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lunes, 13 de julio de 2020


XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a descubrir al Dios paciente y lleno de misericordia.

La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, nos habla de un Dios que a pesar de ser omnipotente, es indulgente y misericordioso para con todos y que nos invita a ser “humanos”, es decir a tener un corazón misericordioso como el corazón de Dios.

Esta lectura, manifiesta el modo tan distinto de actuar Dios al de los hombres.  Dios es creador de todo y no quiere destruir lo que ha creado por amor.  Ni siquiera quiere destruir al hombre injusto y malvado.  Dios espera la conversión de las personas.

El modo de demostrar Dios su poder, al contrario de la mayoría de los poderosos, es el perdón.  La tiranía y el dominio sobre los demás no caben en los creyentes.  Nosotros tenemos que actuar como lo hace Dios: confiando y creyendo en la capacidad de los seres humanos para cambiar.

Dios no considera el pecado como algo definitivo, nuestro alejamiento de Él como algo definitivo.  Dios mantiene su confianza en que cambiemos, en nuestra conversión.  Dios nos invita a confiar y a creer en el hombre.

La gran diferencia entre Dios y nosotros es que Dios ejerce su poder y su fuerza para perdonar y salvar, y nosotros solemos utilizar el poder para condenar y castigar.

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que como consecuencia de nuestras limitaciones, a veces, no sabemos lo que nos conviene, no sabemos qué opción elegir, por eso nos recuerda san Pablo que contamos con la ayuda del Espíritu Santo.

Cuantas veces decimos: “no sé rezar”, o “no sé qué decir”, o “me pongo a rezar y no me sale nada”.  Como seres humanos, ante Dios, siempre hemos de sentirnos necesitados de su ayuda.  Y es precisamente el Espíritu Santo el que viene en ayuda de cada uno de nosotros y reza en nosotros y por medio de nosotros.

La oración cristiana, la espiritualidad cristiana, no es un trabajo que realicemos por nosotros mismos o por nuestros propios medios, sino que es obra del Espíritu Santo al cual debemos dejarlo actuar en nuestra vida.

El evangelio de san Mateo nos decía que, al lado del buen trigo, apareció la cizaña.  En nuestras vidas hay esta mezcla: de trigo y cizaña. 

Cuando amamos a una persona, tendemos a verle sólo cosas buenas.  Cuando alguien no nos cae bien, sólo le vemos cosas malas.  Jesús quiere ayudarnos a descubrir el bien y el mal que hay en todos, en los grupos, en la Iglesia, en nosotros mismos, en cada uno de nosotros.

A veces, si nos fijamos bien, veremos que hay mucho más de bueno que de malo.  Claro que lo malo se siente mucho más, es noticia, sale en los diarios, nos hace daño.  Lo que hay de bueno es normal, se cuenta con ello, no hace falta hablar de ello.  Quizás ya es hora de revisar esta actitud y aprender a ver las cosas buenas que hay en los demás: promover el sentido de la admiración en contra del ya gastado sentido de la crítica.

La tentación que tenemos es querer arrancarlo todo y en seguida. 

La pena de muerte, el terrorismo, la tortura, la violencia, son cosas antievangélicas.  ¡Cuántos ejecutados que después se ha descubierto que eran inocentes!  Además, personas que han tenido un pasado malo, pueden cambiar, pueden convertirse en personas dignas y servir a la humanidad. 

El mensaje del evangelio es que Dios tiene tiempo.  Dios da tiempo para el arrepentimiento.  El mensaje cristiano proclama la tolerancia: “Dejad que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”.  La hora de la siega no está en las manos de los hombres, sino en manos de Dios.  El hombre no tiene derecho a anticipar el juicio final.  Eso toca a Dios exclusivamente.

lunes, 6 de julio de 2020


XV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Dios jamás se calla.  No deja de hablar.  La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia de la importancia de la Palabra de Dios en nuestra vida.

La 1ª lectura del profeta Isaías compara la palabra de Dios con la lluvia y la nieve, que germinan la tierra. 

La palabra de Dios es fuente de vida y no un simple sonido para comunicar ideas y darnos información.  Hay palabras que han trastornado vidas enteras con su mensaje.  Un libro puede abrir horizontes insospechados y posibilitar nuevos caminos. 

En tiempo de sequía pedimos que llegue la lluvia porque el agua es imprescindible para que haya vida en la tierra.  La Palabra de Dios es como la lluvia, es decir, tiene que producir frutos en nosotros y en nuestro mundo.

Hoy, parece, que los malos, los corruptos, los violentos, son los que triunfan siempre y además parece que no son nunca castigados; mientras que los buenos, los justos, los humildes parece que son humillados.  Pues, bien, la Palabra de Dios no falla. 

La Palabra de Dios nos da esperanza, nos indica el camino que debemos recorrer y nos anima para que transformemos nuestro mundo según los proyectos de Dios y nos lancemos a un compromiso por transformar y renovar el mundo y las injusticias.  Sólo cambiaremos las situaciones injustas cuando nos dejemos guiar por la Palabra de Dios y la pongamos en práctica.

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que en el mundo hay guerras, sufrimientos y grandes angustias. La creación entera grita y sufre como una mujer con dolores de parto.

El hombre de hoy se ha dado cuenta que el mundo no es para ser explotado, violentado, utilizado de acuerdo con los criterios del egoísmo.  Pero no sólo debemos preocuparnos por el agotamiento de los recursos naturales del mundo, sino que también hemos de tomar conciencia que la vida es para vivirla de acuerdo a los criterios de Dios.

Sólo cuando tomemos conciencia de que todos somos hermanos en la existencia, podremos liberar a toda la creación del egoísmo y de la explotación en la que el hombre ha convertido este mundo.

El Evangelio de san Mateo, nos propone, ser buena tierra y estar dispuestos a escuchar las propuestas de Jesús.

Muchas veces comprobamos que cuando se lee el Evangelio, o se predica la Palabra, hay personas que no prestan la más mínima atención. Y hay otras que, demostrando muy mala educación y muy poco interés en la Palabra de Dios, se ponen a ver el móvil. Con ese comportamiento nunca podrán asimilar lo que Dios les está diciendo. Están despreciando a Dios y lo que Él dice. Debido a eso, como no escuchan las lecturas, la Palabra no germina en ellos. Al no escucharla, no la entienden y no la ponen en práctica. Así que llega el Maligno con sus tentaciones, no le ponen resistencia y caen en pecado.

Hay otros que sí escuchan la Palabra, incluso la aceptan con alegría, demostrando optimismo mientras están en la iglesia. Pero no son perseverantes. No profundizan en la fe. Su entusiasmo se acaba rápidamente y van perdiendo la poca fe que tenían. También hay los que escuchan la Palabra de Dios pero la ambición, el deseo de adquirir y tener, ahoga la semilla y no da fruto.

¡Cuántos esfuerzos en la evangeliza­ción! ¡Cuánto trabajo pastoral! Y más bien constatamos, cada día, que muchas semillas caen al borde del camino, o en terreno pedregoso, o entre abrojos, y se pierden. Las distracciones, la superficialidad, la inconstancia, el afán de riquezas o de placer, las mil preocupaciones que nos agobian... son hoy las causas que hacen que la semilla no pueda echar raíces y dar fruto. A pesar de todo, siempre hay una pequeña parte de la semilla que cae en tierra buena, siempre hay alguien “que escucha la palabra y la entiende”. Sólo para esos pocos, el trabajo ya ha merecido la pena. Y todavía, el fruto que da en cada uno puede ser muy variado: “ciento y sesenta o treinta por uno”, depende de las circunstancias personales. Pero, por poco que sea, ya ha producido fruto.

Parece como si la semilla chocase con dificultades casi insuperables. Constatamos a esos niños y niñas que hacen su primera comunión o se confirman y ya no se vuelven a venir la Iglesia; a esos papás y padrinos, a esos adolescentes, a esos jóvenes, a esos matrimonios en los cuales un día se sembró la semilla y ya no han vuelto más ni a los grupos ni a la Iglesia.  ¡Cuántas horas de trabajo y de esfuerzo perdidas!  ¿Qué podemos hacer?

Hay que dejarse empapar por Dios, para que nos transforme y cambie esa vida de sequía que viven muchas personas.  Sólo la Palabra de Dios, si la dejamos que empape nuestra vida, puede transformarnos.

lunes, 29 de junio de 2020


XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos enseñan dónde encontrar a Dios.  Dios se da a conocer en la sencillez, en la humildad.  

La 1ª lectura del profeta Zacarías nos recuerda que Dios es un Dios humilde, pacífico que le gusta lo sencillo y se alegra en la verdad.

Nuestro mundo actual está lleno de ambición, de esclavitud, de armas, de sangre y muerte.  Cada minuto los gobiernos se gastan millones de euros en armamento.

Muchas personas creen hoy, que para lograr la paz en el mundo hay que tener ejércitos poderosos, gastar muchísimo dinero del presupuesto de un país en instrumentos de muerte, y así imponer, por la fuerza y por el miedo, la paz y la seguridad del mundo.  

Sin embargo, el profeta Zacarías nos decía: “Mira que viene tu rey,
justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna... Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén;
romperá el arco guerrero”.  

Dios es un Dios de paz que no está de acuerdo que en nuestro mundo se malgaste tanto dinero en fabricar armas de muerte, mientras hay tantas personas que no tienen trabajo ni lo más mínimo para vivir con dignidad.

Los cristianos debemos luchar por la paz en el mundo, pero no solamente con palabras y oraciones.  Debemos ir más allá: objeción de conciencia, objeción fiscal, denuncia de la práctica armamentista de los gobiernos.  El cristiano vive los problemas del mundo, los sufre y lucha para solucionarlos, pero tiene también que trabajar por la paz y por la construcción de un mundo de hermanos.

Hay que abandonar las políticas armamentistas de los gobiernos y que nuestros gobernantes renuncien a todo sueño de mesianismo político y triunfalista. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos nos invita a vivir “según el Espíritu” y no “según la carne”.

Vivimos una época de grandes descubrimientos, todos ellos van encaminados a conseguir una vida cada vez más agradable y cómoda.  Sin embargo, aunque vivimos mejor cada día, no somos más felices, porque como nos dice San Pablo la felicidad no puede consistir en dar rienda suelta a los deseos humanos del cuerpo.

Como cristianos no nos podemos dejar dominar por la carne, es decir, por una vida de pecado, porque el pecado es rebeldía contra Dios.  Hemos de dejar que sea el Espíritu de Dios el que habite en nosotros para cambiar las obras del pecado por obras de bien, obras responsables, obras de Dios.  El cristiano debe dar muestras en su vida de ser guiado por Dios y no por el pecado.

En el evangelio de san Mateo, Jesús nos dice que Él ha venido para los sencillos y que podemos acudir a Él cuando nos sintamos agobiados.

Para entender el mensaje de Jesús hay que ser humilde de corazón.  Los sabios, o aquellos que se tienen por sabios y entendidos, difícilmente pueden entender a Dios.  Si uno cree que ya lo sabe todo, ¿qué le vamos a enseñar?

Ser humilde no quiere decir ser tonto o de pocas luces. Hay mucha gente inteligente y son sencillos como niños. Y por otra parte, creerse sabio no equivale a ser inteligente.

Jesús nos invita hoy también a que cuando estemos agobiados, cuando suframos depresiones, cuando tengamos graves problemas personales, que acudamos a Él para que nos alivie y consuele.  Jesús nos dice que Él vino para ayudarnos a soportar el peso de la vida diaria, a librarnos de nuestras cargas, echándoselas sobre sí mismo. 

Si recurrimos a Cristo en nuestras aflicciones, en nuestras enfermedades, en cualquiera de nuestros sufrimientos, Él nos ayudará.  Cuando estuvo en el mundo curó enfermos y resucitó muertos.  Hoy en día, Él está también entre nosotros y quiere aligerarnos nuestras preocupaciones.  

Pero pensemos que cuando pedimos ayuda a Cristo en nuestras necesidades, Él nos pide que nosotros también pongamos algo de nuestra parte.  Nos pide que lo imitemos en nuestra manera de vivir, en nuestra manera de actuar.  En el Evangelio el Señor nos dice que su yugo es ligero.  El yugo está hecho para ser llevado entre dos.  Lo que nos dice el Señor en el evangelio es que Él hará lo que tiene que hacer para ayudarnos en nuestra vida diaria pero nosotros también tenemos que aguantar nuestra parte de la carga.  

Acudamos a Cristo, con sencillez, y estemos seguros, que en Él encontraremos descanso. 


lunes, 22 de junio de 2020

                 XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la vida y las condiciones necesarias para seguir a Jesús. 

La 1ª lectura, del 2° libro de los Reyes, nos muestra cómo todos podemos colaborar en la realización del proyecto salvador de Dios.  Unos pueden colaborar de forma directa como el profeta Eliseo; otros indirectamente como la mujer de Sunem.  Todos tenemos un papel que desempeñar en la Iglesia, todos tenemos que colaborar para que Dios se haga presente en el mundo. 

La mujer de Sunem acoge al profeta como si del mismo Dios se tratara.  Es una acogida extraordinaria.  La recompensa también es extraordinaria: para una mujer hebrea la mayor desgracia era no darle ningún hijo a su marido.  El Señor da este premio a la sunamita: “El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”.   

Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente todo lo que se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva. 

Hoy podemos preguntarnos: ¿premia Dios en esta vida nuestros esfuerzos y sacrificios por los demás?  La respuesta es sí.  Dios es un Dios de vivos y por tanto es Señor de la vida cotidiana.  No hay que esperar al tiempo futuro para esperar su premio.  La alegría, la limpieza de corazón, el amor a los demás, ya son regalos de Dios. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Romanos, nos habla del bautismo.  Por medio del bautismo la vida de divina está en nuestro interior. Esa vida divina tiene que ir creciendo en nosotros hasta hacerse expresión en nuestros pensamientos y en nuestras obras, así se manifestará la resurrección y daremos muerte en nosotros al pecado. 

¿Para qué nos bautizamos?  Para ser cristianos y ser cristianos es vivir una vida nueva y renunciar al pecado.  Pecar significa cerrarse en uno mismo y rechazar a Dios y a los demás.  “Pecar” es rechazar la comunión con Dios e ignorar, conscientemente, sus propuestas.  

No podemos ignorar que el pecado existe, existe porque el pecado es el egoísmo que genera injusticia y explotación; es el orgullo que genera conflicto y división; es la venganza que genera violencia y muerte.  

Lo que se le pide al cristiano es que renuncie a esta realidad y oriente su vida de acuerdo con los criterios y los valores de Jesús.  

En el evangelio de hoy de san Mateo, ¡Jesús no nos lo pone fácil!  El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”. 

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella? 

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él quiere, lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo. 

¿Qué querría decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo de aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo cristiano, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado. Los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús. 

¿Y que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.  

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que “esto es perder el tiempo en tonterías”. 

Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia.  Hay algo que está por encima de la familia: el reino de Dios y su justicia.

 


lunes, 15 de junio de 2020

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Miedo y confianza son palabras que aparecen hoy en la Palabra de Dios que hemos proclamado.  Por encima de nuestros miedos hemos de tener confianza en Dios porque sabemos que Dios nos cuida.

En la 1ª lectura vemos como Jeremías es perseguido por el mensaje que anuncia y todo lo que denuncia, sin embargo no deja de confiar en Dios y de anunciar fielmente las propuestas de Dios para los hombres.

Ser profeta no es fácil.  A la gente no le gusta que pongan en duda o que cuestionen su forma incorrecta de vivir, sus injusticias o sus antivalores.  Por eso la vida del profeta es una vida de incomprensión, soledad, lucha y riesgo.  Y sin embargo es un camino que Dios nos llama a recorrer con fidelidad a su Palabra.

El profeta, como el verdadero cristiano es aquel que es capaz de decir con valentía verdades que duelen y que provocan críticas y conflictos y en algunas circunstancias, incluso, con peligro de su vida.  Sabemos bien, que todo aquel que ha querido hacer el bien, siempre encuentra dificultades.  Por eso el profeta Jeremías nos decía que “oía la acusación de la gente”. 

Criticar al que quiere hacer bien las cosas es el deporte nacional.  Es lo que toda la vida sabe muy bien hacer la gente. En la actualidad hacer las cosas bien no es aplaudido.  Incluso, en ocasiones, es perseguido.  Hoy, parece que lo que es más popular, lo que le gusta a mucha gente es ir contra el sistema, ir contra lo que está bien, e incluso ir contra Dios y sus valores.

Por eso, si somos auténticos cristianos, estemos seguros de una cosa: siempre vamos a ser criticados y calumniados.  Sin embargo, Dios nunca abandona a aquel que le es fiel.  

Por eso es importante que, delante del Señor pensemos y nos preguntemos: ¿estoy dispuesto a ser distinto, a ser auténtico, a ser fiel a Dios?  Porque, cuando intentamos vivir como buenos cristianos se tiene que notar lo que somos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos habla de la entrada del pecado en el mundo.  El pecado es una vieja realidad en el mundo.  Tan vieja como el hombre ya que el hombre, y sólo el hombre, es el responsable de la condición pecadora de la humanidad.

No podemos cerrar nuestros ojos ante la realidad de pecado que existe en nuestro mundo.  Es verdad que el mal destaca escandalosamente en el mundo.  Algunos acontecimientos que marcan nuestro tiempo confirman que una historia construida sobre el pecado y al margen de Dios es una historia llena de egoísmo y de injusticias.

Pero si el pecado es una vieja realidad, también lo es el perdón y la gracia de Dios y aunque aparezca más calladamente, tienen más fuerza y más valor que el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos dice hoy que la Palabra liberadora de Jesús no puede ser silenciada, escondida sino que tiene que ser proclamada “sin miedo”.

Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos hoy, es la falta de credibilidad de las instituciones y de las personas.  Hoy, ni los políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos nos inspiran confianza.  Y lo que es peor, muchas veces tampoco nos inspira confianza el vecino, incluso desconfiamos también de los familiares.

Parece que ya nadie confía en nadie.  Es verdad que son muchísimos los problemas con que nos enfrentamos hoy en día: la corrupción, la falta de trabajo, el terrorismo, la incertidumbre económica, la falta de moral social y política, las guerras, el hambre, la pobreza cada día mayor.  Todo esto nos lleva a vivir con miedo, atemorizados, encerrados en nosotros mismos, despreocupados de los demás.

Si perdemos la confianza en nosotros mismos y en la bondad del mundo, estamos perdidos.  Contra el mal y la pérdida de confianza, el evangelio nos invita a confiar en Dios.  Dios, nuestro Padre que cuida de la naturaleza, de los animales, ¡cuánto más no cuidará del hombre, hecho a su imagen y semejanza!

Hay que tener confianza en que el mundo, a pesar de todo, se encamina al encuentro con Dios.  Confianza en que nuestros trabajos y aportaciones en la construcción de un mundo mejor, por muy pequeños que sean, son importantes.  Confianza en las personas.

Jesucristo nos repetía hoy: “¡No tengáis miedo!” porque nada malo puede sucedernos si ponemos en Dios nuestra confianza.

martes, 9 de junio de 2020


CORPUS CHRISTI (CICLO A)

Hoy celebramos la fiesta del Corpus Christi, esta fiesta quiere ser un clamor que recuerde a los cristianos y al mundo que la fuente de la vida sólo se halla en Dios que se hace presente en la Eucaristía.  Por eso, nos hemos reunido hoy para celebrar esta fiesta siempre entrañable del “Corpus”, la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor. 

El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte.

Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido la festividad del Corpus Christi en esta época litúrgica en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres... Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse... Cierto que se ha quedado -dijéramos- como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad -cuerpo, alma y espíritu- para dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra oscuridad, Su Luz.

Cuando ingerimos alimentos, en virtud del proceso digestivo y metabólico, nuestro cuerpo asimila dichos alimentos. Pero cuando recibimos el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Comunión, no pensemos que asimilamos a Cristo como asimilamos los alimentos al comer, sino que es Él quien nos asimila a nosotros; es decir, el Señor nos hace semejantes a Él, al hacernos participar de su Vida Divina. ¡Así de maravilloso es este gran regalo que nos da Jesús al recibirlo en la Hostia Consagrada!

Las palabras que hemos escuchado en el evangelio de San Juan son rotundas: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.  Y el pan que yo os doy es mi carne para que el mundo tenga vida”.  “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no podréis tener vida en vosotros”.

En la Eucaristía comemos y bebemos vida.  Claro está que no podemos entender la Eucaristía como una especie de fuente mecánica.  Sabemos que la Eucaristía es la culminación de la vida de la Iglesia y del creyente, al mismo tiempo que su fuente.

Jesucristo nos ha dicho estas palabras: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él”.  Tenemos que comer para vivir, pero en modo alguno podemos reducir nuestra vida a comer o consumir.  Nuestra alma necesita de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la gracia que recibimos en el Bautismo.

Comulgar no es, por tanto, como piadosamente se suele decir, recibir a Cristo, sino entrar en comunión con Él, hacer causa común con Jesús. Y bien sabemos que la causa de Jesús es el hombre, sobre todo el débil, el oprimido, el empobrecido, el explotado, el reducido a la miseria y al hambre.

¡Qué agradecidos debemos estar por el Amor Infinito de Dios al regalarnos la presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada! ¡Qué agradecidos por poder recibir ese alimento tan necesario para nuestra vida espiritual! ¡Qué agradecidos porque Jesucristo se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual!

Pero para que se realice en nosotros y a través nuestro el contenido del Misterio Eucarístico es necesario recibir el Sacramento del Cuerpo de Cristo en estado de gracia.

Es decir: para comulgar bien, además de comprender a Quién se va a recibir y de guardar el ayuno requerido, se necesita no haber cometido pecado grave o haberlo confesado al Sacerdote, estando verdaderamente arrepentido.

Así podemos recibir la plenitud de Su Gracia y de Su Amor en el Sacramento del “Corpus Christi”, la Sagrada Eucaristía.

La fiesta del Corpus quiere ser un clamor que recuerde a los cristianos y al mundo: la fuente de la vida sólo se halla en Dios que se hace presente por Jesús en la Eucaristía.




XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Seguimos ya con normalidad los domingos del tiempo ordinario.

En el libro del Éxodo aparece un aspecto poco conocido de la historia de Israel. Dios no sólo ha liberado a este pueblo de la esclavitud de Egipto y lo ha conducido por el desierto a la tierra prometida, sino que lo ha constituido “pueblo sacerdotal”, o sea, pueblo “mediador”. En medio de los demás pueblos, que están sumidos en la oscuridad doctrinal y moral del politeísmo, el pueblo de Israel debe ser, según la intención de Dios, signo suyo y mediador de salvación, para que todos vayan conociendo cuál es el Dios verdadero y vivan según su voluntad. ¡Cuántas veces dicen los profetas, o los salmos, que Jerusalén debe ser faro de luz, de verdad y de santidad para todos los pueblos! Otra cosa será si los israelitas entendieron esto o se encerraron en una perspectiva nacionalista que no admitía demasiado la universalidad de su misión.

En la carta a los Romanos, que seguiremos leyendo durante tres meses, Pablo hace hoy unas gozosas afirmaciones: por su muerte en la cruz, Cristo Jesús nos ha reconciliado con Dios Padre. Es una noticia como para animar a cada uno y para comunicar a los demás, como hace Pablo.

En el evangelio es Jesús quien, compadecido de las turbas que andan desorientadas, como ovejas sin pastor, no sólo se dedica él a una evangelización continuada, sino que llama a discípulos que le ayuden en esta misma tarea.

Si alguien nos pregunta sobre las posibilidades que tenemos los cristianos de hacer crecer la fe en el mundo de hoy, ¿verdad que nuestras respuestas a menudo son negativas? Cuántas veces, hablando de este tema, refiriéndonos quizá a la gente que nos rodea, o a la juventud, o a la sociedad en general, habremos oído, o incluso dicho, esta expresión: “No hay nada que hacer...”

Esta visión pesimista contrasta con la de Jesús. Él dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”. Es decir, el problema no es de falta de trigo, sino de falta de segadores... Por eso añade: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”.

Procuremos entrar, hermanos y hermanas, en esa forma de ver las cosas que tiene Jesús. Ensanchemos nuestras perspectivas de futuro con las que él nos propone. Impregnémonos del espíritu misionero del evangelio de hoy.

Debemos, en primer lugar, prestar atención a nuestro corazón. La misión nace en el corazón de Jesús, el cual, al ver a la multitud de gente extenuada y abandonada, se compadece de ellos.

Si no compartimos esta piedad profunda, no tendremos impulso misionero. Tenemos que cambiar nuestro corazón, como primer paso para lograr unas comunidades cristianas más proyectadas hacia fuera, más evangelizadoras.

¿Y de qué se compadece Jesús? ¿De la pobreza? ¿De la enfermedad?
Sí, desde luego: él pasa haciendo el bien, curando a muchos hombres y muchas mujeres, de cuerpo y de espíritu.

Pero el evangelio de hoy apunta a una cuestión más radical. Dice que se compadecía de la gente porque los veía extenuados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor. Es decir: Jesús se compadece del fondo de la persona. No aspira sólo a ofrecernos pequeños consuelos. Nos quiere hacer justos y por eso dará la vida, como nos ha explicado la carta de Pablo a los cristianos de Roma.
        
Las generaciones actuales de cristianos hemos ganado mucho en sensibilidad social: nos preocupan, más que en otras épocas, la injusticia, la pobreza, el tercer mundo... Este es un hecho positivo, evangélico, una gracia de Dios. Pero, ¿nos duele suficientemente que tantos hermanos nuestros hayan abandonado la Eucaristía dominical, y que tantos otros hayan perdido o medio perdido la fe, que haya tanta desorientación, que Jesucristo y su Evangelio sean desconocidos y, en definitiva, que tantos vivan como abandonados, como ovejas que no tienen pastor? ¿Qué podemos hacer por ellos? Por ellos... porque no queremos evangelizar por afán de ser más, para llenar nuestras iglesias, para tener éxito... sino para compartir con muchos la felicidad de conocer el amor que nos tiene Dios, la paz impagable que nos da el poder decir: “El Señor es mi pastor”.

Por eso Jesús llama a sus discípulos y los hace apóstoles, es decir, enviados. Él, que es el enviado del Padre, envía a la Iglesia. Hemos escuchado los nombres de los primeros doce apóstoles: Simón, llamado Pedro, y Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano, Santiago y Tadeo, Simón y Judas, el Iscariote, el que lo entregó. Sobre el fundamento de estos apóstoles Jesús levantará su Iglesia y la enviará a segar. Su Iglesia es nuestra Iglesia. Y todos nosotros, cada uno según su ministerio y su carisma, somos enviados a evangelizar.

Hermanos y hermanas, nos lo dice el Señor: “íd y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. No nos guardemos la buena noticia para nosotros solos. Seamos fieles a la misión, y acreditémosla con los signos que el mismo Evangelio nos ha confiado: curemos, resucitemos, purifiquemos, libremos del mal.



martes, 2 de junio de 2020

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO A)

El domingo pasado terminábamos el tiempo de Pascua, y esta semana al comenzar la segunda parte del Tiempo Ordinario lo celebramos con una fiesta también solemne, que es la Santísima Trinidad. Es el misterio central de nuestra fe. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de un solo Dios en tres Personas.

En la 1ª lectura, del libro del Éxodo, vemos cómo Dios se muestra como Padre.  Moisés habla con Dios-Padre y le pide dos cosas importantes: una, que perdone la infidelidad del pueblo a la alianza que había hecho con Dios; y la otra, que Dios los acompañe en su peregrinación por el desierto.  Y este Dios Padre se muestra compasivo y misericordioso, que concede siempre su favor a los que confían en Él.

Aunque nos equivoquemos, aunque pequemos, y tantas veces nos alejemos de Dios, Dios no nos abandona, siempre nos acompaña y se hace presente en nuestra vida y camina a nuestro lado. El amor de Dios por nosotros es gratuito y libre.  Por ello ante este Dios Padre, nosotros debemos de tener una actitud de agradecimiento, de adoración, de contemplación y hemos de darle gloria y alabanza a Dios por los siglos.

La 2ª lectura, de la 2ª carta de San Pablo a los Corintios, terminaba con el saludo litúrgico trinitario que usamos en todas nuestras celebraciones: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”.  Como comunidad cristiana estamos invitados a descubrir que Dios es amor.  La fórmula “Padre, Hijo y Espíritu Santo” expresa esa realidad de Dios como amor, como familia, como comunidad.

Como bautizados estamos llamados a formar una comunidad de amor.  Nuestro fin en esta tierra es pertenecer a la familia trinitaria.  Estamos llamados a vivir una vida comunitaria.  Nuestra relación con los hermanos debe reflejar el amor, la ternura, la misericordia, la bondad, el perdón, el servicio, que son las consecuencias prácticas de nuestro compromiso con la comunidad trinitaria.

El Evangelio de san Juan nos decía: “Tanto amó Dios al mundo…”

La vida de la Trinidad es una vida de amor.  Y el amor es sinónimo de entrega, donación y diálogo.

Dios Padre es el que desde siempre nos ha amado.  Él es la fuente del amor.

El Hijo se hizo hombre por amor a nosotros, murió en la cruz, como máxima expresión de amor por la humanidad.

El Espíritu Santo es el fuego que enciende en nosotros el amor, para que podamos nosotros amarnos como se aman entre sí Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Nuestra vida, es una vida trinitaria de principio a fin.  Toda nuestra vida está marcada y orientada por el amor de Dios.

En nuestro bautismo fuimos signados y bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.  Ya desde el principio de nuestra existencia fuimos envueltos por el amor de Dios.

En la celebración de la Eucaristía, al principio nos santiguamos en su nombre, el sacerdote nos saluda en su nombre y al final nos bendice también en el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Durante la misa cantamos el Gloria y el Credo, centrados en la actuación de las tres divinas Personas; y el sacerdote, en nombre de la comunidad, siempre dirige la oración al Padre, por medio de Cristo y en el Espíritu.

En la alabanza final de la Plegaria Eucarística, se dice solemnemente cuál es la dirección de toda nuestra oración: “por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria”.

¿Cuántas veces, durante nuestra vida, nos santiguamos en el nombre del Dios Trino, recordando nuestra pertenencia a Él?

¿Cuántas veces rezamos esa breve y densa oración que es el “Gloria al Padre”, como resumen de nuestras mejores actitudes de fe?

Realmente se puede decir que todos “somos trinitarios”, que estamos invadidos del amor y la cercanía y la vida de ese Dios Trino. Eso es lo que puede darnos fuerzas para seguir con confianza el camino de Jesús en nuestra vida.

Nosotros creemos en un Dios trinitario: tres personas distintas, un solo Dios verdadero.  Estamos ante un misterio que nuestra inteligencia humana no puede resolver ni comprender.