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lunes, 20 de febrero de 2023

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Estamos viviendo ya este tiempo de Cuaresma en el que intentamos prepararnos para vivir con alegría la Pascua.  La Iglesia nos invita a hacer un esfuerzo por renovar nuestra vida cristiana, o dicho de otra manera, renovar nuestra relación con el Señor. 

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña que desde el principio de la humanidad, el ser humano ha tenido la tentación de alejarse de los caminos de Dios.

Nosotros, los seres humanos, no podemos olvidarnos que Dios es nuestro origen y nuestro destino último.  Somos seres que Dios ha creado por amor, que nos ha dado su propia vida y nos ha regalado la libertad, por eso Dios nunca se impone y respeta siempre nuestras decisiones.  Pero el hombre no puede creerse Dios, éste es el gran pecado del origen de la humanidad y sigue siendo el pecado de hoy: querer ser Dios.

Cuando aceptamos nuestra condición de criaturas de Dios y reconocemos que Dios es nuestro Padre que nos da la vida, que nos ama y que nos enseña el camino para alcanzar la felicidad, nuestra vida se convierte en un “paraíso” donde encontramos vida, armonía, felicidad y realización.

Sin embargo, cuando el hombre le da  la espalda a Dios, cuando quiere él convertirse en Dios, cuando quiere competir con Dios y no cumple las reglas de Dios, aparece el mal en la vida del ser humano.  El mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo de querer prescindir de Dios en nuestra vida.  No podemos, por tanto, sacar a Dios de nuestras vidas, no podemos desconfiar de Dios y rechazar su autoridad porque las consecuencias serán muy negativas para nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos propone dos ejemplos: Adán y Jesús.  Adán representa al hombre que ignora las propuestas de Dios y toma decisiones sin contar con Dios; Jesús es el hombre que vive obedeciendo a Dios.  La forma de actuar de Adán genera egoísmo, sufrimiento y muerte; la manera de actuar Jesús crea vida plena y definitiva.

Algunos acontecimientos que marcan la historia de nuestro tiempo confirman que una historia construida al margen de Dios es una historia marcada por el egoísmo, por la injusticia, por la prepotencia y, por tanto, es una historia de sufrimiento y de muerte.  Todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.

El evangelio de San Mateo, nos presentaba las tentaciones de Jesús.

Como Jesús, nosotros hoy estamos sometidos a tentaciones, es decir, oportunidades para dejar de lado a Dios y buscarnos la solución a nuestros problemas con nuestros propios medios.

No podemos negar la existencia del pecado y las tentaciones que el diablo nos propone a diario. El Papa Francisco, con su lenguaje llano y claro, nos decía que “todos somos pecadores todos sentimos la tentación, la tentación es el pan nuestro de cada día. Si alguno de nosotros dijese: ‘Yo no tengo tentaciones’, o eres un querubín o eres un poco tonto”

Las tres tentaciones que nos presenta el Evangelio siguen estando vigentes hoy y se van metiendo muy fácilmente en el corazón del hombre. El demonio se disfraza y nos seduce trastocando los valores, encubriendo el engaño, presentando lo malo como bueno. Nos las presenta como dulces tentaciones.

¿Qué malo tendría que Jesús transformara las piedras en panes?  Es cierto que lo primero que una persona necesita es comer, pero no se puede manipular al pueblo con el hambre ni quitarle su dignidad. ¡Cuántos crímenes se comenten abusando de las necesidades básicas de la humanidad! ¡Cómo se compran y venden conciencias con tal de tener lleno el estómago! En el fondo de muchas injusticias está esta manipulación del hombre en sus necesidades básicas: comer, vivir, tener un hogar donde vivir. Hoy también caemos en esa tentación: dar más importancia al placer que a la dignidad, comprar y vender conciencias aprovechándonos de las necesidades.

La segunda tentación consiste en querer manipular a Dios y ponerlo a nuestro servicio.  No podemos “comprar a Dios” con nuestros actos, ni construir una religión para nuestra satisfacción.  La fuerte tentación será querer utilizar a Dios para los propios proyectos, convertir a Dios en esclavo nuestro.  Y de esta manera se convierte el hombre en veleta, sin principios: hoy es de una religión, de un partido, de una tendencia; mañana, ha cambiado y se adapta a lo que mejor le conviene con tal de estar a tono con las nuevas tendencias. Y llegamos a una religión comodina y fácil, que dé gusto a todos y que no respete ni a Dios ni a los demás.

La tercera tentación es igualmente actual y seductora: convertirse en amo y dueño, quitar a Dios de la vida, asumir las riendas de la historia y de la humanidad al propio gusto y capricho.   Buscar el poder y el triunfo a cualquier precio, aun destruyendo a los hermanos y postrándose ante cualquier ídolo.

Las tentaciones de Jesús son las tentaciones de todo hombre y de todos los hombres: el placer, la fama, la riqueza y el poder. Todos estamos siendo tentados. No es cuestión de asustarnos con el demonio, pero tampoco es hora de olvidar su astucia. Se necesita creer más en Dios que en el demonio. La gracia es infinitamente más fuerte que el mal, pero sería peligroso olvidarse de la propia fragilidad.

lunes, 13 de febrero de 2023

 

VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Hoy, la Palabra de Dios nos habla a los cristianos de cosas muy importantes: de las condiciones para ser discípulos de Jesús, de ser templos del Espíritu, de la bondad de Dios para con todos y de nuestro comportamiento con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Levítico nos decía: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”

Cuando oímos hablar de “santidad”, pensamos en lugares lejanos y en personas con estilos de vida bien extraños.  Pensamos que la santidad es para las monjitas, para los sacerdotes y religiosos; pero no para mí, que soy un cristiano normal, que me esfuerzo apenas por vivir como tal.  Además, nos preguntamos ¿cómo se hace uno “santo”?

Vosotros los laicos, como los sacerdotes y religiosos estamos llamados a la santidad, es decir “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.  Buscar la santidad es la tarea esencial de un cristiano.  La santidad es indispensable para transformar las familias, la parroquia y la sociedad.  Y para ello el cristiano ha de trabajar por la paz, la solidaridad, frecuentar los sacramentos, hacer oración y vivir la devoción a la Virgen María.

Hay que esforzarse por buscar la santidad de vida para poder anunciar al mundo el Evangelio y así dar testimonio de vida cristiana.  Es en el mundo y desde el mundo donde el cristiano tiene que buscar la santidad.  Es en el mundo donde tiene que vivir su fe.  Si queremos que este mundo sea santo, tenemos que empezar por ser santos nosotros.

La santidad requiere esfuerzo.  No hay un atajo mágico en el camino hacia el cielo, pero es algo que todos podemos alcanzar.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos recordaba que somos Templos del Espíritu Santo y que Dios habita en nosotros.

Ante las dificultades de la vida, los cristianos confiamos en el amor.  Queremos sentirnos amados y ayudados por un Dios que se ha comprometido con nosotros.  Y el mejor agradecimiento que podemos mostrarle a Dios es el vivir unidos, en comunidad, en la Iglesia, siendo todos, una gran familia.  Por eso nos decía san Pablo: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” Es lo que san Pablo les dice a los recién bautizados de la comunidad de Corinto.

Todos los bautizados formamos un solo cuerpo, somos parte de la misma comunidad, de la misma parroquia, y estamos llamados a ser un signo de unidad para las personas que conviven con nosotros. “Mirad como se aman”, era la expresión de la gente cuando veían el estilo de vida de los primeros cristianos.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”.

Hoy, como en otros tiempos, asistimos a un increíble crecimiento de la violencia. Cuando se responde a la violencia con violencia, se alimenta el odio, que se trasmite de generación en generación.

Hay que reconocer que las palabras de Jesús de amar al enemigo y de hacer el bien a los que nos aborrecen resultan difíciles; y para los que no viven en serio la fe, incomprensible.  Es difícil amar al que te odia, al que te hace la vida imposible, al que no te deja vivir en paz, al que ha manchado tu imagen. Resulta muy difícil tender la mano a quien te puso la zancadilla, como es difícil amar y ayudar al que te cae antipático, al interesado y egoísta.

Sin embargo, Jesús nos dice hoy que Él rechaza la ley del Talión, del “ojo por ojo, diente por diente”. Por esta ley, si a mí alguien me quitara un ojo, yo le podría quitar a él otro; es decir, yo le podría hacer el mal que él me hiciera a mí. Esta ley tenía de bueno que no nos pasáramos, porque la tentación que tenemos es de quitarle los dos. Jesús, en cambio, nos trae la ley del amor.

Jesús tiene la convicción profunda de que al mal no se le puede vencer con la  fuerza, el odio y la violencia. Al mal solo se le vence con el bien. La violencia es una espiral que destruye todo lo que engendra. En vez de disminuir el mal, lo aumenta.

Si se perdona es para cortar la espiral del odio y del mal, y para ayudar al delincuente a rehabilitarse y a actuar de manera diferente en el futuro.

Nadie puede decir que es fácil perdonar. Perdonar es difícil. El cristiano perdona porque se sabe perdonado por Dios.  Perdona de corazón quien, reconociéndose pecador, se encuentra con el perdón de Dios, que olvida nuestro pecado y nos acoge como hijos.

Hemos de tener presente que perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas, pero no hemos de odiar a nadie.  Jesús no llama a una aceptación pasiva del mal, del odio, de la violencia, llama a ser artífices de la paz con todas nuestras fuerzas. Lo que Jesús ha dicho con claridad es que no se lucha contra el mal cuando se destruye a las personas.

Defendamos nuestros derechos pero perdonemos a los que nos ofenden para que podamos rezar aquellas palabras del padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

lunes, 6 de febrero de 2023

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. “Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

“Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras”. Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos… Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

El Evangelio de san Mateo nos dice que Jesús no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de Él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

Pero Jesús nos dice que no es suficiente con cumplir la Ley.  Es necesario abrirnos a Dios Padre y colaborar con Él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.

Por otra parte, las conversaciones están a menudo dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

Hay también divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”.  El Papa Francisco decía: “No a la guerra entre nosotros”.

Es lamentable como en algunas comunidades cristianas consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer nuestras propias ideas a costa de cualquier cosa y hasta hay persecuciones que parecen una caza de brujas. 

¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?  Hay que trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar como nos cuidamos unos de otros, cómo nos damos aliento y cómo nos acompañamos mutuamente en nuestras necesidades”.

Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

lunes, 30 de enero de 2023

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo” 

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar…  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.

Después de más de 2000 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos dice que tenemos que ser “sal”  y “luz del mundo”.

La sal era un elemento tan importe en la sociedad romana que, hasta la palabra “salario” se derivaba de la costumbre romana de pagar a los soldados con una ración determinada de sal. La sal era necesaria para evitar la corrupción de los alimentos y para darles sabor.

La sal tan pequeña e insignificante, pero siempre presente e indispensable en todas las mesas, hoy se nos propone como modelo del discípulo. La sal da sabor.  A una vida sin sentido, donde nos ahogan las preocupaciones y el trabajo, el cristiano debe darle sentido y sabor a su vida.

La sal también sirve para conservar, para evitar la corrupción. Así debe ser el cristiano, está llamado a evitar que se corrompa la comunidad, no puede permitir que se pudran las personas. Y hay muchas plagas que intentan corromperlas: la ambición, la mentira, el poder. La misión del cristiano es: preservar, cuidar, proteger la comunidad. Pero no pasivamente sino de una manera activa.

La sal sirve para conservar en buen estado. El cristiano debe conservar en sí y en la comunidad, el buen sabor de la vida de Dios. La sal ayuda a fijar algunas pinturas, el agua, las substancias. El discípulo de Jesús debe fijar y proteger la imagen de Dios en su persona y en las demás personas. Vivir como hijo de Dios y tratar a los demás como hijos de Dios.

Pero no solamente somos sal, Jesús nos dice que somos también luz de mundo.  Dios es la luz, nosotros somos hijos de la luz, la luz de Cristo debe iluminar nuestro caminar hacia el Padre.

La luz de Cristo no sólo debe iluminarnos a nosotros, los cristianos, sino que nosotros, los cristianos debemos iluminar con nuestra vida a la sociedad en la que vivimos. Vivir iluminados por la luz de Cristo es vivir en continua y constante lucha contra la mentira; contra la mentira que habita fácilmente en nosotros mismos y contra las múltiples mentiras con las que nos desayunamos cada mañana cuando escuchamos y leemos los medios de comunicación social.

Luchar contra la mentira, en cristiano, es ser auténtico, sincero y responsable uno mismo y proclamar la verdad del evangelio en voz alta y crítica frente a las voces mentirosas e interesadas de la sociedad en la que vivimos. En definitiva, vivir en la luz de Dios, en la luz de Cristo, es vivir convertido a la verdad de Cristo.

lunes, 23 de enero de 2023

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Todas las personas queremos ser felices, todos buscamos la felicidad y todo lo que hacemos, directa o indirectamente, es tratar de logar esa felicidad.  Pero, a veces, nos olvidamos que no todos los caminos nos llevan a la felicidad.   La Palabra de Dios nos dice hoy que Dios es feliz y que quiere comunicarnos esa felicidad.

En la 1ª lectura el Profeta Sofonías nos invita a la moderación, la pobreza, la humildad, la honradez, la búsqueda de la paz y la verdad, porque Dios no aprecia a los que confían en sus propias fuerzas, en sus riquezas, en ellos mismos.

Dios no hace pactos con los orgullosos y prepotentes que dominan el mundo y que pretenden crear la historia según sus caprichos.  Dios no está donde hay violencia y donde se vive la ley del más fuerte; Dios no apoya la política de los que dominan el mundo.  Hay que tener cuidado con aquellos que en nombre de Dios quieren imponerse y dominar el mundo, porque éstos no son los métodos de Dios.

Nuestra sociedad se dice cristiana, pero no vive según los criterios de Dios porque ensalza a los que tienen poder, a los que triunfan por cualquier medio, a los poderosos, a los que imponen el poder y la fuerza por las armas.

Hoy, la sociedad alaba a los que triunfan y margina a los pobres, a los débiles, a los sencillos, a los pacíficos, a los que no pueden hacer oír su voz ante las injusticias.  Hemos de renunciar a la prepotencia, al orgullo, al autoritarismo, a la autosuficiencia tanto en nuestra relación con Dios, como en nuestra relación con los demás.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una denuncia contra la actitud de aquellos que ponen su seguridad en personas y son orgullosos y autosuficientes y nos invita a buscar la verdadera sabiduría en Cristo.

Un gran número de personas creen que el secreto de la realización plena del ser humano está en tener una buena preparación intelectual, en el éxito profesional, en el reconocimiento social, en el bienestar económico, en el poder político, etc.  San Pablo nos dice que quien busca en su vida solamente este tipo de cosas está apostando por el caballo perdedor.  El hombre sólo se realiza plenamente cuando descubre a Cristo y aprende con Él el amor total y el don de la vida.

Aunque Dios no es el dirigente de ningún sindicato de obreros, sin embargo, Él se solidariza con los pobres, los humildes, los explotados y a todos ofrece, sin distinción la salvación.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado las Bienaventuranzas. 

Las bienaventuranzas quizás sean el pasaje más conocido y comentado de todos los evangelios. Pero también es uno de los más difíciles de vivir y de practicar. Las Bienaventuranzas tienen un único fin: la felicidad. Desde la antigüedad el hombre busca ser feliz y procura por todos los medios alcanzar su plena realización. Durante siglos se había imaginado que teniendo más riqueza, comodidades, poder y fuerza, podría ser feliz; pero entre más tiene y se esfuerza, se encuentra más vacío e incompleto.

Con sus palabras Jesús declara felices a los que por siglos habían sido considerados como perdedores y llenos de desgracias.

La primera bienaventuranza es como un resumen de todas las demás: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. No se es feliz cuando se tienen muchas cosas, se es feliz cuando el corazón está en paz y armonía y no necesita cosas externas para saciarse.

¿Cuándo nos sentimos más infelices?  Cuando hemos perdido lo que teníamos, cuando nos llenamos de odio o de envida, cuando ponemos nuestro corazón en los bienes materiales.  Jesús no nos condena a la pobreza ni a la miseria.  Jesús no está de acuerdo con la pobreza creada por las injusticias.

Vivimos en un mundo que a fuerza de proclamarlo ha creído que se puede ser feliz de una manera fácil y superficial, pero ha creado una nueva generación de individuos apáticos ante el sufrimiento y dolor de los hermanos. Jesucristo nos viene a enseñar que Dios es el Dios de los pobres, de los que tienen hambre y sed, de los que lloran… Jesús llora y sufre con ellos, comparte su dolor, pero también da sentido a ese dolor y nos enseña que en el dolor y en el sufrimiento puede haber paz y felicidad.

Ya es hora de que la comunidad cristiana sienta esta llamada de Jesús, y se decida a continuar lo que Él inició, que el Reino de Dios se haga presente ya entre nosotros, que se haga presente la fraternidad de una humanidad en la que desaparezca todo tipo de exclusión, de miseria, de hambre, de incultura, Tengámoslo bien claro, Dios ama a los pobres, por eso no quiere que haya pobres; por eso serán dichosos los que deciden dedicarse a construir un mundo en el que no haya pobreza, porque el mundo de hermanos es el mundo en el que Dios será Padre de todos.

¿Queremos ser felices? Vivamos las bienaventuranzas

lunes, 16 de enero de 2023

 

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo, nos hace ver que Jesús es la luz que quiere brillar en nosotros y en nuestro mundo, para ello, debemos dejar a un lado las divisiones y trabajar todos unidos por el proyecto del Reino de Dios.

La 1ª lectura del profeta Isaías es un canto de esperanza para el pueblo de Israel que está desalentado, dominado y desesperanzado.  Un pueblo que ha sido obligado a emigrar hacia la esclavitud, pero que regresa fortalecido y unido porque Dios está con este pueblo, porque Dios es la luz que los guía.

¡Cuántas veces, no hemos deseado que surja una gran luz que quite las tinieblas que se han apoderado de nuestro mundo!

Echando una mirada al mundo, nos encontramos con guerras, con egoísmos en el corazón de muchas personas, que sólo buscan la satisfacción de sus propios deseos e intereses, a costa de pisotear los derechos de los demás; cuántas desgracias hay actualmente en nuestro mundo, y muchas veces lo único que hacemos es quejarnos pero no somos capaces de manifestar una amor solidario por los que sufren.

Muchas personas viven una vida sin sentido y esto hace que perdamos las ilusiones, las esperanzas de cambiar nuestro futuro por uno más prometedor para todos.

En medio de todas estas angustias y tristezas, en medio de una vida que ha perdido el rumbo del amor, la alegría y la paz, el Señor se hace presente en medio de nosotros para iluminar nuestra vida y darle un sentido nuevo a nuestra existencia, para hacernos solidarios, para trabajar en la solución de los males que aquejan a nuestro mundo.  Sólo Dios es la luz que nos puede guiar a mejorar nuestra situación, a mejorar nuestro mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una exhortación a eliminar las divisiones dentro de la comunidad cristiana. 

San Pablo pide, en nombre de Jesucristo, que nos pongamos de acuerdo y no andemos divididos.  Es lamentable las discordias y las divisiones dentro de una comunidad porque le damos más importancia a los servidores del Evangelio que al Evangelio mismo.

Por eso, hay que preguntarnos: ¿Qué es más importante para mí, el mensajero o el mensaje del Señor? Hay personas que vienen a la Iglesia no a escuchar el mensaje de Cristo, sino a ver a la persona que presenta el mensaje del Señor; hay personas que no les importa el mensaje del Señor, sino que son seguidoras, no del Señor, sino del que presenta el mensaje.

No podemos seguir a nadie, a ninguna persona, sino sólo a Jesús, sólo el Señor es quien tiene que ser nuestro guía y maestro.  No puede ser que vengamos a la Iglesia por simpatía o no con las personas que nos presentan el mensaje del señor.

Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra unión es la cruz de Cristo.  Tenemos que ser personas que hagan equipo con todos, que seamos lazos de unión.  Hemos de buscar siempre la unidad, hemos de seguir a Cristo y hemos de ser de Cristo y de nadie más.

El evangelio de San Mateo, nos ha presentado los comienzos de la vida pública de Jesús. 

“Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”, nos decía hoy Jesús.  La conversión comienza por reconocer esa presencia de un Padre amoroso en nuestra vida. No es cuestión sólo de intentar hacerlo mejor, sino de sabernos envueltos y acogidos por esa misericordia grande de Dios en todos los momentos de nuestra vida. Si reconocemos este amor entonces las tinieblas se trasformarán en verdadera luz que nos permitirá caminar en justicia y en verdad.

Convertirse implica cambio, pero no un cambio superficial y puramente exterior, se trata de poner a Dios en el corazón, de dejarnos amar por Dios; entonces comenzaremos a limpiar nuestro egoísmo y nuestros intereses mezquinos y dejaremos de someternos al dinero y al poder.

Convertirse es descubrir que nuestro origen y nuestro destino es Dios, que nuestra misión es el amor y nuestra tarea el servicio alegre y entusiasta. Todos necesitamos conversión y nunca es tarde para hacerla actual.

Jesús viene a traer luz y a darnos esperanza para nuestra vida. Inicia así la construcción del Reino de los Cielos. Pero no lo hará  solo, inmediatamente se pone a buscar a sus colaboradores: Pedro y Andrés; Santiago y Juan, tú y yo… No nos parecerían los mejores candidatos, pero a todos llama Jesús y en todos confía. También en nosotros pequeños e inadecuados. Ciertamente andamos “enredados” en mil negocios, pero ahí está la invitación entusiasta de Jesús para ir a construir su Reino. Se requiere dejar nuestras redes y enredos, nuestros egoísmos y vacilaciones, para lanzarnos a seguir a Jesús.

No es fácil, ¡pero es una tarea importantísima! ¡Es Jesús quien lo pide! Jesús no es selectivo, no pone requisitos, invita a todos, solamente pide disposición, corazón abierto, coherencia y ¡amor!

lunes, 9 de enero de 2023

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Con este Domingo comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que es una serie de treinta y cuatro semanas, divididas en dos partes.   En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, por sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de la vocación.  Se nos invita a tomar conciencia de la vocación a la que se nos llama y de sus implicaciones. La vocación no es algo que únicamente corresponde y compromete a algunas personas especiales, sino que se trata de un desafío que Dios hace a cada uno de sus hijos, que a todos implica y que a todos compromete.

Estamos en un mundo en el que predomina la globalización.  La mayoría de los jóvenes visten igual; nuestras casas son decoradas muy parecidamente y de todo esto se encarga la televisión y los medios de comunicación de que todo esto sea así, y todavía más y lo que es peor, de que todos los hombres, en general, piensen igual, les gusten a misma música, las marcas de coches y el mismo standard de vida.

La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Por eso resulta hoy sorprendente la lectura de Isaías en la que nos encontramos con un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, nada de hombres sin nombre ni rostro. El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder personalmente a esa llamada personal.

“Te hago luz de las naciones” dice hoy el Señor por boca del Profeta Isaías. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados; aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana de la misma manera que, si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.

San Pablo en su 1ª carta a los Corintios nos desea la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  La paz es el gran regalo que Dios nos puede conceder porque, parece que los hombres, no acertamos a encontrarla por nuestra propia cuenta.  Hay demasiadas guerras, demasiados conflictos. 

La paz es nuestra gran responsabilidad.  Debemos ser constructores de la paz. Lograremos construir la paz cuando conquistemos la meta a la que Dios nos llama a todos: la santidad.  Dios nos llama a todos los hombres a la santidad.  Es decir, a acoger a Dios en nuestra vida y vivir de acuerdo a los valores del Reino de Dios.

El evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista señalando a Jesús como “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”

Cuando en el evangelio de Juan se habla del mundo en sentido negativo no se está hablando ni del mundo físico ni de la humanidad en general; se está hablando del mundo de los hombres tal y como lo tenemos organizado: un mundo en el que unos pocos lo tienen todo y la mayoría no tiene casi nada; un mundo en el que la diversión y la comodidad de unos pocos se hace sobre el hambre de muchos; un mundo en el que la libertad, la igualdad, la justicia son sólo palabras que encu­bren una realidad de esclavitud, de injusticia, de opresión, un mundo en el que es más fácil odiar que amar, codiciar que compartir, herir que sanar, ordenar que dialogar; un mundo en el que, para la mayoría, es más frecuente la tristeza que la felicidad.

Y cuando se habla del pecado del mundo no se está ha­blando de los pecados que se cometen en el mundo, de los errores en que cae cada persona particular en su actuación o en su relación con los demás. No. Se está hablando de ese modo de entender la organización social, de ese modo de con­cebir las relaciones humanas que se ha impuesto a los pueblos a lo largo de la historia y que considera el crimen y la mentira como elementos útiles para el gobierno de las naciones, para organizar la convivencia entre los hombres, para regular las relaciones entre los pueblos.

En concreto: cada día que pasa los medios de comunica­ción ponen ante nosotros la situación de millones de personas que sufren las consecuencias del pecado del mundo: la tortura, la violación de los derechos humanos, la pena de muerte, todo eso son manifestaciones del pecado del mundo.

¿Quiénes son los culpables de ese pecado? Lo somos todos.  Somos todos culpables en tanto que aceptamos y nos apro­vechamos de la situación presente, en la medida en que asu­mimos los valores de este mundo y organizamos nuestra vida de acuerdo con ellos, en la medida en que nos cruzamos cómo­damente de brazos sin querer meternos en problemas.

La fuerza y la gracia de Jesús nos acompañan hoy y siempre en la lucha sincera contra la maldad personal y comunitaria.  No podemos quedarnos indiferentes ante el pecado.