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lunes, 12 de enero de 2026

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Con la liturgia de este domingo comenzamos lo que se llama el tiempo ordinario.  En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, vamos a ir conociendo su Palabra y sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al Siervo de Dios, a quien Dios eligió desde el seno materno para que fuese un signo en el mundo y mostrarse a toda la tierra la Buena Nueva del proyecto liberador de Dios.

Estamos en un mundo masificado.  Vemos a nuestros jóvenes que se visten igual, sin el menor asomo de personalidad, sin ningún destalle personal.  Estos jóvenes que visten igual, porque así lo dice la moda, rechazan el uniforme escolar pero no rechazan el uniforme que les impone la moda.  Pero también los adultos nos gustan la misma marca de televisión, los mismos discos, el mismo estilo de coche.  La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformados en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Sin embargo, hoy, el profeta Isaías nos dice que Dios llama personalmente a los suyos, a cada uno nos llama Dios desde el vientre materno.  Nada de masas, ni de hombres sin nombre ni rostro.  El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre, nos ha elaborado una misión particular para que le respondamos personalmente a su llamado.

Hoy, nos encontramos frente a frente con una llamada personal, directa, con un camino que sólo cada uno de nosotros debe recorrer, con un Dios que espera una respuesta que sólo cada uno de nosotros puede dar. Hoy nos encontramos con un reto personal que tenemos que resolver individualmente y que nadie puede resolver por nosotros.

La llamada de Dios lleva consigo elegir la luz como símbolo de la existencia: «te hago luz de las naciones» dice hoy el Señor por boca del Profeta.

Quizá el gran pecado de nuestra vida cristiana sea un pecado de omisión. Hemos sido llamados para ser luz del mundo y no hacemos casi nada, o en algunas ocasiones, nada. Y, sin embargo, es urgente que seamos capaces de acoger ese reto de ser luz para este mundo que vive en tinieblas y pecado.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos desea a todos, la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  Este es el mejor saludo que nos pueden dar.

San Pablo comienza sus cartas deseando la Paz y la Gracia de Dios.  Esto es porque las comunidades cristianas primeras necesitaban paz, como también la necesitamos nosotros.  Lo que más falta en nuestras comunidades cristianas es paz.  Hay demasiada guerra, demasiados conflictos.  Y por eso, hay tan poca Gracia y nos hace tan poca gracia los carismas de los demás.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista que da testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios, que viene a quitar el pecado del mundo.

¿Pero qué es el pecado?  Pecado es el mal que podemos hacer, pero también el bien que dejamos de hacer; es hacernos daños a nosotros mismos y a los demás, es lo que destruye la felicidad de nuestra vida y ofende a Dios.

Nosotros pecamos cuando nos servimos de nuestro pequeño o gran poder económico, físico, intelectual, sexual, político, para oprimir, dominar y lograr nuestra felicidad a costa de otros.

Pecar no es sólo no robar, es también no pagar nuestros impuestos, no pagar nuestras deudas; es quedarme con un dinero que no lo he ganado con mi trabajo.  Pecar es subir los precios injustamente.  Pecar es darle un puesto de trabajo a un familiar por encima del que lo ha ganado justamente.  Pecar es atentar contra la vida, solucionar los problemas con violencia, olvidarme del pobre, del que sufre.  Pecar es discriminar a la mujer, practicar la violencia familiar, romper la paz social.

Pecar es mentir, quitarles la verdad a otros y poner mi mentira para conservar mi poder.  Pecar es fomentar la intolerancia para acabar con la paz social y así cometer todo tipo de injusticias y sembrar odios en la familia, en el trabajo, en la política, en la Iglesia.

Pecar es vivir en la oscuridad, alejándonos de los demás y al alejarnos de los hombres nos alejamos también de Dios.  Pero el pecado no sólo existen en las personas, existen también en las instituciones, porque las instituciones están formadas por personas.

Cristo viene a traernos el perdón de Dios, cuando nos reconocemos pecadores y pedimos su ayuda.  Cristo viene a quitar el pecado del mundo, es decir, a liberar a la sociedad de las cadenas de la injusticia, de la violencia, de los atentados contra la vida.

Como cristianos hemos de estar dispuestos a perdonar y también a promover la paz, el entendimiento entre todos, el progreso social.  Cristo viene a ayudarnos en esta difícil tarea.

No lo olvidemos, merece la pena quitar el pecado de nosotros y del mundo y vivir en paz con los hermanos, vivir en paz con Dios.