Vistas de página en total

lunes, 12 de febrero de 2024

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


La Cuaresma que iniciamos es la gran invitación de Dios a dejarnos hablar amorosamente por Él.  Debemos saber aprovechar este tiempo favorable y dar frutos de conversión.  “Arrepentíos  y creed”,  es la invitación que nos hace Jesús.  ¿Y cómo podemos arrepentirnos, sino escuchamos a Dios?  ¿Y cómo podemos escuchar, si no hacemos silencio en nuestro corazón?

Es necesario hacer callar muchas voces y mucho ruido cotidiano, para oír mejor la llamada de Jesús, a cambiar, a renovarnos, a revisar la gracia de nuestro bautismo, a morir al pecado y resucitar a Cristo.

La cuaresma es tiempo de cambio.  A veces nos cuesta creer en la posibilidad de cambiar.  Parece difícil poder cambiar.  Pero lo más importante para cambiar es fiarse de Dios.  Para Dios nada hay imposible.

La 1ª lectura, del libro del Génesis, nos ha hablado del diluvio universal.  En los tiempos en que ocurrieron estos hechos, la sociedad en que vivía Noé se había alejado completamente de Dios, como está pasando ahora. Y, como a muchos les ocurre hoy en día, nada les parecía pecado. 

El pecado es algo incompatible con Dios y con los proyectos de Dios para el hombre y para el mundo; por eso, cuando el odio, la violencia, el egoísmo, el orgullo, la prepotencia llenan el mundo y producen la infidelidad de los hombres, Dios tiene que intervenir para corregir el rumbo de la humanidad.

El pecado no es una realidad que pueda coexistir con esa vida nueva que Dios nos quiere ofrecer. El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

En tiempos de Noé, el agua del diluvio terminó con la vida corrupta contraria al plan de Dios y surgió una vida renovada, de acuerdo al plan de Dios.  Sin embargo, nuestro mundo se halla inundado por nuevo diluvios, como son el diluvio de la vulgaridad, de la inmoralidad, de la violencia, de la increencia, y nosotros, como Noé, debemos ser fieles a Dios para que estos diluvios no se sigan dando y brille la vida nueva que Dios nos quiere dar.

La 2ª lectura, de San Pedro, nos ha recordado que, con la muerte y resurrección de Jesús, Dios hace un nuevo y definitivo pacto con el hombre, un pacto que queda sellado con las aguas del sacramento del Bautismo. 

A través del Bautismo, Dios ha creado una nueva humanidad y somos llamados a nacer a una vida nueva en Dios a través de la gracia que recibimos en dicho sacramento.  A partir del Bautismo somos hijos de Dios y de esta manera Dios puede actuar en nosotros y hacer una humanidad nueva.

El agua que recibimos en el Bautismo ya no es un agua que destruye, sino un agua que nos purifica y regenera. 

Pero no pensemos, ni por un momento, que simplemente por haber sido bautizados ya estamos salvados y podemos hacer lo que queramos.  Después de quedar limpios en el Bautismo, si caemos en pecado, aún nos queda un camino a seguir: arrepentirnos y confesar nuestros pecados.

El Evangelio de san Marcos nos ha narrado las tentaciones de Jesús en el desierto y la llamada a la conversión.

Jesús, asumió de tal forma nuestra vida, que incluso fue tentado, como lo somos cada uno de nosotros. 

A lo largo de nuestra vida llegan momentos en los que nos tenemos que definir, y ahí, es donde somos tentados: O nos decimos por una cosa o nos dejamos llevar por otras sugerencias.  Jesús es tentado y en la tentación opta por lo que el Espíritu le dice.

La vida es la que nos presenta momentos de opción en los que tenemos que dar la talla. Y, optamos por dejarnos guiar por Dios, por nuestra conciencia, o, bien optamos por dejarnos guiar por las apariencias tentadoras y apetecibles.

La Cuaresma es un buen momento para que cada uno de nosotros, que nos decimos cristianos, examinemos qué lugar ocupa Dios en mi vida, en mis proyectos y en mis decisiones.

Como Jesús, nosotros hoy estamos sometidos a tentaciones de todo tipo: oportunidades para dejar a Dios de lado y enfocar nuestra vida por otros rumbos.

Nadie, por muy santo que sea se ve libre de la tentación. Y esto no es malo, es simplemente un aspecto de nuestra condición humana. El sentir tentaciones no es malo, ni significa que seamos malos. Es algo normal y natural. Lo raro sería no tenerlas. 

Jesús vence las tentaciones y nos muestra el camino para ello: tener a Dios como cimiento, dejarnos iluminar por su palabra a la hora de buscar solución a nuestros problemas, a nuestros proyectos, a nuestros deseos.  Si Dios y su Palabra son el sustento de nuestra vida, venceremos las tentaciones.

¿Qué tentaciones me seducen y me acorralan? ¿Cómo las voy a vencer?

lunes, 5 de febrero de 2024

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo son una invitación a que no marginemos a nadie por ningún motivo ya que todos somos hijos de Dios.  Dios no excluye a nadie sino que nos acepta a todos y nos invita a formar parte de la comunidad cristiana.

La 1ª  lectura del libro del Levítico nos describe el proceso por el que un “leproso” era declarado impuro y separado de la comunidad de Israel. El leproso era un marginado, un excluido de la sociedad.

Los hombres somos capaces de inventar leyes que discriminen y excluyan en nombre de Dios a otros seres humanos de sus derechos más elementales.

Esta lectura de hoy nos invita a repensar nuestras actitudes y comportamientos hacia nuestros hermanos, ya que, a veces, por querer ser muy legales y muy justos estamos marginando o excluyendo a muchas personas de sus derechos.  En ocasiones, incluso, en nombre de Dios estamos alejando a las personas, condenándolas, catalogándolas de pecadoras, y así les estamos impidiendo que puedan llegar a tener una experiencia cercana de Dios o que se acerquen a la comunidad parroquial.

Nosotros como cristianos no podemos marginar a nadie por sus ideas, por su forma de pensar o actuar, sino que hay que acercarse a todos y tenderle la mano a todos como lo hizo Jesús con todo aquel que se encontraba en el camino de la vida.  Nosotros podemos tender siempre la mano generosa al marginado, cumpliendo la Ley suprema del amor cristiano.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios, nos da un principio de conducta cristiana que, si lo llevásemos a la práctica, evitaríamos muchos problemas en nuestra familia, en nuestro trabajo y en nuestra sociedad.  Nos decía san Pablo: “no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven”.

Pablo consigue con su exhortación dar una norma general importantísima para la conducta del cristiano: “hacedlo todo para gloria de Dios”. Todas nuestras acciones, posturas ante la vida, prácticas generales y hasta pensamientos todos deben ser para mayor gloria de Dios.

Pero no es fácil. Hay una tendencia a encerrar en la Iglesia algunas cosas y cuestiones, haciendo en la calle lo que hace la mayoría o está más de moda. Es decir solo queremos al prójimo en la Iglesia, pero al salir fuera seremos capaces de explotar o humillar a nuestros hermanos. Y si no lo hacemos directamente colaboraremos con empresas o situaciones que lo hacen. Además hacer todo por la gloria de Dios, quiere decir que todo lo creado es bueno.

Cada cristiano debe ser capaz de prescindir de sus intereses y esquemas personales, a fin de dar prioridad a los proyectos de Dios; cada cristiano debe ser capaz de superar el egoísmo y la comodidad, a fin de hacer de su propia vida un servicio y una entrega de amor a los hermanos.

El Evangelio de san Marcos nos presenta la actitud de Jesús con un leproso. Jesús “Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

«Quiero: queda limpio»”. Este gesto de Jesús pone de manifiesto que Dios no usa las enfermedades para castigar. Jesús se acerca a todos y deja que todos se acerquen a Él.

Cristo no admite divisiones, ni exclusiones. Algunas personas evaden a los marginados; les incomoda la presencia del enfermo, del pobre, del marginado. Preferimos que estén lejos, no queremos cerca el contacto directo con el dolor y la miseria, evitamos la relación y contacto con los que sufren. Existen entre nosotros muchas “lepras” que hacen infelices a los hombres y mujeres y los sitúan en el grupo de los marginados. Hay quienes nos incomodan, molestan, y preferimos no verlos y su única desgracia es sufrir injusticias y tragedias sociales.

Pero hay también otros, que sin pertenecer al mundo de la marginación social, incomodan, molestan, y preferimos no verlos; no piensan como nosotros, tienen otra visión de la organización de la vida cultural, social, económica, política.

Nos separamos, nos protegemos detrás de nuestra vida, de nuestras ideas, de nuestros intereses, de nuestras ideologías, y nos defendemos de sus ideas, de sus intereses, de sus ideologías. Así nuestra sociedad aparece dividida, separada en grupos cerrados, no se tiende la mano, los grupos tratan de ignorarse y si se hablan… a veces es casi mejor que guardaran silencio.

Se vive a la defensiva, excluyéndose mutuamente, cada vez más incapaces de romper distancias y de adoptar una postura de comprensión hacia los demás. Nos hemos acostumbrado a aceptar solo a los “nuestros”, a los demás los toleramos, o los miramos con indiferencia. Nosotros hemos de sabernos ante todo amados por Dios nuestro Padre. Sentirnos hermanos de todos los hombres y mujeres.

Jesús, curando al leproso nos enseña que el amor no margina a nadie.  No marginemos nosotros a nadie por su ideología, o su manera de pensar.

lunes, 29 de enero de 2024

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan del problema del mal y el dolor.  Hoy, como ayer, no faltan las desgracias, los problemas, los sufrimientos y un sin fin de preocupaciones. Los cristianos tenemos la suerte de poder contar con la orientación de Jesús y con la ayuda de la oración.

La 1ª lectura, del libro de Job, nos presenta lo inútil que puede ser esa lucha diaria por vivir una vida vacía y llena de sufrimientos.  Job representa a todas esas personas que sufren y no son felices.

Nos puede parecer que todo en la vida es dolor, trabajo, esfuerzo y esto se repite cada día.  Trabajar, luchar, angustiarse, comer, dormir y volver a hacer lo mismo al día siguiente.  ¿Qué sentido tiene nuestra vida?

Dice con angustia Job: “Corren mis días más que la lanzadera,
se van consumiendo faltos de esperanza… Mi vida es un soplo”.
   En esta palabras se perciben el aburrimiento y la frustración que muchas personas viven tratando de buscar la felicidad y viviendo una vida sin sentido.

La vida nos ofrece placeres, éxitos y alegrías, y después sólo obtenemos fracasos, ansiedades y nuevos deseos de felicidad.   ¿La vida del hombre no tendrá sentido? ¿Estamos condenados a vivir una espiral de aburrimiento y vacío? Si seguimos las propuestas de un mundo que pone su felicidad en el gozar y en la adquisición de bienes, seguramente nos encontraremos al final de la vida decepcionados, porque ahí no encontraremos la verdadera felicidad.

Sin Dios, la vida carece de sentido.  Sólo con Dios podremos obtener sentido a nuestra vida y vivir una vida en plenitud.

La 2ª lectura de la 1ª carta de san Pablo a los Corintios, nos dice claramente que la obligación de todo cristiano es anunciar el Evangelio del Reino de Dios.  El Señor elige a personas diversas para la propagación del Evangelio: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio…”,

Ante lo que dice hoy San Pablo, tenemos que pensar que el proclamar la Palabra de Dios por todos nosotros, los cristianos, no es un “capricho” sino un deber (generalmente nada cómodo ni remunerado) que brota del compromiso de nuestra fe. 

Ahora bien, Dios es amor, por lo cual, Dios no puede constituirse en motivo de pelea, división o guerra.  No puede imponerse la fe en Dios por la violencia, sea ésta física o moral. Dios no nos hace buenos a la fuerza, Dios desea que seamos buenos, pero no a la fuerza. ¿Somos así nosotros con nuestra fe?

El Evangelio de san Marcos nos relata hoy un típico día  en la vida de Jesús.

Cuando le dicen que la suegra de Simón está con fiebre, “Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó”.  Hay aquí tres verbos de gran importancia para nuestra vida: “acercarse”, “tomar de la mano” y “levantarla”

“Acercarse”.  Vivimos amontonados, pero unos lejos de otros.  La distancia con el otro no se mide en metros o kilómetros.  La distancia con el otro se mide con el corazón. Estamos cerca cuando nuestro corazón se acerca a los demás.  Jesús se acercó a la suegra de Pedro que estaba enferma.  Acercarnos a los que están bien es fácil.  Pero lo importante para el cristiano es acercarse al que sufren, al que está solo, al que está enfermo.  No podemos esperar que el que está mal nos busque, sino que debemos ser nosotros los que busquemos a los que sufren.

“La tomó de la mano”  Las manos no son para llevarlas en el bolsillo. Las manos son para ofrecérselas a los demás y para tomar la mano de los demás.  Cuando nos saludamos, solemos tomarnos de la mano como señal de amistad. Tomar  la mano a alguien, ya es acortar las distancias entre los dos. Tomar la mano a alguien, es abrir la puerta del corazón e invitar al otro a entrar; tomar la mano a alguien, es decirle que tú eres importante para mí.

Hay una frase que dice: “cristiano es el que da la mano. El que no da la mano, ése no es cristiano, y poco importa lo que pueda hacer con esa mano libre”.

“Y la levantó” Debemos tener nuestras manos libres para levantar al que se ha caído; para levantar al pecador de su pecado; al débil para que pueda ponerse de pie; al que te ha ofendido, para que sienta tu perdón y se levante; al que te hirió, para expresarle que no estás enfadado, y se levante; al que te pide ayuda, para que te sienta hermano, y se levante.

Hoy  Jesús nos invita a actuar con los demás como Él lo hizo y a que en medio de tantas ocupaciones y actividades nos preguntemos cuáles son importantes y ver si no estamos viviendo horas muertas, horas de aburrimiento diariamente, pudiendo acercarnos, tomando de la mano y levantando a tantos hermanos nuestros que se encuentran tirados por los caminos de la vida.

lunes, 22 de enero de 2024

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos hablan de que existe el mal, pero hay un poder superior por el cual podemos ser liberados del mal, ese poder es Jesucristo, por ello debemos escuchar su voz y no endurecer nuestro corazón.

En la 1ª lectura, del libro del Deuteronomio, hemos escuchado la promesa de Dios de enviar profetas que hablarán en su nombre.

Antes de que surgieran los profetas las personas que querían conocer la voluntad de Dios recurrían a la hechicería, los adivinos y a la magia.  Por eso Moisés prohíbe recurrir a esto tipo de cosas para conocer la voluntad de Dios y les promete de parte de Dios un profeta que hable en nombre de Dios.

La Iglesia tiene el deber de proclamar la Palabra de Dios, esta es su misión y es también la misión de cada cristiano.  Pero hemos de ser fieles a la Palabra de Dios; no podemos atribuir a Dios lo que son sólo nuestras palabras o nuestras ideologías, o nuestros gustos o nuestras opiniones.

Hoy día, vivimos inundados de palabras.  Cada día nos despertamos con las palabras que oímos en la radio o en la televisión o que leemos en los periódicos.  Todo el día oímos palabras y más palabras.    Por eso la palabra ha perdido su valor, ya no se valora la palabra como antes.  Antes alguien decía “te doy mi palabra” y sabíamos que podíamos confiar en esa persona.  Hoy no, porque hay muchos que usan la palabra para prometer cambios sociales, prosperidad, trabajo, etc., pero no es verdad, no cumple esa palabra.

La Palabra de Dios siempre se cumple, por ello el verdadero profeta es aquel que anuncia y denuncia, desde la Palabra de Dios, las situaciones contrarias al Reino de Dios.  Por ello el verdadero profeta corre el riesgo de no ser escuchado e incluso ser perseguido. 

Hemos de preguntarnos: ¿hacemos caso a la Palabra de Dios que se nos hace presente en nuestra vida de muchas maneras?  ¿Dejamos que nuestra vida se transforme y se libere por esa Palabra de Dios?

La 2ª lectura, de la primera carta de San Pablo a los Corintios,  es toda una catequesis sobre los diferentes estados de vida en los que un cristiano puede vivir plenamente su fe.

Los hombres y las mujeres tienen pleno derecho de elegir libremente entre ambos estados de vida: matrimonio o celibato.  Ambos son, igualmente, dones de Dios.

El soltero, el casado y el viudo pueden cumplir dignamente en la comunidad eclesial una misión muy positiva a favor de la propagación del Reino.  Todos debemos trabajar por la Iglesia, nadie puede sentirse al margen, ni poner excusas por su estado civil.

El Evangelio de san Marcos afirmaba hoy que Jesús enseñaba con autoridad.

En la vida diaria encontramos tres clases de palabras: palabras vacías, palabras autoritarias y palabras con autoridad.

Las palabras vacías son las de los charlatanes, las de los que no hacen lo que dicen, las de ciertos políticos que se preocupan por el número de votos y se olvidan del bien de los votantes, dejando de cumplir tantas promesas.

Las palabras autoritarias son las de los dictadores, las de aquellos con los que a la fuerza hay que estar de acuerdo, digan lo que digan.

Las palabras con autoridad son las de los que viven lo que dicen. Sus palabras responden a su vida honrada. A estos se les escucha con respeto y con agrado; por eso las multitudes se juntaban para oír a Jesús porque sus palabras estaban de acuerdo con su vida.  Con esa autoridad pudo Jesús liberar a un hombre de un demonio. 

Hay personas que dicen: “No sé que me pasa; parece que tengo el demonio en el cuerpo”.  Esto quiere decir que hay personas que se dejan dominar por las fuerzas del mal, del pecado, fuerzas que no nos dejan ser nosotros mismo y de las que deseamos liberarnos.  Las fuerzas del mal nos dominan, nos hacen sufrir y hacen sufrir a quienes nos rodean.  Las fuerzas del mal hoy son: traumas, complejos, adiciones, depresiones, genio, fobias, miedos, etc.

¡Cómo nos hacen sufrir los complejos! Estos demonios dominan, impiden a la persona ser libre, ser ella misma.  Los traumas, los miedos, los complejos, la timidez, paralizan a la persona.  ¿Cuantas cosas podríamos hacer si no le tuviéramos miedo a la crítica? Hoy sigue habiendo muchas fuerzas del mal que impiden que los hombres alcancemos la felicidad y la plenitud de vida.

Jesús, está vivo y sigue expulsando demonios, quiere liberarnos de ellos, y Él lo hace cuando se lo pedimos en la oración, cuando estamos en comunión con Él.  Estando unidos al Señor nada es imposible para liberarnos de tantas fuerzas del mal que nos atacan diariamente y que nos hacen perder nuestra dignidad de Hijos de Dios.

Jesús emplea su autoridad, no contra los hombres, sino contra las fuerzas que nos oprimen. Lo que de verdad necesita la humanidad es ser liberada de las fuerzas que causan los sufrimientos y nos hacen tantas veces ser tan infelices.

lunes, 18 de diciembre de 2023

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Llegamos al final del Adviento.  A lo largo de estas semanas, la Iglesia ha querido prepararnos para la venida de Jesús en la Navidad y para su venida definitiva al final de los tiempos.

La Navidad no se improvisa, hay que prepararla. La Navidad no puede reducirse a preparativos ambientales de nacimientos, árboles, villancicos, luces, comidas, etc. Es también necesaria una preparación interior este es el sentido y la finalidad del Adviento que estamos concluyendo.

La 1ª lectura del segundo libro de Samuel, nos decía cómo el rey David quería construirle a Dios una casa.  El rey David tenía buen corazón y le daba pena que su Dios tuviera que vivir en una tienda de campaña, mientras él, el rey, vivía en un palacio de cedro.

David quería pagar de algún modo a Dios los dones recibidos. Y Dios no quiere que le paguemos ni con templos, ni con ofrendas, ni con sacrificios. El sacrificio que Dios quiere es un corazón contrito. La ofrenda que Dios quiere es nuestra misericordia.

Hoy, por desgracia, persiste en nuestros templos este culto mercantilista a Dios. No es cuestión de decirle a Dios: mira cuántas cosas he preparado para Ti, sino más bien: Mira, Señor, cuánto te quiero.

La casa que Dios quiere es vivir en nuestro corazón, hacerse presente en nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los romanos nos dice que  Dios tiene un plan de salvación que ofrecer a los hombres.

Dios se preocupa por nosotros y Dios nos ama, y ese amor no es un amor pasajero, sino que forma parte del ser de Dios y está siempre en la mente de Dios amarnos a todos sus hijos.  Por ello no olvidemos esto: no  somos seres abandonados a nuestra suerte, perdidos y a la deriva en un universo sin fin; sino que somos seres amados de Dios, personas únicas e irrepetibles que Dios conduce con amor a lo largo del camino de la historia y Dios tiene un proyecto eterno de vida plena, de fidelidad total, de salvación.

Prepararnos para la Navidad significa preparar nuestro corazón para acoger a Jesús, para aceptar sus valores, para comprender su manera de vivir, para adherirse al proyecto de salvación que, a través de Él, Dios Padre nos propone.

El Evangelio de san Lucas nos ha narrado la Anunciación a María.

Los días de Navidad  ya se acercan y Jesús busca casa donde nacer. No son muchas sus exigencias en cuanto a comodidades y riquezas, solamente pide corazones sencillos, compartidos y desapegados de lujos, de riquezas, de honores, y de ambiciones. Nosotros podemos ahora escuchar esa solicitud de Jesús: “Busco casa”, y apresurarnos a responder con la generosidad de María, con un sí seguro y confiado, con un “fíat” que compromete y dispone, con un “yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, confiando en un amor mucho más grande que el nuestro.

No temamos, también para cada uno de nosotros son las palabras de Gabriel: “Alégrate. El Señor está contigo”. Claro que a nosotros no nos puede decir que estamos llenos de gracia, porque nuestros delitos nos abruman y nuestras miserias saltan a la vista. Pero el Señor es tan generoso que a pesar de nuestras miserias también nos escoge para pesebre, cueva, o casita, donde pueda nacer el Salvador.

No importan las apariencias externas, lo importante es la limpieza interior y la apertura de corazón para recibir a Jesús. No olvidemos que con Jesús llegan también los pastores, los pecadores, los enfermos, los despreciados… entonces, sí exige una puerta grande y noble para aceptar a todos como hermanos. No podemos poner a la entrada el consabido: “Nos reservamos el derecho de admisión”, porque Jesús llega acompañado de todos sus hermanos, sin hacer distinciones para todo el que acepte su invitación.

Así, que si de verdad queremos ofrecer nuestro corazón como casa, preparémonos para las consecuencias porque tendremos que vivir al estilo de Jesús y pasar una Navidad bajo sus condiciones, pero si no estamos dispuestos a todos estos riesgos, ¿por qué, entonces, nos seguimos llamando cristianos?

Son los últimos días de este Adviento y el contemplar tan cerca el nacimiento de Jesús nos obliga preguntarnos: ¿Cómo voy a acoger a Dios-Niño que se hace presencia viva y concreta en medio de nosotros? ¿Cómo voy a vivir y cómo voy a expresar a este Dios ternura que se acerca hasta convertirse en uno de nosotros? ¿Cómo voy a dar calor y compañía al recién nacido en mi corazón y en mi casa?

Hoy nos alegramos con María y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que a lo largo de los siglos han dejado que Dios naciese en su corazón. Que María nos ayude a todos a vivir estas fiestas de Navidad saliendo con alegría de nosotros mismos al encuentro del Señor.


¡Feliz Navidad! Ningún saludo mejor para este día que el tradicional de estos días: ¡Feliz Navidad! Felicitémonos y comuniquemos a todos nuestra alegría. Y que estos buenos deseos, esta buena voluntad perduren siempre y se vayan haciendo realidad. Ninguna fiesta cristiana ha marcado como ésta la historia y posiblemente nuestra propia experiencia. La Navidad ocupa un puesto de excepción en el calendario y en la vida. En estos días nos sentimos especialmente contentos, y hasta nos parece descubrir sentimientos semejantes en los demás. El mundo y la vida nos parecen distintos. Las vacaciones, las fiestas, los regalos, las compras, las reuniones familiares y entre amigos… Todo contribuye a hacer de la Navidad una época maravillosa en el año.

Sin embargo, la noticia no saldrá en los periódicos, ni en la televisión.  Y sin embargo es la noticia más gozosa de toda la historia. Nos la ha anunciado el profeta Isaías: “Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que dice a Sión: Tu Dios es rey”.

Hoy los cristianos de todo el mundo sabemos muy bien por qué nos alegramos y qué es lo que celebramos.  Miles y miles de comunidades se están reuniendo en todo el mundo y celebran que Dios se ha hecho hombre, que ha querido nacer como uno de nuestra familia.

El profeta Isaías nos decía hoy: “Romped a cantar a coro,
ruinas de Jerusalén, porque el Señor ha consolado a su pueblo,
ha rescatado a Jerusalén.”

Nuestro Dios es un Dios que habla, no un Dios mudo, lejano.  Su Palabra es cercana.  Antes, durante siglos había hablado Dios por medio de profetas o había enviado ángeles como mensajeros.  Ahora nos ha hablado de otra manera: nos ha enviado a su Hijo.  Esto es lo que nos decía el autor de la carta a los Hebreos.

Y es también lo que lleno de entusiasmo nos ha proclamado San Juan en el prólogo de su evangelio: “la Palabra estaba junto con Dios, la Palabra era Dios, y la Palabra se hizo hombre, y habitó entre nosotros”.

La Palabra, ya lo sabemos, se llama Cristo-Jesús: el Hijo de Dios, que desde la primera Navidad es también hijo de los hombres.  Ese Niño que hoy adoramos es el Hijo de Dios.

Dios nos ha dirigido su Palabra.  Dios no es un Dios mudo.  Es un Dios que nos habla, y desde que nos ha enviado su Palabra, su Hijo, siempre es Navidad, porque siempre sigue viva y actual esa Palabra de Dios dirigida a nosotros en señal de amistad y de cercanía.

Este es el misterio que hoy celebramos y que nos llena de alegría. Pero es también un misterio que nos interpela.  Debemos acoger a ese Niño que es el Hijo de Dios y hermano nuestro.

¡Jesús, nacido en la pobreza de Belén, Cristo, el Hijo eterno que nos ha sido dado por el Padre, es, para nosotros y para todos, la Puerta!  ¡La Puerta de nuestra salvación!  ¡La Puerta de la vida, la Puerta de la paz!

Debemos confesar, sin embargo, que a veces la humanidad ha buscado fuera de Cristo la Verdad, que se ha fabricado falsas certezas, ha corrido tras ideologías falsas. A veces el hombre ha excluido del propio respeto y amor a los hermanos de otras razas o distintos credos, ha negado los derechos fundamentales a las personas y a las naciones.  Pero Cristo sigue ofreciendo a todos el Esplendor de la Verdad que salva.  Miremos a Cristo, Puerta de la Vida y démosle gracias por los prodigios con que has enriquecido a cada generación. 

A veces este mundo no respeta y no ama la vida.  Pero el Señor no se cansa de amarla, más aún, en el misterio de la Navidad viene a iluminar las mentes para que los legisladores y los gobernantes, hombres y mujeres de buena voluntad se comprometan a acoger, como don precioso, la vida del hombre.

Cristo nace para darnos el evangelio de la Vida.  Pongamos nuestros ojos en Cristo, Puerta de la Paz, mientras peregrinos en el tiempo, visitamos tantos lugares del dolor y de guerra, donde reposan víctimas de violentos conflictos y de crueles exterminios.  Cristo que nace, nos invita a abandonar el insensato uso de las armas, el recurso a la violencia y al odio que han marcado con la muerte a personas, pueblo y continentes.

Que no puedan decir de nosotros lo que san Juan ha dicho de los judíos de su tiempo: “En el mundo estaba… y, sin embargo, el mundo no lo conoció.  Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”.  Después de siglos de espera, muchos de sus contemporáneos no supieron reconocer al enviado de Dios.  Por este salvador que nos ha nacido el mundo  tiene esperanza.  El futuro se presenta más prometedor.  Porque Él es para siempre Dios con nosotros.  Los que celebramos la Navidad no podemos vivir igual: tenemos que dejarnos ganar de la esperanza y del amor de Dios.

La Eucaristía de hoy la celebramos con una motivación especial.  El que nació de la Virgen María en la primera Navidad, hoy, como Señor glorioso y resucitado, se nos hace Pan y Vino, alimento para todos nosotros, para fortalecernos en nuestro camino.

No estamos celebrando una fecha, un aniversario.  Estamos celebrando a una persona que vive, que está presente: el Salvador.  Él es el Dios que se ha hecho hombre para darnos a todos la alegría de saber que Dios nos ha admitido a su familia como Hijos.

Celebremos la Navidad, porque celebrar la Navidad es, ante todo, creer, agradecer y disfrutar de la cercanía de Dios. En el corazón de estas fiestas en que celebramos al Dios hecho hombre, hay una llamada que todos, absolutamente todos, podemos escuchar: “Cuando no tengas ya a nadie que te pueda ayudar, cuando no veas ninguna salida, cuando creas que todo está perdido, confía en Dios. Él está siempre junto a ti. Él te entiende y te apoya. Él es tu salvación”.

Si así lo creemos y hacemos, ¡Feliz Navidad! Y no será sólo un buen deseo, una expresión de buena voluntad, sino una hermosa y feliz realidad.

lunes, 11 de diciembre de 2023

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Este tercer domingo de adviento es conocido como el domingo de la alegría (Gaudete). La lecturas nos hablan de ello y la alegría se hace patente porque ya está muy cercana la Navidad, ese gran acontecimiento que llevamos preparando durante todo este tiempo de Adviento.

La 1ª lectura, del libro del profeta Isaías, nos presenta a Dios, a un Dios que se preocupa de los que sufren, de los desheredados de la tierra, de los excluidos, de los marginados.

Dios pregona el año de gracia del Señor: ¡Sólo es posible que la gracia llegue a todos si eliminamos la pobreza y sus causas injustas!  Es decir tenemos que trabajar por un nuevo orden internacional donde el hombre deje de ser explotado por el propio hombre.

Hoy seguimos, como en épocas pasadas, excluyendo a una parte importante de la población mundial del derecho a una vida digna.  La falta de justicia se manifiesta como una constante a lo largo de la historia y hoy se justifica esa falta de justicia mediante una sutil manipulación de las fuentes de información.  La exclusión, la pobreza, no sólo no disminuyen sino que van adoptado nuevas formas y se propagan con mayor velocidad. 

Por ello, Dios nos quiere liberar del mal que existe en nosotros, de nuestros pecados, del daño que causamos a los demás y del daño que nos causamos a nosotros mismos.  Hay que vivir en amistad con Dios para vernos libres de todas las esclavitudes y liberar también a este mundo.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Tesalonicenses, nos invitaba a preparar la llegada del Señor, y a vivir con alegría este acontecimiento.

No parece fácil mantener un ritmo de alegría y gozo en estos tiempos nuestros marcados por el desencanto, el desengaño y el pesimismo.

Podríamos preguntarnos: ¿Podemos hoy vivir alegres? ¿Tenemos derecho a estar alegres? Cuando pensamos en los problemas que nos rodean, cuando experimentamos la crisis económica y la inseguridad, cuando ha muerto una persona querida… ¿podemos estar alegres? Cuando muchas personas mueren de hambre, cuando muchos pueblos están en guerra, cuando es pisoteada la dignidad de tantas personas… ¿podemos estar alegres? Con todo, san Pablo nos ha dicho en la segunda lectura: “Estad siempre alegres”.  Esto significa que la alegría es posible. Los cristianos debemos reivindicar la alegría, porque creemos y tenemos esperanza. Los problemas que he dicho al principio son reales, existen de veras. Pero no nos podemos resignar a quedarnos sin hacer nada. Debemos aportar una solución.

Cuando trabajamos para que las relaciones entre las personas sean sinceras, cuando procuramos ser justos para con todos, cuando nos esforzamos por crear lazos de solidaridad, cuando colaboramos con personas que luchan por construir un mundo más justo, que luchan por la dignidad de la persona, entonces el mundo empieza a transformarse, empieza a mejorar.

En medio de los problemas podemos experimentar la alegría, porque el mundo puede cambiar. Armados con la fe, la esperanza y la alegría, podemos hacer mucho más de lo que podemos imaginar. Sí, una persona sola puede hacer muchísimo. Puede crear un clima distinto a su alrededor, porque cree en Jesús que le da fuerza.

El Evangelio de san Juan  nos presenta a Juan el Bautista como enviado por Dios, como testigo para dar testimonio de la luz.

Muchas veces en la vida nos encontramos como en un túnel de oscuridad y necesitamos el “guía” que nos muestre la pequeña lucecita que nos conduce a la claridad y a la libertad.

Hoy, la Palabra de Dios, nos invita a que nosotros nos convirtamos en testigos de la luz, en testigos de Jesús.  Para ser testigos se requieren varias condiciones.  En primer lugar es necesario reconocer y aceptar lo que somos y lo que no somos.  Nunca podremos ocupar el lugar de la luz, es decir, nunca podremos ocupar el lugar de Dios.  Juan lo dijo claramente: “Yo no soy el Mesías”.  No podemos vivir de apariencias ni de títulos.

En segundo lugar, no podemos creernos más de lo que somos, creyendo que ya lo sabemos todo acerca de Jesús y de su Evangelio.  No podemos decir que conocemos a Jesús si le damos la espalda; no podemos decir que nos ha iluminado, aunque tengan mil luces artificiales nuestros nacimientos, si nuestro corazón sigue en tinieblas.

Hoy se necesitan testigos. Testigos de la verdad, de la luz, de la justicia, de la solidaridad, de la paz, de la alegría, del Evangelio, de Cristo, de Dios. Testigos firmes que no se doblen ante las dificultades o ante las promesas y los halagos. Testigos creíbles y responsables que hablen más con sus obras que con sus palabras. Testigos que sean una voz que anuncia buena nueva en medio de tantas falsedades. Testigos de la luz en medio de tanta oscuridad que nos ahoga y desanima. Testigos de Cristo.

La Navidad se presta mucho para decir que somos cristianos pero teniendo un conocimiento muy superficial de Jesús; se presta para organizar fiestas y tener pretextos para nuestras diversiones.  Sin embargo la Navidad es tiempo para conocer realmente a Jesús, para que su mensaje tenga repercusión en nuestra vida y marque nuestra conducta e ilumine nuestra historia.

En este domingo de la alegría debemos preguntarnos: ¿Quién soy yo, que digo de mí mismo? ¿Cuáles son mis valores? ¿Estoy anunciando a Cristo?  ¿Soy testigo de Cristo ante el mundo y ante mi familia?

lunes, 4 de diciembre de 2023

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Allanar el camino es la invitación que nos hace la liturgia este segundo domingo de Adviento, para dejar de lado nuestras perspectivas en la vida y aceptar las de Dios, al mismo tiempo que aceptamos la compañía que Dios nos ofrece.

La 1ª lectura, del profeta Isaías, nos hacía una llamada a la conversión; una llamada a preparar el camino al Señor y a quitar los obstáculos que dificultan o retrasan la venida del Señor.

Para ello se nos pide que abandonemos nuestros hábitos de comodidad, de egoísmo y de autosuficiencia y que aceptemos los retos que Dios nos presenta.

La primera lectura contiene un mensaje de consolación para todas aquellas personas que viven amargadas o desilusionadas.  Dios no nos ha abandonado ni nos ha olvidado.  Hoy podemos sentirnos hundidos y fracasados porque la violencia y el terrorismo llenan de sangre y sufrimiento la vida de tantas personas o porque los pobres y lo débiles son olvidados y no tenidos en cuenta, o porque la sociedad global se construye con egoísmo, con indiferencia.  Sin embargo Dios es fiel a los compromisos con nosotros sus hijos, Dios no está al margen de lo que nos ocurre.  Dios viene a nuestro encuentro y nos ofrece llevarnos con amor y solicitud al encuentro de la verdadera vida y de la verdadera libertad.

El Señor trae paz y justicia, pero espera nuestra colaboración.  Nuestra tarea es preparar el camino a nuestro Dios, y para ello hemos de rebajar el monte de nuestro orgullo.  El gran pecado del hombre actual es prescindir de Dios y creerse él mismo el todopoderoso. El Adviento es el tiempo favorable para que limpiemos los caminos de nuestra vida, de forma que Dios pueda nacer en nosotros y, a través de nosotros, liberar al mundo.

La 2ª lectura, de la carta de San Pedro,  nos invitaba a la vigilancia.  San Pedro responde a los incrédulos que se burlan de la venida del Señor, tantas veces anunciada y que no acaba de llegar. No debemos olvidar que Dios es eterno y que su grandeza trasciende todas las medidas humanas, que para Él un día es como mil años, y mil años como un solo día; esto es, que Dios no tiene prisa, Él, puede hacerlo todo en un instante. Si Dios tarda, no es porque le cueste mucho cumplir lo que promete. Es porque tiene misericordia y da tiempo a los que necesitan tiempo para convertirse.

Dios es grande y su misericordia infinita, su amor a los hombres inagotable. Lo que a nosotros nos parece tardanza no es otra cosa que paciencia y misericordia con los pecadores, pues “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Sin embargo, los hombres no debemos abusar de tanta misericordia y perder el tiempo que Dios nos da para convertirnos. Pues lo cierto es que el día del Señor llegará cuando menos se piense, repentinamente, como llega un ladrón sin dar aviso. Hay que vigilar en todo momento.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a Juan el Bautista.  Llama la atención su forma de vestir, su manera de alimentarse y sobre todo su forma de ser.  Invitaba a todo aquel que acudía a él a la conversión.

Juan usaba un vestido de pelo de camello.  ¿Cómo vestimos nosotros?  ¿Con la piel de la oración o con el vestido de la frialdad hacia Dios?  ¿Con qué nos alimentamos?  ¿Con la Palabra y la Eucaristía o, por el contrario, con todo aquello que es agradable a nuestros ojos, a la boca, al placer?

¿En qué dirección estamos caminando?  ¿Hacia la Navidad, preparándonos para recibir a nuestro Salvador o hacia la vanidad de disfrutar, gastar y derrochar en este tiempo de Navidad?

Juan el Bautista nos sitúa ante un dilema.  ¿Qué camino estamos construyendo para la llegada de Jesús?  ¿Estamos realmente preocupados por quitar de nuestra vida todo aquello que nos impide recibir y acoger a Cristo: envidias, orgullo, soberbia, malos modos, egoísmo, etc., todo estas cosas que hacen que nuestra fe sea algo irrelevante o simbólico?

En estos días se adornan las calles, las plazas, los centros comerciales e incluso nuestras casas con adornos navideños.  ¿Cómo vamos a adornar nuestra vida?  ¿Hasta dónde estamos dispuestos a iluminar el interior de cada uno de nosotros para que el Señor, cuando nazca pueda entrar en nuestra vida y nacer de verdad?

Ojala que en estos días que nos estamos preparando para la Navidad no nos dejemos seducir por todo aquello que ha hecho de la Navidad una fiesta comercial.  Desde ahora, hemos de comprometernos en hacer una profunda revisión de nuestra vida cristiana y enderezar todo lo que está torcido, iluminar lo que está oscuro, dejar atrás los caminos equivocados por los que hemos ido en la vida, agarrarnos al poder y fuerza de la oración para pedirle al Señor que nos ayude a convertirnos a Él, para optar por el amor y la paz que nos trae y nos da el Evangelio.

Es tiempo, antes de que celebremos la Navidad, de ver si nos hemos equivocado de camino para regresar al camino del Señor, no vaya a ser que Dios vaya por un camino y nosotros en dirección contraria.