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lunes, 22 de febrero de 2021

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Las Lecturas de este Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma nos hablan de cómo debe ser nuestra respuesta al llamado que Dios hace a cada uno de nosotros y cuál será nuestra meta, si respondemos al llamado del Señor. 

La 1ª lectura del libro del Génesis, nos presenta a Abraham siendo probado en su fe y en su confianza en Dios. 

Abraham es nuestro padre en la fe.  Él tuvo una fe inconmovible, una fe a prueba de todo, y esa fe lo llevaba a tener una confianza absoluta en los planes de Dios y una obediencia ciega en la voluntad de Dios.

A Abraham Dios comenzó pidiéndole que dejara todo: “Deja tu país, deja tus parientes y deja la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré”.  Y Abraham sale sin saber a dónde va. Deja todo, renuncia a todo: patria, casa, familia, estabilidad, etc. Confía absolutamente en Dios y se deja guiar paso a paso por Dios.  Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo.  Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo único, con tal de obedecer a Dios.  Dios exige y exige el máximo de nosotros.  Puede exigirnos porque Él siempre nos da el máximo.

A nosotros también, esta cuaresma se nos llama a fortalecer nuestra fe en Dios. Se nos pide una fe adulta, firme, serena. Una fe que aprenda a centrarse en lo fundamental, que no abandone a las primeras de cambio. Una fe valiente para afrontar, desde la confianza en Dios, todas las etapas de la vida.  Abraham es un buen ejemplo para nosotros que tenemos, a veces, una fe débil y poca confianza en Dios.   

Por eso, en esta cuaresma veamos qué personas y qué cosas nos hacen apartarnos de Dios y alejémonos de ellas, aunque nos cueste, pero es preciso que nos esforcemos esta cuaresma en que Dios ocupe el lugar más importante de nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos recuerda cómo Dios nos ama con un amor inmenso y eterno.

Nos decía hoy san Pablo: “El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”.  Dios nos amó hasta el extremo del amor. Lo dijo Jesús: “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado”.  

Ante tanto amor, ¿cómo podemos permanecer insensibles?, ¿cómo podemos caminar de espaldas a Dios?, ¿cómo podemos vivir una vida tan mediocre y tranquila?, ¿cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama? No hay respuesta adecuada. Sólo cabría decir que somos unos pobres egoístas, indignos de tanto amor. Y si al menos dijéramos eso, si al menos sintiéramos un poco de dolor de amor herido, si al menos derramáramos alguna lágrima de arrepentimiento.  Dios nos ama y cuando seamos conscientes de este amor podremos enfrentar sin miedo cualquier adversidad que se nos presente en la vida.

El Evangelio de San Marcos, nos ha presentado el episodio de la Transfiguración de Jesús.  Superada la prueba del desierto, Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar y se escucha la voz de Dios que dice: “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.

Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

También a los cristianos se nos ha olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe. Si comenzamos a escuchar de verdad a Dios, podemos estar seguros que estamos en el camino correcto para alcanzar la salvación.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser sorprendente.  Su persona se nos escapa. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades y nos damos cuenta que Jesús quiere conducirnos hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Escuchar y encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con Él y desde Él cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Escuchar a Jesús es darnos cuenta que ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestros pecados.

¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.  Quizás tengamos que empezar por pedirle a Dios: “Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

Ojalá, pues, queridos hermanos, que siempre estemos dispuestos, como Abraham, como tantos otros, a escuchar a Cristo en esta cuaresma.

lunes, 15 de febrero de 2021

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Un año más, iniciamos este tiempo de gracia que es la Cuaresma.  La Cuaresma es la gran invitación que Dios nos hace a dejarnos amar por Él.  Por eso debemos aprovechar este tiempo especial para dar frutos de conversión.  Esta Cuaresma debe ser para nosotros un tiempo de cambio.  A veces nos cuesta creer en la posibilidad de cambiar.  Parece difícil poder cambiar.  A veces nos parece imposible.  Quizás alguna vez lo hemos intentado.  Pero lo más importante para cambiar es fiarse de Dios.  Para Dios nada hay imposible.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos ha hablado del diluvio universal.  Sólo Noé y su familia se salvaron de este diluvio por su fidelidad a Dios.

Dios tiene que intervenir en el mundo porque la humanidad se había alejado de Dios y vivía en pecado.  Dios tiene que intervenir para corregir a la humanidad, porque el pecado es incompatible con Dios.  El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

Después del diluvio comienza una nueva etapa para la humanidad, una etapa en la que se hace presente la bendición de Dios y el compromiso de fidelidad manifestado por Noé.

La Cuaresma es tiempo propicio que debemos aprovechar para: el reconocimiento de nuestros pecados y el ruego de perdón a Dios mediante el Sacramento de la confesión, la acogida de la Palabra de Dios, del Evangelio de Jesús, como Buena Noticia, frente a las desconsoladoras noticias de cada día, intensificar la oración y la recepción de los Sacramentos que, en estos días, serán como el “Arca de Noé” que nos llevará a vivir una vida nueva más cerca de Dios nuestro Padre.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro nos recuerda que con la muerte y la resurrección de Jesús, Dios hace un nuevo y definitivo pacto con los hombres, pacto que queda sellado con el sacramento del Bautismo. 

El agua del diluvio fue el elemento purificador del mundo, y el arca fue el instrumento por medio del cual Noé y su familia salvaron la vida.  Nosotros, por el agua del bautismo somos purificado del pecado y formamos parte de la vida de Dios; una vida nueva que podemos disfrutar gracias a la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Si el arca de Noé tuvo que realizar una travesía por medio de las aguas del diluvio, nosotros hemos hecho también una travesía desde la orilla del pecado hasta la cercanía con Dios, por medio de Jesús.  Este camino no es fácil, por eso san Pedro nos invita a mirar el ejemplo de Jesús que sufrió siendo inocente para salvar a los culpables.

Ahora, en esta Cuaresma, se nos ofrece la posibilidad de caminar durante 40 días hasta la alegría de la Pascua, símbolo de nuestra llegada a puerto. Y será travesía de tranquilidad si la realizamos de la mano del Señor por medio de la oración, los Sacramentos, y el compromiso cristiano de fidelidad a Dios.

El Evangelio de san Marcos nos ha narrado las tentaciones de Jesús en el desierto y la llamada a la conversión.

El hombre moderno ha ido perdiendo el “sentido de Dios” pero esta pérdida de fe religiosa no le ha hecho ser más humano. Para el hombre no tendrá sentido el Evangelio como Buena Noticia, mientras no llegue a aceptar la invitación de Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio”.  La Cuaresma nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos y, al reconocernos pecadores, a dar un salto hacia adelante para alcanzar el perdón de Dios por medio de una sincera conversión.

¿Y cómo podemos arrepentirnos, sino escuchamos a Dios?  ¿Y cómo podemos escuchar, si no hacemos silencio en nuestro corazón? Es necesario hacer callar muchas voces y mucho ruido cotidiano, para oír mejor la llamada de Jesús, a cambiar, a renovarnos, a revisar la gracia de nuestro bautismo, a morir al pecado y resucitar a Cristo.

Tengamos confianza en Dios.  Arrepintámonos de todo nuestro mal, de todo lo que impide que seamos auténticos hijos de Dios.  Y si hacemos esto, Cristo vencerá el mal que hay en nosotros y nos ayudará a que nos convirtamos. En esta Cuaresma debemos ver todo lo que hay de desorden en nuestras vidas y ordenar nuestras vidas según los criterios del Evangelio.

Mirando a nuestro alrededor vemos que los hombres están insatisfechos, pero no se sienten pecadores. Por eso la Cuaresma y la invitación al arrepentimiento y conversión resultan incomprensibles e inaceptables para muchos.

No ha de ser así entre nosotros. Para disfrutar la alegría del perdón y el gozo de nuestra liberación, tenemos que reconocer nuestra condición de pecadores. Daremos un paso adelante en el camino de la conversión si hacemos de la Cuaresma un verdadero camino en el que facilitemos un mayor encuentro con Dios por la oración, los Sacramentos y la vida austera.

La Cuaresma es para preguntarnos ¿quiero hacer caso a Cristo?  ¿Quiero escuchar su predicación, acoger su reino y creer de verdad? 

Dejemos que hoy Cristo nos hable.  No nos hagamos los sordos.  Ojalá que hoy lo escuchemos y le hagamos caso.

lunes, 8 de febrero de 2021

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos presenta a un Dios lleno de amor, bondad y ternura, que nos invita a nos excluir a nadie, a no marginar a nadie por ningún motivo, sino que nos aceptemos todos ya que todos formamos parte de la comunidad cristiana.

La 1ª lectura del libro del Levítico nos describe el proceso por el que un “leproso” era declarado impuro y separado de la comunidad de Israel.  El leproso era un marginado, un excluido de la sociedad, para todos los efectos, era una persona muerta en vida.

Cuando una persona tenía lepra, se pensaba que era porque él o sus padres eran pecadores y por lo tanto la lepra se veía como un castigo de Dios.  Hoy también nos encontramos con personas que ante una enfermedad, o una desgracia piensan que es un castigo de Dios y llegan a decir: “¿Qué habré hecho yo para merecer esto, Señor?”

Ni la enfermedad, ni las desgracias son queridas por Dios, son consecuencia del mal uso de nuestra libertad y de las limitaciones humanas.  Pero Dios no castiga a nadie con la enfermedad o la desgracia.  Por ello, no marginemos a nadie porque sufre alguna enfermedad o desgracia.  Como cristianos estamos llamados a acercarnos a todos y tender la mano a los que más nos necesitan y hacer como Jesús, acercarnos, con amor, a los enfermos y marginados y ofrecerles nuestra ayuda.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos decía: “hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios” Si este principio cristiano, lo llevásemos todos a la práctica, evitaríamos muchísimos problemas en nuestra convivencia familiar, laboral y social.

Si todo lo que hacemos, si nuestro estilo de vida, si nuestra manera de relacionarnos con los demás y con las cosas, si todos nuestros pensamientos fueran para mayor gloria de Dios, ¡que diferente sería este mundo! ¡Qué diferente serían nuestras relaciones con los demás!

Hacer todo para darle gloria a Dios, no es una tarea fácil, porque para ello tendríamos que ser capaces de prescindir de nuestros intereses egoístas y personales para dar prioridad a los planes y proyectos de Dios. 

Hay personas que creen que en la Iglesia hay que ser muy buenos pero en la calle hay que hacer lo que hace la mayoría o lo que está de moda.  Nos damos la paz en la Iglesia pero al salir a la calle somos capaces de explotar o humillar a nuestros hermanos y si no lo hacemos directamente, colaboramos con empresas o situaciones que sí lo hacen.

Como cristianos tenemos que renunciar a nuestros intereses personales o incluso a nuestros derechos, si estos van contra cualquier ser humano y hacer todo para gloria de Dios, es decir actuar siempre con amor y caridad hacia el prójimo.

El Evangelio de San Marcos nos presenta la actitud de Jesús con un leproso. Jesús “Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero: queda limpio»”. 
Jesús se acerca a todos y deja que todos se acerquen a Él.

Cristo no admite divisiones, ni exclusiones. Algunas personas se apartan de los marginados; les incomoda la presencia del enfermo, del pobre, del marginado. Preferimos que estén lejos, no queremos cerca el contacto directo con el dolor y la miseria, evitamos la relación y contacto con los que sufren. Existen entre nosotros muchas “lepras” que hacen infelices a los hombres y mujeres y los sitúan en el grupo de los marginados. Hay quienes nos incomodan, molestan, y preferimos no verlos y su única desgracia es sufrir injusticias y tragedias sociales.

Pero hay también otros, que nos incomodan y molestan, y preferimos no verlos. Son los que no piensan como nosotros, los que tienen otra visión de la vida cultural, social, económica o política.

Nos separamos, nos protegemos detrás de nuestra vida, de nuestras ideas, de nuestros intereses, de nuestras ideologías, y nos defendemos de sus ideas, de sus intereses, de sus ideologías. Así nuestra sociedad aparece dividida, separada en grupos cerrados, no se tiende la mano, los grupos tratan de ignorarse. Nos hemos acostumbrado a aceptar solo a los “nuestros”, a los demás los toleramos, o los miramos con indiferencia.  Hay personas con las que no nos gustan que nos vean, con las que no hablamos y si hablamos… a veces sería mejor que guardáramos silencio.  Hay grupos sociales, políticos e incluso religiosos que se ignoran. 

Claro que no todos tenemos que pensar igual, ni tenemos que formar parte de los mismos grupos sociales, políticos, religiosos, por supuesto que no, pero, al menos, hemos de mantener el respeto a las opiniones y actitudes de los demás.

Dios nos ha dado libertad para pensar, para ser diferentes. No ha querido clonarnos, nos ha hecho así, limitados pero libres y con nuestra libertad hemos de empeñarnos por trabajar todos juntos por el desarrollo y el progreso de nuestro mundo, buscando lo que nos une y no lo que nos separa. Dispuestos a ayudar sobre todo a los castigados por la vida

Jesús, curando al leproso nos enseña que el amor no margina a nadie.  No marginemos nosotros a nadie por su ideología, o su manera de pensar.

lunes, 1 de febrero de 2021

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

El Señor nos ha hecho para ser felices, pero vemos que en nuestra vida hay cruces y hay dolor.  Las lecturas de este domingo son una respuesta para luchar contra el mal y cómo sobrellevar el dolor.

La 1ª lectura del libro de Job nos habla del sufrimiento y de sus consecuencias en nuestra vida.

Hay tanta gente que sufre hoy en nuestro mundo: pobres que no tienen lo suficiente para vivir; drogadictos que han perdido su ilusión por superarse y vivir con dignidad; inmigrantes que vuelven de nuevo a sus casas porque no encuentran trabajo para sustentar a sus familias; ancianos que viven con una pensión tan insuficiente que no tienen para poder vivir; jóvenes que no encuentran sentido ni futuro para vivir; trabajadores que viven estresados porque tienen que trabajar doce o más horas diarias para enriquecer más a sus patronos; hombres o mujeres que viven el engaño y la infidelidad de su cónyuge. Hay tanta gente que ha perdido la esperanza y el rumbo de su vida y no saben para qué vivir así.

Hoy, como nunca, tenemos tantas medicinas y remedios para las enfermedades, y sin embargo el hombre sigue sufriendo y sigue enfermo.  La peor enfermedad que vive el hombre de hoy es la desesperanza, el desgarro del corazón.

Ante tanto dolor y sufrimiento, ante tanta desgracia, quizás nos preguntemos: “¿Por qué no hace algo Dios para solucionar todo esto?”  Jesús ha venido a sanarnos, a curarnos, pero ha venido a decirnos que nosotros como cristianos no podemos ser indiferentes ante el sufrimiento humano, que nosotros si vivimos como auténticos cristianos podemos solucionar el problema del mal y del dolor del ser humano. Aprendamos a confiar en Dios y poner nuestro granito de arena en buscar soluciones ante tanto mal como existe hoy en nuestro mundo, no seamos indiferentes, no esperemos que sean otros los que solucionen estos problemas.  De nosotros depende erradicar el mal de nuestro mundo con la ayuda de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos recuerda la obligación que todo bautizado, tiene de evangelizar.

Evangelizar no es un capricho, o un sin tengo tiempo, evangelizar es un deber que todos tenemos de proclamar la Palabra de Dios. 

Hay que evangelizar no sólo para liberar al hombre del pecado y se acerque a Dios, sino que hay que evangelizar también para acabar con los males que existen en nuestra sociedad.  Muchos de los males y de los antivalores que se viven hoy en día es porque los cristianos, por miedo o por vergüenza no evangelizamos, no damos testimonio de nuestra fe.  Muchos creen que con rezar y decir “soy bueno, no le hago mal a nadie” ya es suficiente. 

Evangelizar es liberar al hombre del pecado, pero es también liberar a nuestro mundo del mal y de sus consecuencias con nuestro testimonio y con nuestro estilo de vida cristiana.  Recuerden lo que hoy nos decía san Pablo: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”

El Evangelio de san Marcos nos decía que “Jesús curó a muchos enfermos de diverso males”.

Jesús siempre estuvo cercano a los enfermos, al dolor humano, sea por enfermedad, desgracia o por el mal que causamos a otros seres humanos por culpa de nuestro egoísmo y de nuestras injusticias.

La enfermedad y el dolor no es algo que Dios quiere para nosotros.  La enfermedad y el dolor son parte de los límites que tenemos los seres humanos.  Somos seres limitados, sólo Dios es el ser perfecto.  Por eso, aunque Jesús curó a muchos enfermos, a nosotros nos toca hoy seguir luchando contra el mal, contra la enfermedad.

Dios, no desea ni quiere la enfermedad ni el dolor porque Dios es amigo de la vida, y ama apasionadamente la felicidad, la salud, el gozo y la plenitud de los hombres.

Por eso, es preocupante ver, hoy, con qué facilidad nos hemos acostumbrado a la muerte: la muerte de la naturaleza destruida por la contaminación industrial, la muerte en las carreteras, la muerte por la violencia, la muerte de los que no llegan a nacer, la muerte de las almas.

Es desalentador observar con qué indiferencia escuchamos cifras aterradoras que nos hablan de la miseria de algunos países del mundo, y con qué pasividad contemplamos la violencia callada, pero eficaz y constante, de estructuras injustas que hunden a los débiles en la marginación.

Por todas partes se gritan reivindicaciones insolidarias. Cada uno reivindica para sí. Los dolores y sufrimientos ajenos nos preocupan poco. Cada uno parece interesarse sólo por su problema, su convenio colectivo, su bienestar y seguridad personal.

La apatía se va apoderando de muchos. Corremos el riesgo de hacernos cada vez más incapaces de amar la vida y conmovernos con el que no puede vivir feliz.

Como cristianos tenemos que trabajar siempre por la vida, por buscar la felicidad para todos los seres humanos, para que el amor sea la norma de nuestra vida.

lunes, 25 de enero de 2021

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son una invitación a escuchar la Palabra de Dios y a evangelizar nuestro mundo. 

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos habla de la institución de los profetas por parte de Dios.

Hay muchas personas que recurren a la brujería, a los adivinos y a la magia para conocer su futuro o lo que Dios desea de uno.  Cuánta gente que se dicen adivinos se aprovecha de la ignorancia de la gente y se enriquecen a costa de ellos.  Por eso Dios no acepta y prohíbe la práctica de toda brujería, adivinación o hechicería.  Si queremos conocer los designios y deseos de Dios, Dios mismo ha instituido a los profetas.

El profeta no es un adivino, sino alguien que habla en nombre de Dios.  Ser profeta no es una vocación que uno elige, sino que se es profeta porque Dios lo llama a uno a ser profeta.  Es Dios el que lo elije, es Dios el que lo envía.  El profeta es un instrumento a través del cual Dios actúa en el mundo.

Ser profeta no es un pasatiempo ni un compromiso para los ratos libres; no es cruzarse de brazos y dejar que todo siga igual.  No se es profeta para beneficio propio, ni para venderse a los poderes del mundo, ni para sacar beneficio, ni para ser admirado, ni para conseguir fama, ni para obtener aplausos.

El profeta tiene que estar siempre al servicio de Dios, de los planes de Dios, de la verdad de Dios, y no al servicio de planes personales, interesados y egoístas de nadie. Por eso el verdadero profeta resulta incómodo muchas veces, porque señala todo aquello que está mal, porque critica la injusticia, la desigualdad, los atropellos a la dignidad humana, la opresión y el abuso de los fuertes sobre los débiles; porque denuncia el conformismo y la apatía.

Los que escuchan el mensaje de un profeta, los que escuchan su palabra tienen que acogerla como palabra del mismo Dios; por su parte el profeta debe ser fiel a lo que Dios le dice; jamás hablar en nombre propio ni de otros intereses.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios desarrolla una catequesis sobre los diferentes estados de vida en los que el cristiano puede vivir plenamente su fe en el Señor.

La comunidad de Corinto, preocupada por opiniones adversas al matrimonio, le pregunta al apóstol Pablo: ¿Sería preferible no casarse? Para Pablo lo importante es que cada persona de la comunidad cristiana se sienta a gusto y motivada para servir.  Los hombres y las mujeres tienen pleno derecho de elegir libremente entre ambos estados de vida: matrimonio o celibato.  Ambos son, igualmente, dones de Dios.

El Evangelio de san Marcos afirma por dos veces que Jesús enseña con autoridad.

Jesús convence porque habla, no de memoria, sino de corazón, con sinceridad, sintiendo lo que dice, siendo fiel a Dios que los inspira.  Jesús enseña con autoridad porque nos dice las verdades, por dolorosas que éstas sean y porque nos revela la verdad de Dios Padre.  Solo se puede hablar con autoridad si somos fieles a la verdad que Dios quiere que proclamemos.

No podremos convencer a nadie si sólo decimos palabras pasajeras.  Como Jesús tenemos que proclamar la verdad revelada por Dios aunque esa verdad vaya contra corriente en un mundo que no quiere oír la Palabra de Dios.  Como Jesús, debemos acompañar las palabras con obras concretas que muestren el amor de Dios.  Sólo así podremos hablar con autoridad.

A todos, de alguna manera nos toca ser educadores, sea en la familia, en la escuela, en la Iglesia, etc., pero la pregunta es: ¿Cómo enseñamos?

Los jóvenes necesitan maestros que transmitan un mensaje válido, un mensaje que no sea sólo palabras sino que vaya acompañado con el testimonio de nuestra vida, sólo así podremos enseñarles con autoridad.

¿Puede tener autoridad quien se limita a repetir lo que ha leído o escuchado sin hacerlo suyo en su propia vida?  ¿Qué autoridad pueden tener muchos papás, maestros, religiosos o políticos si sus palabras no están acompañadas de un testimonio de honestidad y de responsabilidad personal? 

Qué triste es que los jóvenes no encuentren maestros con autoridad a quienes poder escuchar, de quienes poder aprender lecciones de vida.  Qué triste que la enseñanza sólo sea para transmitir datos, cifras, teorías, técnicas y que no ofrezcamos respuestas a las preguntas más inquietantes del ser humano.

Educar es ante todo tarea de los padres, sobre todo en una sociedad con unos medios de comunicación con un poder increíble de seducción, de manipulación. La familia es así la mejor escuela para el afianzamiento de la personalidad de los hijos, para “enseñar con autoridad”, autoridad no sinónimo de imposición, de violencia, sino de respeto, de verdadero aprecio.

Que lo que enseñemos nosotros sea también algo que brote de lo más sincero de nuestra persona. Así enseñaremos también con autoridad.

lunes, 18 de enero de 2021

 

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios ama a todos los seres humanos por igual.  Por eso Dios nos invita a la conversión, al arrepentimiento para poder vivir una vida en plenitud.

La 1ª lectura del profeta Jonás nos dice que Dios tiene misericordia de todos los pueblos de la tierra.  Dios es el Dios de todos los pueblos y por lo tanto Él puede pedirnos cuentas de todo lo que hacemos.

Hay pueblos, al igual que pasa con las personas, que están como marcados por el signo del mal. Los juzgamos como mal pueblo, gente poco tratable, de ellos se espera cualquier traición, cualquier cosa.   

Si vemos también nuestra sociedad, nuestro mundo actual, pareciera que no hay muchas esperanzas. Vivimos en un mundo donde cada día le damos menos importancia a los valores morales. Un mundo donde hay demasiado egoísmo, hipocresía, odio. Lo que el mundo ofrece hoy al cristiano no es agradable.

Nuestro mundo de hoy, cada vez se aparta más de Dios, no escucha a Dios, se deja dominar por el pecado.  A veces, hemos podido llegar a preguntarnos: “¿a dónde va nuestro mundo?” Algunos, incluso, desearían que Dios destruyese este mundo y comenzara otro nuevo.  Sin embargo, Dios no quiere la muerte de ninguno de sus hijos, Dios no quiere la destrucción de este mundo; lo que quiere es que nos convirtamos y recorramos, con Él, el camino que conduce a la vida, a la felicidad sin fin.

Necesitamos redimir, salvar a nuestro mundo aunque creamos que ésta es una misión imposible como lo creía Jonás con Nínive. Y esta es una labor de todos los que somos y nos llamamos cristianos: salvar a nuestro mundo.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos quiere hacer ver que la vida es corta, unos cuantos años, o días que pasan rápidamente. Los cristianos tenemos que vivir pensando que el tiempo es breve.  Debemos vivir como si Dios nos fuera a pedir cuentas de un momento a otro.

Los valores de este mundo, las cosas de este mundo, por muy importantes que sean, no deben ser lo prioritario de nuestra vida.  Esto no quiere decir que despreciemos las cosas buenas que el mundo pone a nuestra disposición, sino que se trata de no poner en las cosas de este mundo nuestras esperanzas, nuestras seguridades o el objetivo de nuestra vida.

Por eso debemos vivir de cara a esa vida que nunca termina, la única por la que vale la pena luchar, esa vida eterna para la que hemos sido creados.  Por eso es necesario darse prisa porque el tiempo que tenemos es muy poco, menos quizás de lo que nosotros nos imaginamos.

Los días de un cristiano han de estar, por tanto, llenos de buenas obras. Cada instante ha de ser una ocasión bien aprovechada de amar y de servir a Dios, y por Él, a todos los hombres.  No corramos el peligro de llegar al final con las manos vacías, avergonzados de presentarnos ante el tribunal divino con la triste historia de una vida muerta y sin sentido.

El Evangelio de san Marcos nos hace una doble llamada: a la conversión y a seguir a Jesús.

Todos los líderes presentan su mensaje social o político como un programa de felicidad humana.  Todos nos hablan de bienestar y progreso.  Todos prometen la felicidad sobre la tierra.  Pero todos los líderes evitan pronunciar en sus campañas palabras negativas que puedan desanimar a sus seguidores.  Por eso todos los proyectos humanos son imperfectos.  Hablan de derechos, pero no de deberes.  Jesús, sin embargo, comienza el anuncio del Reino, la predicación de su Evangelio, diciéndonos: “Convertíos”, cambiad el rumbo, arrepentíos.  Cambiad no el exterior de vuestras vidas, sino el corazón y la mente.

“Convertirse” significa “ponerse a pensar”, “revisar el enfoque de nuestra vida” Ver lo que tenemos que cambiar para que se cumpla en nosotros los sueños de Dios. Convertirse es “liberar la vida” eliminando miedos, egoísmos, tensiones y esclavitudes que nos impiden crecer de manera sana y armoniosa. 

Hay que convertirse, porque en el Reino de Dios no hay lugar para la ambición que genera guerras fratricidas. Hay que convertirse, porque en el Reino de Dios no hay lugar para la infidelidad conyugal, ni para los negocios sucios, ni para la intolerancia. Hay que convertirse, porque en el Reino de Dios todos somos hermanos, iguales en dignidad ante Dios. Hay que convertirse, para poder creer que es posible ser más feliz compartiendo que atesorando, creer que la fraternidad es posible si estamos dispuestos a ceder de lo nuestro en favor de los demás.

“Convertíos porque está cerca el Reino de Dios”, nos decía hoy Jesús.  Aprovechemos esta invitación del Señor para cambiar, ahora o nunca.

lunes, 11 de enero de 2021

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este segundo domingo del tiempo ordinario nos invita a reflexionar sobre la vocación, y no sólo sobre la vocación sacerdotal o religiosa, sino sobre la llamada que Dios hace a cada persona que viene a este mundo.  Dios cuenta con todos para llevar a cabo su obra de salvación en el mundo.  

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos ha presentado a Samuel siendo llamado por Dios.  Samuel responde con prontitud cada vez que es llamado y deja su cama y su comodidad.  “Aquí estoy”, esta es la respuesta de Samuel.  

Cada uno de nosotros debemos estar disponibles para escuchar al Señor, debemos estar disponibles para reconocer al Señor.  Son tantas nuestras ocupaciones y preocupaciones que se nos hace difícil disponer de tiempo y de silencio para escuchar a Dios y para hablar con Él.  Si queremos relacionarnos con Dios necesitamos escucharlo.  Quizá estamos muy acostumbrados a hablarle a Dios, pero hay que acostumbrarse a escucharlo como Samuel que le dijo “habla que tu siervo escucha”.  

Esta es la respuesta del hombre que quiere ser fiel a Dios, que quiere hacer la voluntad de Dios, es la respuesta del hombre que no antepone sus caprichos, ni sus gustos o deseos a la llamada de Dios.  

Para escuchar a Dios es necesario la oración y la lectura de la Palabra de Dios.  Si queremos escuchar qué es lo que Dios quiere decirnos, lo tenemos que hacer conociendo su Palabra y haciendo oración.  Y hemos de escuchar a Dios para hacer su voluntad.  Debemos estar atentos para escuchar su llamada, para percibir su invitación entre tanto ruido del mundo, y para ser generosos en la respuesta.

¿Estamos dispuestos a servir a Dios en lo que Él desee, abandonando nuestras comodidades? 

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que “somos templos del Espíritu Santo”. San Pablo nos ilumina sobre una correcta valoración de la sexualidad y sobre la bondad del cuerpo humano.

La sexualidad es “encuentro”, “relación” “intercambio”, “entrega” personal mutua y no un simple acto egoísta. La sexualidad forma parte de nuestro ser; si la entregamos al comercio y al egoísmo, pierde todo el valor positivo que Dios ha puesto en ella y la reducimos a la animalidad.

Nuestro cuerpo no es para la inmoralidad.  Sin embargo, hoy, hablar de la inmoralidad sexual, es algo muy común en nuestra sociedad. Y muchos, incluso católicos han llegado a ver el pecado de la inmoralidad sexual como algo normal.  Ya no lo consideran pecado.

Dios espera que nuestra sexualidad no sea egoísta, esclavizante sino que la vivamos en un ambiente de amor verdadero, de entrega mutua, de compromiso, de respeto por el otro y por su dignidad.

El Evangelio de san Juan nos ha hablado de la vocación de los primeros discípulos de Jesús.  

Jesús le pregunta a estos dos discípulos: “¿Qué buscáis?”  Si hoy el Señor nos dijera: “¿tú qué buscas?” ¿Qué le responderíamos? 

No es fácil responder inmediatamente a esa pregunta. Con seguridad que nos hemos preguntado más de una vez qué es lo que andamos buscando en nuestra vida, con nuestros esfuerzos, en nuestros trabajos. ¿Qué buscamos en nuestra vida? ¿Que buscamos cuando trabajamos, o votamos en las elecciones, o escogemos una carrera, o un empleo? ¿Qué buscamos cuando escogemos y cultivamos nuestras amistades?  

La inmensa mayoría de las personas no parece que buscan nada especial. Aceptan la vida tal como se les presenta. Muchos viven sin plantearse el sentido de su vida. 

La mayoría de las personas buscan sencillamente cubrir sus necesidades diarias e ir logrando sus pequeñas metas. Pero una vez logradas ¿quedamos profundamente satisfechos? ¿Hemos logrado apagar nuestra sed de felicidad, de plenitud? 

Nosotros, ¿qué responderíamos a Jesús si nos preguntara cara a cara, “tú qué buscas”?   Hemos de buscar a Cristo, buscar a Dios.  Buscar a Dios es ciertamente buscar ante todo realizar lo que Él espera de nosotros. La búsqueda de Cristo no es una huida de este mundo con sus problemas, alegrías y desgracias, sino una llamada para vivir plenamente aquí.  

Si buscamos a Dios, si buscamos a Cristo lo encontraremos, Dios no se esconde de quien lo busca honradamente. Hay dos tipos de personas que no se van a encontrar con Cristo: el que no busca y el que cree que ya lo encontró. 

No nos hagamos sordos a ninguna llamada que Dios nos haga, no dejemos nunca de buscar a Dios.