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lunes, 11 de marzo de 2024

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


Estamos ya en el último domingo de Cuaresma preparándonos para vivir intensamente la Semana Santa. 

La 1ª lectura, del profeta Jeremías, es una llamada a la responsabilidad personal para poner de manifiesto que aunque cambien las cosas, Dios no cambia y mantiene su promesa de salvación.

Hemos de ser fieles a Dios y buscar siempre el bien común, hemos de estar siempre atentos a descubrir la voz de Dios; hemos de estar siempre con la mente y el corazón abiertos para encontrarnos con Dios tanto en la prosperidad como en la adversidad, en compañía o en soledad.

Para poder encontrarnos con Dios no es esencial obedecer leyes, no deberíamos de amar a Dios porque hay una ley, un mandamiento que nos lo manda, sino que hemos de amar a Dios por convicción no por imposición.

Hay personas que creen que el hombre va a ser mejor con nuevas y mejores leyes, con más estudios, con mayores ingresos económicos, con mayor libertad, etc., y nos olvidamos que “hecha la ley, hecha la trampa”.  Se le ha hecho de todo al ser humano: torturarlo, perseguirlo, amarlo, llenarlo de cosas, de placeres, y al final descubrimos que hay una hierba mala que resiste todos los climas y culturas.  Necesitamos algo distinto y eso es lo que hoy nos dice la primera lectura: hay que ir a la raíz, directo al corazón.

El corazón es la sede de los pensamientos, decisiones y afectos más profundos y ahí es donde debemos permitir que entre Dios si de veras queremos acabar con el problema de mal. 

No es cumpliendo leyes como vamos a mejorar, a ser más felices, sino metiendo a Dios en nuestro corazón.

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos describe con palabras conmovedoras y llenas de realismo la oración y la angustia de Jesús.

Jesús es solidario con todos los hombres, es solidario con todos los instantes de nuestra vida.  No estamos solos frente a los problemas, frente a nuestra fragilidad o debilidad; Cristo nos entiende, camina a nuestro lado, nos anima cuando no podemos caminar y nos muestra el camino que nosotros debemos recorrer para vivir esa vida plena que Dios nos quiere ofrecer.

Jesús nos enseña que el único criterio de nuestra vida debe ser el amor, esa fue la única arma que Él utilizó, aunque el amor enfrentado al mundo muchas veces nos lleve a la muerte, por ello el Señor también nos recomienda la oración.  Amor y oración es el camino que nos enseña Jesús para nuestra vida.

El evangelio de san Juan nos muestra a unos griegos que le dicen a Felipe: “Quisiéramos ver a Jesús”. 

“queremos ver a Jesús”, esta es también la petición que el mundo moderno nos hace a los cristianos.  Y nosotros debemos satisfacer esa petición.  Nosotros, los cristianos, deberíamos de estar preparados para poder hablar de Jesús con todos aquellos que aún no lo conocen o están más apartados de Él.

Nosotros en nuestra vida cristiana nos hemos encontrado con Dios y debemos de compartir ese descubrimiento con otros. Nosotros que somos discípulos del Señor, debemos de conocerlo bien para mostrarlo a otros.

El mundo moderno está orgulloso de sus conquistas, de su progreso.  Progresar significa hacer mucho camino, correr, caminar cada vez más deprisa.  El hombre moderno corre, está devorado por la velocidad, pero en su carrera ha terminado por olvidarse de Dios, ha terminado por olvidarse de la oración, del amor, de la caridad.  El hombre de hoy incluso se ha olvidado de sí mismo, ya no sabe ni a donde va.  ¿Y para qué tanto correr?

El hombre de hoy, a pesar de tantas cosas como tiene le falta algo, el hombre de hoy se siente vacío y frustrado y esto es debido a que siente nostalgia de algo que ha perdido y lo que ha perdido es a Dios.

Hay que volverle a dar al hombre el deseo de Dios, el deseo de conocer a Dios.  Y conocer a Dio no de una forma teórica.  A Dios no lo podemos enseñar teóricamente, hay que experimentarlo, hay que vivirlo.  Hay que tener el corazón limpio para que Dios entre  en él.  Cristo nos dice: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Hoy, día, nos lamentamos de la indiferencia, del desinterés de muchas personas de nuestro tiempo hacia Dios, hacia las cosas de la Iglesia.  Hoy día hay muchas personas dormidas en la fe, pero ante esto se nos plantea una pregunta: ¿qué hacemos nosotros por despertar a tantas personas dormidas?  ¿Qué imagen de Dios somos capaces de presentar a otras personas? 

Hay muchas personas que las dejamos dormir.  Y nos olvidamos que nosotros tenemos una marca, la marca de los hijos de Dios.  En todos los hombres existe esta marca, quizá, en algunos, sepultada por el polvo y el sueño.  Nuestra tarea es hacer que todas esas personas despierten a Dios.

lunes, 4 de marzo de 2024

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


Estamos ya en el cuarto domingo de Cuaresma y a este domingo se le llama el domingo “laetare”, es decir, el domingo de la alegría.  Las lecturas de hoy son un canto de alegría al mostrarnos el amor de Dios por nosotros, amor que Dios manifestó no solo con palabras, sino con obras, al enviar a su Hijo para salvarnos.

La 1ª lectura, del segundo libro de las Crónicas, nos presenta a Dios como aquel que quiere ser nuestro amigo, pero Dios se queja porque muchas veces nos olvidamos de Él y lo traicionamos.  Lo peor que podemos hacer es olvidarnos de Dios, no acordarnos que Dios está detrás de nuestros éxitos; confiar sólo en nuestras propias fuerzas, darle la espalda al amor de Dios.

Si en nuestro mundo existe el mal es porque abandonamos a Dios; si existe corrupción e injusticias es porque abandonamos a Dios, nuestras infidelidades y nuestros pecados están llevando a este mundo a la ruina.

Todo el mal, la corrupción de tantas personas, tanto mal que hay en el mundo se puede evitar si dejamos de pecar.  Cuando nos olvidamos de Dios y le damos la espalda nos podemos convertir en verdaderos monstruos.  Entonces la vida se nos complica y se nos hace difícil porque pagamos las consecuencias de olvidarnos de Dios. 

Si estamos unidos a Dios, todo lo podemos en Él. Y lo que es más importante: vivimos y nos mantenemos en el amor.  Dios sigue preocupándose siempre por nosotros, aunque nosotros nos olvidemos de Él. Dios confía en nuestra fidelidad a Él, Dios confía en nosotros, Dios espera mucho de cada uno de nosotros.  Mantengámonos siempre fieles a Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos decía: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó”. Esta es la riqueza de Dios, su misericordia, su amor infinito. 

Nosotros, los hombres, medimos las riquezas con otra medida, valoramos los bienes con una jerarquía de valores muy peculiar.  Ordinariamente ponemos por encima de todo al dinero. Y hacemos una realidad el “tanto tienes, tanto vales”. Otras veces es el aprecio, el prestigio ante los demás, el buen nombre, el aplauso, la fama. Y luchamos a costa de lo que sea por conquistar la gloria de la aprobación humana.

Pero Dios tiene una medida diversa. Él mide según el amor. Ese es el gran bien que nunca pasa. Sólo el amor queda. Por eso Dios, nunca pasa, es eterno, porque Dios es amor. Y todo el que vive y muere por amor, es verdaderamente rico, realmente dichoso.

El Evangelio de san Juan nos muestra un diálogo de Jesús con Nicodemo.  

Nos decía el Evangelio de este domingo: “Tanto amó Dios al mundo…”.

Quien no haya descubierto el amor de Dios, lo que Dios lo quiere a él en concreto, no conoce a Dios. Quien siga pensando que Dios castiga con el mal, con la enfermedad, con el sufrimiento, no conoce a Dios. Quien siga pensando que Dios se desentiende de los problemas de la gente, de las catástrofes naturales, no conoce a Dios. Dios nos ama. Nos lo ha demostrado como nadie lo puede demostrar: creándonos, dándonos a su propio Hijo. Dios nos ama y Dios ama al mundo. Así que nadie diga que el mundo es malo. El mundo es obra de Dios y objeto de su amor. El cristiano tiene que amar el mundo, tiene que salvarse en el mundo.

“Que entregó a su Hijo único…”. Fijaos si nos quiere Dios que nos da a su propio Hijo. Nosotros manifestamos de muchas maneras el amor: dando cosas, tiempo, cariño; pues Dios nos da lo mejor de Él mismo, su propio Hijo.

“Para que todo el que cree en él no perezca,”. La finalidad de la entrega del Hijo es el amor: salvar a todos los que creen en Él. El pecado nos llevan a la muerte, el pecado actúa en contra de nosotros mismos. Cristo viene a librarnos de las consecuencias del pecado. La única condiciónque nos pone es creer en Él. ¿Qué es creer en Jesús? Aceptar su persona y su mensaje; estar dispuesto a seguirlo, a imitarlo. No se puede decir que se cree en Dios y no aceptar lo que Él dijo e hizo.

“Sino que tenga vida eterna”. El amor de Dios no sólo nos libra de las consecuencias de nuestro pecado, sino que además nos da la vida eterna. Dios, como nos quiere, quiere compartir con nosotros lo mejor que tiene: la eternidad.

Si nosotros los hombres no aceptamos el amor de Dios, si no estamos dispuestos a vivir según la vida eterna que Él nos ha ofrecido; todo su amor y su esfuerzo por conducirnos a la verdadera vida quedan truncados.

¿No sé por qué los hombres de hoy tienen tanto miedo a creer en Dios? Temen perder su libertad, cuando el amor de Dios los haría plenamente libres; temen perder su razón, cuando Dios es la fuente de toda Verdad, temen comprometerse cuando Dios les ha dado todo lo que tienen. Quien está bautizado y no se decide a vivir su fe, es porque no se ha dado cuenta que Dios lo ha salvado y llenado de su amor.

No seamos ciegos; Dios es la Luz que ilumina nuestro caminar, la Verdad que nos hace libres, el Amor que nos llena plenamente nuestro interior. Sólo tenemos que arriesgarnos a creer en Él y dejarnos llenar de Él.

lunes, 26 de febrero de 2024

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


La liturgia del tercer domingo de Cuaresma nos hace reflexionar sobre nuestra escala de valores.  Las lecturas nos han hablado de los diez mandamientos, del templo con sus sacrificios y el nuevo Templo de Cristo resucitado.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha presentado los diez mandamientos. 

Los primeros mandamientos, regulan las relaciones del pueblo con Dios: Él será el único Dios; ninguna imagen podrá sustituirlo; su nombre será respetado; se le consagrará un día de descanso semanalmente.

Estos tres primeros mandamientos subrayan la centralidad que Dios debe tener en el corazón y en la vida de su Pueblo. En la vida de todos los días somos, con frecuencia, seducidos por otros “dioses”, el dinero, el poder, los afectos humanos, la realización profesional, el reconocimiento social, los intereses egoístas, las ideologías, los valores de moda, que se convierten en el objetivo supremo, en el valor último que condiciona nuestros comportamientos, nuestras actitudes y nuestras opciones. Con frecuencia, prescindimos de Dios y ponemos a Dios y a sus propuestas fuera de nuestra vida. La Palabra de Dios nos asegura: ese no es el camino que nos conduce en dirección a la vida definitiva y a la libertad plena.

Los 7 siguientes mandamientos se refieren a nuestra relación con los hermanos, nos invitan a despojarnos de los comportamientos que generan violencia, egoísmo, agresividad, codicia, intolerancia, esclavitud, indiferencia ante las necesidades de los otros. Todo aquello que atenta contra la vida, la dignidad, los derechos de nuestros hermanos, es algo que genera muerte, sufrimiento, esclavitud, para nosotros y para todos los que nos rodean y es algo que contribuye a trastornar los proyectos de vida y de felicidad que Dios tiene para nosotros y para el mundo.

Los mandamientos no limitan nuestra libertad.  Son “señales” con las cuales Dios, en su amor y en su preocupación por nuestra realización plena, nos ayuda a recorrer los caminos de la libertad y de la vida verdadera.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Corintios, nos invita a descubrir que la salvación, la felicidad no se encuentra en el poder, en la riqueza o ser importantes ante el mundo, sino en la aceptación de la cruz, es decir, en amar, en poner nuestra vida al servicio de los sencillos y humildes.

Los seres humanos buscamos, muchas veces, seguir a líderes vencedores, que se imponen a la fuerza y que muestran su poder y su sabiduría, a veces incluso con prepotencia; sin embargo, Dios se nos muestra en la figura de Jesús, abandonado por sus amigos, condenado por las autoridades y muerto en la cruz.  Dios nos ofrece un proyecto de vida y de salvación que pasa por la muerte de la cruz.  La fuerza y la “sabiduría de Dios” se manifiestan en la fragilidad, en la pequeñez, en la pobreza, en la humildad.  Si Dios se manifiesta así, no busquemos nosotros ser importantes, ni tener autoridad, ni ser protagonistas; busquemos el escándalo de la cruz para obtener la felicidad y la vida en plenitud.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús expulsando a los vendedores del templo.

Con Dios no se comercia.  Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén, no encuentra gentes que buscan a Dios sino comercio religioso.

No se puede ir al templo y después continuar robando, explotando, levantando falsos contra el prójimo.  No se puede ser sincero con Dios cuando se engaña a los semejantes.  Dios no acepta que estemos hincados de rodillas en la iglesia, si después pisoteamos la justicia.  No se va a la Iglesia para huir de esta vida, sino para tomar conciencia de nuestras responsabilidades. No se enderezan las cosas mal hechas, rezando un padrenuestro.  Las cosas mal hechas sólo se enderezan mejorándolas. 

Y qué decir de esas cadenas que aparecen por internet: “reza nueve Avemarías durante nueve días, pide tres deseos, uno de negocios y dos imposibles, al noveno día publica esta cadena.  Se cumplirán tus deseos aunque no lo creas”.  ¿No es esto comerciar con Dios?

Hay muchas personas que comercian con Dios.  A veces nuestra relación con Dios se basa en “te doy para que me des”.  Queremos comprar a Dios cuando le hacemos diversas promesas para obtener algo y nos sentimos decepcionados cuando no nos concede lo que le hemos pedido.

¿Nuestras Iglesias son un lugar de encuentro con Dios y con los hermanos? Tendríamos que reflexionar mucho si en ocasiones no hemos intentado manipular a Dios y ponerlo a nuestro servicio, en lugar de nosotros buscar servir a Dios.

Necesitamos recuperar el sentido de nuestros templos para que sean la casa del Padre donde se viva y se celebre la justicia, la verdad y la fraternidad. Evitar a toda costa convertirlo en un mercado y rechazar todo negocio con lo sagrado, con las personas y con los sentimientos.

Jesús quiere desenmascarar la hipocresía de muchas actitudes religiosas.  Jesús quiere que modifiquemos nuestra conducta, que le demos a Dios un culto verdadero.  Nosotros no somos perfectos, pero Jesús nos pide que seamos sinceros en nuestra relación con Dios.

lunes, 19 de febrero de 2024

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


La liturgia de este segundo domingo de Cuaresma nos hace ver que la fe no es siempre un camino de rosas; conlleva renuncias y exigencias. Y muchas veces, esas renuncias nos tocan lo más querido, lo más sagrado para nosotros.

La 1ª  lectura del libro del Génesis, nos resulta sumamente edificante para dar respuesta a acontecimientos inexplicables para nosotros a primera vista.

Dios, que es el Dios de la vida, pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac: hijo único en su ancianidad; y única esperanza de las promesas de Dios. Abraham acepta lo que Dios le manda, aunque aquello rompa todas sus esperanzas. La fe ejemplar de Abraham se apoya sólo en la palabra de un Dios que un día le dio un hijo y otro día estuvo a punto de quitárselo. De esta forma se elogia la disponibilidad absoluta del creyente, que obliga a sacrificar lo más valioso que uno tiene con tal de obedecer a Dios. Abraham es un buen ejemplo para nosotros que tenemos, a veces,  una fe débil y poca confianza en Dios.

Abraham nos enseña a confiar en Dios, incluso cuando todo parece caerse a nuestro alrededor y cuando los camino de Dios no los entendemos y no los comprendemos.  Cuando los sufrimientos nos llevan a la desesperación, es necesario seguir caminando con serenidad, confiando en Dios que es nuestra esperanza y que tiene un proyecto de vida para nosotros y para el mundo.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos recuerda cómo Dios nos ama con un amor inmenso y eterno.

Dios nos ama con un amor profundo, total, que nadie ni nada consigue apagar o eliminar.  Ese amor se manifiesta en Jesucristo que murió por nosotros.  Por eso, cuando pasemos por momentos de desilusión, de sentirnos solos, de sentirnos mal, cuando parece que todo el mundo está contra nosotros y que nadie nos entiende, no tengamos miedo, porque Dios nos ama.

Hemos de descubrir ese grande amor de Dios por nosotros para que tengamos el coraje y la valentía de enfrentar con serenidad y con el corazón lleno de paz esas situaciones difíciles de nuestra vida.  Como creyentes no tenemos que tener miedo de nada porque Dios nos ama y cuando seamos conscientes de este amor podremos enfrentar sin miedo la lucha por la paz y la justicia y luchar contra la opresión porque confiamos en que Dios nos ama y nos salva.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado la Transfiguración del Señor. 

Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar y se escucha la voz de Dios que dice: “Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.

Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar.

Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a los demás, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe. Si comenzamos a escuchar de verdad a Dios, podemos estar seguros que  estamos en el camino correcto para alcanzar la salvación.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser sorprendente. Quizás resulte que Jesús no es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades y nos damos cuenta que Jesús quiere conducirnos hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Escuchar y encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con Él y desde Él cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Escuchar a Jesús es darnos cuenta que ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestros pecados.

¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? “Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.

Quizás tengamos que empezar por pedirle a Dios: “Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

lunes, 12 de febrero de 2024

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


La Cuaresma que iniciamos es la gran invitación de Dios a dejarnos hablar amorosamente por Él.  Debemos saber aprovechar este tiempo favorable y dar frutos de conversión.  “Arrepentíos  y creed”,  es la invitación que nos hace Jesús.  ¿Y cómo podemos arrepentirnos, sino escuchamos a Dios?  ¿Y cómo podemos escuchar, si no hacemos silencio en nuestro corazón?

Es necesario hacer callar muchas voces y mucho ruido cotidiano, para oír mejor la llamada de Jesús, a cambiar, a renovarnos, a revisar la gracia de nuestro bautismo, a morir al pecado y resucitar a Cristo.

La cuaresma es tiempo de cambio.  A veces nos cuesta creer en la posibilidad de cambiar.  Parece difícil poder cambiar.  Pero lo más importante para cambiar es fiarse de Dios.  Para Dios nada hay imposible.

La 1ª lectura, del libro del Génesis, nos ha hablado del diluvio universal.  En los tiempos en que ocurrieron estos hechos, la sociedad en que vivía Noé se había alejado completamente de Dios, como está pasando ahora. Y, como a muchos les ocurre hoy en día, nada les parecía pecado. 

El pecado es algo incompatible con Dios y con los proyectos de Dios para el hombre y para el mundo; por eso, cuando el odio, la violencia, el egoísmo, el orgullo, la prepotencia llenan el mundo y producen la infidelidad de los hombres, Dios tiene que intervenir para corregir el rumbo de la humanidad.

El pecado no es una realidad que pueda coexistir con esa vida nueva que Dios nos quiere ofrecer. El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

En tiempos de Noé, el agua del diluvio terminó con la vida corrupta contraria al plan de Dios y surgió una vida renovada, de acuerdo al plan de Dios.  Sin embargo, nuestro mundo se halla inundado por nuevo diluvios, como son el diluvio de la vulgaridad, de la inmoralidad, de la violencia, de la increencia, y nosotros, como Noé, debemos ser fieles a Dios para que estos diluvios no se sigan dando y brille la vida nueva que Dios nos quiere dar.

La 2ª lectura, de San Pedro, nos ha recordado que, con la muerte y resurrección de Jesús, Dios hace un nuevo y definitivo pacto con el hombre, un pacto que queda sellado con las aguas del sacramento del Bautismo. 

A través del Bautismo, Dios ha creado una nueva humanidad y somos llamados a nacer a una vida nueva en Dios a través de la gracia que recibimos en dicho sacramento.  A partir del Bautismo somos hijos de Dios y de esta manera Dios puede actuar en nosotros y hacer una humanidad nueva.

El agua que recibimos en el Bautismo ya no es un agua que destruye, sino un agua que nos purifica y regenera. 

Pero no pensemos, ni por un momento, que simplemente por haber sido bautizados ya estamos salvados y podemos hacer lo que queramos.  Después de quedar limpios en el Bautismo, si caemos en pecado, aún nos queda un camino a seguir: arrepentirnos y confesar nuestros pecados.

El Evangelio de san Marcos nos ha narrado las tentaciones de Jesús en el desierto y la llamada a la conversión.

Jesús, asumió de tal forma nuestra vida, que incluso fue tentado, como lo somos cada uno de nosotros. 

A lo largo de nuestra vida llegan momentos en los que nos tenemos que definir, y ahí, es donde somos tentados: O nos decimos por una cosa o nos dejamos llevar por otras sugerencias.  Jesús es tentado y en la tentación opta por lo que el Espíritu le dice.

La vida es la que nos presenta momentos de opción en los que tenemos que dar la talla. Y, optamos por dejarnos guiar por Dios, por nuestra conciencia, o, bien optamos por dejarnos guiar por las apariencias tentadoras y apetecibles.

La Cuaresma es un buen momento para que cada uno de nosotros, que nos decimos cristianos, examinemos qué lugar ocupa Dios en mi vida, en mis proyectos y en mis decisiones.

Como Jesús, nosotros hoy estamos sometidos a tentaciones de todo tipo: oportunidades para dejar a Dios de lado y enfocar nuestra vida por otros rumbos.

Nadie, por muy santo que sea se ve libre de la tentación. Y esto no es malo, es simplemente un aspecto de nuestra condición humana. El sentir tentaciones no es malo, ni significa que seamos malos. Es algo normal y natural. Lo raro sería no tenerlas. 

Jesús vence las tentaciones y nos muestra el camino para ello: tener a Dios como cimiento, dejarnos iluminar por su palabra a la hora de buscar solución a nuestros problemas, a nuestros proyectos, a nuestros deseos.  Si Dios y su Palabra son el sustento de nuestra vida, venceremos las tentaciones.

¿Qué tentaciones me seducen y me acorralan? ¿Cómo las voy a vencer?

lunes, 5 de febrero de 2024

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo son una invitación a que no marginemos a nadie por ningún motivo ya que todos somos hijos de Dios.  Dios no excluye a nadie sino que nos acepta a todos y nos invita a formar parte de la comunidad cristiana.

La 1ª  lectura del libro del Levítico nos describe el proceso por el que un “leproso” era declarado impuro y separado de la comunidad de Israel. El leproso era un marginado, un excluido de la sociedad.

Los hombres somos capaces de inventar leyes que discriminen y excluyan en nombre de Dios a otros seres humanos de sus derechos más elementales.

Esta lectura de hoy nos invita a repensar nuestras actitudes y comportamientos hacia nuestros hermanos, ya que, a veces, por querer ser muy legales y muy justos estamos marginando o excluyendo a muchas personas de sus derechos.  En ocasiones, incluso, en nombre de Dios estamos alejando a las personas, condenándolas, catalogándolas de pecadoras, y así les estamos impidiendo que puedan llegar a tener una experiencia cercana de Dios o que se acerquen a la comunidad parroquial.

Nosotros como cristianos no podemos marginar a nadie por sus ideas, por su forma de pensar o actuar, sino que hay que acercarse a todos y tenderle la mano a todos como lo hizo Jesús con todo aquel que se encontraba en el camino de la vida.  Nosotros podemos tender siempre la mano generosa al marginado, cumpliendo la Ley suprema del amor cristiano.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios, nos da un principio de conducta cristiana que, si lo llevásemos a la práctica, evitaríamos muchos problemas en nuestra familia, en nuestro trabajo y en nuestra sociedad.  Nos decía san Pablo: “no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven”.

Pablo consigue con su exhortación dar una norma general importantísima para la conducta del cristiano: “hacedlo todo para gloria de Dios”. Todas nuestras acciones, posturas ante la vida, prácticas generales y hasta pensamientos todos deben ser para mayor gloria de Dios.

Pero no es fácil. Hay una tendencia a encerrar en la Iglesia algunas cosas y cuestiones, haciendo en la calle lo que hace la mayoría o está más de moda. Es decir solo queremos al prójimo en la Iglesia, pero al salir fuera seremos capaces de explotar o humillar a nuestros hermanos. Y si no lo hacemos directamente colaboraremos con empresas o situaciones que lo hacen. Además hacer todo por la gloria de Dios, quiere decir que todo lo creado es bueno.

Cada cristiano debe ser capaz de prescindir de sus intereses y esquemas personales, a fin de dar prioridad a los proyectos de Dios; cada cristiano debe ser capaz de superar el egoísmo y la comodidad, a fin de hacer de su propia vida un servicio y una entrega de amor a los hermanos.

El Evangelio de san Marcos nos presenta la actitud de Jesús con un leproso. Jesús “Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

«Quiero: queda limpio»”. Este gesto de Jesús pone de manifiesto que Dios no usa las enfermedades para castigar. Jesús se acerca a todos y deja que todos se acerquen a Él.

Cristo no admite divisiones, ni exclusiones. Algunas personas evaden a los marginados; les incomoda la presencia del enfermo, del pobre, del marginado. Preferimos que estén lejos, no queremos cerca el contacto directo con el dolor y la miseria, evitamos la relación y contacto con los que sufren. Existen entre nosotros muchas “lepras” que hacen infelices a los hombres y mujeres y los sitúan en el grupo de los marginados. Hay quienes nos incomodan, molestan, y preferimos no verlos y su única desgracia es sufrir injusticias y tragedias sociales.

Pero hay también otros, que sin pertenecer al mundo de la marginación social, incomodan, molestan, y preferimos no verlos; no piensan como nosotros, tienen otra visión de la organización de la vida cultural, social, económica, política.

Nos separamos, nos protegemos detrás de nuestra vida, de nuestras ideas, de nuestros intereses, de nuestras ideologías, y nos defendemos de sus ideas, de sus intereses, de sus ideologías. Así nuestra sociedad aparece dividida, separada en grupos cerrados, no se tiende la mano, los grupos tratan de ignorarse y si se hablan… a veces es casi mejor que guardaran silencio.

Se vive a la defensiva, excluyéndose mutuamente, cada vez más incapaces de romper distancias y de adoptar una postura de comprensión hacia los demás. Nos hemos acostumbrado a aceptar solo a los “nuestros”, a los demás los toleramos, o los miramos con indiferencia. Nosotros hemos de sabernos ante todo amados por Dios nuestro Padre. Sentirnos hermanos de todos los hombres y mujeres.

Jesús, curando al leproso nos enseña que el amor no margina a nadie.  No marginemos nosotros a nadie por su ideología, o su manera de pensar.

lunes, 29 de enero de 2024

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan del problema del mal y el dolor.  Hoy, como ayer, no faltan las desgracias, los problemas, los sufrimientos y un sin fin de preocupaciones. Los cristianos tenemos la suerte de poder contar con la orientación de Jesús y con la ayuda de la oración.

La 1ª lectura, del libro de Job, nos presenta lo inútil que puede ser esa lucha diaria por vivir una vida vacía y llena de sufrimientos.  Job representa a todas esas personas que sufren y no son felices.

Nos puede parecer que todo en la vida es dolor, trabajo, esfuerzo y esto se repite cada día.  Trabajar, luchar, angustiarse, comer, dormir y volver a hacer lo mismo al día siguiente.  ¿Qué sentido tiene nuestra vida?

Dice con angustia Job: “Corren mis días más que la lanzadera,
se van consumiendo faltos de esperanza… Mi vida es un soplo”.
   En esta palabras se perciben el aburrimiento y la frustración que muchas personas viven tratando de buscar la felicidad y viviendo una vida sin sentido.

La vida nos ofrece placeres, éxitos y alegrías, y después sólo obtenemos fracasos, ansiedades y nuevos deseos de felicidad.   ¿La vida del hombre no tendrá sentido? ¿Estamos condenados a vivir una espiral de aburrimiento y vacío? Si seguimos las propuestas de un mundo que pone su felicidad en el gozar y en la adquisición de bienes, seguramente nos encontraremos al final de la vida decepcionados, porque ahí no encontraremos la verdadera felicidad.

Sin Dios, la vida carece de sentido.  Sólo con Dios podremos obtener sentido a nuestra vida y vivir una vida en plenitud.

La 2ª lectura de la 1ª carta de san Pablo a los Corintios, nos dice claramente que la obligación de todo cristiano es anunciar el Evangelio del Reino de Dios.  El Señor elige a personas diversas para la propagación del Evangelio: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio…”,

Ante lo que dice hoy San Pablo, tenemos que pensar que el proclamar la Palabra de Dios por todos nosotros, los cristianos, no es un “capricho” sino un deber (generalmente nada cómodo ni remunerado) que brota del compromiso de nuestra fe. 

Ahora bien, Dios es amor, por lo cual, Dios no puede constituirse en motivo de pelea, división o guerra.  No puede imponerse la fe en Dios por la violencia, sea ésta física o moral. Dios no nos hace buenos a la fuerza, Dios desea que seamos buenos, pero no a la fuerza. ¿Somos así nosotros con nuestra fe?

El Evangelio de san Marcos nos relata hoy un típico día  en la vida de Jesús.

Cuando le dicen que la suegra de Simón está con fiebre, “Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó”.  Hay aquí tres verbos de gran importancia para nuestra vida: “acercarse”, “tomar de la mano” y “levantarla”

“Acercarse”.  Vivimos amontonados, pero unos lejos de otros.  La distancia con el otro no se mide en metros o kilómetros.  La distancia con el otro se mide con el corazón. Estamos cerca cuando nuestro corazón se acerca a los demás.  Jesús se acercó a la suegra de Pedro que estaba enferma.  Acercarnos a los que están bien es fácil.  Pero lo importante para el cristiano es acercarse al que sufren, al que está solo, al que está enfermo.  No podemos esperar que el que está mal nos busque, sino que debemos ser nosotros los que busquemos a los que sufren.

“La tomó de la mano”  Las manos no son para llevarlas en el bolsillo. Las manos son para ofrecérselas a los demás y para tomar la mano de los demás.  Cuando nos saludamos, solemos tomarnos de la mano como señal de amistad. Tomar  la mano a alguien, ya es acortar las distancias entre los dos. Tomar la mano a alguien, es abrir la puerta del corazón e invitar al otro a entrar; tomar la mano a alguien, es decirle que tú eres importante para mí.

Hay una frase que dice: “cristiano es el que da la mano. El que no da la mano, ése no es cristiano, y poco importa lo que pueda hacer con esa mano libre”.

“Y la levantó” Debemos tener nuestras manos libres para levantar al que se ha caído; para levantar al pecador de su pecado; al débil para que pueda ponerse de pie; al que te ha ofendido, para que sienta tu perdón y se levante; al que te hirió, para expresarle que no estás enfadado, y se levante; al que te pide ayuda, para que te sienta hermano, y se levante.

Hoy  Jesús nos invita a actuar con los demás como Él lo hizo y a que en medio de tantas ocupaciones y actividades nos preguntemos cuáles son importantes y ver si no estamos viviendo horas muertas, horas de aburrimiento diariamente, pudiendo acercarnos, tomando de la mano y levantando a tantos hermanos nuestros que se encuentran tirados por los caminos de la vida.