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lunes, 9 de septiembre de 2024

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo nos hablan de que el camino de la realización plena del hombre pasa por la obediencia a los proyectos de Dios, por la aceptación del dolor humano y el servicio a los hermanos.

En la 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla de su confianza en la protección del Señor.

Muchas veces sentimos miedo.  Tenemos miedo porque somos humanos y por lo tanto no tenemos por qué avergonzarnos de ello.  Pero no podemos vivir bajo la autoridad del miedo.  No podemos vivir escondiéndonos y ocultándonos toda la vida.  Hay que proclamar, donde sea, que somos cristianos, porque quien confía en Dios y vive en fidelidad a los planes de Dios, no quedará defraudado.

No podemos pasarnos la vida inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad.  No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.   Es necesario adherirnos al proyecto de vida que Dios nos confía, incluso cuando lo que Dios nos pide vaya en contra de lo que dice el mundo; es necesario que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar en esta vida y a comprometernos en la transformación del mundo.

Hay que confiar en Dios.  Dios tiene que ser para nosotros esa piedra segura a la que nos podemos agarrar, incluso cuando parece que todo se hunde.  Hay que vivir la vida con serenidad y confianza en Dios.  El creyente que confía en Dios, se siente seguro y protegido, como un niño en los brazos de su madre.  Sólo confiando en Dios, podremos vivir libres del miedo, con un corazón en paz, aceptando tranquilamente los planes que Dios nos mande.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta.

Ser cristiano no es sólo cumplir unos ritos, ni estar anotado en el libro de bautismos.  Ser cristiano es imitar a Cristo.

Si Cristo luchó por la justicia, por la verdad; denunció todo lo que esclaviza al hombre y le impide ser feliz; supo perdonar y dar paz y entregar su vida para salvarnos, nosotros si queremos seguir a Cristo tenemos que luchar contra todo lo que genera injusticias y opresión; tenemos que amar a los que la sociedad margina y rechaza; tenemos que estar en contra de la violencia y del odio y trabajar por la tolerancia y el amor.

Si queremos ser de Cristo no podemos quedarnos sólo en oración y misa o en la construcción de Iglesias o salones parroquiales, o en colaborar en las rifas parroquiales.

No podemos venir a misa y luego en la vida diaria cometer injusticias, pactar con la corrupción, tratar con poca caridad a los que viven a nuestro lado, ser indiferentes a las necesidades y dolores de nuestros hermanos, marginar a los que no nos caen bien, etc.

Si queremos ser de Cristo no puede haber una separación entre la vida y la fe.  Este es el mensaje importante que hoy nos transmite Santiago: coherencia entre fe y estilo de vida.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado a Jesús haciendo una doble pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Y vosotros, ¿quién decís que soy?

¿Quién es Jesús para nosotros? También nosotros, muy frecuentemente, pensamos como hombres, no como Dios, y creemos que Cristo es el que tiene que resolvernos nuestros problemas particulares y los problemas del mundo entero.

Acudimos a Cristo como el que acude al médico, o al banco, o al psicólogo, para que nos arregle nuestros problemas de salud, y de dinero, y nuestras angustias y disgustos interiores. Y es natural, es muy humano que lo hagamos así, porque somos cien por cien humanos.

También nosotros, como Pedro, podemos decir: “¡Tú eres el Mesías!”. Tenemos a Alguien en quien creer y que da sentido a nuestra vida. Jesús es el Señor y el amigo, es la luz y la fuerza, es Aquel en quien hemos puesto toda nuestra esperanza. Sabemos con quién podemos contar y que nunca nos fallará.

Pero Cristo nos dice que Él no ha venido al mundo para eliminar milagrosamente la enfermedad, o el dolor, o el hambre y la miseria. Él vino al mundo para enseñarnos a luchar y a vencer la enfermedad y el dolor y las miserias y debilidades psicológicas y humanas, con sufrimiento, y con valor, y sobre todo con un amor inmenso y sincero.

El seguimiento de Jesús no consiste en un camino de rosas. Para seguir sus pasos es necesario negarse uno a sí mismo, tomar nuestra propia cruz y acompañarlo.

Jesús nos dice hoy: “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por Mí y por el Evangelio la salvará”.

Tratemos hoy de pensar quién es Cristo para cada uno de nosotros.

lunes, 2 de septiembre de 2024

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos habla de un Dios comprometido con la vida y la felicidad del hombre, continuamente empeñado en renovar, en transformar, en recrear a la persona, para hacerle alcanzar la vida plena del Hombre Nuevo.

La 1ª lectura del profeta Isaías,  hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo.

Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.

Hay también muchas personas que viven agobiados por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones.

Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie.

¿Tratamos igual al rico que al pobre? ¿Al que tiene un título universitario y al analfabeto?

En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son.

Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas, porque en cuestión de fe el corazón de un pobre puede ser más rico que el del presidente de la nación.

El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordomudo.

Es horrible no poder hablar, no poder escuchar, sentir soledad en medio de la multitud, que no puedas comunicarte.

Nos encontramos en un país de sordos y mudos.  A los pobres, a los necesitados no se les hace caso.  Hay tantas personas que tienen graves problemas y necesidades y por más que se cansan de gritar, de pedir, no son escuchados.  Quienes tienen la autoridad, el poder, el dinero y las posibilidades de solucionar problemas, se han vuelto incapaces de escuchar los gritos de angustia y de dolor del pueblo.

En nuestro tiempo, se ha empeorado este problema fundamental de la comunicación y el lenguaje. En lugar de hacer más fácil el entendernos, nos quedamos solos, nos aislamos o solamente nos relacionamos con nuestro grupito.

Somos sordos que cerramos los oídos para no ver realidades que nos están gritando: un ecosistema que se agota, una naturaleza que ya no aguanta nuestra destrucción, hermanos que claman de hambre y necesidades, pero que no encuentran respuesta. Hemos cerrado nuestros oídos y no vemos estos gritos desgarradores. Hemos perdido la capacidad de propiciar un encuentro cálido, cordial y amable con los demás.

Estamos mudos cuando cerramos por orgullo los labios y preferimos el silencio,  mientras que una palabra podría suscitar soluciones, romper hielos y devolver paz y armonía. Vivimos en un mundo de silencio, aislamiento y soledad provocado por nuestros orgullos, por la injusticia y por la discriminación.  Necesitamos romper el silencio con el lenguaje del amor, para escuchar y para hablar.

La imagen del sordomudo podría también representar a las personas incomunicadas no solamente con sus semejantes, sino también con Dios. No tenemos tiempo para escuchar su palabra, no queremos oír sus mensajes, no estamos dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior.

Hoy Jesús grita también para nosotros su potente “¡Effetá!” “¡Ábrete!” que nos lleva a abrir el corazón a Dios, a los hermanos y a nosotros mismos. ¿Seremos capaces de abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios? ¿Escucho el sentir y el dolor de los hermanos? ¿Permanezco mudo ante las injusticias, la mentira y el dolor?

lunes, 26 de agosto de 2024

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella.

Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes.

Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.

Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad.

“No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada”, nos decía la primera lectura.  No podemos nosotros adulterar las leyes de Dios, por intereses personales, no podemos adaptar las leyes de Dios según nuestros intereses personales, no podemos hacerle decir a Dios cosas que no dice.  Cumplamos las leyes de Dios sin quitarle ni ponerle nada de lo que dicen.

La 2ª lectura de la carta del apóstol Santiago nos decía: “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla”. 

Ser cristiano no es saberse de memoria los Mandamientos, no es saberse de memoria la Biblia.  Ser cristiano es vivir el amor en compromisos concretos que se vean en la forma en que tratamos a los necesitados y que se vean en cómo nos mantenemos viviendo entre los corruptos, sin mancharnos nosotros con toda esa corrupción que nos rodea.

La Palabra de Dios que escuchamos cada domingo, debemos acogerla en nuestro corazón y nos tiene que llevar a la acción.  Si nos quedamos únicamente en la escucha y contemplación de la Palabra, se hace estéril e inútil.

En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía de los fariseos.

En todos los tiempos ha habido fariseos.  Hoy también podemos vivir un cristianismo superficial, de celebraciones sociales con agua bendita, de exterioridad. Por el contrario, Cristo exige un cristianismo que sea una verdadera respuesta personal a la llamada de Dios y a las necesidades de los hermanos.

No se puede, ni se debe, encerrar nuestra fe en una sacristía ni acallar con una novena; tiene que ir al fondo de la vida y dinamizar cada acción de quien se dice cristiano.

Ser discípulo no es llevar una medalla en el pecho ni exhibir un documento que nos acredite como cristianos; no es cumplir rituales ni ceremonias, es una vida interior.

No es posible decirse verdadero cristiano y desfalcar los fondos de la comunidad, jugar con la justicia, mentir descaradamente. No se puede decir que escuchamos el evangelio si después ponemos al dinero como nuestro dios, convivimos con la injusticia y entregamos al placer todos nuestros esfuerzos.

Nos equivocamos rotundamente cuando ponemos más atención a los comportamientos exteriores que al cuidado interior. 

Hoy Jesús nos dice que  hay que cuidar el interior, no lo superficial. Están bien todos los intentos de embellecer y dar su manita de gato con programas sociales, pero si no vamos al fondo, si no cambiamos las estructuras injustas, si no se cambia el corazón del hombre, todo queda en buenos deseos.

No habrá ninguna transformación y mejora social si antes no hay una conversión personal. ¡Qué importa vestir bonito cuando se tiene el corazón podrido!

Es falsa ilusión decir que estamos buscando una sociedad más justa y humana, si ninguno de nosotros estamos dispuestos a reconvertir y a cambiar el corazón, y seguimos aferrados a nuestras tradiciones y privilegios.

¿Influye el evangelio en cada momento de nuestra vida? ¿Es solamente una accesorio o brota desde nuestro interior? ¿Qué tendremos que cambiar?

lunes, 19 de agosto de 2024

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Vivir es tener que tomar decisiones.  Podemos decidir bien o mal.  La liturgia de este domingo nos enseña a aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida.

La 1ª lectura nos muestra a Josué preguntando al pueblo si querían servir a los falsos dioses o al Dios verdadero. 

Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: bachillerato o formación profesional; seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.

Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; entre comprar un coche descapotado o una furgoneta.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”.

Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién queréis servir?”  Hay que escoger entre servir a Dios o servir al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda.

Como creyentes sabemos que no podemos prescindir de Dios en nuestra vida, que tenemos que confiar plenamente en Él, porque es en Dios en quien vamos a encontrar nuestra realización plena como personas.  Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio.

El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado.

San Pablo utiliza en la lectura de hoy, una palabra que no podemos absolutizar: “sumisión”.  Esta palabra hay que entenderla y situarla en la época en que fue escrita esta carta.  En aquella época el marido era considerado el dueño y señor de la familia.  Hoy, no podemos seguir manteniendo este tipo de relación de la esposa con el marido.  No podemos discriminar a la mujer, no podemos exigir sumisión de la mujer al marido, ya que hombre y mujer tienen la misma dignidad.

Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia.

En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?”

¿Cuál es la realidad hoy de muchos cristianos?  Hoy nos encontramos con muchos que han sido bautizados, sencillamente, porque los bautizaron, pero nunca han asumido el compromiso de su bautismo.  Han recibido el don de la fe, pero nunca han vivido su fe y hasta es posible que su fe haya quedado olvidada en cualquier rincón de sus vidas.

Hay bautizados que reciben los 3 primeros sacramentos, bautismo, primera comunión y confirmación, pero de ahí no pasan.  Mientras están en la catequesis pareciera que creen, pero terminan la catequesis y no regresan más a la Iglesia.

¿Cómo pueden decir estas personas que tienen fe cuando ni oran, ni van a Misa, ni participan en nada ni piensan desde la fe, ni miran la vida desde la fe?

Este tipo de personas ante cualquier exigencia de la Iglesia también llegan a decir: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”.

Por eso, hoy Jesús también nos pregunta a nosotros: ¿También vosotros queréis marcharos?”

Cuando nos cansamos de seguir haciendo el bien y buscar la verdad, de promover el amor y la justicia, cuando dejamos de ir a misa o nos resulta insoportable tal o cual persona, cuando nos pesa la fidelidad matrimonial o la familia, cuando confrontamos la enseñanza del evangelio con nuestra manera de pensar y descubrimos que tenemos miedo a comprometernos y a seguir a Cristo incondicionalmente, estamos dejando de lado al Señor.

Ojalá que nuestra respuesta a la pregunta de Jesús sea la misma que la de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Reafirmemos también hoy nuestro seguimiento a Cristo, con mucho amor, confiados en su ayuda llena de misericordia; y con plena libertad digámosle: mi libertad para Ti Señor.

lunes, 12 de agosto de 2024

 

XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de hoy nos invitan a estar atentos y dispuestos a escuchar a Dios, para vivir el presente de manera positiva; es decir, que abandonemos la ignorancia y busquemos el camino del conocimiento y de la verdadera sabiduría de la vida.

La 1ª lectura, del libro de los Proverbios,  nos hace una invitación para que optemos por la “sabiduría”. 

En nuestro mundo encontramos un campo enorme de ofertas que venden felicidad, pero esa falsa felicidad que nos vende el mundo nos aleja de vivir una vida auténtica.  Hay personas que buscan progresar a costa de los demás; que huyen del esfuerzo, del riesgo y del dolor y buscan una felicidad individualista a cualquier precio.

La Sabiduría nos ofrece otro camino mucho más humano: aprender serenamente lo que es bueno, honrado y justo; descubrir la alegría en el encuentro con los hermanos y con la creación; cultivar la gratuidad y la donación; crear la cercanía solidaria con el dolor ajeno; empeñarnos seriamente en la construcción de un mundo más fraterno; y todo esto hacerlo llevando el proyecto de Dios en nuestro corazón.

La forma en que lo presenta es una invitación a una mesa: “Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia”. Participar de la misma vida de Dios, participar de su misma bondad, nos llevará a la verdadera sabiduría y a la vida plena.

Sabiduría es saber vivir, es saborear la vida, es encontrarle gusto a lo que somos y hacemos, y disfrutar con las personas con quienes compartimos.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos invita a ser sensatos y actuar con sensatez. 

La insensatez es caer y seguir cayendo en los mismos errores.  Si caemos y no aprendemos, perdemos dos veces.  Si caemos y aprendemos de nuestros errores, ganamos.  El problema no es caer en los errores sino seguir cayendo en los mismos errores y por las mismas circunstancias.

Todos podemos tropezar y caer, pero no tenemos derecho a quedarnos tirados en el suelo. Debemos transformar cada instante, y hacerlo pleno y valioso.

Cuando nos alejamos de Dios nos comportamos como imprudentes e insensatos; cuando nos acercamos a Dios andamos por los caminos de la sabiduría y de la sensatez

El alejamiento de Dios lleva a la insensatez. La vida cerca de Dios nos hace vivir una vida más en plenitud, más feliz.

En el Evangelio de san Juan, nos invita Jesús a comer su carne y a beber su sangre.

Se dice que nuestro cuerpo se compone de lo que uno come.  Pues algo parecido pasa con nuestra vida espiritual.  Si nosotros nos alimentamos de rencores, egoísmos, envidias, etc., no podremos vivir una vida de felicidad profunda ni plena.

Jesús hoy se nos presenta como el verdadero alimento para esta vida y para la vida eterna.  Él mismo es ese alimento.  Comulgar o comer a Cristo significa no sólo alimentarnos de Él, sino también vivir comprometidos con nuestra felicidad y la de los otros; salir de nuestros egoísmos y girar a ver a nuestro alrededor; dejar la indiferencia y tomar las riendas de nuestra vida; significar perdonar como Jesús perdonó; orar como Él oro, y amar como Él nos lo enseñó.

La Eucaristía no puede ser solamente un rito más en nuestra vida al que asistimos por obligación, sino que es un encuentro con Cristo que viene a nosotros para ofrecernos la vida plena y definitiva.

Celebrar la Eucaristía es identificarse con Jesús, es vivir en unión con Él, es tener los mismos sentimientos que Él.  No podemos celebrar la Eucaristía y sembrar divisiones, envidias, conflictos e indiferencias ante las necesidades de los hermanos.  Si hacemos esto, entonces, la Eucaristía que celebramos y participamos se convierte en una mentira. 

Comer la carne de Jesús y beber su sangre significa que tenemos que comprometernos con el mismo proyecto que Jesús llevó a cabo a lo largo de su vida.

Nadie puede dar lo que no tiene; por eso alimentémonos de Jesús, verdadero alimento de vida eterna, para poder así nosotros junto con Él, y guiados por el Espíritu dar frutos que perduren, frutos de vida eterna.

lunes, 5 de agosto de 2024

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Todos nosotros hemos sentido momentos de tristeza, e incluso de desesperanza. ¿Quién no ha sentido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida o ante las exigencias de la fe? La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece un mensaje de confianza y esperanza.

La 1ª lectura, del primer libro de los Reyes, nos muestra al profeta Elías que ya no puede más; se siente cansado, agotado, decepcionado y desanimado porque no ha podido cambiar el corazón de su pueblo y por ello ha desistido seguir luchando e incluso prefiere morir que continuar con su misión.

También nosotros podemos estar cansados y en crisis. Quizás en algunos momentos de nuestra vida podemos sentirnos con ganas de “tirar la toalla”, de dimitir de lo que estamos haciendo e incluso desearnos la muerte.

Cuando nos sentimos así, la solución no es bajar los brazos y abandonar la lucha.  Cuando parece que nuestra misión es superior a nuestras fuerzas, cuando parece que todo es un fracaso en nuestra vida, es en Dios en quien tenemos que confiar y es en Él en quien tenemos que poner nuestra esperanza.

A veces, le pedimos a Dios que resuelva milagrosamente nuestros problemas y nosotros queremos quedarnos de brazos cruzados.  Dios no fomenta la pereza, sino que Él está a nuestro lado siempre que lo necesitamos para darnos fuerza para vencer las dificultades e indicarnos el camino a seguir.

Las dificultades y las desilusiones sólo se pueden superar desde Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos dice que ser cristiano y seguir a Cristo implica dejar de lado la ira, la violencia, la envidia, el orgullo, la maldad. Ya sufrimos bastantes guerras, enfrentamientos, odios y violencia en este mundo, para que nuestras relaciones con los demás estén basadas en estos vicios y pecados.  Todas estas cosas tienen que ser eliminadas de nuestra vida.  Todas estas cosas son comportamientos del hombre que no tiene fe.

Dios no se complace en las rivalidades y los enfrentamientos, sino en la paciencia, la comprensión y el amor mutuos, para que exista entre nosotros una vida de convivencia armónica y fraternal, más justa y pacífica.

El amor de Cristo tiene que ser ejemplo y modelo para todo cristiano, de modo que se pueda expresar en actitudes de bondad, comprensión y perdón de unos para con otros. Así, haciendo como Cristo, podremos complacer al Espíritu de Dios.

En el Evangelio de san Juan, nos decía Jesús: “El que cree en mí, tiene vida eterna”.

En esta vida, dentro de la gran diversidad y de las diferencias entre nosotros, hay, sin embargo, una cosa en la que coincidimos todos, absolutamente todos: mujeres y hombres, jóvenes y adultos, pobres y ricos.  No hay una sola persona en el mundo que no esté de acuerdo con ello. Todos queremos, buscamos y nos interesamos por la felicidad y, a ser posible, por una felicidad duradera, para siempre.

Este deseo de ser felices, de vivir felices: este deseo de felicidad es el que mueve toda nuestra vida.

Podremos dividirnos luego a la hora de pensar qué clase de felicidad buscamos cada uno; qué entendemos cada uno por felicidad y, sobre todo, el medio y la forma de conseguirla. Para unos será el dinero, la comodidad, el bienestar, la salud, el poder y la fuerza sobre los demás…y según eso usaremos muy distintos métodos y formas de vida.

Pero de lo que no hay duda alguna es de que todos, absolutamente todos, buscamos y queremos ser felices eternamente.

Hoy Cristo nos ofrece en este evangelio que hemos escuchado, no solo la felicidad, sino también el camino y el modo de conseguirla.

La felicidad, nos dice, no está en tener cosas. No está ni en el dinero, ni en la comodidad, ni en otras mil cosas que nosotros buscamos. La felicidad está en el interior de cada uno, no en el exterior. Está en ser personas, en el amor. En una palabra, seremos felices en la medida en que amemos y nos dejemos amar; en la medida en que amemos como Dios nos ama a nosotros.

Como el pájaro es feliz al aire libre, como el pez es feliz en el agua, porque para ello han nacido; nosotros hemos nacido para amar y ser amados y solo así seremos felices.

Además Jesús mismo se nos presenta y se nos ofrece como el pan del cielo; Él se nos ofrece como alimento y camino para lograr esa felicidad en el amor.

Todo lo demás, todo eso que nosotros creemos como felicidad, no son sino substitutos y falsas felicidades, que duran muy poco y nada valen para la vida eterna a la que todos estamos llamados.

Si creemos que Cristo fue feliz en su vida porque amó hasta la muerte y pasó la vida haciendo el bien, debemos también creer en lo que nos dice, porque nos ama de verdad.

sábado, 3 de agosto de 2024

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos dice que Dios está empeñado en ofrecernos el alimento que nos da la vida eterna y definitiva.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días de nuestra vida.

Muchas veces ante las dificultades y las necesidades se prefiere lo que es seguro, aunque esto implique no ser libres.

En la primera lectura, hemos visto cómo el pueblo de Israel ante las dificultades tiene miedo de seguir adelante, abandona la lucha y protesta contra quien le ha dado la libertad, incluso prefiere la muerte a seguir adelante a través del desierto: desear la muerte es enfrentarse con Dios que quiere la vida, que quiere que el pueblo viva esta experiencia de libertad.  

Vivir la libertad es un riesgo, es ser responsables con otros, como pueblo, esta posible experiencia de solidaridad.  

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que ser cristiano significa un cambio radical en nuestra vida.

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta. La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad. 

El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con Él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo. 

El Evangelio de san Juan Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo.

Nadie tiene derecho a utilizar el hambre como arma para controlar la voluntad de una persona o de un pueblo. Saciar el hambre es un primer paso en la búsqueda de la dignidad de la persona, pero nunca a costa de la esclavitud. Con frecuencia el progreso va unido a nuevas formas de esclavitud y explotación que atan y deshumanizan a la persona. 

Es urgente buscar caminos que acaben con el hambre; pero no basta, se requieren nuevas formas de acercar a la mesa a los hermanos en unidad y fraternidad, compartiendo y construyendo un mundo donde los individuos y los pueblos alcancen un desarrollo integral y pleno. Cristo propone una nueva visión de la persona que incluye su realización plena: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna”. 

La persona requiere además del alimento, su reconocimiento, su realización y su integración en la comunidad. Requiere también esa vida en plenitud con Dios donde encuentra sentido su existencia. Por eso Cristo se presenta como el nuevo pan.

Cristo ha escogido el pan como signo de su presencia y de su integración a cada uno de nosotros. El pan tan común en su cultura, tan insignificante y tan indispensable. Compuesto de pequeños granos triturados, descompuesto para dar vida, sostiene a la persona y le da energía para su trabajo. Llega a ser parte de la misma persona y así se transforma en vida al morir. Cristo ha escogido este signo y se hace para nosotros pan de vida. Se une a nosotros, pasa desapercibido y se convierte en parte nuestra, o, quizás sea mejor decir, nos convierte en parte suya para seguir dando vida. 

Quizás no hemos reflexionado profundamente en toda esta transformación y no hemos dado gracias suficientes por este regalo de Jesús que se quiere quedar tan dentro de nosotros hasta formar parte de nosotros mismos, hacerse cuerpo nuestro, hacernos cuerpo suyo. Es Pan de comunión que nos une con el Padre pero que también nos une con los hermanos.

Creer en esta presencia, creer en esta comunión, creer en Él, es la exigencia que este día nos presenta. Si tomáramos en serio este signo, cómo cambiaría nuestra vida en cada comunión. Nos unimos a Cristo, Él se une a nosotros, y así también nos unimos a todos los hermanos.