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lunes, 13 de marzo de 2023

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en Español, “Regocíjate, Jerusalén”.   Y las lecturas de este Domingo nos proponen el segundo tema bautismal, el de la “luz”. La liturgia nos habla de cómo debemos vivir los cristianos como hijos de la luz.

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos presenta la elección de David como rey de Israel.  La mirada de Dios no es como la mirada del hombre: el hombre se fija en las apariencias y Dios mira el corazón.  Cuando debamos elegir a una persona para algo, hemos de analizar muy bien todas las posibilidades y escoger la mejor de ellas.

Que un hombre sea educado y buen conquistador, y además, tenga una buena chequera, no significa que sea un buen esposo y un padre excelente.  Que una mujer tenga una bonita figura y llame la atención, no significa que sea la mujer ideal para formar un hogar estable y con ella se construya un matrimonio feliz.  Que un candidato tenga títulos y mucha palabrería, no significa que realmente sea un excelente servidor de la comunidad.  Muchos países, ciudades, iglesias y empresas han sufrido las desgracias de los buenos candidatos que resultaron ser verdaderos incompetentes para tales funciones.  Hay muchos matrimonios que han fracasado porque los cónyuges se dejaron llevar por las apariencias.

Tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de elegir a una persona, porque las apariencias engañan.  Por desgracia, muchas veces, juzgamos a nuestro prójimo por las apariencias.  Sin embargo, para Dios, lo que cuenta es lo que hay en el interior del corazón de la persona.  Nosotros nos fijamos en las apariencias, Dios ve el corazón.

En la 2ª lectura, de San Pablo a los Efesios, Pablo propone a los cristianos de Éfeso que abandonen la actitud de vivir al margen de Dios y que vivan como “hijos de la luz”, ya que por el bautismo hemos pasado a ser hijos de la luz.

Nuestras obras deben ser fruto de la luz y no de la oscuridad ni de las tinieblas.  Y los frutos de la luz son: bondad, justicia, verdad.  Debemos ser luz y comunicar esa luz al mundo, por ello, debemos denunciar de forma abierta y decidida, las “tinieblas” que desfiguran al mundo y que mantienen a los hombres esclavos.

En el Evangelio de San Juan,  Jesús se presenta como “la luz del mundo”; su misión es liberar a los hombres de las tinieblas del pecado.

El ciego de nacimiento es el hombre, todo hombre. Andamos muy ciegos por la vida. ¿De quién es la culpa? De nosotros y de nuestros padres.

De nuestros padres que nos enseñaron a mirar solamente la materialidad de las cosas y no nos enseñaron a mirar más allá de su superficie. Y así no hemos aprendido a tratarnos con profundidad, porque sólo vemos las apariencias.

La culpa es también nuestra, porque nos encanta lo externo y nos quedamos ahí, deslumbrados ante el brillo pasajero de las personas y las cosas. Nosotros miramos las apariencias y no miramos el corazón.  Vemos y valoramos a las personas por su tener, por su poder, por su saber, no por lo que verdaderamente son.

Nuestra ceguera es grave. Tan grave que muchas veces sólo valoramos las cosas y sobre todo a las personas cuando las perdemos.

Sin embargo, cuando nos llega una desgracia, cuando se nos muere alguien querido, empezamos a ver las cosas de otra manera y ¡cómo se vuelve todo de repente secundario y ya sólo cuenta la lucha por la vida y la felicidad de los seres que amas!

La gran enfermedad de los hombres es la ceguera, esa ceguera que nos conduce cada día a equivocarnos de valores.  La oscuridad siempre es triste. Sólo la buscamos para dormir o para esconder aquello que no queremos que los otros vean. Una planta sin luz se muere. Una habitación oscura nos da miedo.

En la oscuridad no se ve ni el polvo ni la suciedad. En cambio, cuando la luz es intensa, el polvo y las manchas aparecen y nos molestan. Sentimos la necesidad de quitarlas inmediatamente.

Necesitamos, como el ciego, ser curados por el Señor, dejarnos tocar por Él. Jesús le ungió los ojos con barro. Dejarse tocar por el Señor es recibir el gesto del perdón en el sacramento de la reconciliación, participar de su cuerpo en la Eucaristía.

Para ser curados por el Señor, necesitamos vivir nuestra fe en comunidad. Con toda razón dice un dicho: “Ven más cuatro ojos que dos”.  

La Cuaresma es buen momento para dejar entrar la luz y poner orden en nuestro interior. No nos acostumbremos a la oscuridad, hagamos realidad lo que nos decía hoy san Pablo: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”.

lunes, 6 de marzo de 2023

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


A partir de este 3er. domingo de Cuaresma y hasta el final de la Cuaresma, la liturgia nos presenta unas catequesis bautismales dirigidas a los catecúmenos que se preparaban para celebrar su bautismo en la gran fiesta de Pascua.

En la 1ª lectura del libro del Éxodo hemos escuchado cómo el pueblo de Israel, en medio del desierto, camino hacia la libertad, duda de la presencia de Dios en medio de ellos.  Pero Dios no abandona a su pueblo, a pesar de las murmuraciones.

Nosotros, creemos en Dios, pero muchas veces la vida se nos complica.  Y cuando las cosas no salen como nosotros queremos se nos puede derrumbar la fe y podemos, como el pueblo de Israel darle la espalda a Dios y dudar de Él creyendo que nuestra sed de felicidad la podemos saciar al margen de Dios e incluso podemos llegar a blasfemar de Dios y reclamarle a Dios diciéndole que se ha olvidado de nosotros.

Estamos equivocados si pensamos que Dios nos ha abandonado en algún momento de nuestra vida.  A pesar de nuestras infidelidades, el Señor permanece siempre fiel y nos busca para manifestarnos su amor incondicional.  Dios no nos ha abandonado nunca. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos dice también que Dios siempre nos acompaña a pesar de nuestros pecados y de nuestras infidelidades. 

Hay personas que viven con indiferencia respecto a Dios, a su amor y sus propuestas.  Muchas personas se preocupan más de los resultados del futbol, de los resultados de quien quedó en tal o cual concurso de baile o de canto, de cuál es la canción de moda o dónde va a ser el próximo baile que de Dios y de su amor. 

Estamos en Cuaresma, este es un tiempo ideal para que redescubramos a Dios que nos ama tanto, y que quiere darnos la felicidad verdadera y plena.  Este es un tiempo especial para que aceptemos y vivamos el camino que nos conduce hacia Dios.  Unámonos a Cristo como una rama está unida al tronco y vivamos ya desde ahora de la felicidad plena que Dios nos ofrece.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la primera catequesis bautismal con el episodio de la samaritana.

En los tiempos modernos hay muchos adelantos en medicina, en libertades políticas y en tantas cosas. El nivel de vida ha mejorado.  Sin embargo, no somos felices a pesar de tanto adelanto, a pesar del consumismo y a pesar de que, al parecer, todo nos está permitido. La felicidad es el agua viva de la que nos habla el Evangelio de hoy.

Todos los seres vivientes tenemos sed de felicidad.  No es que seamos infelices, no; pero es relativamente fácil encontrarse con personas que buscan más, que quieren más, que sienten una insatisfacción no del todo precisada, pero ahí está.

Los pozos y las fuentes eran, cuando no había agua corriente, lugar de encuentro. “Ir al pozo”, era el lugar más común de hacer amistades. Allí todos llegaban con la misma necesidad, con la misma búsqueda.

Los pozos y las fuentes de hoy quizá son otros. El agua la tenemos en casa. Damos al grifo  y ya está ahí. No tenemos que ir a buscarla. Pero seguimos saliendo de casa en busca de algo o de alguienporque el hogar no lo da todo, sobre todo cuando estamos vacíos. Hay hogares que no lo dan todo, ni siquiera dan lo esencial. Te dan pan, pero desprovisto de gestos de ternura. Por eso, algunos van al bar, al café, a las tiendas o simplemente “a dar la vuelta para ver gente”

El pozo del corazón humano es muy profundo y no podemos llenarlo con las pequeñas felicidades que encontramos en la vida.  Si tenemos una casita queremos tener un palacio.  La samaritana del Evangelio, había tenido cinco maridos. Y fueron cinco sueños o, mejor dicho, cinco fracasos. El que ahora tenía no era su marido. Sin embargo, ella, una y otra vez, intentaba ser feliz. Y todos, una y otra vez, intentamos ser felices y nunca estamos satisfechos. Y aunque tuviéramos todo lo que deseáramos, lo cual es imposible, todo lo podríamos perder en unos segundos.

La samaritana es una mujer en busca de felicidad. Nada se le pone por delante para ser feliz. Pero tiene que descubrir, ayudada por Jesús, que el lugar de la felicidad no está donde ella creía que estaba. Hay que desplazarse hacia el manantial de agua que viene de Dios.

Los creyentes sabemos que la felicidad depende de “arrimarnos” a Jesús, fuente de verdadera felicidad.

Hagamos hoy nosotros como la samaritana, acerquémonos a Jesús y digámosle: “Señor, dame de esa agua que nos da la felicidad en plenitud”

lunes, 27 de febrero de 2023

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta la figura de Abraham.  Abraham es el hombre de fe, que vive en una constante escucha de Dios, que sabe leer sus señales, que acepta las llamadas de Dios y que responde a ellas con una obediencia total y con una entrega confiada en Dios.

La figura de Abraham es una llamada de atención muy fuerte para nosotros que no tenemos tiempo para buscar a Dios, ni para darnos cuenta de las señales que Él nos envía porque estamos muy ocupados en ganar dinero o en nuestros proyectos personales.

Abraham es también el hombre de la confianza en Dios.  Dios le pide que salga de su tierra y de su casa para ir a otra tierra.  Cuando nosotros escuchamos algo así, lo primero que pedimos es garantías.  Garantías para hacer el viaje, garantías de qué vamos a encontrar al otro lado, garantías de que va a mejorar nuestra situación, garantías en definitiva de que merece la pena dejar atrás aquello que en estos momentos nos da seguridad.

Abraham no pide garantías a Dios, él confió en la Palabra de Dios, por ello la fe de Abraham es puesta como ejemplo y modelo para los creyentes.

Nosotros como Abraham avanzamos muchas veces a través de lo desconocido, y debemos conducirnos únicamente por la fe y la confianza en Dios.  Nuestra vida es incierta en muchos momentos. Los planes de Dios nos desconciertan a menudo; parece que a los malvados les va mejor que a los que intentamos ser honestos; somos blancos de las envidias, de las iras, de las injusticias de nuestros enemigos; muchas veces nos vemos acosados y nos sentimos acorralados. Sólo la fe y la confianza en Dios nos ayudan a avanzar. Por muy duras que nos parezca las cosas que Dios nos pide hay que tener confianza en Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo. 

Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El evangelio de San Mateo nos ha relatado la Transfiguración del Señor.  Jesús es revelado como el Hijo amado de Dios que viene a salvar y liberar a los hombres mediante la entrega de su vida por amor.

Los apóstoles viven una gozosa experiencia, una especie de luna de miel junto a Jesús. Sí. Están con la ilusión primera de todo lo que comienza. Siguen a Jesús y todo va bien. De pronto comienzan las dificultades, eso que nos hace decir: “Si lo llego a saber, no me meto en esta aventura”. “Yo creía que esto iba a resultar más fácil”.

Las personas y los grupos palpamos cada día esta realidad. Muchos se vuelven atrás a la primera dificultad; no soportan caminar entre rosas con espinas.

Como los discípulos, tenemos la tendencia de arrimarnos al “sol que más calienta”, para sacar “algún beneficio”.  Hay personas que se despersonalizan con tal de llegar a tener poder. Y llegan. Y cuando llegan ya no son personas, están despersonalizadas. Las consecuencias las pagarán los otros, además de ellos mismos.

Los seguidores de Jesús tenemos que aprender que al lado de Jesús no hay poder, sino servicio; al lado de Jesús no hay puestos, sino últimos puestos; al lado de Jesús no se ve todo claro, se va aclarando uno esperando que la Luz llegue más tarde. Y cuando llega, la verdad deslumbra.

Jesús elige a los más íntimos, para mostrarles, por unos instantes, que Él es el Hijo de Dios y para escuchar la voz de Dios Padre que dice: “Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.Es decir, Dios Padre nos dice: “pase lo que pase, triunfe o esté clavado en la cruz, es mi Hijo.  No lo traicionéis ni lo abandonéis” “Escuchadlo”

Hoy se nos grita a nosotros este imperativo.  Es difícil escuchar. Muy difícil. Oímos ruidos. Mucha gente dice: “Me siento muy solo, nadie me escucha, nadie toma en serio lo que digo”. Es tremenda la soledad que viene de sentirse excluido por no ser escuchado.

“Escuchadlo” prestad atención a Dios, dad importancia a Dios, acojed la palabra de Dios. Esta es la revelación del Padre sobre su hijo. Prestar atención a Dios es “escuchar a su Hijo, el Enviado”. Ser creyente es ser oyente, ser escuchador.

Aprendamos a callar y a saber escuchar a Dios.

lunes, 20 de febrero de 2023

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Estamos viviendo ya este tiempo de Cuaresma en el que intentamos prepararnos para vivir con alegría la Pascua.  La Iglesia nos invita a hacer un esfuerzo por renovar nuestra vida cristiana, o dicho de otra manera, renovar nuestra relación con el Señor. 

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña que desde el principio de la humanidad, el ser humano ha tenido la tentación de alejarse de los caminos de Dios.

Nosotros, los seres humanos, no podemos olvidarnos que Dios es nuestro origen y nuestro destino último.  Somos seres que Dios ha creado por amor, que nos ha dado su propia vida y nos ha regalado la libertad, por eso Dios nunca se impone y respeta siempre nuestras decisiones.  Pero el hombre no puede creerse Dios, éste es el gran pecado del origen de la humanidad y sigue siendo el pecado de hoy: querer ser Dios.

Cuando aceptamos nuestra condición de criaturas de Dios y reconocemos que Dios es nuestro Padre que nos da la vida, que nos ama y que nos enseña el camino para alcanzar la felicidad, nuestra vida se convierte en un “paraíso” donde encontramos vida, armonía, felicidad y realización.

Sin embargo, cuando el hombre le da  la espalda a Dios, cuando quiere él convertirse en Dios, cuando quiere competir con Dios y no cumple las reglas de Dios, aparece el mal en la vida del ser humano.  El mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo de querer prescindir de Dios en nuestra vida.  No podemos, por tanto, sacar a Dios de nuestras vidas, no podemos desconfiar de Dios y rechazar su autoridad porque las consecuencias serán muy negativas para nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos propone dos ejemplos: Adán y Jesús.  Adán representa al hombre que ignora las propuestas de Dios y toma decisiones sin contar con Dios; Jesús es el hombre que vive obedeciendo a Dios.  La forma de actuar de Adán genera egoísmo, sufrimiento y muerte; la manera de actuar Jesús crea vida plena y definitiva.

Algunos acontecimientos que marcan la historia de nuestro tiempo confirman que una historia construida al margen de Dios es una historia marcada por el egoísmo, por la injusticia, por la prepotencia y, por tanto, es una historia de sufrimiento y de muerte.  Todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.

El evangelio de San Mateo, nos presentaba las tentaciones de Jesús.

Como Jesús, nosotros hoy estamos sometidos a tentaciones, es decir, oportunidades para dejar de lado a Dios y buscarnos la solución a nuestros problemas con nuestros propios medios.

No podemos negar la existencia del pecado y las tentaciones que el diablo nos propone a diario. El Papa Francisco, con su lenguaje llano y claro, nos decía que “todos somos pecadores todos sentimos la tentación, la tentación es el pan nuestro de cada día. Si alguno de nosotros dijese: ‘Yo no tengo tentaciones’, o eres un querubín o eres un poco tonto”

Las tres tentaciones que nos presenta el Evangelio siguen estando vigentes hoy y se van metiendo muy fácilmente en el corazón del hombre. El demonio se disfraza y nos seduce trastocando los valores, encubriendo el engaño, presentando lo malo como bueno. Nos las presenta como dulces tentaciones.

¿Qué malo tendría que Jesús transformara las piedras en panes?  Es cierto que lo primero que una persona necesita es comer, pero no se puede manipular al pueblo con el hambre ni quitarle su dignidad. ¡Cuántos crímenes se comenten abusando de las necesidades básicas de la humanidad! ¡Cómo se compran y venden conciencias con tal de tener lleno el estómago! En el fondo de muchas injusticias está esta manipulación del hombre en sus necesidades básicas: comer, vivir, tener un hogar donde vivir. Hoy también caemos en esa tentación: dar más importancia al placer que a la dignidad, comprar y vender conciencias aprovechándonos de las necesidades.

La segunda tentación consiste en querer manipular a Dios y ponerlo a nuestro servicio.  No podemos “comprar a Dios” con nuestros actos, ni construir una religión para nuestra satisfacción.  La fuerte tentación será querer utilizar a Dios para los propios proyectos, convertir a Dios en esclavo nuestro.  Y de esta manera se convierte el hombre en veleta, sin principios: hoy es de una religión, de un partido, de una tendencia; mañana, ha cambiado y se adapta a lo que mejor le conviene con tal de estar a tono con las nuevas tendencias. Y llegamos a una religión comodina y fácil, que dé gusto a todos y que no respete ni a Dios ni a los demás.

La tercera tentación es igualmente actual y seductora: convertirse en amo y dueño, quitar a Dios de la vida, asumir las riendas de la historia y de la humanidad al propio gusto y capricho.   Buscar el poder y el triunfo a cualquier precio, aun destruyendo a los hermanos y postrándose ante cualquier ídolo.

Las tentaciones de Jesús son las tentaciones de todo hombre y de todos los hombres: el placer, la fama, la riqueza y el poder. Todos estamos siendo tentados. No es cuestión de asustarnos con el demonio, pero tampoco es hora de olvidar su astucia. Se necesita creer más en Dios que en el demonio. La gracia es infinitamente más fuerte que el mal, pero sería peligroso olvidarse de la propia fragilidad.

lunes, 13 de febrero de 2023

 

VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Hoy, la Palabra de Dios nos habla a los cristianos de cosas muy importantes: de las condiciones para ser discípulos de Jesús, de ser templos del Espíritu, de la bondad de Dios para con todos y de nuestro comportamiento con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Levítico nos decía: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”

Cuando oímos hablar de “santidad”, pensamos en lugares lejanos y en personas con estilos de vida bien extraños.  Pensamos que la santidad es para las monjitas, para los sacerdotes y religiosos; pero no para mí, que soy un cristiano normal, que me esfuerzo apenas por vivir como tal.  Además, nos preguntamos ¿cómo se hace uno “santo”?

Vosotros los laicos, como los sacerdotes y religiosos estamos llamados a la santidad, es decir “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.  Buscar la santidad es la tarea esencial de un cristiano.  La santidad es indispensable para transformar las familias, la parroquia y la sociedad.  Y para ello el cristiano ha de trabajar por la paz, la solidaridad, frecuentar los sacramentos, hacer oración y vivir la devoción a la Virgen María.

Hay que esforzarse por buscar la santidad de vida para poder anunciar al mundo el Evangelio y así dar testimonio de vida cristiana.  Es en el mundo y desde el mundo donde el cristiano tiene que buscar la santidad.  Es en el mundo donde tiene que vivir su fe.  Si queremos que este mundo sea santo, tenemos que empezar por ser santos nosotros.

La santidad requiere esfuerzo.  No hay un atajo mágico en el camino hacia el cielo, pero es algo que todos podemos alcanzar.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos recordaba que somos Templos del Espíritu Santo y que Dios habita en nosotros.

Ante las dificultades de la vida, los cristianos confiamos en el amor.  Queremos sentirnos amados y ayudados por un Dios que se ha comprometido con nosotros.  Y el mejor agradecimiento que podemos mostrarle a Dios es el vivir unidos, en comunidad, en la Iglesia, siendo todos, una gran familia.  Por eso nos decía san Pablo: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” Es lo que san Pablo les dice a los recién bautizados de la comunidad de Corinto.

Todos los bautizados formamos un solo cuerpo, somos parte de la misma comunidad, de la misma parroquia, y estamos llamados a ser un signo de unidad para las personas que conviven con nosotros. “Mirad como se aman”, era la expresión de la gente cuando veían el estilo de vida de los primeros cristianos.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”.

Hoy, como en otros tiempos, asistimos a un increíble crecimiento de la violencia. Cuando se responde a la violencia con violencia, se alimenta el odio, que se trasmite de generación en generación.

Hay que reconocer que las palabras de Jesús de amar al enemigo y de hacer el bien a los que nos aborrecen resultan difíciles; y para los que no viven en serio la fe, incomprensible.  Es difícil amar al que te odia, al que te hace la vida imposible, al que no te deja vivir en paz, al que ha manchado tu imagen. Resulta muy difícil tender la mano a quien te puso la zancadilla, como es difícil amar y ayudar al que te cae antipático, al interesado y egoísta.

Sin embargo, Jesús nos dice hoy que Él rechaza la ley del Talión, del “ojo por ojo, diente por diente”. Por esta ley, si a mí alguien me quitara un ojo, yo le podría quitar a él otro; es decir, yo le podría hacer el mal que él me hiciera a mí. Esta ley tenía de bueno que no nos pasáramos, porque la tentación que tenemos es de quitarle los dos. Jesús, en cambio, nos trae la ley del amor.

Jesús tiene la convicción profunda de que al mal no se le puede vencer con la  fuerza, el odio y la violencia. Al mal solo se le vence con el bien. La violencia es una espiral que destruye todo lo que engendra. En vez de disminuir el mal, lo aumenta.

Si se perdona es para cortar la espiral del odio y del mal, y para ayudar al delincuente a rehabilitarse y a actuar de manera diferente en el futuro.

Nadie puede decir que es fácil perdonar. Perdonar es difícil. El cristiano perdona porque se sabe perdonado por Dios.  Perdona de corazón quien, reconociéndose pecador, se encuentra con el perdón de Dios, que olvida nuestro pecado y nos acoge como hijos.

Hemos de tener presente que perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas, pero no hemos de odiar a nadie.  Jesús no llama a una aceptación pasiva del mal, del odio, de la violencia, llama a ser artífices de la paz con todas nuestras fuerzas. Lo que Jesús ha dicho con claridad es que no se lucha contra el mal cuando se destruye a las personas.

Defendamos nuestros derechos pero perdonemos a los que nos ofenden para que podamos rezar aquellas palabras del padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

lunes, 6 de febrero de 2023

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. “Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

“Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras”. Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos… Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

El Evangelio de san Mateo nos dice que Jesús no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de Él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

Pero Jesús nos dice que no es suficiente con cumplir la Ley.  Es necesario abrirnos a Dios Padre y colaborar con Él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.

Por otra parte, las conversaciones están a menudo dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

Hay también divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”.  El Papa Francisco decía: “No a la guerra entre nosotros”.

Es lamentable como en algunas comunidades cristianas consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer nuestras propias ideas a costa de cualquier cosa y hasta hay persecuciones que parecen una caza de brujas. 

¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?  Hay que trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar como nos cuidamos unos de otros, cómo nos damos aliento y cómo nos acompañamos mutuamente en nuestras necesidades”.

Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

lunes, 30 de enero de 2023

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo” 

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar…  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.

Después de más de 2000 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos dice que tenemos que ser “sal”  y “luz del mundo”.

La sal era un elemento tan importe en la sociedad romana que, hasta la palabra “salario” se derivaba de la costumbre romana de pagar a los soldados con una ración determinada de sal. La sal era necesaria para evitar la corrupción de los alimentos y para darles sabor.

La sal tan pequeña e insignificante, pero siempre presente e indispensable en todas las mesas, hoy se nos propone como modelo del discípulo. La sal da sabor.  A una vida sin sentido, donde nos ahogan las preocupaciones y el trabajo, el cristiano debe darle sentido y sabor a su vida.

La sal también sirve para conservar, para evitar la corrupción. Así debe ser el cristiano, está llamado a evitar que se corrompa la comunidad, no puede permitir que se pudran las personas. Y hay muchas plagas que intentan corromperlas: la ambición, la mentira, el poder. La misión del cristiano es: preservar, cuidar, proteger la comunidad. Pero no pasivamente sino de una manera activa.

La sal sirve para conservar en buen estado. El cristiano debe conservar en sí y en la comunidad, el buen sabor de la vida de Dios. La sal ayuda a fijar algunas pinturas, el agua, las substancias. El discípulo de Jesús debe fijar y proteger la imagen de Dios en su persona y en las demás personas. Vivir como hijo de Dios y tratar a los demás como hijos de Dios.

Pero no solamente somos sal, Jesús nos dice que somos también luz de mundo.  Dios es la luz, nosotros somos hijos de la luz, la luz de Cristo debe iluminar nuestro caminar hacia el Padre.

La luz de Cristo no sólo debe iluminarnos a nosotros, los cristianos, sino que nosotros, los cristianos debemos iluminar con nuestra vida a la sociedad en la que vivimos. Vivir iluminados por la luz de Cristo es vivir en continua y constante lucha contra la mentira; contra la mentira que habita fácilmente en nosotros mismos y contra las múltiples mentiras con las que nos desayunamos cada mañana cuando escuchamos y leemos los medios de comunicación social.

Luchar contra la mentira, en cristiano, es ser auténtico, sincero y responsable uno mismo y proclamar la verdad del evangelio en voz alta y crítica frente a las voces mentirosas e interesadas de la sociedad en la que vivimos. En definitiva, vivir en la luz de Dios, en la luz de Cristo, es vivir convertido a la verdad de Cristo.