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lunes, 28 de junio de 2021

 

XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son una invitación a tener fe, de verdad, en Dios, a confiar en Él. La increencia, la falta de fe, no es un fenómeno de hoy, ya en tiempos de Jesús también se daba; pero hay que resaltar que la sociedad de hoy tiene una mayor abundancia de indiferencia religiosa.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos dice que el pueblo de Israel es caprichoso, obstinado y rebelde para con Dios y su mensaje; es decir, el pueblo de Israel no hacía caso de la voluntad de Dios, prefería seguir sus propios caminos.

Nosotros también somos muchas veces rebeldes para con Dios, somos rebeldes para obedecerlo y por ello nuestra sociedad cada vez más es también una sociedad rebelde contra la voluntad de Dios; una sociedad que cada vez se está alejando más de los mandamientos de Dios.

Pareciera que existe una lucha constante entre Dios y nosotros: le ofrecemos a Dios buenas palabras y Él obtiene malas obras; le hacemos a Dios buenos propósitos y demasiadas veces no los cumplimos.  Y Dios sigue esperándonos y enviándonos mensajes para que volvamos al buen camino.

¡Cuántas veces ofendemos la santidad de Dios por nuestros pecados y rebeldías!  Y sin embargo, el Señor sigue enviándonos profetas y dándonos mensajes para que no nos olvidemos que nos está esperando.

No seamos rebeldes a la voluntad y a los planes de Dios, no sustituyamos a Dios por ídolos que lo único que hacen es conducir nuestra vida hacia la perdición.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, hace alusión a una enfermedad, a una gran tentación que sufre san Pablo: “Para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne”

Hay muchas personas que presumen de que todo lo hacen bien.  Muchas veces tenemos la tentación de creernos mejores que los demás, de pensar que somos indispensables, e incluso hasta llegamos a pensar que el mundo iría muy mal si nosotros no existiéramos, es decir nos creemos los mejores e imprescindibles.  El que tiene esa imagen de sí mismo, el orgulloso, es incapaz de reconocer la fuerza de Dios.

Dios no utiliza métodos espectaculares para mostrarse e imponerse a los seres humanos, sino que casi siempre Dios utiliza la debilidad y la sencillez para darnos a conocer sus caminos.

Nosotros nos dejamos impresionar por los grandes espectáculos; nos dejamos impresionar más por la botella, por el envase que por el contenido y por eso muchas veces no captamos la presencia humilde, sencilla, débil de hacerse presente Dios en nuestra vida.

Necesitamos aprender a mirar al mundo, a los hombres y a las cosas con los ojos de Dios y a descubrir a ese Dios que, en la debilidad, en la sencillez, en la pobreza, en la fragilidad, viene a nuestro encuentro y nos indica los caminos de la vida. 

El evangelio de san Marcos nos muestra la actitud de sus paisanos de no reconocer a Jesús porque se muestra como un hombre sencillo y humilde. 

Sus paisanos despreciaron a Jesús, al hombre sencillo diciendo: ¿no es éste el carpintero, el hijo de María?  

Nosotros también decimos: “tanto tienes, tanto vales”.  Medimos el valor de las personas por el peso de su cartera, por los títulos académicos que pueda presumir, por el poder que tiene, por el número de trabajadores a los que puede mandar, por la familia de la que procede, y últimamente por las veces que sale en televisión.

A quien no tiene nada de eso no lo escuchamos.  No lo tomamos en cuenta, aunque sea una persona buena.  Jesús tuvo que soportar las consecuencias de esta manera de pensar.

Pero no puede ser así, no podemos mirar a nadie por encima del hombro, pues quizás al infravalorar a la persona descubramos después que hemos despreciado a Dios. Cada hombre es único e irrepetible, cada hombre es un misterio de profundidad inalcanzable. No nos dejemos llevar por nuestros prejuicios sobre las personas y aprovechemos lo bueno que todo ser humano tiene.

lunes, 21 de junio de 2021

 

XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son un canto a la vida y nos presentan a Dios apasionado por la vida y a Jesús como el Señor de la vida.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos explica el origen de la muerte.  Dios creó al hombre inmortal, la muerte es una consecuencia del pecado, y “de la envidia del diablo”, no de Dios.

Demasiadas veces oímos decir que hemos nacido para morir. Y no es verdad. Hemos nacido para vivir en plenitud. Dios ha hecho al hombre y la mujer para que vivan de verdad. Para que superen, incluso el mal trago de la muerte, como un episodio pasajero. 

Si vivimos con Dios y para Dios, la muerte física es sólo un paso más para la eternidad, para vivir para siempre en el infinito gozo y felicidad de la vida con Dios y en Dios.  Y esa felicidad será eterna: para siempre.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de solidaridad.

San Pablo organiza una colecta a favor de los cristianos de Jerusalén que se encontraban pasando escasez debido a las malas cosechas en el año anterior, “año sabático”, en que los judíos no sembraban, pues debían dejar descansar la tierra.

Los que tienen más medios económicos deben ayudar a los que menos tienen.  Y los que no tienen, algún día podrán ayudar a los que ahora si tienen.  Sin duda esto puede ser interpretado como aquel dicho popular: “hoy por ti, mañana por mí”.  Cuando compartimos con los que menos tienen, estamos enriqueciendo con gracias espirituales a los que sí tienen.  La solidaridad enriquece espiritualmente al que da, porque de esa manera “guarda un tesoro para el cielo”

Y para estimular a los Corintios y a nosotros a ser generosos, San Pablo nos recuerda cómo Cristo, “siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza”. 

El Evangelio de san Marcos nos presenta a Jesús curando a una niña y a una mujer.

En tiempo de Jesús, las mujeres eran uno de los grupos sociales más olvidados, más despreciados de la sociedad judía.  Jesús rompe con esos condicionamientos sociales y le devuelve la salud, la dignidad, el gozo de vivir a esta mujer y a esta niña.

Es cierto que en nuestra sociedad se va despertando una sensibilidad colectiva sobre el derecho de las mujeres a realizar su vida con plena dignidad, también somos más conscientes de las injusticias, la violencia, y las agresiones que la mujer padece. La violencia de género sigue siendo una de las vergüenzas de nuestra sociedad.

Somos aún poco conscientes del sufrimiento oculto y de la tragedia de tantas mujeres frustradas en su ser más íntimo. Mujeres perdidas, olvidadas en el anonimato de los hogares y de las labores caseras cuya dedicación y entrega apenas se valora.

A muchas mujeres se les paga un menor salario que a los hombres y padecen tantas injusticias que ni las leyes civiles contemplan esos atropellos contra la dignidad de la mujer.

No digamos la manipulación de la publicidad que utiliza a la mujer como mero objeto de placer y como un símbolo sexual y cómo fomentan los medios de comunicación este tipo de publicidad.

Cuantos países fundamentalistas someten a la mujer a duros maltratos con matrimonios forzados, y ropas que tapan por completo el rostro de la mujer.  Hay países donde a la mujer infiel se la lapida.

Aún hoy existen la explotación de la mujer mediante la prostitución y el turismo sexual.

En el mundo de hoy, las grandes conquistas que han conseguido las mujeres han sido porque ellas se han arriesgado, las han exigido, las han conquistado a veces con riesgos hasta de su vida, la historia lo atestigua. Es así nuestro mundo y es así el egoísmo de quienes se sienten protegidos por unas leyes que discriminan a la mujer.

Jesús alaba el coraje de esta mujer que se acerca a Él y pide su curación, y alaba a este padre preocupado por la salud de su hija.  Jesús alaba a toda persona que trabaje por la dignidad de todos los seres humanos, por la igualdad del hombre y de la mujer.

Nuestro deber es defender, ayudar a que todo ser humano tenga una vida digna.  Esto es lo que Jesús nos recuerda hoy con estas curaciones a estas dos mujeres.

lunes, 14 de junio de 2021

 

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de las diferentes “tempestades” por las que podemos pasar a lo largo de nuestra vida y cuál debe de ser nuestra actitud cristiana ante esas situaciones.

La 1ª lectura del libro de Job es la respuesta de Dios a los reclamos, lamentos y preguntas que Job le hacía, motivado por sus desgracias, sus sufrimientos y las pérdidas que había sufrido en su familia, su salud, sus bienes.  Dios da a entender a Job, y a todos nosotros, que no podemos luchar, discutir con Dios, ni reclamarle.

Muchas veces a lo largo de la historia los creyentes han tenido la impresión de que el mundo se le ha escapado de las manos a Dios y ha caído bajo el poder del mal. Job, en su discusión contra Dios, expresaba ya esa visión pesimista del mundo.

Dios le abre los ojos a Job para mostrarle y mostrarnos como Él está continuamente luchando contra el mal.  El mal a pesar de todo el daño que nos hace y que hace a este mundo tiene establecidos unos límites, no tiene la última palabra.

Los lamentos de tantos cristianos ante la situación del mundo y de la Iglesia son fruto de la falta de fe.  La fe significa apoyarse sobre el fundamento sólido de Dios.  Cuando no hay una fe sólida, somos capaces hasta de juzgar a Dios.  Lo que tenemos que hacer es confiar en Dios y así estaremos serenos en las tempestades, alegres en los sufrimientos y llenos en las carencias.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos exhorta a no valorar a nadie por criterios humanos.  En nuestra sociedad valoramos a las personas por lo que tienen, o por sus ideas políticas, o por su religión.  Toda persona tiene el mismo valor, un valor sagrado, el máximo. No es que unas personas valgan menos que otras o que unas vidas tengan más valor que otras. No, para Dios todos somos sus hijos igualmente queridos y amados. 

Esto habría que explicárselo bien a los que organizan las guerras, a los que desprecian a otros porque son extranjeros o porque no son de su misma tierra, o de su misma raza o religión, o de ideas políticas diferentes, a los que abusan de los demás porque se creen superiores. Esas actitudes son intolerables en un cristiano y Dios nos pedirá responsabilidades de cómo hemos valorado y tratado a sus hijos, nuestros hermanos.

En el Evangelio de san Marcos Jesús reprende a sus discípulos por su falta de fe al dejarse llevar por el miedo.

Jesús también nos reprende hoy a nosotros y nos invita a pensar en nuestros miedos y cobardías y en sus consecuencias por nuestra falta de fe. Nos invita el Señor a pensar en nuestras cobardías ante la presencia del mal tanto en nuestra vida como en la sociedad.

El enemigo principal de nuestra fe es el miedo.  El miedo paraliza la capacidad de pensar y de actuar.  El miedo nos quita la posibilidad de decir lo que pensamos; nos condena al silencio.  El miedo hace que nos hagamos fuertes con los débiles y débiles ante los fuertes.  Cuando actuamos así, no podemos decir que sea Jesús quien conduce nuestra vida, al contrario, nuestra vida se convierte en un juguete de múltiples intereses.

El miedo nos aparta de nuestro deber de hacer justicia, nos hace apropiarnos de lo que no nos pertenece, a callarnos ante las injusticias y ante los injustos, a no cumplir con nuestra obligaciones legales, a apoyar con nuestro voto a candidatos que sabemos que no van a trabajar por buscar soluciones de paz y justicia, sino que van a trabajar para ellos mismos.

El miedo nos impide cumplir lo que el Señor nos pide.  Jesús nos dice que no nos podemos dejar dominar por el miedo, que hemos de controlarlo.

Ante la realidad del mal, del dolor, de la injusticia, de la violencia, la respuesta humana ha de ser responder haciendo lo posible por suprimirlo o al menos disminuirlo.

Hemos de empezar por perder el miedo a decir “no sabemos, no entendemos, no lo tenemos claro”… porque sabemos que contamos con la ayuda del Señor.
Nuestra fuerza es la fe y la esperanza en el Dios que nos ama y nos sostiene. Solo así con amor y esperanza es posible seguir en la barca, luchando contra la tempestad, contra los males aunque no los comprendamos, sabiendo que Jesús está con nosotros.

lunes, 7 de junio de 2021

 

XI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo es una invitación a tener confianza en Dios, a poner en Él nuestras esperanzas, porque Dios, a diferencia de los hombres, nunca nos defrauda.

En la 1a. lectura de hoy, el profeta Ezequiel nos recordaba cómo Dios se vale de lo pequeño para actuar en el mundo.

Muchas veces, las personas ponen su confianza en la gente poderosa.  Sin embargo, los poderosos de este mundo son personas como nosotros y por lo tanto pueden defraudarnos y no solamente eso, sino que pueden volverse en contra nuestra para destruirnos.

Hoy el Señor nos dice que quien pone en Él su confianza jamás se verá defraudado, ni oprimido, ni destruido, sino que encontrará la paz y la seguridad que sólo procede de Dios, de ese Dios que nos ama fiel y eternamente.

Los cristianos, los que pertenecemos a la Iglesia no podemos estar de acuerdo con la violencia ni podemos cometer injusticias, ni explotar o aprovecharnos de nadie para lograr nuestros intereses personales, ni podemos creernos que somos más que los demás.  No pongamos, pues, nuestras esperanzas en los poderosos de este mundo, porque Dios ha escogido a los humildes, a los que aparentemente no valen, para salvar a este mundo.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos invitaba a tener confianza en Dios.  Por eso, debemos esforzarnos en agradar al Señor no sólo con nuestras palabras, sino con nuestras obras y con nuestra misma vida.

Nuestra fe se tiene que traducir en obras de amor y de esta manera estaremos manifestando que ya desde ahora poseemos la Vida eterna, porque estaremos con Dios y Dios en nosotros.

En el Evangelio de san Marcos, vemos a Jesús que usa dos pequeñas parábolas para explicarnos a qué se parece el Reino de los Cielos.

El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza: “al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra”.

Nosotros queremos hacer las cosas a lo grande.  Si queremos iniciar un negocio, lo pensamos a lo grande, pagamos propaganda por radio, periódicos, revistas, etc., organizamos un fiesta para inaugurar el negocio y darlo a conocer.  El Reino de Dios no tiene esos comienzos.  Crece en secreto como la semilla en la tierra.  


Por eso el Señor eligió a unos pocos hombres para instaurar su reinado en el mundo.  La mayoría de ellos eran humildes pescadores, con escasa cultura, llenos de defectos y sin medios materiales.  Sin embargo, estos hombres llegaron a difundir la doctrina de Cristo por toda la tierra, a pesar de todas las contrariedades que se les presentaron.

Somos nosotros también ese grano de mostaza en relación a la tarea que nos encomienda el Señor en medio del mundo.  No olvidemos que la tarea a hacer es grande.  Surgirán dificultades, y seremos entonces más conscientes de nuestra pequeñez.  Esto nos debe llevar a confiar más en Cristo y no olvidar que siempre tendremos la ayuda del Señor.

Si no perdemos de vista nuestra poquedad y la ayuda de la gracia, nos mantendremos siempre firmes y fieles a lo que Cristo espera de cada uno.  Con el Señor lo podemos todo.

Los obstáculos de nuestra sociedad no nos deben desanimar.  El Señor cuenta con nosotros para transformar nuestro mundo.  No dejemos de llevar a cabo aquello que está en nuestras manos, aunque nos parezca poca cosa -tan poca cosa como un insignificante grano de mostaza-, porque el Señor mismo hará crecer nuestro empeño, y la oración y el sacrificio que hayamos puesto darán sus frutos.

Un cristiano no puede quedarse de brazos cruzados ante tanta necesidad de pregonar el Evangelio.  Muchas personas han dejado a Dios y su única meta es llenar sus vidas de cosas mundanas.  A pesar de desear tanto las cosas materiales tienen mucha necesidad de escuchar la Palabra de Dios.  

Jesús nos pide hoy a las comunidades cristianas que sanemos al mundo actual de sus enfermedades espirituales y morales promoviendo la unión, la reconciliación, la justicia y la paz.  Y para que esto se realice hay que trabajar como buenos obreros para que la cosecha sea abundante. 

Ser discípulo de Jesucristo hoy, creer en su Reino, no es fácil.  Lo que nos ha dicho Jesús es muy sencillo: el Reino de Dios está dentro de nosotros, quizá sin que nos demos cuenta, como una semilla que no sabemos quién la ha sembrado, que parece pequeña.  Pero esta humilde semilla germina y crece, sin que sepamos cómo.  Germina y crece y se hace fuerte y echa ramas.  Esta es nuestra fe, esta debe ser nuestra gran confianza, nuestra firme esperanza.

martes, 1 de junio de 2021

 

CORPUS CHRISTI (CICLO B)

Jesucristo vivió en medio de nosotros, murió, resucitó y subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre. Pero Jesucristo también permanece en la Hostia Consagrada, en todos los sagrarios del mundo. Y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser alimento de nuestra vida espiritual. Es este gran misterio lo que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi. 

El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte. Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido la festividad del Corpus Christi en esta época litúrgica en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés. 

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres… Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse…  Cierto que se ha quedado, como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver. 

En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la Hostia Consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la Hostia Consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser.

Todos los hombres hemos sido alimentados durante nueve meses en el seno de nuestra madre, con su propio cuerpo y con su propia sangre. De una manera semejante, Cristo nos alimenta con su propia carne y su propia sangre. Y nuestra alma necesita de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la gracia que recibimos en el Bautismo.

Jesucristo nos ha dicho: Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él”. Y a Santa Catalina de Siena le ha dicho el Señor que al recibirlo en la Eucaristía, “… el alma está en Mí y Yo en ella. Como el pez que está en el mar y el mar en el pez, así estoy Yo en el alma y ella en Mí…” 

Las palabras de la consagración crean una presencia real y permanente de Cristo, por tanto, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.

Por la comunión Cristo entra en nosotros y, a través de nosotros, en todo el mundo. 

El misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo es un misterio de Amor. Dios Padre nos entrega a su Hijo para pagar nuestro rescate, para redimirnos.  La presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada es muestra del infinito Amor de Dios por nosotros.  Al recibir nosotros a Jesucristo, todo Dios y todo Hombre en la Sagrada Comunión, recibimos Su Amor. Y su Amor es para amarlo a Él y para compartir ese Amor con los demás y multiplicarlo a todos. 

¡Qué agradecidos debemos estar por el Amor Infinito de Dios al regalarnos la presencia viva de Jesucristo en la Hostia Consagrada! ¡Qué agradecidos por poder recibir ese alimento tan necesario para nuestra vida espiritual!  ¡Qué agradecidos porque Jesucristo se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual! 

Hoy, al mirar el pan y el vino de la Eucaristía convertidos en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, os invito a que nos miremos también los unos a los otros. Es impensable mirar con amor hacia el altar sin mirarnos con amor los unos a los otros. Es impensable un cariño verdadero hacia el bendito pan de la Eucaristía sin saber tratamos con cariño y calor dentro de la comunidad eclesial.

¡Convirtamos esta celebración en un caluroso “gracias” al Dios que nos alimenta con su propia vida! ¡Gracias, Señor!

X DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan de la existencia del pecado desde el origen de la humanidad y la urgencia que tenemos de luchar contra el mal, con la confianza de que Cristo es más fuerte que el mal y ya lo ha vencido.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presentaba al pueblo de Israel preguntándose cómo había comenzado el mal en nuestro mundo.

El mal y el pecado existen en nuestra vida y en nuestra sociedad.  La tentación y el pecado es una experiencia que todos tenemos: niños y mayores, religiosos y laicos.  El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.  A veces, le echamos la culpa a los demás o al ambiente, sin embargos somos nosotros los que hacemos una opción libre por el mal.  Somos débiles, y ante el programa que Jesús nos ofrece, preferimos otros programas que las “serpientes” en turno nos van ofreciendo con sutiles argumentos.

En nuestra sociedad y en nuestro mundo existe el pecado a pesar de todos los avances tecnológicos.

Ante el mal no podemos quedarnos indi­ferentes o desanimados. Somos invitados a resistir, a trabajar para que el mal no triunfe en este mundo ni en nosotros mismos.

La 2ª lectura de la 2ª carta de san Pablo a los Corintios nos narraba cómo es la vida de un apóstol y de una comunidad.

En la vida de un cristiano hay momentos de dificultades que a veces nos desaniman.  Ante estas dificultades, de las que san Pablo tiene amplia experiencia, hay una respuesta: los esfuerzos que se hagan para superar esas dificultades tienen sentido, “todo es para nuestro bien”.  A veces, vale la pena sufrir un poco porque ese sufrimiento puede ser fecundo: “la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria”, nos decía san Pablo.

Pero hay también otro “enemigo” que amenaza nuestra fidelidad: nuestra caducidad y el pensamiento de la muerte.  Hay personas que piensan que como ya les queda poco tiempo de vida ya no vale la pena seguir trabajando.  San Pablo nos recuerda que siempre debemos trabajar por el Reino de Dios porque así en nuestra vida y en nuestra muerte nos unimos a Cristo: “sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús”

El Evangelio de san Marcos nos hablaba del único pecado que no se puede perdonar: “todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”.  Ese “pecado contra el Espíritu” es no querer ver la luz y la llamada de Cristo, es ignorar a Dios.

También Jesús nos ha hablado hoy de quién es su verdadera familia. 

No basta dar la vida, tener los lazos de la carne y de la sangre, o como dicen los israelitas, “ser de los mismos huesos”, se necesita mucho más para ser familia: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Para ser familia no basta estar juntos y tener la misma sangre, se requiere cumplir con la misión para la que hemos sido creados: diálogo, encuentro en relación, disposición para asumir que sólo con el otro estamos completos; ser imagen del mismo Dios.

Cuando no tenemos tiempo para la relación, cuando rehusamos mirarnos a los ojos, cuando negamos nuestra mano al hermano, no bastan los lazos de la carne para ser hermanos. Por el contrario, cuando asumimos nuestra relación como hijos del verdadero Dios y miramos a Cristo como nuestro hermano que nos amplía los horizontes, descubrimos que la fraternidad no se cierra entre cuatro paredes, sino que se abre para recibir a todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad del Padre.

En lugar de negar a la familia, le está dando Jesús mayor fortaleza, mayor seguridad y bases más seguras.

Es pues muy importante que descubramos la fraternidad en nuestras familias, y formar nuevas familias siempre abiertas a recibir otros miembros, más allá de la sangre, que la enriquezcan y la lleven a construir el Reino, sueño de Jesús para todos los hermanos. Las relaciones en casa deben superar nuestros egoísmos y educarnos para una vida en fraternidad en todos los ámbitos. Miremos nuestras familias, miremos nuestra sociedad y preguntémonos si estamos siendo fieles a la misión o si nos hemos extraviado por los caminos. ¿Cómo es la vida en familia y cómo construimos relaciones de amistad, comprensión y amor dentro de ella?

lunes, 24 de mayo de 2021

 

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO B)

Estamos hoy celebrando la festividad de la Santísima Trinidad.  El misterio de la Santísima Trinidad es un gran misterio.  Es el misterio central del cristianismo.  

Dios es Uno y, al mismo tiempo, Tres. Un misterio que quizá es difícil de entender y de explicar, pues no podemos concebir cómo se puede ser al mismo tiempo uno y tres. Hay una sola naturaleza divina y tres personas con esa naturaleza divina. Un solo Dios verdadero y tres personas distintas.

Muchos Teólogos han tratado de explicar lo de las Tres Personas y un solo Dios mediante diversas comparaciones, tratando de ponerlo al alcance de todos.  Una de estas comparaciones, tal vez la más convincente, es la de comparar a las Tres Divinas Personas con tres velas encendidas, cuyas llamas se unen formando una sola llama. Todas las comparaciones humanas, sin embargo, quedan cortas, como es todo lo humano al referirlo a la infinidad de Dios. 

El Misterio de la Santísima Trinidad es una verdad que está muy, muy por encima de nuestras capacidades intelectuales, pues entre nuestra inteligencia y la Sabiduría de Dios existe una distancia ¡infinita!

Sin embargo, lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario. Ciertamente, mientras estemos aquí en la tierra, podremos vivir este misterio de una manera oscura, incompleta.  Sin embargo, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es. En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo. Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a ser habitados por las Tres Divinas Personas. Jesucristo nos dice: “Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”. 

La Santísima Trinidad es, entonces, uno de los misterios escondidos de Dios, que no puede ser conocido a menos de que Dios nos lo dé a conocer. Y Dios nos lo ha dado a conocer revelándose como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo: Tres Personas distintas, pero un mismo Dios.  Y Dios comienza a revelarse como Trinidad poco a poco. Desde el segundo versículo de la Biblia, desde el momento mismo de la creación, vemos una alusión al Espíritu Santo: “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” nos dice el libro del Génesis.

Luego es Jesucristo mismo quien nos lo da a conocer. El primer momento en que se revelan las Tres Personas juntas fue en el Bautizo de Jesús en el Jordán. Nos dice así el Evangelio: “Una vez bautizado Jesús salió del río.  De repente se le abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre Él. Y se oyó una voz celestial que decía: ‘Este es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco’ ” 

Posteriormente Jesucristo al dar el mandato de evangelizar a sus Apóstoles, les ordena bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. 

Aunque las Tres Divinas Personas son inseparables en su ser y en su obrar, al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación.

Muchas veces recordamos nuestra pertenencia gozosa a Dios Trino. 

Al principio de nuestra vida cristiana ya fuimos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Por tanto, ya desde entonces fuimos como sellados por su amor salvador. 

¿Cuántas veces trazamos sobre nosotros mismos la señal de la cruz, invocando a las tres Personas? 

¿Cuántas veces decimos el “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”, expresándole nuestra alabanza y gratitud? 

Al inicio de cada Eucaristía, el sacerdote nos saluda deseándonos la gracia y la paz de Dios Padre y del Hijo y del Espíritu, y al final nos despide bendiciéndonos en el mismo santo nombre. 

Nuestra oración litúrgica va siempre dirigida al Padre, por medio del Hijo, y movidos por el Espíritu.

Cuando profesamos nuestra fe, decimos creer en Dios Padre, en Cristo Jesús que murió y resucitó, y en el Espíritu Santo, que anima a la Iglesia y la lleva a la unidad.

Nuestra vida es claramente trinitaria. Eso nos tiene que llenar de luz. Tiene que dar sentido a nuestra historia de cada día. Iniciamos nuestra vida en el nombre de Dios Trino, y esperamos terminar la etapa de aquí abajo con su bendición, para iniciar, ya para siempre, una vida llena de felicidad, plenamente en comunión con Él.

Recordemos hermanos, que lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y recordemos que aunque aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario de una manera oscura, incompleta, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.   

Decir Trinidad significa decir amor.  Si no existiese la Trinidad, no existiría el amor.  Y si no hay amor no hay nada.


lunes, 17 de mayo de 2021

 

PENTECOSTÉS (CICLO B)

Hoy, al cumplirse las siete semanas de la Pascua, estamos celebrando con gozo la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre la Iglesia.  Celebramos pues, la fiesta de Pentecostés y con esta fiesta, celebramos el nacimiento de la Iglesia.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y como éstos pasan del miedo a la valentía para dar testimonio de Jesús.

El Espíritu Santo transformó a los acobardado, discípulos que estaban encerrados por miedo a los judíos, en personas capaces de expresarse en diferentes idiomas y hacerse entender por todos.

El día de Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo, en nombre de Dios Padre, para hacer posible el entendimiento entre las personas, a hacer realidad la fraternidad.  El orgullo, la soberbia, crean división entre las personas; el Espíritu crea comunión, cercanía, diálogo, fraternidad.  

El lenguaje por el cual se hicieron entender los apóstoles fue el lenguaje del amor, lenguaje que todos entienden y que todos deberíamos de practicar y hablar.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos dice que en cada uno de nosotros se manifiesta el Espíritu para el bien común; esa es la finalidad primera del Espíritu, el Bien Común; por eso dice que hay diversidad de dones, de servicios, de funciones, pero un mismo Espíritu.

Los cristianos formamos el Cuerpo de Cristo; en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común: todos somos necesarios para la comunión. Cuando entre nosotros no hay fraternidad, cuando entre nosotros hay división es señal de que no estamos dejando actuar al Espíritu, es señal de que estamos actuando por nuestra cuenta sin tener presente a Dios.

Por eso, no debemos de olvidarnos que “todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”.

El Evangelio de San Juan nos decía: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”.  Es la descripción de una comunidad que no ha experimentado el Espíritu de Jesús resucitado.  Por eso cuando lo experimentan y creen en Jesús resucitado “se llenaron de alegría”.  Alegría, gozo, paz, son dones del Espíritu Santo.  

Hoy nosotros podríamos preguntarnos por nuestros miedos.  Miedo, porque quizá somos pocos; miedo, porque parece que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas vocaciones.  ¡Cómo si no tuviéramos la fuerza del Espíritu!

“Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos”.  Este es el fuego del Espíritu, la llama del amor viviente.  Fuego que significa amor, amor fiel y exclusivo.  Fuego que es indomable e incontrolable.  El Espíritu Santo es “fuego que procede del fuego”.  El Espíritu Santo es el “Amor que procede del Amor”.

Pero pensemos: ¿Quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre. Él es la presencia de Dios en medio de nosotros los hombres. Es el regalo que recibimos de Jesús para hacernos partícipes de su vida.  Nosotros sabemos que el mejor regalo que podemos dar y recibir es el amor, el afecto.

¿Y dónde está el Espíritu Santo? 

Allí donde hay un corazón inocente, incapaz de engaño o maldad, allí está el Espíritu Santo.  Allí donde nace un amor sincero, sin trampa, limpio y alegre, allí está el Espíritu Santo. Allí donde la venganza se convierte en brisa suave y en perdón, allí está el Espíritu Santo.  Allí donde la indiferencia egoísta hacia el hermano se transforma en cálida acogida, allí está el Espíritu Santo.

Allí donde se toma una decisión heroica en la honda paz del corazón, allí está el Espíritu Santo. Allí donde una frase de la Escritura cien veces oída de repente adquiere un nuevo sentido, allí está el Espíritu Santo. Allí donde ni razas ni lenguas crean fronteras entre los hombres, allí está el Espíritu Santo.

¿Cuándo recibimos el Espíritu Santo?

Recibimos el Espíritu Santo en los sacramentos y también en otros muchos momentos en los que Cristo se hace presente en nuestra vida: en un rato de oración, en momentos alegres, momentos de enfermedad, de sufrimiento.

Esta fiesta de Pentecostés de hoy es una llamada a vivir más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros. Todos necesitamos el Espíritu. Sin el Espíritu, Cristo queda lejos, como un personaje de la historia, del pasado; sin el Espíritu el evangelio puede ser un libro maravilloso de literatura, pero letra muerta y nuestra misión evangelizadora queda reducida a simple propaganda, a palabras vacías, a organización sin vida. 

Necesitamos el Espíritu de Dios que nos enseñe a dialogar como hermanos. Que nos enseñe a entender el lenguaje del adversario. Necesitamos el Espíritu que nos ayude a saber que nadie puede dar un paso hacia la paz si no comprendemos que nuestro adversario es nuestro hermano.