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lunes, 6 de febrero de 2023

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. “Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

“Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras”. Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos… Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

El Evangelio de san Mateo nos dice que Jesús no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de Él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

Pero Jesús nos dice que no es suficiente con cumplir la Ley.  Es necesario abrirnos a Dios Padre y colaborar con Él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.

Por otra parte, las conversaciones están a menudo dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

Hay también divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”.  El Papa Francisco decía: “No a la guerra entre nosotros”.

Es lamentable como en algunas comunidades cristianas consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer nuestras propias ideas a costa de cualquier cosa y hasta hay persecuciones que parecen una caza de brujas. 

¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?  Hay que trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar como nos cuidamos unos de otros, cómo nos damos aliento y cómo nos acompañamos mutuamente en nuestras necesidades”.

Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

lunes, 30 de enero de 2023

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo” 

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar…  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.

Después de más de 2000 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos dice que tenemos que ser “sal”  y “luz del mundo”.

La sal era un elemento tan importe en la sociedad romana que, hasta la palabra “salario” se derivaba de la costumbre romana de pagar a los soldados con una ración determinada de sal. La sal era necesaria para evitar la corrupción de los alimentos y para darles sabor.

La sal tan pequeña e insignificante, pero siempre presente e indispensable en todas las mesas, hoy se nos propone como modelo del discípulo. La sal da sabor.  A una vida sin sentido, donde nos ahogan las preocupaciones y el trabajo, el cristiano debe darle sentido y sabor a su vida.

La sal también sirve para conservar, para evitar la corrupción. Así debe ser el cristiano, está llamado a evitar que se corrompa la comunidad, no puede permitir que se pudran las personas. Y hay muchas plagas que intentan corromperlas: la ambición, la mentira, el poder. La misión del cristiano es: preservar, cuidar, proteger la comunidad. Pero no pasivamente sino de una manera activa.

La sal sirve para conservar en buen estado. El cristiano debe conservar en sí y en la comunidad, el buen sabor de la vida de Dios. La sal ayuda a fijar algunas pinturas, el agua, las substancias. El discípulo de Jesús debe fijar y proteger la imagen de Dios en su persona y en las demás personas. Vivir como hijo de Dios y tratar a los demás como hijos de Dios.

Pero no solamente somos sal, Jesús nos dice que somos también luz de mundo.  Dios es la luz, nosotros somos hijos de la luz, la luz de Cristo debe iluminar nuestro caminar hacia el Padre.

La luz de Cristo no sólo debe iluminarnos a nosotros, los cristianos, sino que nosotros, los cristianos debemos iluminar con nuestra vida a la sociedad en la que vivimos. Vivir iluminados por la luz de Cristo es vivir en continua y constante lucha contra la mentira; contra la mentira que habita fácilmente en nosotros mismos y contra las múltiples mentiras con las que nos desayunamos cada mañana cuando escuchamos y leemos los medios de comunicación social.

Luchar contra la mentira, en cristiano, es ser auténtico, sincero y responsable uno mismo y proclamar la verdad del evangelio en voz alta y crítica frente a las voces mentirosas e interesadas de la sociedad en la que vivimos. En definitiva, vivir en la luz de Dios, en la luz de Cristo, es vivir convertido a la verdad de Cristo.

lunes, 23 de enero de 2023

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Todas las personas queremos ser felices, todos buscamos la felicidad y todo lo que hacemos, directa o indirectamente, es tratar de logar esa felicidad.  Pero, a veces, nos olvidamos que no todos los caminos nos llevan a la felicidad.   La Palabra de Dios nos dice hoy que Dios es feliz y que quiere comunicarnos esa felicidad.

En la 1ª lectura el Profeta Sofonías nos invita a la moderación, la pobreza, la humildad, la honradez, la búsqueda de la paz y la verdad, porque Dios no aprecia a los que confían en sus propias fuerzas, en sus riquezas, en ellos mismos.

Dios no hace pactos con los orgullosos y prepotentes que dominan el mundo y que pretenden crear la historia según sus caprichos.  Dios no está donde hay violencia y donde se vive la ley del más fuerte; Dios no apoya la política de los que dominan el mundo.  Hay que tener cuidado con aquellos que en nombre de Dios quieren imponerse y dominar el mundo, porque éstos no son los métodos de Dios.

Nuestra sociedad se dice cristiana, pero no vive según los criterios de Dios porque ensalza a los que tienen poder, a los que triunfan por cualquier medio, a los poderosos, a los que imponen el poder y la fuerza por las armas.

Hoy, la sociedad alaba a los que triunfan y margina a los pobres, a los débiles, a los sencillos, a los pacíficos, a los que no pueden hacer oír su voz ante las injusticias.  Hemos de renunciar a la prepotencia, al orgullo, al autoritarismo, a la autosuficiencia tanto en nuestra relación con Dios, como en nuestra relación con los demás.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una denuncia contra la actitud de aquellos que ponen su seguridad en personas y son orgullosos y autosuficientes y nos invita a buscar la verdadera sabiduría en Cristo.

Un gran número de personas creen que el secreto de la realización plena del ser humano está en tener una buena preparación intelectual, en el éxito profesional, en el reconocimiento social, en el bienestar económico, en el poder político, etc.  San Pablo nos dice que quien busca en su vida solamente este tipo de cosas está apostando por el caballo perdedor.  El hombre sólo se realiza plenamente cuando descubre a Cristo y aprende con Él el amor total y el don de la vida.

Aunque Dios no es el dirigente de ningún sindicato de obreros, sin embargo, Él se solidariza con los pobres, los humildes, los explotados y a todos ofrece, sin distinción la salvación.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado las Bienaventuranzas. 

Las bienaventuranzas quizás sean el pasaje más conocido y comentado de todos los evangelios. Pero también es uno de los más difíciles de vivir y de practicar. Las Bienaventuranzas tienen un único fin: la felicidad. Desde la antigüedad el hombre busca ser feliz y procura por todos los medios alcanzar su plena realización. Durante siglos se había imaginado que teniendo más riqueza, comodidades, poder y fuerza, podría ser feliz; pero entre más tiene y se esfuerza, se encuentra más vacío e incompleto.

Con sus palabras Jesús declara felices a los que por siglos habían sido considerados como perdedores y llenos de desgracias.

La primera bienaventuranza es como un resumen de todas las demás: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. No se es feliz cuando se tienen muchas cosas, se es feliz cuando el corazón está en paz y armonía y no necesita cosas externas para saciarse.

¿Cuándo nos sentimos más infelices?  Cuando hemos perdido lo que teníamos, cuando nos llenamos de odio o de envida, cuando ponemos nuestro corazón en los bienes materiales.  Jesús no nos condena a la pobreza ni a la miseria.  Jesús no está de acuerdo con la pobreza creada por las injusticias.

Vivimos en un mundo que a fuerza de proclamarlo ha creído que se puede ser feliz de una manera fácil y superficial, pero ha creado una nueva generación de individuos apáticos ante el sufrimiento y dolor de los hermanos. Jesucristo nos viene a enseñar que Dios es el Dios de los pobres, de los que tienen hambre y sed, de los que lloran… Jesús llora y sufre con ellos, comparte su dolor, pero también da sentido a ese dolor y nos enseña que en el dolor y en el sufrimiento puede haber paz y felicidad.

Ya es hora de que la comunidad cristiana sienta esta llamada de Jesús, y se decida a continuar lo que Él inició, que el Reino de Dios se haga presente ya entre nosotros, que se haga presente la fraternidad de una humanidad en la que desaparezca todo tipo de exclusión, de miseria, de hambre, de incultura, Tengámoslo bien claro, Dios ama a los pobres, por eso no quiere que haya pobres; por eso serán dichosos los que deciden dedicarse a construir un mundo en el que no haya pobreza, porque el mundo de hermanos es el mundo en el que Dios será Padre de todos.

¿Queremos ser felices? Vivamos las bienaventuranzas

lunes, 16 de enero de 2023

 

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo, nos hace ver que Jesús es la luz que quiere brillar en nosotros y en nuestro mundo, para ello, debemos dejar a un lado las divisiones y trabajar todos unidos por el proyecto del Reino de Dios.

La 1ª lectura del profeta Isaías es un canto de esperanza para el pueblo de Israel que está desalentado, dominado y desesperanzado.  Un pueblo que ha sido obligado a emigrar hacia la esclavitud, pero que regresa fortalecido y unido porque Dios está con este pueblo, porque Dios es la luz que los guía.

¡Cuántas veces, no hemos deseado que surja una gran luz que quite las tinieblas que se han apoderado de nuestro mundo!

Echando una mirada al mundo, nos encontramos con guerras, con egoísmos en el corazón de muchas personas, que sólo buscan la satisfacción de sus propios deseos e intereses, a costa de pisotear los derechos de los demás; cuántas desgracias hay actualmente en nuestro mundo, y muchas veces lo único que hacemos es quejarnos pero no somos capaces de manifestar una amor solidario por los que sufren.

Muchas personas viven una vida sin sentido y esto hace que perdamos las ilusiones, las esperanzas de cambiar nuestro futuro por uno más prometedor para todos.

En medio de todas estas angustias y tristezas, en medio de una vida que ha perdido el rumbo del amor, la alegría y la paz, el Señor se hace presente en medio de nosotros para iluminar nuestra vida y darle un sentido nuevo a nuestra existencia, para hacernos solidarios, para trabajar en la solución de los males que aquejan a nuestro mundo.  Sólo Dios es la luz que nos puede guiar a mejorar nuestra situación, a mejorar nuestro mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una exhortación a eliminar las divisiones dentro de la comunidad cristiana. 

San Pablo pide, en nombre de Jesucristo, que nos pongamos de acuerdo y no andemos divididos.  Es lamentable las discordias y las divisiones dentro de una comunidad porque le damos más importancia a los servidores del Evangelio que al Evangelio mismo.

Por eso, hay que preguntarnos: ¿Qué es más importante para mí, el mensajero o el mensaje del Señor? Hay personas que vienen a la Iglesia no a escuchar el mensaje de Cristo, sino a ver a la persona que presenta el mensaje del Señor; hay personas que no les importa el mensaje del Señor, sino que son seguidoras, no del Señor, sino del que presenta el mensaje.

No podemos seguir a nadie, a ninguna persona, sino sólo a Jesús, sólo el Señor es quien tiene que ser nuestro guía y maestro.  No puede ser que vengamos a la Iglesia por simpatía o no con las personas que nos presentan el mensaje del señor.

Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra unión es la cruz de Cristo.  Tenemos que ser personas que hagan equipo con todos, que seamos lazos de unión.  Hemos de buscar siempre la unidad, hemos de seguir a Cristo y hemos de ser de Cristo y de nadie más.

El evangelio de San Mateo, nos ha presentado los comienzos de la vida pública de Jesús. 

“Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”, nos decía hoy Jesús.  La conversión comienza por reconocer esa presencia de un Padre amoroso en nuestra vida. No es cuestión sólo de intentar hacerlo mejor, sino de sabernos envueltos y acogidos por esa misericordia grande de Dios en todos los momentos de nuestra vida. Si reconocemos este amor entonces las tinieblas se trasformarán en verdadera luz que nos permitirá caminar en justicia y en verdad.

Convertirse implica cambio, pero no un cambio superficial y puramente exterior, se trata de poner a Dios en el corazón, de dejarnos amar por Dios; entonces comenzaremos a limpiar nuestro egoísmo y nuestros intereses mezquinos y dejaremos de someternos al dinero y al poder.

Convertirse es descubrir que nuestro origen y nuestro destino es Dios, que nuestra misión es el amor y nuestra tarea el servicio alegre y entusiasta. Todos necesitamos conversión y nunca es tarde para hacerla actual.

Jesús viene a traer luz y a darnos esperanza para nuestra vida. Inicia así la construcción del Reino de los Cielos. Pero no lo hará  solo, inmediatamente se pone a buscar a sus colaboradores: Pedro y Andrés; Santiago y Juan, tú y yo… No nos parecerían los mejores candidatos, pero a todos llama Jesús y en todos confía. También en nosotros pequeños e inadecuados. Ciertamente andamos “enredados” en mil negocios, pero ahí está la invitación entusiasta de Jesús para ir a construir su Reino. Se requiere dejar nuestras redes y enredos, nuestros egoísmos y vacilaciones, para lanzarnos a seguir a Jesús.

No es fácil, ¡pero es una tarea importantísima! ¡Es Jesús quien lo pide! Jesús no es selectivo, no pone requisitos, invita a todos, solamente pide disposición, corazón abierto, coherencia y ¡amor!

lunes, 9 de enero de 2023

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Con este Domingo comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que es una serie de treinta y cuatro semanas, divididas en dos partes.   En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, por sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de la vocación.  Se nos invita a tomar conciencia de la vocación a la que se nos llama y de sus implicaciones. La vocación no es algo que únicamente corresponde y compromete a algunas personas especiales, sino que se trata de un desafío que Dios hace a cada uno de sus hijos, que a todos implica y que a todos compromete.

Estamos en un mundo en el que predomina la globalización.  La mayoría de los jóvenes visten igual; nuestras casas son decoradas muy parecidamente y de todo esto se encarga la televisión y los medios de comunicación de que todo esto sea así, y todavía más y lo que es peor, de que todos los hombres, en general, piensen igual, les gusten a misma música, las marcas de coches y el mismo standard de vida.

La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Por eso resulta hoy sorprendente la lectura de Isaías en la que nos encontramos con un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, nada de hombres sin nombre ni rostro. El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder personalmente a esa llamada personal.

“Te hago luz de las naciones” dice hoy el Señor por boca del Profeta Isaías. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados; aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana de la misma manera que, si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.

San Pablo en su 1ª carta a los Corintios nos desea la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  La paz es el gran regalo que Dios nos puede conceder porque, parece que los hombres, no acertamos a encontrarla por nuestra propia cuenta.  Hay demasiadas guerras, demasiados conflictos. 

La paz es nuestra gran responsabilidad.  Debemos ser constructores de la paz. Lograremos construir la paz cuando conquistemos la meta a la que Dios nos llama a todos: la santidad.  Dios nos llama a todos los hombres a la santidad.  Es decir, a acoger a Dios en nuestra vida y vivir de acuerdo a los valores del Reino de Dios.

El evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista señalando a Jesús como “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”

Cuando en el evangelio de Juan se habla del mundo en sentido negativo no se está hablando ni del mundo físico ni de la humanidad en general; se está hablando del mundo de los hombres tal y como lo tenemos organizado: un mundo en el que unos pocos lo tienen todo y la mayoría no tiene casi nada; un mundo en el que la diversión y la comodidad de unos pocos se hace sobre el hambre de muchos; un mundo en el que la libertad, la igualdad, la justicia son sólo palabras que encu­bren una realidad de esclavitud, de injusticia, de opresión, un mundo en el que es más fácil odiar que amar, codiciar que compartir, herir que sanar, ordenar que dialogar; un mundo en el que, para la mayoría, es más frecuente la tristeza que la felicidad.

Y cuando se habla del pecado del mundo no se está ha­blando de los pecados que se cometen en el mundo, de los errores en que cae cada persona particular en su actuación o en su relación con los demás. No. Se está hablando de ese modo de entender la organización social, de ese modo de con­cebir las relaciones humanas que se ha impuesto a los pueblos a lo largo de la historia y que considera el crimen y la mentira como elementos útiles para el gobierno de las naciones, para organizar la convivencia entre los hombres, para regular las relaciones entre los pueblos.

En concreto: cada día que pasa los medios de comunica­ción ponen ante nosotros la situación de millones de personas que sufren las consecuencias del pecado del mundo: la tortura, la violación de los derechos humanos, la pena de muerte, todo eso son manifestaciones del pecado del mundo.

¿Quiénes son los culpables de ese pecado? Lo somos todos.  Somos todos culpables en tanto que aceptamos y nos apro­vechamos de la situación presente, en la medida en que asu­mimos los valores de este mundo y organizamos nuestra vida de acuerdo con ellos, en la medida en que nos cruzamos cómo­damente de brazos sin querer meternos en problemas.

La fuerza y la gracia de Jesús nos acompañan hoy y siempre en la lucha sincera contra la maldad personal y comunitaria.  No podemos quedarnos indiferentes ante el pecado.

lunes, 19 de diciembre de 2022

 

MISA DE NOCHEBUENA (CICLO A)


Queridos hermanos, ya desde hace milenios, nuestros antepasados en la fe rezaban: “Que los cielos destilen el rocío, y las nubes lluevan la justicia. Que se abra la tierra y germine la salvación”. (Is 45, 8). Toda la Creación sufría, gemía: la creación esperaba la Salvación anunciada. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Salvador prometido nació en la Cueva de Belén.

Es, entonces, que los Ángeles anunciaron la Buena Noticia a simples pastores que velaban sus rebaños, no lejos de ahí. Es a ellos que los ángeles harán oír su canto: “Gloria a Dios en lo más Alto del Cielo y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad. Os ha nacido hoy un Salvador en la ciudad de David: que es Cristo, el Señor”. (Lc 2, 10-11). ¡Se trata verdaderamente de una Buena Noticia, pues numerosos son los males de los que tenemos necesidad de ser salvados!

Hoy celebramos un hecho: Hace dos mil veintidós años nació un niño, un niño que cambió el rumbo y el curso del mundo. A diferencia de cuando nosotros celebramos nuestro propio cumpleaños, recordamos que nos estamos haciendo más viejos y cada año se añade una velita más al pastel. Pero en Navidad no celebramos el que Jesús sea muy viejo. Nos alegramos porque Dios ha entrado en nuestra vida como un niño recién nacido, en los comienzos de la vida.

En esta noche santa, sólo una imagen y una estampa en el centro de nuestra celebración y de nuestra liturgia. La imagen y la estampa de un pesebre y de un niño. Al igual como los pastores, nos dejamos sorprender por esta imagen y esta estampa, Dos mil veintidós años, dos mil veintidós navidades, ese niño que nace hoy, sigue poniéndose en nuestras manos, confiado, como si nos dijera: “¡Ánimo! No temáis. Sólo soy el ‘Dios con vosotros’, el Dios contigo”.

El niño de Belén nos lleva a contemplar el increíble amor de un Dios que se preocupa por la vida y la felicidad de los hombres y que envía a su propio Hijo al encuentro de los hombres para presentarles un proyecto de salvación – liberación. En ese niño de Belén, Dios nos muestra la radicalidad de su amor por nosotros.

El nacimiento nos presenta la lógica de Dios que no es, como tantas veces, igual a la lógica de los hombres: la salvación de Dios no se manifiesta en la fuerza de las armas, en una autoridad prepotente, en los jefes de gobierno, en los consejos de las empresas, en los salones donde se concentran las estrellas de la moda, el cine o el canto, sino en una cueva de pastores donde brilla la fragilidad, la ternura, la sencillez, la dependencia de un bebé recién nacido. ¿Cuál es la lógica con la que nos presentamos ante el mundo, la lógica de Dios o la lógica de los hombres?

La presencia liberadora de Jesús en este mundo es una “buena noticia” que debería llenar de felicidad a los pobres, a los débiles, a los marginados, al decirles que Dios vino a su encuentro para ofrecerles la salvación – liberación. Hoy es noche buena, el día en que la luz nace en un humilde portal olvidado y reservado para los animales, en donde quizás ni al más mísero se le hubiera ocurrido nacer, solo a Dios se le ocurrió enseñarnos con este acontecimiento.

Hoy celebramos una noche especial, una noche en la cual nos juntamos y contemplamos un pesebre adornado con viejos adornos que recuerdan nuestra vieja fragilidad humana.

Nochebuena de recuerdos, de nostalgia de los seres queridos que ya no están con nosotros, de los amigos ausentes… Que eso y todo en esta noche santa gire en torno al recuerdo de Belén, la casa del pan, del “pan de vida” que hace dos mil veintidós años nos regaló el Padre, del “pan nuestro de cada día” que nos da esta noche, del pan que, dentro de la eucaristía, se nos ofrecerá como banquete; del pan que esta noche nos hace a todos un poco más hermanos, un poco más amigos, un poco más niños, un poco mejores.

Nosotros, los cristianos, tomemos conciencia en esta noche que Cristo no nació hace veintiún siglos, Cristo está naciendo hoy en nuestro pueblo, en nuestro corazón, en la medida en que cada cristiano trate de vivir la integridad el evangelio, la vida cristiana, las consignas de la Iglesia verdadera de Dios, en esa medida cada uno de nosotros es como el apóstol, es como María, es como el pastor que da gloria a Dios, y canta la alegría de haber conocido a Cristo y trata de llevar esa noticia a otros como los pastorcitos de Belén.

Para esto es necesario convertirse sinceramente a Cristo, convertirse al amor que nos visita, hacer eco a la bondad infinita de Dios que nos trae la redención; no rechazarla, no ser tiniebla, ser corazón abierto como una cuna para que nazca Cristo en cada alma esta noche y desde entonces se inunde de luz cada corazón para cantar con los ángeles el anuncio que tenemos que llevar a todos los hombres, a toda la sociedad, a todo el mundo: “Os ha nacido un salvador”.

Hermanos, desde este mensaje de la gloria de Dios, de la paz a los hombres, quiero decirles respaldado por la palabra divina: ¡FELIZ NAVIDAD!

MISA DE NAVIDAD (CICLO A)

En el centro de nuestra eucaristía siempre está Jesús. Él es el corazón de la Iglesia. Hoy de manera especial lo proclamamos. Es más, lo colocamos visiblemente delante de nuestros ojos para verlo, y bendecirlo. Al final de la misa, tendremos la ocasión de besar la imagen del niño Jesús, y reconocer que Dios no deja de visitar a su pueblo.

Hoy, es Navidad.  En Navidad celebramos que Dios, autor de cuanto existe, se nos acerca de tal manera que se hace uno de nosotros y entra en nuestro mundo y en nuestra historia para rescatarnos de la soledad del pecado y de su más terrible consecuencia: la muerte. Jesús nace en Belén para comunicarnos al Espíritu Santo, convocarnos en su Iglesia y hacernos hijos de Dios.

¡Jesús viene para hacernos partícipes de la vida plena y eternamente feliz de Dios!

Jesús, nacido en Belén, se nos ofrece como una luz que ilumina el camino que debemos seguir para superar todos los problemas y los males sociales que padecemos.

En su nacimiento, Jesús experimentó muchas adversidades: la carencia de un lugar para que su Madre lo diera a luz; la amenaza de Herodes, que obligó a su Familia a refugiarse en Egipto. Sin embargo, no se dejó vencer, sino que fue capaz de transformar definitivamente la historia humana con el poder del amor.

Nos decía el evangelio de hoy de san Juan: “Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron… Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. 

Navidad es la invitación que nos hace Jesús a optar por la luz.  Y Jesús es la luz verdadera que viene a iluminar a todo hombre. Sin embargo, el mundo en vez de dejarse guiar por la luz de Cristo sigue la lógica de la oscuridad y las tinieblas.

En nuestro mundo sigue habiendo mucha noche, mucha oscuridad. Es el poder de lo mundano, la lógica de la inhumanidad, que se visualiza en la oscuridad que produce: guerras crueles, explotación de personas, empobrecimiento masivo, desesperanza en las gentes.

Es por ello que, hoy igual que hace dos mil veintidós años, podemos exclamar que “la Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció”. Como veis, la navidad no tiene nada de ingenua: sabe del dolor de tantas personas. Este día también los queremos tener presente.

Pero en este día de la Navidad, tenemos que tener un corazón que vive con alegría, porque el mensaje de esta fiesta es el mensaje de la esperanza.  Gracias al nacimiento de Jesús, los hombres estamos salvados, estamos redimidos.  La Navidad debe ser unos días especiales para no andar con prisas y recobrar esos momentos para estar con los hijos, los abuelos, con toda la familia.

También para esta Navidad debemos tener cuatro actitudes para celebrar exitosamente la Navidad.

1. Oración: Darnos tiempo para que baje a nuestro corazón la Palabra hecha carne.  Una bonita forma de rezar estos días, puede ser delante del niño Dios. 

2. Pobreza: descubrámonos como personas, tal y como somos.  Dejemos nuestras máscaras de ser quien no somos y dejemos que Dios nos visite tal como somos.

3. Ternura: cercanía con los demás.  No es posible celebrar a un Dios recién nacido sin que se nos escape una mirada tierna.  Transmitamos esta actitud a los demás.  Navidad es solidaridad y encuentro.

4. Alegría auténtica, de quien se sabe redimido, y de quien sabe que el mundo hoy es más hogar.

Recatemos el verdadero sentido de la Navidad. Lo que dio origen y sustenta la Navidad es el Niño de Belén; sin Él los regalos, aguinaldos, adornos, vacaciones y otras expresiones se vacían de su sentido y finalidad principal. Navidad es el sí de Dios a la vida, a la redención y superación de cada persona, de toda familia y sociedad; el Niño de Belén es la respuesta a los anhelos y preguntas que se hacen y pueden hacerse las personas, es luz ante la oscuridad y confusión, serenidad ante preocupaciones, perdón ante las ofensas, unidad en la división, paz ante la violencia y enfrentamientos.

¡Feliz Navidad! a todos los niños, adolescentes y jóvenes que, en su hambre de superación y de felicidad, las buscan a veces por caminos equivocados; a los padres y madres de familia para que su hogar crezca en el amor. ¡Feliz Navidad! a los gobernantes, dirigentes, comunicadores y líderes de nuestra sociedad para que, desde su servicio, experimenten la alegría de impulsar la justicia y la paz social.

Que el Niño de Belén nazca para vosotros, os proteja y os bendiga a todos.

lunes, 12 de diciembre de 2022

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Llegamos hoy al último domingo de Adviento y nos encontramos ya en las puertas de la solemnidad de la Navidad del Señor.  La Palabra de Dios nos ha ido preparando durante todo el Adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido, sino que nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado a Ajaz que se niega pedirle una señal a Dios. Ajaz se encuentra entre dos opciones: aliarse con los reyes vecinos o aliarse con Dios.  El profeta Isaías anima a Ajaz a tener fe y no hacer alianzas con nadie. Ajaz no quiere dejarse guiar por Dios, no quiere poner su confianza en Dios, no confía en apoyarse única y exclusivamente en la fe y prefiere buscar apoyos humanos.

También nosotros adoptamos a veces esa postura de Ajaz.  Tenemos miedo, nos angustiamos y nos preocupamos hasta perder la paz. Hay veces que uno, agobiado por los problemas, o por la desesperación, siente que Dios no lo escucha, que Dios no le habla, que Dios no se manifiesta. Y en esos momentos, a veces uno le pide a Dios que le dé una señal.

Otras veces, uno tiene que tomar decisiones muy serias en la vida, y uno también espera, o aguarda una señal de Dios. Pero hay veces que Dios no da esas señales, o por lo menos no da las que nosotros estamos esperando. Otras veces Dios da señales cuando no se las estamos pidiendo.

Hay veces que la preocupación lo lleva a uno a pedir señales, pero hay veces que uno está tan agobiado, que no se atreve a pedir las señales.

¿Y sabéis por qué? Porque uno teme que Dios no vaya a respondernos como nosotros queremos o que no sea del agrado de Dios lo que le estamos pidiendo.

Dios se ha manifestado como el Dios con nosotros, como el que está siempre a nuestro lado; tomados de su mano y sabiendo que va con nosotros en el camino, podemos enfrentarnos a cualquier problema, a cualquier desafío. Tenemos que creer y esperar en Dios; hemos de amar y adorar al Señor Todopoderoso e infinitamente bueno.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona la Buena Noticia de la Salvación, es decir, todos debemos proclamar el Evangelio. 

Ser apóstoles del Señor, ser cristianos no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos ha escogido para realizar la obra de la salvación.

Anunciar el Evangelio, tarea que todos debemos hacer, hay que hacerlo con amor y con espíritu de servicio. 

Hoy quizá las palabras valen poco, porque están muy devaluadas, por ello debemos predicar la Buena Nueva, sobre todo, con el ejemplo.  Con una vida comprometida con los más desfavorecidos, con el ejemplo diario de bondad y de amor.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado cómo Dios pide el consentimiento de María y de José para que su Hijo se haga Hombre en su familia.

Dios no hace las cosas sin contar con nosotros.  Para el nacimiento y el cuidado de Jesús fueron imprescindibles José y María.  Dios quiso contar con el “sí” de María al ángel y la aceptación de la misión que le encargaba a san José, aunque éste no entendiera.  Todos los seres humanos somos pieza clave para que los planes de Dios se hagan realidad y no puras fantasías.

El “sí” de la Virgen y de san José permitió que Cristo naciese y se desarrollase.  Hay otros “sí” de otras muchas personas que han colaborado para que el mundo avance en bondad.  Si este mundo no es el que deseamos, el diseñado y querido por Dios, es porque no le hemos dicho “sí” a Dios, porque no hemos arrimado el hombro para que el mensaje de Jesús sea verdaderamente salvador.  No nos quejemos de lo que no hay si no le hemos sabido decir sí a Dios.  Jesús sigue curando dolencias y sufrimientos, sanando y liberando, a condición de que le prestemos nuestros labios, nuestros ojos, nuestros pies y nuestro tiempo.

Algunas personas piensan: “qué importa que uno más o uno menos colabore y participe en la Iglesia”.  A los que piensan así hay que decirles: si la piedra dijese: una piedra no puede levantar una pared, no habría casa.  Si el hombre dijese: Un gesto de amor no puede salvar a la humanidad, no habría justicia, ni paz, ni dignidad, ni felicidad sobre la tierra.

Todos, pues, somos responsables con nuestro sí o con nuestro no de la eficacia, de la utilidad o inutilidad de la venida de Cristo al mundo.

Pidamos a María, madre de Cristo y madre nuestra y a San José que nos preparen para decirle sí a su Hijo Jesús, en esta Navidad y que lo recibamos en nuestra casa y en nuestro corazón.