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lunes, 1 de septiembre de 2025

 


Las lecturas de este domingo nos recuerdan que nos es fácil vivir en libertad, que no es fácil ser responsables de nuestros actos y tomar las decisiones correctas.  Por ello, Jesús nos invita hoy a que los sigamos a Él con todas las consecuencias.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, vemos que Salomón pide sabiduría a Dios para que lo guíe prudentemente en su gobierno; con la sabiduría de Dios, sus obras serán agradables a Dios, y podrá juzgar a su pueblo con justicia.  Si Salomón pide a Dios discernimiento para tener acierto en el enfoque y solución de los problemas terrenos, ¿cuánto más necesitamos nosotros pedir la sabiduría de Dios para cumplir su voluntad?, pues “¿qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere… si tú no le das tu Sabiduría enviando tu santo Espíritu desde el cielo?”

La 2ª lectura de San Pablo a Filemón, nos plantea el problema de las clases sociales.  En la sociedad en que vivía san Pablo estaba muy marcado las clases sociales, incluso había esclavos y libres.  Pero el cristianismo acoge a todo tipo de personas de cualquier clase y condición.

Creer en Jesús, estar bautizados hace que se cambien las relaciones entre los hombres, ya no hay dominio de unos sobre otros; ya no hay esclavos y libres, opresores y oprimidos, potentados y aplastados, amos y siervos… sólo hay hermanos.  Dios no quiere que veamos a algunas personas como si fuesen de una condición humana inferior a la de los demás.  Todos somos iguales ante Dios.

Es cierto  que muchos continúan considerando a las demás personas como si fueran sus esclavos, haciéndoles trabajar más de lo debido y dándoles un salario de hambre. Aún podemos ver que muchos compran a su prójimo por unos euros. Ante estas situaciones de injusticia la Iglesia no puede guardar silencio, encadenada por los poderosos. Su trabajo no se puede quedar encerrado en las paredes de las iglesias. Es necesario trabajar por lograr una auténtica justicia social, no sólo hablando fuertemente para lograrla, sino empeñándose por hacer esto realidad en los diversos ambientes en que se desarrolle la Vida de quienes creemos en Cristo. Entonces recibiremos a nuestro prójimo no como a una persona cualquiera, sino como al mismo Cristo.

El evangelio de san Lucas nos presenta una invitación de Jesús a seguirlo, tomando nuestra cruz y renunciando a todos nuestros bienes.

¿Qué significa seguir a Jesús, a qué hemos de renunciar?  Hoy hemos oído que Jesús nos pide unas renuncias concretas, pero ¿cómo entender esas renuncias: dejar padre y madre, dejar hijos, tomar la cruz y renunciar a todos los bienes? ¿Cómo seguirlo? ¿Cómo ser cristiano?

Hemos oído a Jesús que nos dice: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a mi antes que a su padre, madre, hijos…no puede ser mi discípulo”.  El posponer a los familiares no hemos de entenderlo hoy nosotros  como el dejar abandonados a nuestros familiares en sus necesidades o en su vejez, en triste soledad, no es eso. Jesús en la cruz, antes de morir no abandona a su madre, se la confía a Juan: “Ahí tienes a tu madre”, le dice al discípulo. Jesús jamás abandonó a su madre. Desprenderse, posponer los vínculos familiares no significa olvidar todo aquello que podamos hacer para ayudar a familiares en dificultades.  Dios no quiere que no tengamos familia sino que lo que quiere, es que todas las cosas las usemos, las tengamos, las utilicemos, las hagamos teniendo como horizonte la causa de su Reino.   Eso significa que en la familia lo importante es el diálogo, el respeto de unos por otros, el perder el tiempo en la escucha del otro, la ayuda, la presencia, etc.  

Jesús nos pide también hoy estar dispuestos a renunciar a los bienes materiales y tomar la cruz.  Jesús nos pide que renunciemos a nuestra vida cómoda y egoísta porque esto es lo que de verdad nos impide seguir sinceramente a Jesús. 

Jesús nos ha dicho: “quien no tome su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. No nos preocupemos demasiado por buscar cruces. La cruz va llegando a lo largo de la vida. No hay que buscarla, llega…lo que hemos de hacer es no renunciar a ella, asumirla con valentía y generosidad. Dios no nos creó para sufrir, los dolores hemos de evitarlos, pero hemos de asumir con valor todo aquello que suponga renuncia, que suponga generosidad, que suponga ayudar a tanta necesidad que encontraremos a nuestro lado.

La cruz, el sufrimiento llega, llega con el paso de los días, con el paso de la vida, pero además, ¿quién puede vivir feliz ante escándalos, injusticias, los pecados, las miserias que cometemos y que se cometen a nuestro alrededor? Sabemos que el hacer lo posible por remediarlo  traerá cruz, a esa cruz también nos llama Jesús.

“El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. El dinero que podamos tener ha de estar siempre dirigido no sólo para nuestro disfrute personal, sino sobre todo para compartirlo con los que no lo tienen.

La invitación de Jesús es provocativa. Jesús no quiere que caigamos en la tentación de vivir un cristianismo light, como tantas cosas que se llevan ahora.  O somos o no somos cristianos.

lunes, 25 de agosto de 2025

 


 

Las lecturas de este domingo son una invitación a vivir desde la humildad y la generosidad.

La 1ª lectura, del libro del Eclesiástico, nos decía: “hazte tanto más pequeño cuánto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor”. 

Cuando un niño está dando los primeros pasos, necesita la ayuda de una persona mayor para no caerse cada dos por tres.  Así sucede en nuestra vida cristiana. Aunque seamos personas adultas, estamos dando primeros pasos hacia Dios: ¡estamos caminando hacia el Reino!  Por eso necesitamos de una mano amiga que nos ayude para no caer cada dos por tres en nuestro inseguro caminar. Y esa mano amiga es Dios. 

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos recordaba precisamente que Dios es esa mano amiga que necesitamos  ya que Dios, nuestro Padre, no es un Dios distante, lejano, despreocupado de nosotros. Dios se ha hecho: cercano, próximo, fraterno, por medio de Jesús.Está al lado nuestro para darnos esa mano que necesitamos; y ofrecernos la ayuda indispensable para llegar al final del camino: ¡al Reino de Dios!

El evangelio de san Lucas, nos hablaba de la virtud de la humildad.  Esta virtud de la humildad es una de las más olvidadas por nosotros.  A las personas les gusta despertar la admiración de la gente y que las señalen como personas importantes, famosas, poderosas, influyentes.  Sin embargo, la Palabra de Dios nos insiste que la humildad es querida por Dios.

La persona que desea estar llena de grandezas humanas, poco lugar le deja a Dios en su vida.  Sin embargo, la persona que es humilde, sencilla, y que no es vanidosa, tiene mucho lugar para Dios en su vida.  Y Dios vive en esa persona.  El orgulloso, el vanidoso, el creído, se enfrenta a Dios y le cierra la puerta de su vida. El humilde se abre a Él y Dios vive en él.

Hay dos maneras de perder el cariño y el respeto de los demás, incluso de hacerse rechazar hasta el punto de quedarse sin amigos ni personas que nos valoren: una es el creerse uno más de lo que uno es, valorarse más de lo debido, compararse con los demás y pensar que somos más inteligentes, más fuertes, más atractivos que los demás.  Querer buscar los primeros puestos, exigir un trato preferencial, querer tener siempre la última palabra en todo; hablar siempre de uno mismo, proclamar los propios éxitos; querer ser el centro del grupo y, a veces, humillar a los que sobresalen, para que no nos hagan sobra

La otra actitud que nos puede hacer perder relación y amistad sería la falsa humildad de quitarse importancia, simulando desconocer nuestras virtudes, y al mismo tiempo exagerar nuestros defectos.

Lo que nos puede hacer que no perdamos la amistad de los demás y la de Dios es la verdadera humildad.  Como nos decía la 1ª lectura: “En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”

La humildad verdadera es cuando reconocemos nuestros defectos y limitaciones asumiéndolos sin angustias, y cuando somos consciente de las propias cualidades, dando gracias a Dios por ellas y poniéndolas a disposición de los demás, entonces es fuente de amistad y de buenas relaciones.

Lo contrario de la humildad verdadera es la soberbia y el orgullo, es decir, el querer ser más que los demás, querer sobresalir, tener los primeros puestos y vivir en la mentira sobre uno mismo: creerse autosuficiente, sin necesidad de Dios y de los demás.

La soberbia impide ejercitar el perdón de las ofensas y son frecuentes los enfrentamientos entre familiares que llevan incluso a la destrucción de las familias.

En la segunda parábola que hemos escuchado hoy en el evangelio nos dice Jesús, que cuando invitemos a alguien a una fiesta no lo hagamos por intereses.

Nosotros consideramos normal amar al que nos ama, hacer favores a quien nos los hace, ser amable con quien lo es con nosotros. Pero Cristo nos dice que quien quiera ser discípulo suyo ha de amar con otra generosidad: hemos de amar y hacer favores incluso cuando sepamos que no vamos a recibir nada de aquellos a quienes ayudamos o estamos favoreciendo.

Por eso esta palabra que hoy escuchamos nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿buscamos dar o buscamos recibir?

Que el Señor nos ayude a conocernos interiormente, para que podamos proceder en nuestra vida con una verdadera humildad y generosidad.

martes, 19 de agosto de 2025

 


Las lecturas de este domingo nos hablan del tema, siempre difícil, de la salvación.

La 1ª lectura del profeta Isaías, nos habla de cómo el pueblo de Israel no se encontraba en una situación ideal.  Dentro del pueblo existe una situación de fracaso, de desánimo y desesperanza.

El profeta trata de levantar el ánimo del pueblo.  Este pueblo una vez que ha superado sus sufrimientos, se ha olvidado de que Dios los ha salvado, como salvó y dio la libertad a sus padres.  Siempre ocurre la misma historia.  Cuando estamos en problemas invocamos a Dios, recurrimos a Dios, pero cuando nos llega la calma y el bienestar, muchas veces también nos llega el olvido de Dios y el vivir alejado de su doctrina y de los ideales cristianos. 

Dios nunca nos ha abandonado pero nosotros sí y esto es fruto de que no estamos unidos verdaderamente a Dios.  A pesar de todo esto Dios nos reúne, como lo hace en esto momentos para celebrar la Eucaristía, Él nos convoca para: compartir y proclamar en alto nuestra fe, escuchar y acoger la Palabra de Dios con generosidad, revisar nuestro compromiso cristiano y reafirmar nuestro propósito de fidelidad a Dios.Dios nunca nos abandona, que no lo hagamos nosotros cuando todo nos va bien.

La 2ª lectura de  la carta a los Hebreos nos alienta a que cuando recibamos una corrección debemos asumirla con paciencia, porque a pesar de que nos molestemos por la corrección, el final siempre es positivo.

A veces nos comportamos incorrectamente ante las correcciones de Dios. Cuando nos cae una desgracia o sufrimos un accidente o una enfermedad, enseguida pensamos “¿por qué a mi?”. Y creemos que Dios nos está castigando. En realidad lo que denominamos “castigos” de Dios es más bien llamadas suyas para seguirlo en medio de las circunstancias que Él tenga dispuestas para cada uno de nosotros.  Lo que llamamos “castigos” de Dios, son correcciones de un Padre que nos ama. Son advertencias que Él nos hace para que tomemos el camino correcto, para que nos volvamos hacia Él, para que busquemos nuestra salvación y no la condenación.

En el evangelio de san Lucas hemos escuchado que una persona se acerca a Jesús y le pregunta: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” 

En primer lugar, es necesario tomar conciencia de que el “Reino” no está condicionado a ninguna lógica de sangre, de etnia, de clase, de ideología política, de estatuto económico: es una realidad que Dios ofrece gratuitamente a todos; basta que se acoja esa oferta de salvación, se adhiera a Jesús y se acepte entrar por la “puerta estrecha”.

“Entrar por la puerta estrecha” significa, en la lógica de Jesús, hacerse pequeño, sencillo, humilde, servidor, capaz de amar a los otros hasta el extremo y hacer de la vida don, entrega. En otras palabras: significa seguir a Jesús en su ejemplo de amor y de entrega. Cuando Santiago y Juan pretendieron reivindicar lugares privilegiados en el “Reino”, Jesús se apresuró a decirles que era necesario primero compartir el destino de Jesús y hacer de la vida un don (“beber el cáliz”) y un servicio (“el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida”). Jesús es, por tanto, el modelo de todos los que quieren “entrar por la puerta estrecha”.

Todos constatamos que esta “puerta estrecha” no es, hoy, muy popular. Los hombres de hoy tienen perspectivas muy distintas de las de Jesús. La felicidad, la vida plena se encuentran, para muchos de nuestros contemporáneos, en el poder, en el éxito, en el escaparate social, en el dinero (el nuevo dios que mueve el mundo, que manipula las conciencias y que define quien tiene o no éxito, quién es o no es feliz).

Es necesario ser conscientes de que el acceso al “Reino” no es, nunca, una conquista definitiva, sino algo que Dios nos ofrece cada día y que, cada día, aceptamos o rechazamos. Nadie tiene automáticamente garantizado, por decreto, el acceso al “Reino”, de forma que pueda, a partir de un cierto momento, tener comportamientos no conformes con los valores del “Reino”. El acceso a la salvación es algo a lo que se responde, positiva o negativamente, todos los días.

Jesús decía que, en el banquete del “Reino”, muchos aparecerán y dirán: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”; pero recibirán como respuesta: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”. Este aviso toca de forma especial a aquellos que conocieron bien a Jesús, que se sentaron con Él a la mesa (de la eucaristía), que escucharon sus palabras, que formaron parte del consejo pastoral de la parroquia, que fueron fieles guardianes de las llaves de la iglesia; pero que nunca se preocuparon por entrar por la “puerta estrecha” del servicio, de la sencillez, del amor, de la entrega de la vida. Esos, Jesús es muy claro, no tendrán un lugar en el “Reino”.

lunes, 4 de agosto de 2025

 


Las lecturas  de este domingo nos llaman a estar vigilantes en todo momento. Nuestra fe nos enseña a descubrir al Señor en los signos de los tiempos. Necesitamos crecer en la fe; en la búsqueda de las cosas del Señor.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda la celebración de la pascua entre los judíos, que significaba el centro de la vida religiosa y cultual del pueblo de Israel.  El pueblo celebra su liberación de los egipcios, gracias a la intervención de Dios.

Hay personas que no le encuentran sentido andar por el camino del bien, de la verdad, del amor, de la entrega de la vida.  Creen que la felicidad se encuentra en lo fácil, en la moda, en los antivalores, más que en los valores del Evangelio y el proyecto de vida que nos propone el Señor.

Todos los días somos presionados, sea por la opinión pública, o por la moda a vivir una vida fácil, alejados de Dios.  Por eso tenemos que estar vigilantes para no abandonar a Dios.  Sólo Dios es el que nos puede liberar, es el que se hace presente todos los días en nuestra vida indicándonos por dónde ir para encontrar la vida plena y la felicidad.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos ofrece testimonios de personas que vivieron profundamente la fe en Dios y la esperanza en sus promesas Y por ello alcanzaron la plenitud de su vida porque no quedaron defraudados.

Cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia.   Para ello se requiere una luz especial que llamamos fe.

La fe es la luz que alumbra nuestro caminar, ya que la fe “no es creer lo que no vemos, sino tener la certeza y seguridad de lo que esperamos”.

Cuando nuestra fe no es fuerte y nuestra confianza en Dios es débil, no podremos sentir la presencia de Dios en nuestras vidas.  Sin embargo,  cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia porque la fe es tener la seguridad de lo que esperamos y la certeza de que lo alcanzaremos.

El Evangelio de san Lucas nos invita a la vigilancia, a estar preparados.

Hemos llegado a una situación de miedo ante el futuro, a causa de la violencia y de la inseguridad y esto  hace que las personas se encierren en sí mismas.  Por eso el Señor nos dice hoy: “No temas, pequeño rebaño”

Cristo nos dice que no tengamos miedo, pero también advierte dónde puede crecer el mal y cuál es el más grave peligro. El corazón se enferma cuando no vive el amor.  El corazón pierde su sentido cuando se le pegan  las cosas y faltan los sentimientos.  La acumulación de bienes es con frecuencia un comportamiento casi instintivo que surge del miedo a la miseria y al futuro. Pero no es raro que se transforme en egoísmo, en lujo en  opulencia y en avaricia. A veces se quiere acallar la conciencia dando una limosna o donando lo que ya no sirve, pero el corazón se queda atrapado en los bienes materiales.

Los bienes no son nuestros, son de Dios y son para toda la humanidad. San Basilio decía: “El pan que guardas para ti, es del que tiene hambre; el manto que escondes en el ropero, es del desnudo; los zapatos que se quedan olvidados en un rincón, son del descalzo; el dinero que escondes, es del que tiene necesidad…”.

Los tres ejemplos que nos ofrece hoy Jesús nos cuestionan sobre la forma de vivir nuestra vida, de utilizar los bienes y de esperar la venida del Señor.  Uno de los riesgos de nuestra vida es vivir una vida superficial, mecánica y rutinaria.  Con el pasar de los años terminamos viviendo una vida sin sentido y empobreciéndonos espiritualmente.  Estar vigilantes es despertar cada día con ganas de vivir más y mejor y encontrar felicidad sirviendo a nuestros hermanos. Tiempo de vigilancia y de espera significa tiempo de gozo, tiempo de trabajo, tiempo de construcción, responsabilidad, fidelidad y tiempo de amar.

Necesitamos darnos cuenta de cuáles son los ladrones que están robando nuestra paz, por dónde están entrando o si nosotros mismos los hemos invitado a casa. Es triste que, disfrazados de bienestar y comodidad, muchas veces metemos enemigos que nos roban la paz y la armonía del hogar.

Necesitamos estar alertas, pero también necesitamos hacer un examen muy minucioso del corazón, si no está lleno de egoísmo; si no se han obstruido sus arterias por tanta grasa de los bienes materiales; si no se ha endurecido por la envidia, el rencor o la venganza. Hay que mirar los enemigos de fuera que pueden destruirnos, pero hay que estar muy atentos a los enemigos de dentro que pueden contaminar el corazón.  Ante todos estos peligros, escuchemos con mucha atención la invitación de Jesús  a estar alertas, pero con la seguridad y la esperanza que nos dan sus palabras: “No temas, pequeño rebaño”.

lunes, 28 de julio de 2025

 


Las lecturas de hoy nos recuerdan lo corta que es la vida del ser humano sobre la tierra. Nuestra vida, por muy larga que sea, pasa pronto y durante los años que dura hay muchas fatigas y mucho dolor.

La 1ª lectura del libro Eclesiastés, nos decía que todo es “vana ilusión”.  ¿Para qué tanto esfuerzo y tanto agotamiento? ¿Para qué luchar tanto si todo lo dejaremos aquí?, ¿para qué tanto esfuerzo y agobio si no somos felices ni nuestro corazón descansa tranquilo?

¡Hay personas que no tienen tiempo para disfrutar de la vida! Y la gran ironía de la vida es que su trabajo no les reporta ningún provecho, otros lo disfrutan.

Es muy triste que haya hombres que trabajen para que otros lo disfruten. Esta es una actitud muy frecuente en nuestras vidas y así solemos decir: “todos mis esfuerzos son para dejarles un porvenir a mis hijos” o decimos: “sólo me importa el futuro de los míos”.  El libro del Eclesiastés nos advierte y nos dice que todos esos esfuerzos son vana ilusión porque en muchas ocasiones los hijos malgastan las herencias y los nietos terminan siendo pobres.  Este es el peligro de subordinar todo al trabajo y a las ganancias.

Frente a la “vaciedad” de las cosas si ponemos en ellas nuestro corazón, está la presencia de Dios que llena el “vacío” que no pueden llenar los bienes de la tierra.

Por ello San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Colosenses nos aconsejaba buscar los bienes del cielo donde está Cristo esperándonos para premiarnos si nuestra vida ha sido buena. 

No nos apeguemos demasiado a las cosas terrenas porque cuando llegue nuestra hora, cuando el Señor decida llamarnos, lo dejaremos todo aquí. Hemos de luchar por aquellos bienes que no se terminan con la muerte; por los bienes que sí podemos “llevar con nosotros”.

En el Evangelio de San Lucas, Jesús aprovecha la ocasión para enseñar a sus discípulos sobre la actitud cristiana que tenemos que tener ante la vida y en concreto ante los bienes materiales.

El Señor nos previene contra ese modo de pensar, tan extendido entre los humanos, de que cuanto más acumulemos, más segura y feliz será nuestra vida.  Por ello Jesús nos decía: “Evitad toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

La codicia, el afán de acumular, el convertir los bienes materiales en el fin primordial de nuestro interés, de nuestra vida, ese es el error contra el que nos advierte el Señor. Un seguidor de Jesús no puede orientar su vida con esos criterios de ambición egoísta. Sobre todo cuando vemos que el acumular no garantiza la felicidad, ni mucho menos la vida. Más aún, cuando comprobamos el desastre de un mundo injusto e insolidario que estamos construyendo con dicha actitud.

La vida es mucho más que una acumulación de dinero, propiedades, conocimientos y placeres. La búsqueda incesante de seguridades sólo lleva a vivir en un estado de agitación y de angustia existencial. El esfuerzo que es necesario realizar para alcanzar lo que la sociedad nos propone como ideales de vida, generalmente no es proporcional a las satisfacciones. La dinámica de vivir tras las riquezas, el poder y el prestigio termina por convertir la existencia de los seres humanos en una interminable preocupación que nunca se resuelve.

“Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.  Estas palabras con que termina el evangelio, resumen perfectamente el mensaje de hoy. No se trata de acumular bienes; se trata de acumular bondad, que es la riqueza ante Dios. Llenando nuestra vida de bondad, de buenas obras, podremos repartir a manos llenas ayuda, comprensión, convivencia, perdón, fraternidad, reconciliación. 

Si hacemos esto, haremos cosecha de la mayor riqueza de Dios, su vida de amor. Y entonces sí que disfrutaremos de la vida en los mil detalles que nos proporciona cada día, porque sembraremos en ellos amor, y el amor siempre florece en dicha y gozo.  

Disfrutemos de este tiempo especial que nos concede la vida, que nos regala Dios. “No vivimos para trabajar, trabajamos para vivir”.  Hay que buscar los medios económicos necesarios para una vida humana digna, pero digna para toda la humanidad y como cristiano es un deber hacer el bien. Y comprobaremos la felicidad que se siente al vivir así.

lunes, 23 de junio de 2025

 

SAN PEDRO Y SAN PABLO (CICLO C)


Iglesia perseguida de los primeros tiempos. Apóstoles que reciben la Gloria del Martirio por anunciar el Evangelio. Gobernantes injustos y recelosos que creen que encerrando a los Discípulos van a detener el avance de la Palabra. Imagino a San Pedro en esa oscura prisión, en permanente actitud de oración, con mil preocupaciones por los hermanos que están fuera. Herodes dobla la guardia, multiplica rejas y cadenas pero ¿qué es eso para Dios? Una tras otra van cayendo las trabas y el Apóstol recupera su libertad para continuar con la labor que le encomendó el Maestro. No hay prisiones para la Fe.

Hoy día podemos caer en muchas cárceles: los placeres mundanos, el dinero, la avaricia, el egoísmo, la pereza… Ataduras que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen (o lo intentan hacer) dar la espalda a Dios y al prójimo. Podemos tener la sensación de que esas ataduras son inquebrantables y dejarnos llevar por el desaliento. Pero Dios siempre está ahí, dispuesto a liberarnos como hizo con San Pedro. Debemos tener actitud orante, disposición de ánimo, y veremos como el Señor obra en nosotros. Tenemos que romper las cadenas que nos atan, abrir las puertas que nos encierran y dejar que el ángel de Dios nos lleve de la mano para continuar con la labor de dar a conocer la alegría de la Palabra.

He mantenido la Fe

San Pablo sabe que su final está cerca y se sincera con Timoteo. Puede sorprendernos su entereza de ánimo, aun sabiendo que le espera el martirio. Pero él nos da la clave: «He mantenido la Fe». A eso atribuye sus éxitos a la hora de anunciar la Palabra, incluso entre los gentiles. Siempre confió en el Señor, desde su conversión puso su vida en sus manos, y ahora nos explica como ese ha sido el secreto de su misión. Y se siente alegre, confiado ante su final porque sabe que está cumpliendo con la voluntad de Dios. Lo importante no es el cómo y el cuándo, lo verdaderamente importante es que… «me salvará y me llevará al Reino del Cielo» Por eso no vemos en él desesperanza, ni tan siquiera temor, sabe que alcanzará la corona dolorosa del martirio pero ni la rechaza ni la teme porque en ella se encuentra Dios.

Todos tenemos miedos, temores, cobardías pero si de verdad nuestra Fe fuera fuerte y sincera nuestra actitud ante la vida sería alegre, positiva y eso ayudaría a los demás. Debemos ser conscientes de que es nuestro deber, como seguidores de Cristo, iluminar a los demás, ser «la sal de la tierra» como lo es San Pablo en esta hermosa carta. «No tengáis miedo» nos gritó el Santo papa Juan Pablo II, y no debemos tenerlo porque Dios está en medio de nosotros.

Iglesia naciente, Iglesia en camino

Emocionante pasaje el que nos presenta San Mateo: nada más y nada menos que el nacimiento de la Iglesia, la institución de San Pedro como primer Papa. Cristo solo con los Doce, en la intimidad que da la amistad y la convivencia, con sencillez: «Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Un pobre pescador, un hombre humilde pero con determinación. Os aseguro que me emociono cada vez que lo leo e intento imaginar la escena ¿Qué pasaría por la cabeza de San Pedro en esos momentos? Tendría dudas, preguntas, miedos… Pero no replica, cree en Jesús ciegamente y hace un instante acaba de decirle «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» sin duda inspirado por el Espíritu Santo tal y como el mismo Cristo le dice. Es consciente de que la carga que acaba de recibir no es ligera pero está dispuesto. Y Jesús también nos dice que el poder del infierno no podrá con su Iglesia. Muchas veces creemos que el mal puede llegar a vencernos, pensemos en estas palabras, confiemos en Cristo y, como San Pedro, aceptemos aquello que Dios nos depare sin miedo, con alegría y responsabilidad.

Hoy celebramos la memoria de estos dos grandes Apóstoles, San Pedro y San Pablo son ejemplos que deben fortalecernos. Cada uno cumplió su misión y juntos ayudaron a levantar los pilares de la Iglesia. Ambos tienen en común el amor, la Fe ciega en Cristo, la entrega total a la Palabra. Pidámosles hoy que infundan en nosotros el valor apostólico para continuar la labor que ellos comenzaron.

lunes, 16 de junio de 2025

 

CORPUS CHRISTI (CICLO C


El domingo siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, la fiesta del Corpus Christi.

Cristo Jesús, antes de morir, quiso dejarnos como testamento la Eucaristía, el sacramento en el que nos da su Cuerpo y su Sangre, o sea, su misma Persona, como alimento para el camino.

Cristo está presente, como Señor Resucitado, invisiblemente, en todo momento. Cuando el día de la Ascensión iba a desaparecer de nuestra visión humana, se despidió diciendo: “Yo estoy con vosotros todos los días”. Pero además quiso estar sacramentalmente presente, como Pan y Vino. Porque sabía que nuestro camino iba a ser difícil y necesitaríamos su fuerza.

Esto es lo que celebramos hoy, en la fiesta del Corpus Christi.  Cada domingo —algunos, cada día— celebramos la Eucaristía y recibimos a Cristo como Palabra y como comunión eucarística. Pero hoy, además, le dedicamos una fiesta, o sea, lo alabamos y agradecemos especialmente que haya pensado en este entrañable modo de apoyarnos en nuestra vida, siendo nuestro alimento.

Además, hoy vamos a salir en procesión por las calles para mostrar esta fe y esta gratitud.

Las lecturas de hoy nos ayudan a entender qué es la Eucaristía.  Nos han presentado, ante todo, a Melquisedec, un misterioso sacerdote de Salem (Jerusalén), que ofreció pan y vino a Abrahán, que volvía de una batalla contra los enemigos.

Este personaje, Melquisedec, se ha considerado siempre como figura profética de Cristo Jesús, del que en el evangelio hemos leído que a la multitud, cansada y hambrienta, le ofreció alimento, multiplicando los panes y los peces. Con esa multiplicación de panes, aunque todavía no se trataba de la Eucaristía, ya nos anunciaba qué iba a dejarnos en este sacramento después de su Pascua.

San Pablo en la segunda lectura, no decía cómo Jesús, en la cena de despedida, tomó el pan y el vino, y pronunció sobre ellos unas palabras que conocemos muy bien. Para sus seguidores, ese pan y ese vino iban a ser nada menos que el Cuerpo entregado de Cristo y su Sangre derramada por nuestra salvación.

Cristo, es nuestro Alimento. Como Abraham vendría cansado de su expedición. Como la multitud, al caer de la tarde, estaría cansada y hambrienta.  Así nosotros, en nuestra vida cristiana, nada fácil en este mundo, necesitamos descanso y alimento. Cristo mismo ha querido ser nuestro “viático”, que significa “pan para el camino”.

Así podemos intuir toda la sencillez y profundidad de este gesto sacramental. Cristo ha querido ser, desde hace más de dos mil años, y hasta el fin de los tiempos, no sólo nuestro Maestro, o la Palabra viviente de Dios, sino también el Alimento que nos sostiene y da vida a sus seguidores.

Siempre que celebramos la Eucaristía, hacemos el memorial de la muerte salvadora de Jesús y de su resurrección, y así participamos de su vida y de su fuerza. Él mismo nos dijo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él… vivirá de mí como yo vivo del Padre”.  La Eucaristía es un admirable sacramento de comunión con Cristo Jesús.

Pero además, ya que en el sagrario ha quedado también, sobre todo como Pan eucarístico disponible para los enfermos y moribundos, eso nos invita a que hoy, o durante cualquier día de la semana, sepamos encontrar unos momentos para escapar de las prisas de la vida y entrar en la iglesia para orar ante el Señor, presente en el sagrario, y agradecerle su don. Así podemos tener un tiempo de reposo meditativo, que nos ayuda a profundizar en nuestra fe y a tomar fuerzas para que nuestra vida cristiana vaya siendo en verdad una vida según el estilo de ese Cristo Jesús, que ha querido ser “pan partido” y “cuerpo entregado” por todos.

Sin la Eucaristía persiste el frío de la vida espiritual y la debilidad de la vida moral. “Por eso hay muchos enfermos y débiles, y son bastantes los que mueren por esta razón”: creen en la Eucaristía, pero no la apetecen ni la buscan con apasionamiento. No sienten necesidad de ella. Y viven en su seguridad, expuestos a todas las enfermedades del alma. Estos son los cristianos tibios que, ojalá, no reciban el rechazo de Dios.

La Eucaristía, celebrada en la misa y prolongada en estos momentos, personales o comunitarios, de adoración ante el sagrario, será así el motor de nuestra actividad cristiana en el mundo de hoy.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas. Es dar gracias a Dios por el don de su Palabra y de su Cuerpo, entregado por nosotros, y su Sangre, derramada por nosotros.