porque se dirige a Jerusalén. Y los discípulos se enfadan. Es el rechazo de la hospitalidad. Y, furiosos, quieren que reciban un merecido castigo. Reclaman que caiga fuego del cielo sobre el pueblo que no los acoge.

Pero la misión de Jesús no es la venganza, y por eso los regaña. Y les dice que la venganza, tan presente en las personas, no es el camino del cristiano.

La violencia, el odio y el terrorismo a menudo hacen nacer en nuestro corazón el deseo de venganza. E incluso hemos dicho o hemos oído decir alguna vez: “¡Ojalá Dios los cas­tigue!”, cuando nos encontramos impotentes ante los males causados por ciertas personas. Si escuchamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, seguramente alguna vez, también escucharemos su regaño cuando algunos de nuestros sentimientos nos pueden conducir a tomar decisiones vengativas y muy contrarias al evangelio.

Pero el evangelio también nos hablaba de seguir al Señor. Él nos invita a seguir su camino y a ser constantes en la vocación.

Hoy nuevamente hemos escuchado en nuestro corazón su invitación dirigida a cada uno de nosotros: “Sígueme”. Su seguimiento comporta exigencias, pero, por otra parte, nos ofrece poder sentirnos acompañados por la calidez y la ternura de su amor.

Él quiere una decisión firme. Quiere una plena entrega y dedicación. Quiere que no miremos atrás. Quiere que no echemos de menos el pasado. 

¡Ojalá hoy, en esta Eucaristía, sintamos de nuevo la llamada de Dios y le digamos de todo corazón que Sí queremos seguirlo!

lunes, 13 de junio de 2022

 

CORPUS CHRISTI (CICLO C)


Celebramos hoy la fiesta del “Corpus Christi”, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor.  Hoy celebramos de un modo especial, la presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía.

El Corpus Christi nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es el “sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas. Es dar gracias a Dios por el don de su Palabra y de su Cuerpo, entregado por nosotros, y su Sangre, derramada por nosotros.

El pan y el vino de la eucaristía son, en primer lugar, un alimento. Jesús quiso dejarnos como signo de su presencia, como memorial de su muerte y resurrección, o sea de su entrega por nosotros, de su sacrificio redentor, un alimento. La comida, el alimento, no sólo es una necesidad básica de la naturaleza humana, sino que es también signo de fiesta, de celebración, con un fuerte valor sacramental. Cuando queremos celebrar algún acontecimiento importante nos reunimos en una comida.

Jesús también quiso que la celebración principal de la fe de los cristianos fuese un encuentro festivo alrededor de una mesa. Yen esa mesa compartimos un alimento que es Él mismo. El pan y el vino de la eucaristía no son un símbolo, sino una presencia real de Jesús en medio de nosotros, que se nos da como alimento: “Esto es mi Cuerpo… esta es mi Sangre”.   Estas palabras significan que, después de la consagración eucarística, Cristo entero, Dios y hombre, se hace presente y permanece con nosotros. Cristo en persona está en la hostia después de pronunciar estas  palabras el sacerdote.

Es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un simple símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada  –como podría parecer– sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad –cuerpo, alma y espíritu– para dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra oscuridad, Su Luz.

Y nosotros necesitamos de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de  Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el Bautismo, gracia que es la semilla de nuestra vida espiritual.  “Quien come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él”, nos dice el Señor.  Es así como, recibiendo a Jesucristo en la Eucaristía, dice el Señor a Santa Catalina de Siena, “… el alma está en Mí y Yo en ella. Como el pez que está en el mar y el mar en el pez, así estoy Yo en el alma y ella en Mí…”

Este alimento nos une a Jesús (eso es comulgar: entrar en comunión con Él), y nos da fuerzas para el camino cristiano. Y, aún más, la eucaristía nos lleva a la vida nueva de Jesús resucitado, que vamos ya viviendo ahora, pero que nos abre también a la vida para siempre.

Hoy es un día especial para que valoremos la Eucaristía.  Tenemos que venir a misa alegres porque somos llamados y reunidos por el Señor alrededor de la mesa del altar y hemos de esforzarnos siempre por comulgar en la Eucaristía ya que Comulgar es mucho más que introducir el pan consagrado en nuestra boca. Comulgamos acogiendo a Cristo en nuestra vida. Por eso es tan importante retirarnos en silencio para abrir nuestro corazón al Señor: “Yo te acojo, limpia mi corazón, transforma mi vida. Quiero vivir de tu verdad y de tu espíritu. Quiero ser como eras tú, vivir y amar como vivías y amabas tú”. En ese silencio profundo vamos comulgando con Cristo.

Ahora bien, es una contradicción grave comulgar con Cristo todos los domingos en la más recogida intimidad, y no preocuparnos durante la semana de comulgar con los hermanos; compartir el pan eucarístico, e ignorar el hambre de millones de seres humanos privados de pan, justicia y paz; celebrar el “sacramento del amor”, y no revisar nuestros egoísmos individuales y colectivos o nuestra apatía ante situaciones de injusticia y olvido de los más desvalidos; escuchar la Palabra de Dios en las Escrituras, y no oír los gritos de sus hijos más necesitados; darnos todos los domingos el abrazo de paz, y no trabajar por hacerla realidad entre nosotros es una contradicción.

Porque el pan y el vino consagrados son realmente el Cuerpo y la Sangre de Jesús, es lógico que adoremos este sacramento incluso fuera de la comida concreta de la Eucaristía. Es lo que da sentido a los actos de devoción personal o comunitaria como son el sagrario, la capilla del santísimo, la oración personal, la comunión a los enfermos.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres.