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lunes, 16 de enero de 2023

 

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo, nos hace ver que Jesús es la luz que quiere brillar en nosotros y en nuestro mundo, para ello, debemos dejar a un lado las divisiones y trabajar todos unidos por el proyecto del Reino de Dios.

La 1ª lectura del profeta Isaías es un canto de esperanza para el pueblo de Israel que está desalentado, dominado y desesperanzado.  Un pueblo que ha sido obligado a emigrar hacia la esclavitud, pero que regresa fortalecido y unido porque Dios está con este pueblo, porque Dios es la luz que los guía.

¡Cuántas veces, no hemos deseado que surja una gran luz que quite las tinieblas que se han apoderado de nuestro mundo!

Echando una mirada al mundo, nos encontramos con guerras, con egoísmos en el corazón de muchas personas, que sólo buscan la satisfacción de sus propios deseos e intereses, a costa de pisotear los derechos de los demás; cuántas desgracias hay actualmente en nuestro mundo, y muchas veces lo único que hacemos es quejarnos pero no somos capaces de manifestar una amor solidario por los que sufren.

Muchas personas viven una vida sin sentido y esto hace que perdamos las ilusiones, las esperanzas de cambiar nuestro futuro por uno más prometedor para todos.

En medio de todas estas angustias y tristezas, en medio de una vida que ha perdido el rumbo del amor, la alegría y la paz, el Señor se hace presente en medio de nosotros para iluminar nuestra vida y darle un sentido nuevo a nuestra existencia, para hacernos solidarios, para trabajar en la solución de los males que aquejan a nuestro mundo.  Sólo Dios es la luz que nos puede guiar a mejorar nuestra situación, a mejorar nuestro mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una exhortación a eliminar las divisiones dentro de la comunidad cristiana. 

San Pablo pide, en nombre de Jesucristo, que nos pongamos de acuerdo y no andemos divididos.  Es lamentable las discordias y las divisiones dentro de una comunidad porque le damos más importancia a los servidores del Evangelio que al Evangelio mismo.

Por eso, hay que preguntarnos: ¿Qué es más importante para mí, el mensajero o el mensaje del Señor? Hay personas que vienen a la Iglesia no a escuchar el mensaje de Cristo, sino a ver a la persona que presenta el mensaje del Señor; hay personas que no les importa el mensaje del Señor, sino que son seguidoras, no del Señor, sino del que presenta el mensaje.

No podemos seguir a nadie, a ninguna persona, sino sólo a Jesús, sólo el Señor es quien tiene que ser nuestro guía y maestro.  No puede ser que vengamos a la Iglesia por simpatía o no con las personas que nos presentan el mensaje del señor.

Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra unión es la cruz de Cristo.  Tenemos que ser personas que hagan equipo con todos, que seamos lazos de unión.  Hemos de buscar siempre la unidad, hemos de seguir a Cristo y hemos de ser de Cristo y de nadie más.

El evangelio de San Mateo, nos ha presentado los comienzos de la vida pública de Jesús. 

“Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”, nos decía hoy Jesús.  La conversión comienza por reconocer esa presencia de un Padre amoroso en nuestra vida. No es cuestión sólo de intentar hacerlo mejor, sino de sabernos envueltos y acogidos por esa misericordia grande de Dios en todos los momentos de nuestra vida. Si reconocemos este amor entonces las tinieblas se trasformarán en verdadera luz que nos permitirá caminar en justicia y en verdad.

Convertirse implica cambio, pero no un cambio superficial y puramente exterior, se trata de poner a Dios en el corazón, de dejarnos amar por Dios; entonces comenzaremos a limpiar nuestro egoísmo y nuestros intereses mezquinos y dejaremos de someternos al dinero y al poder.

Convertirse es descubrir que nuestro origen y nuestro destino es Dios, que nuestra misión es el amor y nuestra tarea el servicio alegre y entusiasta. Todos necesitamos conversión y nunca es tarde para hacerla actual.

Jesús viene a traer luz y a darnos esperanza para nuestra vida. Inicia así la construcción del Reino de los Cielos. Pero no lo hará  solo, inmediatamente se pone a buscar a sus colaboradores: Pedro y Andrés; Santiago y Juan, tú y yo… No nos parecerían los mejores candidatos, pero a todos llama Jesús y en todos confía. También en nosotros pequeños e inadecuados. Ciertamente andamos “enredados” en mil negocios, pero ahí está la invitación entusiasta de Jesús para ir a construir su Reino. Se requiere dejar nuestras redes y enredos, nuestros egoísmos y vacilaciones, para lanzarnos a seguir a Jesús.

No es fácil, ¡pero es una tarea importantísima! ¡Es Jesús quien lo pide! Jesús no es selectivo, no pone requisitos, invita a todos, solamente pide disposición, corazón abierto, coherencia y ¡amor!

lunes, 9 de enero de 2023

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Con este Domingo comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que es una serie de treinta y cuatro semanas, divididas en dos partes.   En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, por sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de la vocación.  Se nos invita a tomar conciencia de la vocación a la que se nos llama y de sus implicaciones. La vocación no es algo que únicamente corresponde y compromete a algunas personas especiales, sino que se trata de un desafío que Dios hace a cada uno de sus hijos, que a todos implica y que a todos compromete.

Estamos en un mundo en el que predomina la globalización.  La mayoría de los jóvenes visten igual; nuestras casas son decoradas muy parecidamente y de todo esto se encarga la televisión y los medios de comunicación de que todo esto sea así, y todavía más y lo que es peor, de que todos los hombres, en general, piensen igual, les gusten a misma música, las marcas de coches y el mismo standard de vida.

La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Por eso resulta hoy sorprendente la lectura de Isaías en la que nos encontramos con un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, nada de hombres sin nombre ni rostro. El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder personalmente a esa llamada personal.

“Te hago luz de las naciones” dice hoy el Señor por boca del Profeta Isaías. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados; aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana de la misma manera que, si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.

San Pablo en su 1ª carta a los Corintios nos desea la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  La paz es el gran regalo que Dios nos puede conceder porque, parece que los hombres, no acertamos a encontrarla por nuestra propia cuenta.  Hay demasiadas guerras, demasiados conflictos. 

La paz es nuestra gran responsabilidad.  Debemos ser constructores de la paz. Lograremos construir la paz cuando conquistemos la meta a la que Dios nos llama a todos: la santidad.  Dios nos llama a todos los hombres a la santidad.  Es decir, a acoger a Dios en nuestra vida y vivir de acuerdo a los valores del Reino de Dios.

El evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista señalando a Jesús como “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”

Cuando en el evangelio de Juan se habla del mundo en sentido negativo no se está hablando ni del mundo físico ni de la humanidad en general; se está hablando del mundo de los hombres tal y como lo tenemos organizado: un mundo en el que unos pocos lo tienen todo y la mayoría no tiene casi nada; un mundo en el que la diversión y la comodidad de unos pocos se hace sobre el hambre de muchos; un mundo en el que la libertad, la igualdad, la justicia son sólo palabras que encu­bren una realidad de esclavitud, de injusticia, de opresión, un mundo en el que es más fácil odiar que amar, codiciar que compartir, herir que sanar, ordenar que dialogar; un mundo en el que, para la mayoría, es más frecuente la tristeza que la felicidad.

Y cuando se habla del pecado del mundo no se está ha­blando de los pecados que se cometen en el mundo, de los errores en que cae cada persona particular en su actuación o en su relación con los demás. No. Se está hablando de ese modo de entender la organización social, de ese modo de con­cebir las relaciones humanas que se ha impuesto a los pueblos a lo largo de la historia y que considera el crimen y la mentira como elementos útiles para el gobierno de las naciones, para organizar la convivencia entre los hombres, para regular las relaciones entre los pueblos.

En concreto: cada día que pasa los medios de comunica­ción ponen ante nosotros la situación de millones de personas que sufren las consecuencias del pecado del mundo: la tortura, la violación de los derechos humanos, la pena de muerte, todo eso son manifestaciones del pecado del mundo.

¿Quiénes son los culpables de ese pecado? Lo somos todos.  Somos todos culpables en tanto que aceptamos y nos apro­vechamos de la situación presente, en la medida en que asu­mimos los valores de este mundo y organizamos nuestra vida de acuerdo con ellos, en la medida en que nos cruzamos cómo­damente de brazos sin querer meternos en problemas.

La fuerza y la gracia de Jesús nos acompañan hoy y siempre en la lucha sincera contra la maldad personal y comunitaria.  No podemos quedarnos indiferentes ante el pecado.

lunes, 19 de diciembre de 2022

 

MISA DE NOCHEBUENA (CICLO A)


Queridos hermanos, ya desde hace milenios, nuestros antepasados en la fe rezaban: “Que los cielos destilen el rocío, y las nubes lluevan la justicia. Que se abra la tierra y germine la salvación”. (Is 45, 8). Toda la Creación sufría, gemía: la creación esperaba la Salvación anunciada. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Salvador prometido nació en la Cueva de Belén.

Es, entonces, que los Ángeles anunciaron la Buena Noticia a simples pastores que velaban sus rebaños, no lejos de ahí. Es a ellos que los ángeles harán oír su canto: “Gloria a Dios en lo más Alto del Cielo y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad. Os ha nacido hoy un Salvador en la ciudad de David: que es Cristo, el Señor”. (Lc 2, 10-11). ¡Se trata verdaderamente de una Buena Noticia, pues numerosos son los males de los que tenemos necesidad de ser salvados!

Hoy celebramos un hecho: Hace dos mil veintidós años nació un niño, un niño que cambió el rumbo y el curso del mundo. A diferencia de cuando nosotros celebramos nuestro propio cumpleaños, recordamos que nos estamos haciendo más viejos y cada año se añade una velita más al pastel. Pero en Navidad no celebramos el que Jesús sea muy viejo. Nos alegramos porque Dios ha entrado en nuestra vida como un niño recién nacido, en los comienzos de la vida.

En esta noche santa, sólo una imagen y una estampa en el centro de nuestra celebración y de nuestra liturgia. La imagen y la estampa de un pesebre y de un niño. Al igual como los pastores, nos dejamos sorprender por esta imagen y esta estampa, Dos mil veintidós años, dos mil veintidós navidades, ese niño que nace hoy, sigue poniéndose en nuestras manos, confiado, como si nos dijera: “¡Ánimo! No temáis. Sólo soy el ‘Dios con vosotros’, el Dios contigo”.

El niño de Belén nos lleva a contemplar el increíble amor de un Dios que se preocupa por la vida y la felicidad de los hombres y que envía a su propio Hijo al encuentro de los hombres para presentarles un proyecto de salvación – liberación. En ese niño de Belén, Dios nos muestra la radicalidad de su amor por nosotros.

El nacimiento nos presenta la lógica de Dios que no es, como tantas veces, igual a la lógica de los hombres: la salvación de Dios no se manifiesta en la fuerza de las armas, en una autoridad prepotente, en los jefes de gobierno, en los consejos de las empresas, en los salones donde se concentran las estrellas de la moda, el cine o el canto, sino en una cueva de pastores donde brilla la fragilidad, la ternura, la sencillez, la dependencia de un bebé recién nacido. ¿Cuál es la lógica con la que nos presentamos ante el mundo, la lógica de Dios o la lógica de los hombres?

La presencia liberadora de Jesús en este mundo es una “buena noticia” que debería llenar de felicidad a los pobres, a los débiles, a los marginados, al decirles que Dios vino a su encuentro para ofrecerles la salvación – liberación. Hoy es noche buena, el día en que la luz nace en un humilde portal olvidado y reservado para los animales, en donde quizás ni al más mísero se le hubiera ocurrido nacer, solo a Dios se le ocurrió enseñarnos con este acontecimiento.

Hoy celebramos una noche especial, una noche en la cual nos juntamos y contemplamos un pesebre adornado con viejos adornos que recuerdan nuestra vieja fragilidad humana.

Nochebuena de recuerdos, de nostalgia de los seres queridos que ya no están con nosotros, de los amigos ausentes… Que eso y todo en esta noche santa gire en torno al recuerdo de Belén, la casa del pan, del “pan de vida” que hace dos mil veintidós años nos regaló el Padre, del “pan nuestro de cada día” que nos da esta noche, del pan que, dentro de la eucaristía, se nos ofrecerá como banquete; del pan que esta noche nos hace a todos un poco más hermanos, un poco más amigos, un poco más niños, un poco mejores.

Nosotros, los cristianos, tomemos conciencia en esta noche que Cristo no nació hace veintiún siglos, Cristo está naciendo hoy en nuestro pueblo, en nuestro corazón, en la medida en que cada cristiano trate de vivir la integridad el evangelio, la vida cristiana, las consignas de la Iglesia verdadera de Dios, en esa medida cada uno de nosotros es como el apóstol, es como María, es como el pastor que da gloria a Dios, y canta la alegría de haber conocido a Cristo y trata de llevar esa noticia a otros como los pastorcitos de Belén.

Para esto es necesario convertirse sinceramente a Cristo, convertirse al amor que nos visita, hacer eco a la bondad infinita de Dios que nos trae la redención; no rechazarla, no ser tiniebla, ser corazón abierto como una cuna para que nazca Cristo en cada alma esta noche y desde entonces se inunde de luz cada corazón para cantar con los ángeles el anuncio que tenemos que llevar a todos los hombres, a toda la sociedad, a todo el mundo: “Os ha nacido un salvador”.

Hermanos, desde este mensaje de la gloria de Dios, de la paz a los hombres, quiero decirles respaldado por la palabra divina: ¡FELIZ NAVIDAD!

MISA DE NAVIDAD (CICLO A)

En el centro de nuestra eucaristía siempre está Jesús. Él es el corazón de la Iglesia. Hoy de manera especial lo proclamamos. Es más, lo colocamos visiblemente delante de nuestros ojos para verlo, y bendecirlo. Al final de la misa, tendremos la ocasión de besar la imagen del niño Jesús, y reconocer que Dios no deja de visitar a su pueblo.

Hoy, es Navidad.  En Navidad celebramos que Dios, autor de cuanto existe, se nos acerca de tal manera que se hace uno de nosotros y entra en nuestro mundo y en nuestra historia para rescatarnos de la soledad del pecado y de su más terrible consecuencia: la muerte. Jesús nace en Belén para comunicarnos al Espíritu Santo, convocarnos en su Iglesia y hacernos hijos de Dios.

¡Jesús viene para hacernos partícipes de la vida plena y eternamente feliz de Dios!

Jesús, nacido en Belén, se nos ofrece como una luz que ilumina el camino que debemos seguir para superar todos los problemas y los males sociales que padecemos.

En su nacimiento, Jesús experimentó muchas adversidades: la carencia de un lugar para que su Madre lo diera a luz; la amenaza de Herodes, que obligó a su Familia a refugiarse en Egipto. Sin embargo, no se dejó vencer, sino que fue capaz de transformar definitivamente la historia humana con el poder del amor.

Nos decía el evangelio de hoy de san Juan: “Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron… Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. 

Navidad es la invitación que nos hace Jesús a optar por la luz.  Y Jesús es la luz verdadera que viene a iluminar a todo hombre. Sin embargo, el mundo en vez de dejarse guiar por la luz de Cristo sigue la lógica de la oscuridad y las tinieblas.

En nuestro mundo sigue habiendo mucha noche, mucha oscuridad. Es el poder de lo mundano, la lógica de la inhumanidad, que se visualiza en la oscuridad que produce: guerras crueles, explotación de personas, empobrecimiento masivo, desesperanza en las gentes.

Es por ello que, hoy igual que hace dos mil veintidós años, podemos exclamar que “la Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció”. Como veis, la navidad no tiene nada de ingenua: sabe del dolor de tantas personas. Este día también los queremos tener presente.

Pero en este día de la Navidad, tenemos que tener un corazón que vive con alegría, porque el mensaje de esta fiesta es el mensaje de la esperanza.  Gracias al nacimiento de Jesús, los hombres estamos salvados, estamos redimidos.  La Navidad debe ser unos días especiales para no andar con prisas y recobrar esos momentos para estar con los hijos, los abuelos, con toda la familia.

También para esta Navidad debemos tener cuatro actitudes para celebrar exitosamente la Navidad.

1. Oración: Darnos tiempo para que baje a nuestro corazón la Palabra hecha carne.  Una bonita forma de rezar estos días, puede ser delante del niño Dios. 

2. Pobreza: descubrámonos como personas, tal y como somos.  Dejemos nuestras máscaras de ser quien no somos y dejemos que Dios nos visite tal como somos.

3. Ternura: cercanía con los demás.  No es posible celebrar a un Dios recién nacido sin que se nos escape una mirada tierna.  Transmitamos esta actitud a los demás.  Navidad es solidaridad y encuentro.

4. Alegría auténtica, de quien se sabe redimido, y de quien sabe que el mundo hoy es más hogar.

Recatemos el verdadero sentido de la Navidad. Lo que dio origen y sustenta la Navidad es el Niño de Belén; sin Él los regalos, aguinaldos, adornos, vacaciones y otras expresiones se vacían de su sentido y finalidad principal. Navidad es el sí de Dios a la vida, a la redención y superación de cada persona, de toda familia y sociedad; el Niño de Belén es la respuesta a los anhelos y preguntas que se hacen y pueden hacerse las personas, es luz ante la oscuridad y confusión, serenidad ante preocupaciones, perdón ante las ofensas, unidad en la división, paz ante la violencia y enfrentamientos.

¡Feliz Navidad! a todos los niños, adolescentes y jóvenes que, en su hambre de superación y de felicidad, las buscan a veces por caminos equivocados; a los padres y madres de familia para que su hogar crezca en el amor. ¡Feliz Navidad! a los gobernantes, dirigentes, comunicadores y líderes de nuestra sociedad para que, desde su servicio, experimenten la alegría de impulsar la justicia y la paz social.

Que el Niño de Belén nazca para vosotros, os proteja y os bendiga a todos.

lunes, 12 de diciembre de 2022

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Llegamos hoy al último domingo de Adviento y nos encontramos ya en las puertas de la solemnidad de la Navidad del Señor.  La Palabra de Dios nos ha ido preparando durante todo el Adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido, sino que nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado a Ajaz que se niega pedirle una señal a Dios. Ajaz se encuentra entre dos opciones: aliarse con los reyes vecinos o aliarse con Dios.  El profeta Isaías anima a Ajaz a tener fe y no hacer alianzas con nadie. Ajaz no quiere dejarse guiar por Dios, no quiere poner su confianza en Dios, no confía en apoyarse única y exclusivamente en la fe y prefiere buscar apoyos humanos.

También nosotros adoptamos a veces esa postura de Ajaz.  Tenemos miedo, nos angustiamos y nos preocupamos hasta perder la paz. Hay veces que uno, agobiado por los problemas, o por la desesperación, siente que Dios no lo escucha, que Dios no le habla, que Dios no se manifiesta. Y en esos momentos, a veces uno le pide a Dios que le dé una señal.

Otras veces, uno tiene que tomar decisiones muy serias en la vida, y uno también espera, o aguarda una señal de Dios. Pero hay veces que Dios no da esas señales, o por lo menos no da las que nosotros estamos esperando. Otras veces Dios da señales cuando no se las estamos pidiendo.

Hay veces que la preocupación lo lleva a uno a pedir señales, pero hay veces que uno está tan agobiado, que no se atreve a pedir las señales.

¿Y sabéis por qué? Porque uno teme que Dios no vaya a respondernos como nosotros queremos o que no sea del agrado de Dios lo que le estamos pidiendo.

Dios se ha manifestado como el Dios con nosotros, como el que está siempre a nuestro lado; tomados de su mano y sabiendo que va con nosotros en el camino, podemos enfrentarnos a cualquier problema, a cualquier desafío. Tenemos que creer y esperar en Dios; hemos de amar y adorar al Señor Todopoderoso e infinitamente bueno.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona la Buena Noticia de la Salvación, es decir, todos debemos proclamar el Evangelio. 

Ser apóstoles del Señor, ser cristianos no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos ha escogido para realizar la obra de la salvación.

Anunciar el Evangelio, tarea que todos debemos hacer, hay que hacerlo con amor y con espíritu de servicio. 

Hoy quizá las palabras valen poco, porque están muy devaluadas, por ello debemos predicar la Buena Nueva, sobre todo, con el ejemplo.  Con una vida comprometida con los más desfavorecidos, con el ejemplo diario de bondad y de amor.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado cómo Dios pide el consentimiento de María y de José para que su Hijo se haga Hombre en su familia.

Dios no hace las cosas sin contar con nosotros.  Para el nacimiento y el cuidado de Jesús fueron imprescindibles José y María.  Dios quiso contar con el “sí” de María al ángel y la aceptación de la misión que le encargaba a san José, aunque éste no entendiera.  Todos los seres humanos somos pieza clave para que los planes de Dios se hagan realidad y no puras fantasías.

El “sí” de la Virgen y de san José permitió que Cristo naciese y se desarrollase.  Hay otros “sí” de otras muchas personas que han colaborado para que el mundo avance en bondad.  Si este mundo no es el que deseamos, el diseñado y querido por Dios, es porque no le hemos dicho “sí” a Dios, porque no hemos arrimado el hombro para que el mensaje de Jesús sea verdaderamente salvador.  No nos quejemos de lo que no hay si no le hemos sabido decir sí a Dios.  Jesús sigue curando dolencias y sufrimientos, sanando y liberando, a condición de que le prestemos nuestros labios, nuestros ojos, nuestros pies y nuestro tiempo.

Algunas personas piensan: “qué importa que uno más o uno menos colabore y participe en la Iglesia”.  A los que piensan así hay que decirles: si la piedra dijese: una piedra no puede levantar una pared, no habría casa.  Si el hombre dijese: Un gesto de amor no puede salvar a la humanidad, no habría justicia, ni paz, ni dignidad, ni felicidad sobre la tierra.

Todos, pues, somos responsables con nuestro sí o con nuestro no de la eficacia, de la utilidad o inutilidad de la venida de Cristo al mundo.

Pidamos a María, madre de Cristo y madre nuestra y a San José que nos preparen para decirle sí a su Hijo Jesús, en esta Navidad y que lo recibamos en nuestra casa y en nuestro corazón.

lunes, 5 de diciembre de 2022

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


El tercer domingo de Adviento se llama el domingo “Gaudete” (Alegraos). Las lecturas nos invitan a llenarnos de alegría por la salvación que Dios nos trae.  Por eso en este tiempo de Adviento decimos: “Ven, Señor Jesús, y sálvanos”.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta una situación de desesperanza y desencanto que vive el pueblo de Israel.  El profeta invita al pueblo a poner la mirada en Dios y a ver cómo hay razones para la esperanza porque Dios mismo intervendrá a favor de su pueblo.

En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven nuestra vida y la vida del mundo, también, el profeta Isaías, nos invita hoy, a nosotros, a la alegría, a dejar de lado nuestro miedos, a llenar nuestra alma de paz.

Nuestra vida, puede ser una vida vacía y estéril, una vida árida como el desierto.  Podemos sentirnos inútiles, podemos sentir que no tenemos nada que presentarle a Dios.  Podemos tener la sensación de no haber hecho nada que tenga realmente valor para Dios.  Podemos sentirnos como esa tierra seca y estéril.

Hoy nos dice Dios, que si nosotros dejamos que Él actúe en nuestra vida, esa vida seca y estéril la puede transformar como transforma el desierto en un vergel para que no vivamos una vida sin pena ni gloria.

A veces, el miedo, la timidez, el creernos poca cosa, ahogan la grandeza de nuestro corazón, ahogan nuestras más grandes aspiraciones hasta hacernos caer en una vida sin sentido, sin esperanza.  Siempre vamos de prisa, y esto hace que aumenten las enfermedades, los infartos, los complejos, la angustia.  No tengamos miedo, ahí tenemos a nuestro Dios que viene a salvarnos.  No nos angustiemos, tengamos confianza en el amor y en el poder de Dios.  Podemos estar seguros que el Señor viene a salvarnos y a ofrecernos una vida mejor.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no desesperarnos y a tener paciencia.

Hay muchas personas que diariamente sufren la injusticia, el miedo y se les priva de su dignidad.  El apóstol Santiago nos dice que a pesar del sufrimiento, Dios no nos abandona ni nos olvida, sino que viene a liberarnos.  Hay que esperar en Dios, y hay que esperarlo, no con el corazón lleno de deseos de venganza sino con esperanza y confianza.

Esto no significa que nos quedemos de brazos cruzados, sin hacer nada.  Lo que Dios nos pide es que no dejemos que los sentimientos agresivos y destructivos tomen posesión de nosotros, porque Dios no puede salvar a una persona que su corazón esté dominado por el odio, por el rencor o por el deseo de venganza. Cultivemos la virtud de la paciencia, como el agricultor o como la mujer que tiene que esperar 9 meses hasta que da a luz.

Seamos pacientes porque Dios nos dice que la situación de injusticia y de pecado no tendrá la última palabra.

El Evangelio de San Mateo nos presenta a Juan Bautista, encarcelado por Herodes, por ser fiel al mensaje de Dios, que envía a sus discípulos para preguntarle a Jesús: “Tú, quién eres”.  ¿Eres tú nuestro Salvador?

Cuando el hombre para superar sus angustias, sus preocupaciones ve que no puede hacerlo por sí mismo busca a alguien que lo ayude a liberarse de sus problemas, necesita de alguien que sea capaz de resolver lo que él no puede.

En esta situación de impotencia el hombre busca uno o varios “salvadores” y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones; estos salvadores se presentan como la solución definitiva a nuestros problemas.  Además la sociedad nos crea necesidades falsas que todavía nos hacen sentirnos más preocupados y necesitados de salvadores.

Tenemos, pues, una serie de necesidades y una serie de salvadores en quienes depositamos, en muchas ocasiones, nuestras esperanzas porque nos han prometido resolver nuestras necesidades, angustias y problemas: nos encontramos con los políticos que prometen resolverlo todo; con los adivinos y lectores de cartas que tienen recetas para todo; con los predicadores protestantes que nos van a curar de todas nuestras enfermedades y vicios.  En otras ocasiones ponemos nuestras ilusiones en cantantes, futbolistas, actores y los convertimos en nuestros ídolos.

Pero todos estos “salvadores” ¿son el verdadero salvador que necesitamos?  El Evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos salvadores son el verdadero salvador: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”  ¿Qué respuesta darán los supuestos salvadores de nuestro mundo a esta pregunta?  ¿Acaso pueden responder con la misma firmeza con que respondió Jesús?

Nuestros falsos y pequeños salvadores actuales no pueden salvar al hombre, podrán, quizás, resolver algún problema, pero son incapaces del salvar al hombre.  Sólo Jesús nos puede salvar.

Preparémonos para recibir en la Navidad ya cercana al único que nos salva y que nos llena de alegría, al único que puede romper todas nuestras ataduras que nos impiden realizarnos como auténticas personas: Cristo Jesús.

lunes, 28 de noviembre de 2022

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a vivir el reinado de paz y de justicia que viene a instaurar Jesucristo, el Mesías prometido.

Cristo es el Príncipe de la Paz, Él ya ha venido y nos ha dejado su paz, pero seguimos viviendo tiempos de violencia y terror, de inseguridad y de angustia. Por eso es preciso recordar que la paz, además de ser un don de Dios es tarea de todos, a cada uno nos toca construirla.

La 1ª Lectura del Profeta Isaías nos describe al Mesías y también describe ese ambiente de justicia y de paz que Él vendrá a traernos.

Y el Profeta lo hace con un relato simbólico en que nos presenta a animales      -que por instinto son enemigos entre sí- viviendo en convivencia pacífica: el lobo con el cordero, el leopardo con el cabrito, el novillo con el león... y hasta un niño con la serpiente.

Con esta descripción hecha por Isaías, en la cual nos presenta una situación aparentemente imposible, Dios quiere exigir a los seres humanos a que vivamos en paz. Nos está invitando el Señor a que, a pesar de nuestra naturaleza de pecado, por la que a veces también tendemos a ser opuestos y rivales unos de los otros -como los animales que presenta el Profeta- intentemos vivir en paz y en justicia. Y podremos convivir en paz y en justicia, si recibimos al Mesías, si aceptamos su Palabra, si vivimos de acuerdo a ella.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos invita a formar una comunidad cristiana donde reine el amor, el compartir con los demás, la armonía, la acogida.  Sin embargo, muchas veces, nuestras comunidades cristianas están divididas, se critican los unos a los otros por la espalda, hay agresividad, se discriminan a ciertas personas; algunos se agarran al poder y hacen todo lo que sea para dominar a los demás.

Por eso, San Pablo nos propone hoy algo que, mientras se hace realidad ese mundo ideal que Dios quiere, nosotros podemos hacer: hay que acogernos unos a otros como Cristo nos acoge.  Sin tener en cuenta los gustos, las simpatías o antipatías de los demás.  

Hay que “tener los mismos sentimientos” de Cristo hacia los demás, a pesar de las diferencias que puedan existir.  Tenemos que llegar a ser una sola voz, contribuir a crear una sola comunidad donde todos los creyentes tengamos “una sola alma con un solo corazón”.  Esto es lo que nos pide Dios para que vayamos construyendo el Reino de Dios en este mundo.

El Evangelio de san Mateo nos prestaba hoy a Juan Bautista invitándonos al arrepentimiento y a la conversión.

A veces decimos: yo sería feliz si… pero luego nos decimos: pero no puedo cortar, terminar, salir.  Siempre nos buscamos una excusa, una razón para no ser feliz.  Ciertamente que no podemos cambiar la realidad en que vivimos, por eso Juan Bautista nos dice que aunque no podamos cambiar la sociedad, podemos cambiar nosotros, podemos convertirnos.

Hoy hay muchos que se llaman creyentes en Dios pero no siente la necesidad de la conversión.  Creen que ya son “buenas personas”.  ¿De qué me voy a convertir yo si no hago esto ni lo otro ni...? Creernos buenos nos está impidiendo ser nuevos, descubrir la necesidad de conversión.

Creernos buenos es la postura de los fariseos y saduceos a los que Juan los llama “raza de víboras”. No es que no seas bueno; lo malo es que no seas mejor, que te contentes con la meta alcanzada. No es que no seas bueno, es que no escuchas a Dios que te pide nueva conversión. No es que no seas bueno, es que no dejas que el Espíritu te lleve donde Él quiere.

Jesús no necesita gente buena, necesita personas que se sientan pecadoras, personas necesitadas de conversión. Jesús no viene para los que ya se sienten perfectos. Con ésos Jesús no tiene nada que hacer. Toda esa gente no necesita nada ni a nadie, menos a Jesús. Jesús necesita personas que cuando escuchan las palabras del profeta, conviertan el corazón se les estremezca y reconozcan su necesidad de cambio de vida.

Dios está cerca. Sí. Dios está muy cerca de todos aquellos que se sienten pecadores. Dios está muy cerca de todos aquellos que desean algo nuevo en su vida. Dios está muy cerca de todos aquellos que se agachan para tender la mano a sus hermanos.

Nosotros en este Adviento, ¿buscaremos la verdadera conversión o nos conformaremos con celebraciones y ritos externos para adormilar la conciencia? ¿Seguiremos viviendo en la injusticia y en la mentira?











lunes, 21 de noviembre de 2022

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Comenzamos un nuevo año litúrgico con el Adviento, este tiempo es un tiempo de esperanza que nos ofrece la Iglesia para prepararnos a celebrar con gozo la Navidad, el nacimiento de nuestro Salvador.

En un mundo como el nuestro, tan marcado por las tensiones, la injusticia o el sufrimiento, y con tanta gente hundida en su oscuridad, Dios sigue renovando sus promesas de justicia y llamándonos a alzar nuestras cabezas, porque se acerca nuestra liberación.

Adviento quiere ser tiempo de gozo y esperanza, pero también tiempo propicio para cambiar de mentalidad, vivir la conversión y dar frutos de justicia.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos dice que hay esperanza para el pueblo, hay esperanza para todos los pueblos de la tierra: llegará la paz de la mano de la justicia, por ello Dios nos pide que trabajemos por la paz para que se instaure la justicia.

Con la venida del Salvador, los instrumentos de guerra serán transformados en instrumento de trabajo y de paz.  Tenemos que trabajar por convertir la industria            -improductiva y agresiva- de la guerra en una industria que construya una sociedad productiva para todos, una sociedad donde el alimento sea un bien para todos.

El profeta Isaías nos invita, pues, a la esperanza y a la fe.  Es la fe y la esperanza de que un día el bien, la justicia y la paz triunfaran sobre el mal.  Y será el Señor quien hará realidad esta profecía.  Por lo tanto, si estamos cansados por noticias tristes: de luchas y enfrentamientos, de guerras y atentados, de secuestros y sufrimientos, es porque “no caminamos bajo la luz del Señor”.

El Adviento nos invita: “a subir a la casa del Señor”, a “preparar los caminos de Dios”, que son caminos de paz y de esperanza.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos decía: “ya es hora de despertaros del sueño”…  “dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz”

Muchas veces, a pesar de que queremos ser buenos, es posible que el cansancio, la monotonía, la pasividad, la indiferencia nos gane; es posible que dejemos correr las cosas, es posible que ante los problemas metamos la cabeza en un hoyo como hace el avestruz.  Huir de los problemas lo único que hace es que los problemas se hagan más grandes y se compliquen más.  No podemos dejar correr las cosas y que nos olvidemos de los compromisos que un día asumimos con Jesús y su Reino.

Por eso nos dice san Pablo hoy: ¡despertad! Renovad vuestro entusiasmo por los valores del Evangelio; es necesario estar preparados, estar siempre dispuestos, para acoger al Señor que viene.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos decía: “estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”. Hay que velar y estar preparado porque vivimos muchas incoherencias en nuestra vida. 

Se descuida la educación ética y moral en la enseñanza, y luego nos extrañamos por la corrupción de la vida pública.  Se incita a la ganancia del dinero fácil, se promueven los juegos de azar, y luego nos lamentamos de que se produzcan fraudes y negocios fraudulentos.

Se educa a los hijos en que no se comprometan con nada y en la búsqueda egoísta de su propio interés y provecho, y más tarde sorprende que se desentiendan de sus padres ancianos. Dejamos que los hijos vean cualquier cosa en televisión, esa televisión que nos describe violentamente muertes y asesinatos, violaciones y agresiones sexuales y luego nos quejamos de que se produzcan violencias domésticas y callejeras, conductas antisociales, y muertes inexplicables.

Cada uno se dedica a lo suyo, ignorando a quien no le sirva para su propio interés o placer inmediato, y luego nos extrañamos de sentirnos terriblemente solos. En nuestras propias familias, nos mostramos hirientes, ofensivos, distantes, desunidos, y luego nos sorprende que no sea posible la reconciliación, el perdón y la paz entre nosotros.

Se exalta el amor libre y se ve como algo normal las relaciones extramatrimoniales, y al mismo tiempo nos molestamos ante el sufrimiento inevitable de los fracasos y rupturas de los matrimonios. Nos alarmamos ante esa plaga moderna de la depresión y el “estrés”, pero seguimos fomentando un estilo de vida superficial, vacío y competitivo. Estos y otros muchos son unos signos de que estamos equivocados, dormidos, vacíos.

Este es precisamente el grito del evangelio, al comenzar un nuevo año litúrgico en este Adviento de: “Despertad. Venced el sueño. Estad en vela”. Nunca es tarde para escuchar la llamada de Jesús a “vivir vigilantes”, despertando de tanta superficialidad y asumiendo la vida de manera más responsable.

Hay que atreverse  a ser diferentes. No actuar como todo el mundo.  Lo que se necesita es que cada vez haya más personas lúcidas que se atrevan a introducir sensatez en medio de tanta locura, sentido moral en medio de tanto vacío ético, calor humano y solidaridad en el seno de tanto teoría sin corazón, austeridad en medio de tanta abundancia; justicia ante tanta desproporción de niveles.

¿De qué tengo que despertar? ¿En qué tengo que estar alerta?